Algunos libros fáciles de encontrar y que recomendamos leer (Parte III)


#15. Fábulas de Esopo

Autor: Esopo.
Año de publicación: Entre 620 y 564 a. C
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Pasaje representativo:
«Una vieja vió tirado en el suelo un cántaro vacío, que por las heces del vino Falerno, y su barro fino despedía de sí á gran trecho un olor agradable; y después de haberle olido y reolido ansiosamente, le dijo este requiebro: ¡O suave licor! Alma de este cántaro ya vacío, ¿qué tal de bueno diré, que fuiste antes, siendo aun tales tus dejos?».
Dónde encontrarlo: http://bibliotecadigital.ilce.edu.mx/Colecciones/CuentosMas/Esopo.pdf

#14. Corazón

Autor: Edmondo de Amicis.
Año de publicación: 1886.
Pasaje representativo:
«¡En presencia de la maestra de tu hermano faltaste el respeto a tu madre! ¡Que esto no vuelva a suceder, Enrique mío! Tu palabra irreverente se me ha clavado en el corazón como un dardo. Piensa en tu madre cuando, años atrás, permanecía tantas noches inclinada sobre tu cama, midiendo tu respiración, llorando lágrimas de angustia y apretando los dientes, porque creía a cada instante oír tu último aliento y temía perder la razón, y con este pensamiento experimentarás cierta especie de terror hacia ti. ¡Tú ofender a tu madre, a tu madre que daría un año de felicidad por quitarte una hora de dolor, que pediría limosna por ti, que se dejaría matar por salvar tu vida! Oye, Enrique mío; fija bien en la mente este pensamiento: considera que te esperan en la vida muchos días terribles, pero el más terrible de todos será el día en que pierdas a tu madre. Mil veces, Enrique, cuando ya seas hombre fuerte y probado en toda clase de contrariedades, tú la invocarás, oprimido tu corazón por el deseo inmenso de volver a oír su voz y a ver de nuevo sus brazos abiertos, para arrojarte en ellos sollozando, como un pobre niño desamparado y sin consuelo. ¡Cómo te acordarás entonces de cualquier amargura que le hayas causado, y con qué remordimiento, desgraciado, las contarás todas! No esperes tranquilidad en tu vida si has entristecido a tu madre. Sin duda te arrepentirás, le pedirás perdón, venerarás su memoria, pero todo en vano; la conciencia no te dejará en paz; aquella imagen dulce y buena tendrá siempre para ti una expresión de tristeza y reconvención, que pondrá tu alma en tortura. ¡Oh, Enrique, cuidado! Es éste el más sagrado de los afectos humanos. ¡Pobre de ti si lo profanas! El asesino que respeta a su madre aún tiene algo de noble y generoso en su corazón; el más respetado de los hombres que la hace sufrir o la ofende no es más que una miserable criatura. Que no salga nunca de tu boca una palabra dura para la que te ha dado el ser. Y si alguna se te escapa, que no sea el temor a tu padre, sino un espontáneo impulso de tu alma el que te haga arrojarte a sus pies, rogándole que, con el beso del perdón, borre de tu frente la mancha de la ingratitud. Yo te quiero, hijo mío; tú eres la más preciosa esperanza de mi vida; pero mejor quiero verte muerto que saber que eres ingrato con tu madre. Vete y por algún tiempo no me hagas caricias; no podría devolvértelas de corazón».
Dónde encontrarlo: https://biblioteca.org.ar/libros/1140505.pdf

#13. Miedo y asco en Las Vegas

Autor: Hunter S. Thompson
Año de publicación: 1971.
Pasaje representativo:
«Extraños recuerdos en esta inquietante noche de Las Vegas. ¿Cinco años después? ¿Seis? Parece toda una vida, o al menos una Era Básica: el tipo de punto culminante que no se repite. San Francisco a mitad de los sesenta fueron una época y un lugar muy especiales para quienes los vivieron. Quizá significase algo, quizá no, a la larga… pero ninguna explicación, ninguna combinación de palabras o música o recuerdos puede rozar esa sensación de saber que tú estabas allí y vivo en aquel rincón del tiempo y del mundo. Significase lo que significase… La historia es algo difícil de conocer, debido a todos esos cuentos pagados, pero aun sin estar seguro de la «Historia» parece muy razonable pensar que de vez en cuando la energía de toda una generación se lanza al frente en un largo y magnífico fogonazo, por razones que no entiende nadie, en realidad, en el momento… y que nunca explican, retrospectivamente, lo que de verdad sucedió. Mi recuerdo básico de esa época parece anclarse en una o cinco o quizá cuarenta noches (o mañanas muy temprano) que salí del Fillmore medio loco y, en vez de irme a casa, enfilaba el gran Lightning 650 por el puente de la Bahía a ciento sesenta ataviado con unos pantalones cortos y una zamarra de pastor… y cruzaba zumbando el túnel de Treasure Island bajo las luces de Oakland y Berkeley y Richmond, sin saber a ciencia cierta qué vía tomar cuando llegase al otro lado (el coche se calaba siempre en la barrera de peaje, yo iba demasiado pasado para encontrar el punto muerto mientras buscaba cambio)… pero absolutamente seguro de que fuese en la dirección que fuese, encontraría un sitio donde habría gente tan volada y cargada como yo: de esto no había duda… Había locura en todas direcciones, a cualquier hora. Si no al otro lado de la Bahía, por Golden Gate arriba, o hacia abajo, de 101 a Los Altos o La Honda… en todas partes saltaban chispas. Había una fantástica sensación universal de que hiciésemos lo que hiciésemos era correcto, de que estábamos ganando… Y esto, creo yo, fue el motivo… aquella sensación de victoria inevitable sobre las fuerzas de lo Viejo y lo Malo. No en un sentido malvado o militar; no necesitábamos eso. Nuestra energía prevalecería sin más. No tenía ningún sentido luchar… ni por parte nuestra ni por la de ellos. Teníamos todo el impulso; íbamos en la cresta de una ola alta y maravillosa… Así que, en fin, menos de cinco años después, podías subir a un empinado cerro en Las Vegas y mirar al Oeste, y si tenías vista suficiente, podías ver casi la línea que señalaba el nivel de máximo alcance de las aguas… aquel sitio donde el oleaje había roto al fin y había empezado a retroceder».
Dónde encontrarlo: Cualquier librería de la zona.

#12. El Hobbit

Autor: J. R. R. Tolkien.
Año de publicación: 1937.
Pasaje representativo:
«Hay extraños seres que viven en pozos y lagos en el corazón de los montes; pero cuyos antepasados llegaron nadando, sólo el cielo sabe hace cuánto tiempo, y nunca volvieron a salir, y los ojos les crecían, crecían y crecían mientras trataban de ver en la oscuridad; y allí hay también criaturas más viscosas que peces. Aun en los túneles y cuevas que los trasgos habían excavado para sí mismos, hay otras cosas vivas que ellos desconocen, cosas que han venido arrastrándose desde fuera para descansar en la oscuridad (…). Aquí abajo junto al agua lóbrega vivía el viejo Gollum, una pequeña y viscosa criatura. No sé de dónde había venido, ni quién o qué era. Era Gollum: tan oscuro como la oscuridad, excepto dos grandes ojos redondos y pálidos en la cara flaca. Tenía un pequeño bote y remaba muy en silencio por el lago, pues lago era, ancho, profundo y mortalmente frío. Remaba con los grandes pies colgando sobre la borda, pero nunca agitaba el agua. No él. Los ojos pálidos e inexpresivos buscaban peces ciegos alrededor, y los atrapaba con los dedos largos, rápidos como el pensamiento. Le gustaba también la carne. Los trasgos le parecían buenos, cuando podía echarles mano; pero trataba de que nunca lo encontraran desprevenido. Los estrangulaba por la espalda si alguna vez bajaba uno de ellos hasta la orilla del agua, mientras él rondaba en busca de una presa. Rara vez lo hacían, pues tenían el presentimiento de que algo desagradable acechaba en las
profundidades, debajo de la raíz misma de la montaña».

Dónde encontrarlo: https://mep.janium.net/janium/Documentos/27062.pdf

#11. Los tres mosqueteros

Autor: Alejandro Dumas.
Año de publicación: Entre 1844 y 1845.
Pasaje representativo:
«Era muy silencioso aquel digno señor. Hablamos de Athos, por supuesto. Desde hacía cinco o seis años vivía en la más profunda intimidad con sus compañeros, los cuales recordaban haberle visto sonreír a menudo, pero jamás le habían oído reír. Sus palabras eran breves y expresivas, diciendo siempre lo que querían decir, nada más: nada de adornos, nada de florituras, nada de arabescos. Aunque Athos apenas tuviera treinta años y fuese de gran belleza de cuerpo y espíritu, nadie le conocía amantes. Jamás hablaba de mujeres. Sólo que no impedía que se hablase de ellas delante de él, aunque fuera fácil ver que tal género de conversación, al que no se mezclaba más que con palabras amargas y observaciones misantrópicas, le era completamente desagradable. Su reserva, su hurañía y su mutismo hacían de él casi un viejo; para no ir contra sus costumbres había habituado a Grimaud a obedecerle a un simple gesto o a un simple movimiento de labios. No le hablaba más que en circunstancias supremas. A veces, Grimaud, que temía a su amo como al fuego, teniendo a la vez por su persona un gran apego y por su genio una gran veneración, creía haber entendido perfectamente lo que deseaba, se apresuraba para ejecutar la orden recibida y hacía precisamente lo contrario. Entonces Athos se encogía de hombros y sin encolerizarse vapuleaba a Grimaud. Esos días hablaba un poco».
Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

#10. El marinero que perdió la gracia del mar

Autor: Yukio Mishima.
Año de publicación: 1963.
Pasaje representativo:
«No saben ni la definición de peligro. Creen que peligro significa algo físico, hacerse un rasguño y que salga un poco de sangre y los periódicos armando un alboroto. Bien, pues eso no tiene nada que ver con el peligro. El verdadero peligro no radica sino en vivir. Claro está que vivir no es más que el caos de la existencia, y más aún: es el afán loco y erróneo de ir desmantelando instante a instante la existencia hasta ver restaurado el caos inicial, y entonces, con la fuerza que da la incertidumbre y el miedo originado por el caos, volver a recrear instante a instante la existencia. No hay cosa más peligrosa que ésa. La existencia, en sí misma, no comporta ningún miedo, ni ninguna incertidumbre, pero el vivir crea ambas cosas. Y, fundamentalmente, la sociedad carece de sentido, es un baño romano en el que todos se mezclan. Y la escuela, el colegio, no es sino una sociedad e miniatura. Por eso nos están dando órdenes continuamente. Un puñado de ciegos nos dice lo que tenemos que hacer, y hace trizas nuestras ilimitadas facultades».
Dónde encontrarlo: https://monikamelo.files.wordpress.com/2011/02/mishima-yukio-el-marino-que-perdic3b3-la-gracia-del-mar.pdf

#9. 1984

Autor: George Orwell.
Año de publicación: 1949.
Pasaje representativo:
«La nueva aristocracia estaba formada en su mayoría por burócratas, hombres de ciencia, técnicos, organizadores sindicales, especialistas en propaganda, sociólogos, educadores, periodistas y políticos profesionales. Esta gente, cuyo origen estaba en la clase media asalariada y en la capa superior de la clase obrera, había sido formada y agrupada por el mundo inhóspito de la industria monopolizada y el gobierno centralizado. Comparados con los miembros de las clases dirigentes en el pasado, esos hombres eran menos avariciosos, les tentaba menos el lujo y más el placer de mandar, y, sobre todo, tenían más consciencia de lo que estaban haciendo y se dedicaban con mayor intensidad a aplastar a la oposición. Esta última diferencia era esencial. Comparadas con la que hoy existe, todas las tiranías del pasado fueron débiles e ineficaces. Los grupos gobernantes se hallaban contagiados siempre en cierta medida por las ideas liberales y no les importaba dejar cabos sueltos por todas partes. Sólo se preocupaban por los actos realizados y no se interesaban por lo que los súbditos pudieran pensar. En parte, esto se debe a que en el pasado ningún Estado tenía el poder necesario para someter a todos sus ciudadanos a una vigilancia constante. Sin embargo, el invento de la imprenta facilitó mucho el manejo de la opinión pública, y el cine y la radio contribuyeron en gran escala a acentuar este proceso. Con el desarrollo de la televisión y el adelanto técnico que hizo posible recibir y transmitir simultáneamente en el mismo aparato, terminó la vida privada. Todos los ciudadanos, o por lo menos todos aquellos ciudadanos que poseían la suficiente importancia para que mereciese la pena vigilarlos, podían ser tenidos durante las veinticuatro horas del día bajo la constante observación de la policía y rodeados sin cesar por la propaganda oficial, mientras que se les cortaba toda comunicación con el mundo exterior. Por primera vez en la Historia existía la posibilidad de forzar a los gobernados, no sólo a una completa obediencia a la voluntad del Estado, sino a la completa uniformidad de opinión».
Dónde encontrarlo: https://www.suneo.mx/literatura/subidas/George%20Orwell%201984.pdf

#8. El largo adiós

Autor: Raymond Chandler.
Año de publicación: 1953.
Pasaje representativo:
«Hay rubias y rubias, y hoy es casi una palabra que se toma en broma. Todas las rubias tienen su no sé qué, excepto, tal vez, las metálicas, que son tan rubias como un zulú por debajo del color claro, y en cuanto al carácter tan suave y blanco como el empedrado de la acera.
Existe la rubia pequeña y agradable, que gorjea como los pájaros, y la rubia alta y estatuaria, que lo envuelve a uno en una mirada azul de hielo. Existe la rubia que lo mira a uno de arriba abajo y tiene un perfume encantador y resplandece tenuemente y se cuelga del brazo y está siempre muy, muy cansada cuando usted la acompaña a su casa. Ella hace ese gesto de impotencia y tiene ese maldito dolor de cabeza y a usted le gustaría aporrearla, aunque esté contento de haber descubierto lo del dolor de cabeza antes de haber invertido en ella demasiado tiempo, dinero y esperanzas. Porque el dolor de cabeza siempre estará así, es un arma que nunca deja de usarse, y tan mortífera como la espada del asesino o el frasco de veneno de Lucrecia.
Existe la rubia dulce, dispuesta y aficionada a la bebida, y que no le importa lo que lleva puesto — siempre que sea visón —o adónde va— siempre que sea el “Starlight Roof” y haya mucho champaña seco—.
Existe la rubia pequeña y altiva que es una verdadera compañera y quiere pagar ella su cuenta y está llena de luz de sol y de sentido común que sabe judo y puede lanzar al aire, por arriba del hombro, al conductor de un camión, sin perderse más de una frase del editorial del Saturday Review.
Existe la rubia pálida, pálida, con anemia de tipo incurable, pero no fatal. Es muy lánguida y muy sombría y habla suavemente como salida de no sé dónde, y usted no le puede poner un dedo encima, en primer lugar porque no tiene ganas, y en segundo lugar porque ella está leyendo La tierra perdida o Dante en el original o Kafka o Kierkegaard, o porque estudia dialecto provenzal. Adora la música, y cuando la Filarmónica de Nueva York está tocando Hindemith, ella puede decirle a usted cuál de los seis contrabajos entró un cuarto de tiempo más tarde. He oído decir que Toscanini también es capaz de ello. Eso quiere decir que son dos.
Y, por último, existe la muñeca maravillosa y encantadora que sobrevive a tres reyes del hampa y después se casa con un par de millonarios a un millón por cabeza y termina con una villa de color de rosa pálido en Cap d’Antibes, un coche Alfa Romeo completo, con chófer y acompañante, y una caballeriza de aristócratas enmohecidos a los que tratará con la atención distraída y afectuosa conque un anciano duque dice buenas noches a su criado»
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Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

#7. La leyenda de Sleepy Hollow y otros cuentos fantásticos

Autor: Washington Irving.
Año de publicación: 1820.
Pasaje representativo:
«Pocos días después se vio a Tom Walker sentado tras su escritorio en la casa de préstamos recién inaugurada en Boston. Supo hacerse muy pronto con una buena reputación, la de un prestamista que daba dinero por buena voluntad más que por afán de negocio… Eran los tiempos en que gobernaba Belcher y la gente andaba con la bolsa vacía; vivía una época convulsa todo el país, por lo demás, y corría de mano en mano el papel de crédito, los pagarés, pues comenzaba el imperio de los bancos hipotecarios, entre los que destacaba el famoso Land Bank, y se iniciaban también toda clase de especulaciones, entre las que era muy notable la de las viviendas recién construidas, pues llegaba gente en masa a las ciudades con la intención de asentarse en ellas. La continua impresión de papel moneda desató los precios y la gente se ilusionaba además con la colonización de territorios aún salvajes y con la promesa de levantar nuevas ciudades en ellos (…). Pero como de común acontece, la fiebre fue cediendo, se esfumaron pronto esos sueños de grandeza y muchos se vieron en la ruina… Quienes habían enfermado con tales sueños vivieron después una larga y dura convalecencia; el país entero, en fin, se lamentaba de aquellos dolorosos «tiempos difíciles». En medio de tan enorme desastre público, propicio por lo demás para sus intereses, inició Tom Walker su negocio de usurero en Boston… Ante las puertas de sus oficinas se amontonaban las gentes día a día, lo mismo necesitados que aventureros, lo mismo especuladores que contemplaban los negocios como si fueran un juego de naipes, que comerciantes arruinados y otros a los que nadie concedía ya más crédito… En suma, todo aquel que andaba desesperado por la falta de dinero, o por la premura con que se le exigía satisfacer una deuda, allí iba, a las oficinas de Tom Walker, dispuesto al sacrificio. Tom se mostraba con todos como el amigo universal de los más necesitados, lo que quiere decir, en el fondo, que concedía préstamos, sí, pero con unas condiciones terribles e inflexibles, cuya dureza de por sí grande crecía según la debilidad de uno o según la fama de moroso de otro… Amontonaba pagarés e hipotecas, iba sangrando poco a poco a los incautos que le pedían un préstamo, y luego los abandonaba ante la puerta de su negocio como quien se deshace de una esponja ya vieja y reseca. Así fue aumentando su riqueza paulatinamente, mientras él se sentaba a esperar en su despacho, mano sobre mano. Devino en poco tiempo en un hombre extremadamente rico y comenzó a construirse, en consecuencia, una de esas grandes mansiones que se hacen los hombres poderosos, la mansión propia de la buena sociedad de la que ya formaba parte, según él, por sus muchos méritos. Sin embargo, seguía siendo Tom tan miserable, que por simple tacañería no acabó de construirse la casa, ni mucho menos de amueblarla… Eso sí, como también era ya muy vanidoso, adquirió un hermoso carruaje… Mas mataba de hambre a los caballos destinados al tiro largo… Los ejes de las ruedas no tardaron en chirriar espantosamente, pues no se cuidaba de que se los engrasaran, por no gastar, y la gente pronto empezó a decir que aquel ruido era el lamento suplicante de las pobres almas que habían acudido a él para pedirle un préstamo».
Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

#6. Paris Spleen

Autor: Charles Baudelaire.
Año de publicación: 1869.
Pasaje representativo:
«—Dime, hombre enigmático, ¿a quién amas más? ¿A tu padre, a tu madre, a tu hermana, a tu hermano?
—Yo no tengo ni padre, ni madre, ni hermana, ni hermano.
—¿A tus amigos?
—Utilizás una palabra cuyo significado desconozco.
—¿A tu patria?
—Ignoro bajo qué latitud está situada.
—¿La belleza?
—De buena gana la amaría, diosa e inmortal.
—¿El oro?
—Lo odio, como vosotros odiáis a Dios.
—¿Pues qué es lo que amas, entonces, extraordinario extranjero?
—¡Amo las nubes…, las nubes que pasan… allá lejos… las maravillosas nubes!»

Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

#5. El llano en llamas

Autor: Juan Rulfo.
Año de publicación: 1953.
Pasaje representativo:
«En Corazón de María vivían, no hace mucho tiempo, un padre y un hijo conocidos como los Eremites; si acaso, porque los dos se llamaban Euremios. Uno, Euremio Cedillo; otro, Euremio Cedillo también, aunque no costaba ningún trabajo distinguirlos, ya que uno le sacaba al otro una ventaja de veinticinco años bien colmados. Lo colmado estaba en lo alto y garrudo de que lo había dotado la benevolencia de Dios Nuestro señor al Euremio grande. En cambio al chico lo había hecho todo alrevesado, hasta se dice que de entendimiento. Y por si fuera poco el estar trabado de flaco, vivía, si es que todavía vive, aplastado por el odio como por una piedra; y válido es decirlo, su desventura fue la de haber nacido».
Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

#4. Las cuitas del joven Werther

Autor: Goethe.
Año de publicación: 1772.
Pasaje representativo:
«¡Un ángel ¡Ay! Todos dicen otro tanto del dueño de su alma. ¿No es verdad? ¡Y sin embargo, como decirte lo perfecta que es, porque lo es. Basta; ella abarca todos mis sentidos, los domina. ¡Tanta ingenuidad unida a tanto ingenio!, ¡tanta bondad con tanta fuerza de carácter! ¡Y la tranquilidad del alma en medio de la vida más agitada!».
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#3. A contrapelo

Autor: Joris-Karl Huysmans.
Año de publicación: 1884.
Pasaje representativo:
«Pasaba el tiempo leyendo o soñando, y se embriagaba de soledad hasta la noche; de tanto reflexionar sobre los mismos temas, su espíritu se agudizó, y las ideas borrosas que tenía hasta el momento fueron adquiriendo madurez. Después de cada periodo de vacaciones, volvía al colegio de sus maestros cada vez más reflexivo y obstinado; pero estos cambios no pasaban desapercibidos para ellos. Como eran perspicaces y ladinos, y estaban habituados por profesión a sondear hasta lo más profundo del alma, no se dejaron engañar en absoluto por esta inteligencia despierta pero indócil; comprendieron muy bien que este alumno jamás contribuiría a alimentar el prestigio y la gloria de su institución, y dado que su familia poseía riquezas y no parecía preocuparse por su por su porvenir, muy pronto renunciaron a encauzarle hacia las brillantes carreras de las Escuelas Superiores. Aunque también le gustaba discutir con ellos sobre todas las doctrinas teológicas que le atraían por sus argucias y sutilezas, nunca se les ocurrió destinarle para el ingreso en la orden, pues a pesar de sus esfuerzos, su fe seguía siendo bastante débil».
Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

#2. Cuentos completos

Autor: F. Scott Fitzgerald.
Año de publicación: 1940.
Pasaje representativo:
«Empezás con un individuo, y sin darte cuenta descubrís que has creado un estereotipo; empezás con un estereotipo, y de pronto descubrís que no has creado… nada, absolutamente nada. Y es que todos somos unos bichos raros, mucho más raros tras nuestras caras y nuestras voces de lo que los demás sospechan, o incluso de lo que nosotros mismos sabemos. Cuando oigo a alguien describirse como “un hombre normal, leal y honrado” estoy completamente seguro de que padece alguna precisa y quizá terrible anormalidad que intenta disimular, y que su declaración de que es normal, leal y honrado es una forma de recordarse a sí mismo sus imperfecciones».
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#1. Las aventuras de Huckleberry Finn

Autor: Mark Twain.
Año de publicación: 1884.
Pasaje representativo:
«¿Que si os conozco? Yo os conozco perfectamente. He nacido y me he criado en el Sur, y he vivido en el Norte; así que sé perfectamente cómo sois todos. En resumen, unos cobardes. En el Norte dejáis que os pisotee el que quiera, pero luego volvéis a casa, a buscar un espíritu humilde que lo aguante. En el Sur un hombre, él solito, ha parado a una diligencia llena de hombres a plena luz del día y les ha robado a todos. Vuestros periódicos os dicen que sois muy valientes, y de tanto oírlo creéis que sois más valientes que todos los demás… cuando sois igual de valientes y nada más. ¿Por qué vuestros jurados no mandan ahorcar a los asesinos? Porque tienen miedo de que los amigos del acusado les peguen un tiro por la espalda en la oscuridad… que es exactamente lo que harían. Así que siempre absuelven, y después un hombre va de noche con cien cobardes enmascarados a sus espaldas y lincha al sinvergüenza. Os equivocáis en no haber traído con vosotros a un hombre; ése es vuestro error, y el otro es que no habéis venido de noche y emascarados. Os habéis traído a medio de un hombre: ese Buck Harkness, y si no hubierais contado con él para empezar, se os habría ido la fuerza por la boca. No queríais venir. A la gentuza como vosotros no os gustan los problemas ni los peligros. Pero basta con que medio hombre, como ahí, Buck Harkness, grite ¡A lincharlo, a lincharlo! y os da miedo echaros hacia atrás, os da miedo que se vea lo que sois: unos cobardes, y por eso os ponéis a gritar y os colgáis de los faldones de ese medio hombre y venís aquí gritando, jurando las calamidades que vais a hacer. Lo más lamentable que hay en el mundo es una turba de gente; eso es lo que es un ejército: una turba de gente; no combate con valor propio, sino con el valor que les da el pertenecer a una turba y que le dan sus oficiales. Pero una turba sin un hombre a la cabeza da menos que lástima. Ahora lo que tenéis que hacer es meter el rabo entre las piernas e iros a casa a meteros en un agujero. Si de verdad vais a linchar a alguien lo haréis de noche, al estilo del Sur, y cuando vengáis, lo haréis con las caretas y os traeréis a un hombre. Ahora, largo y llevaos con vosotros a vuestro medio hombre».
Dónde encontrarlo: En cualquier librería de la zona.

a Contrapelo.



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¡Gracias!


Una respuesta a “Algunos libros fáciles de encontrar y que recomendamos leer (Parte III)”

  1. Saludos. Descubrí tu blog por casualidad, y he de decir que me horroriza y me fascina a partes iguales jaja. Exhibes un pensamiento muy sólido y lúcido; aunque solo sea para putear a ciertos sectores 🤣 Me gustaría saber si has publicado algún libro o alguna obra personal de mayor peso que los ensayos breves que publicas por aquí.

    Tienes interesantes lecturas, por cierto. Pero si me permites una observación, te diré que a mi juicio te estás estás encerrando en un marco de pensamiento muy limitante. Me refiero, claro está, a toda esa mezcolanza antimoderna que va de Nietzsche a Benoist, pasando por Evola y Spengler, teñida además de una notable agresividad en momentos dados. Aunque comprendo que esto último en cierto sentido forma parte de tu estilo satírico, y que incluso es tu forma de responder a un ambiente progre opresivo hasta lo rídiculo y tedioso (pienso yo, al hilo de tus problemas con la UDELAR).

    Te animaría a leer textos de izquierda relacionados con el feminismo, el anticoloniasmo y directamente con el socialismo. No para que te convenzas de nada, sino para ejercitar tu capacidad de integrar ideas opuestas o de tolerar aquello que le produce desagrado a tu marco cognitivo por ser un elemento considerado intruso. Al fin y al cabo, ¿si uno puede leer a Evola y a Spengler, por qué no también a Simone de Beauvoir o a Foucault? A mi todos me parecen igual de errados, pseudocientíficos y presos de sus propias ideologías? Todo ese trago conservador no te va a sentar bien a largo plazo. ¿En donde hablaron todos esos pensadores conservadores acerca de la cuestión obrera, por ejemplo? Nunca lo hicieron porque eran aristócratas que desarrollaron su estilo de vida al margen de una parte importante de la realidad social y política de su época. Y exponer sus pensamientos a través de libros que supriman de tal forma la complejidad de la realidad es o bien profundamente estupido en la medida en que sus autores no adviertieron tal hecho, o directamente malvada en la medida en que decicideron omirtirlo. Mediocre en cualquier caso. Y conviene, especialmente para alguien como tú que, me parece, eres una persona verdaderamente inteligente y estás genuinamente interesado en la búsqueda de la verdad, apartarse tanto de la estupidez como de la maldad, porque nublan tu perspectiva (que no tu razonamiento; me parece que razonas muy bien. El problema, según veo, es que lo haces solo en una dirección).

    Por cierto, me parece que se te da muy bien escribir; al menos en tu estilo.

    Saludos y perdón por las molestias.

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