Baltazar Boom: historial oral de la tragedia de Gustavo Goncálvez y el perverso culto de la casona “La solidaria” (parte I)


{ADVERTENCIA: El siguiente relato fue compuesto al estilo de las crónicas orales. Para ello me he valido de múltiples entrevistas a varios de los protagonistas y testigos del trágico evento. Como ocurre siempre que se cuestiona a un número plural de fuentes sobre una experiencia en común, es probable que el producto final posea rasgos inverosímiles y/o contradictorios.}

1. Una presentación

Liliana Manini (madre de Gustavo): Gustavo nunca quiso hacerme caso. Él siempre fue un muchachito fatal.

Elsa Vigren (compañera de la secundaria): Los curas del colegio Seminario lo echaron justo un año antes de poder graduarse. El motivo fue supuestamente el haber empleado técnicas de “control mental” para influir en las actitudes y conductas de sus compañeros.

Vladímir Bzurovski (doctor en derecho penal, enemigo de la secundaria): La Biblia dice claramente que la brujería y la hechicería deben evitarse a toda costa. Ahora, en mi opinión, las travesuras de Gustavo no tenían nada de esotéricas. Ya desde joven el muchacho mostraba rasgos psicopáticos. Eso, sumado a una inteligencia fuera de lo normal y a una habilidad natural para hacer conjeturas precisas y fundadas sobre los deseos y motivaciones de las personas, lo volvieron alguien peligroso para sí mismo y, principalmente, para los demás.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Me pasó a mí, te pasó a vos, seguramente nos haya pasado a todos los que fuimos jóvenes durante la dictadura: el rock. Yo, que vengo de un hogar súper conservador, con madre ama de casa y padre docente universitario, lo viví como una auténtica liberación. Creo que en el caso de Gustavo ocurrió algo similar, y eso lo llevó a intentar forjarse una identidad y un sentido de pertenencia en un mundillo que por aquel entonces era muy marginal.
Claro, que en el caso de él terminó escapándosele de las manos.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Gustavo fue mi mejor amigo durante mis épocas en el Seminario; luego, cuando me matriculé en Facultad de Medicina. Lo recuerdo como un tipo bastante jodón, de esos que si los dejás entrar en confianza muy rápido suelen agarrarse la costumbre de insultarte y psicopatearte, entre otras cosas; y bueno…, al final se metió en una brava de la que ya no pudo salir.
Ahora que lo pienso, había algo muy triste en Gustavo…

Ricardo “Dardo” Lasarte (senior consultant, amigo de la secundaria): Era un tipo brillante. Fácil la persona más inteligente que conocí en mi vida. Era como tener Google antes de que se inventara el internet.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Hubo una vez, para hacerse el loco nomás, que fue a clases con el pelo teñido de verde. Apenas lo vimos, todos quedamos estupefactos. Por esa época él ya tenía el pelo largo, por abajo de los hombros, como los surfistas. Pero eso de teñirse de un color tan raro (sobre todo en aquella época te estoy hablando) era casi un delito. Me acuerdo que uno de los curas se lo llevó aparte para rezongarlo y que en el patio se armó un grupo grande de estudiantes que decían, una de dos; o, «este flaco es tremendo trolo» o «este flaco es un genio».
Ahí lo tenés: ya desde temprano Gustavo empezaba a cultivar tanto adeptos como detractores.

Vladímir Bzurovski (doctor en derecho penal, enemigo de la secundaria): Para mí aparte de ser un facho y un antisemita bárbaro era trolazo. ¿Qué más querés que te diga?

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Está comprobado que la adolescencia es una etapa crucial en el desarrollo de la personalidad y en las creencias de la persona, y, en el caso de Gustavo Goncálvez, no me cabe la menor duda de que algunos de los desafíos y experiencias que enfrentó en aquella época influyeron decisivamente en su nefasto porvenir.

Juan Andrés «Gordo» Rojo (cura del colegio Seminario): No dudo que usted tenga buenas intenciones al tratar este tema y, como hombre de fe, debo reconocer que me siento triste por esta historia que, al menos indirectamente, está vinculada a nosotros y cuyas ramificaciones podría decirse afectan al mundo cristiano en su totalidad.

Liliana Manini (madre de Gustavo): Nuestra relación era especial, aunque debo reconocer que tuvo sus altibajos debido a ciertas circunstancias de mi vida. Pero, a la distancia, siempre me enorgullecí de su talento y de su capacidad para plasmar sus pensamientos y emociones a través de la música. Su canción «Puta galáctica» me conmueve especialmente, pues sé que la compuso conmigo en mente.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): En mi libro “La tragedia de la solidaria” desmenuzo críticamente tanto el contexto como las consecuencias horrendas del misticismo religioso del que se valió Gustavo para perpetrar sus crímenes. No cabe duda de que sus antecedentes familiares son relevantes si queremos entender todo lo referido al caso. Su madre, Liliana Manini, era nada más ni menos que una de las siete hijas del Dr. Jorge Manini Lagos, director del diario “La última hora”, medio de circulación nacional muy vinculado a la dictadura.
Es posible que de joven Liliana haya padecido de algún trastorno emocional grave, que lamentablemente en esa época no fue posible detectar ni mucho menos tratar. El padre de Gustavo fue, hasta donde se sabe, un don nadie, el hijo bastardo de un gallego emigrado. Obviamente que esto no fue del agrado del patriarca Manini Lagos…

Ricardo “Dardo” Lasarte (senior consultant, amigo de la secundaria): Es cierto que en esa época era raro ser hijo de padres divorciados. Mucho más tener un padre ausente o una madre como la de Gustavo; quiero decir…, tú sabes, una madre con problemas psiquiátricos (o al menos eso se rumoreaba en los pasillos del colegio). Yo fui testigo de cuando Gustavo finalmente se reencontró con su padre.
¡Sí, del preciso momento en el que por fin lo ubicó! Fue a los diecisiete años, semanas después de que lo expulsaran del Seminario. Lo hizo por cuenta propia, valiéndose de una de esas viejas guías telefónicas. Me acuerdo que lo acompañé a visitarlo y que fue tanta la emoción que más tarde en el viaje de regreso en ómnibus me contó mil cosas, cosas en extremo personales que por supuesto no pienso revelarte.

Federica Pérez (artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Según relatan los archivos médicos, Liliana Manini fue más –por decirlo de algún modo– “lenta” que sus hermanas al momento de aprender a caminar y hablar. Más adelante, una vez que estuvo en edad de ir a la escuela, padeció de serias dificultades de aprendizaje; probablemente esto se haya tratado de un típico caso de dislexia (al menos eso es lo que yo especulo en uno de los primeros capítulos de mi libro “La tragedia de la solidaria”).
Según varios testimonios, sus años de adolescencia y juventud fueron bastante turbulentos. Se sabe que experimentó con drogas y que tuvo relaciones sexuales a una edad tempranísima. Esto por supuesto puso a su acaudalada familia en aprietos y, cuando Liliana quedó embarazada –a la edad de dieciséis años– Jorge Manini decidió que pasase una temporada larga en un centro psiquiátrico en Punta del Este. Como te imaginarás, en esa época no era raro que las familias de clase alta accediesen a abortos; el patriarca de la familia era, sin embargo, un católico recalcitrante, y por lo que tengo entendido en ningún momento se barajó dicha posibilidad.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Luego de su expulsión el adscripto y uno de los estudiantes (Vladímir Bzurovski, que, dicho sea de paso, como todo judío que se precie era un alcahuete bárbaro) empezaron a difundir rumores maliciosos sobre Gustavo y su familia; principalmente sobre su madre y su condición de hijo bastardo. Yo, sin embargo, creo que ese supuesto abandono familiar no lo perjudicó, sino que le sirvió para aclarar muchas cosas. De hecho, me parece que le hizo imperativo el volverse una persona autosuficiente.
La mayoría de nosotros procedíamos de entornos familiares estables y acomodados; es decir, nuestros padres nos apoyaban en todo, por eso lo de Gustavo quizás generaba tanto miedo y fascinación en algunos…

Elsa Vigren (compañera de la secundaria): Pocos lo saben, pero Gustavo fue mi primer novio.
Sí, sí, con él perdí la virginidad y él perdió la suya conmigo. Luego nos peleamos y comenzó entre nosotros una especie de guerra de reproches. Muy Pimpinela fue todo, me acuerdo.

Valentina Cativelli (compañera de la secundaria): Gustavo era tremendo. Me acuerdo que por esa época cada tanto se daba una vuelta por lo de mis viejos. Se había hecho amigo de mis padres y de mi hermano y yo, por supuesto, estaba enamoradísima de él. De hecho –y mirá que esto nunca se lo conté a nadie, ¿eh? –, fue mi primer novio. Mi primer novio secreto. Con él perdí la virginidad y él perdió la suya conmigo. Fue en lo de mis padres. Al principio yo no estaba muy segura, me acuerdo, pero Gustavo insistió, insistió, insistió y, bueno… Como ya te dije yo era muy chica y estaba enamorada… Pero ahora no quiero hablar más del tema. En serio.

Vladímir Bzurovski (doctor en derecho penal, enemigo de la secundaria): Gustavo era un vivo bárbaro. Se chamuyaba a las gurisas más inteligentes del curso diciéndoles que era “asexual”, o si no un “ninfómano asexuado” y que por lo tanto estaba “más allá de todo imperativo biológico”. Eso sí: después que se las cogía les pegaba una patada en el culo y no les volvía a hablar más. Pero lo peor es que, ¿Sabés de dónde sacó ese verso de la asexualidad? ¡De una revista! ¡De una NME que le presté para que leyera y que por supuesto nunca me devolvió! Era una entrevista a Morrissey, el cantante de The Smiths, me acuerdo… 

Cristina Breivick (compañera de la secundaria): Me niego a reconocer los términos hétero, bi u homosexual. Todos tenemos exactamente las mismas necesidades sexuales. Las personas son simplemente sexuales, el prefijo es irrelevante, Cris”. Me acuerdo de Gustavo diciéndome eso y yo quedando con los ojos ASÍ. Mucha gente no lo entiende, pero él siempre fue un chico distinto; un chico raro, medio jipillo, medio introvertido. La madurez que tenía para sus años era una cosa increíble, en serio. Fue mi primer novio, ¿Te conté? Con él perdí la virginidad…

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): En el 89 fuimos a ver a los Redondos tocar en vivo enel Palacio Peñarol. Me acuerdo clarito del público que, como te imaginarás, era más bien variado: básicamente pibes comunes y corrientes de todos los barrios de Montevideo; tanto guachos de Pocitos como del oeste. Todos juntos apretándonos contra el escenario y haciendo pogo. Una locura.
Suele decirse que en aquel entonces, con la restauración democrática, los jóvenes y los adolescentes podíamos expresarnos y participar más activamente en sociedad. Minga. Los años con Sanguinetti fueron igual de malos que con los milicos. No importa lo que te digan. Ser joven en esa época era un delito. Y después vino Lacalle y fue todo más de lo mismo. Pero, mientras tanto, uno podía probar salir y divertirse. El riesgo estaba; el miedo a la noche, digo, a la sirena policial, a las detenciones clandestinas, pero, valía la pena afrontarlo.
Me acuerdo de que esa noche Gustavo se pintó los vaqueros al estilo Jackson Pollock, y que fue de caravanita con los pelos todos parados y teñidos de un tono rojizo, a lo Ziggy Stardust.

Julio Solari (guitarrista, compañero de banda): Conocí a Gustavo en medio del frenesí dionisíaco de un toque de rock. Creo que en el año 88, 89, en el Palacio Peñarol;
sí, sí, fue cuando los Redondos tocaron por primera vez acá.
Aquella, si mal no recuerdo, fue una actuación importante para el Indio y Skay; quiero decir, en todo lo que refiere a su relación con el público local, pues marcó el inicio de un verdadero culto en este país. Mis recuerdos están un poco borrosos, la verdad, pero sé que esa noche o quizás la siguiente compartimos una cerveza y que a partir de ese momento nos volvimos inseparables. De hecho, hubo un periodo de tiempo en el que nos veíamos prácticamente todos los días.

Ricardo “Dardo” Lasarte (senior consultant, amigo de la secundaria): Estaba obsesionado con David Bowie. Poco después de que los curas lo rezongaran por haberse teñido el pelo de verde, cayó a clases con un relámpago pintado sobre el ojo derecho. ¡Igual que el Duque Blanco en la tapa del vinilo de “Aladdin Sane”!

Juan Andrés «Gordo» Rojo (cura del colegio Seminario): No había pecado alguno que Gustavo no cometiera.
No, no, a Gustavo no lo echamos simplemente por sus actitudes o excentricidades “estéticas” –por llamarlas de algún modo– sino por su conducta agraviante y peligrosa; por la influencia perniciosa que suponía para el resto de sus compañeros. De hecho, hubo un episodio lamentable en el que incluso llegó a amenazar a uno de ellos con una navaja. Yo mismo confisqué más tarde de su mochila un par de gramos de marihuana. De inmediato llamé a su abuelo y recién ahí fue que decretamos su expulsión.

Vladímir Bzurovski (doctor en derecho, enemigo de la secundaria): Momentos antes de que lo expulsaran tuvo una especie de brote psicótico y empezó a recitar de memoria en el patio del colegio versículos enteros del Nuevo Testamento. Luego me llamó a mí –y que conste que esto lo hizo frente a varios testigos– Caifás.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Bzurovski fue con el cuento a uno de los curas o a uno de los adscriptos, no recuerdo bien. Dijo que Gustavo fumaba marihuana y que incluso nos vendía a nosotros. Por aquel entonces te podrás imaginar que la cosa no era como ahora, que podés fumarte un porro con tu viejo y está todo más que bien; en esa época no era normal ver a Antonio Escohotado en la televisión disertando sobre sus experiencias con hongos alucinógenos; en esa época si la cana te agarraba aunque sea con un cuarto de gramo te mandaban directo al Vilardebó a que te hicieran terapia de electroshock. Por suerte nada más lo echaron.

2. Baltazar Boom

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Yo, igual que Gustavo, siempre fui la ovejita negra de la familia. De chica no sabían qué hacer conmigo. Y, cuando le dije a mi padre que me quería dedicar a la música, bueno…, Te podrás imaginar cómo fue eso, ¿No?… En fin, a Gustavo lo conocí en un tugurio muy demente de por aquel entonces llamado “El pozo”. Allí todo era un despelote bárbaro, me acuerdo; pasaban temas de Bauhaus, de Jesus Jones, de Love and Rockets, etc. Y junto a aquel bar había un sótano donde podías bajar y ver bandas de rock o a algún que otro experimentillo teatral. La verdad es que había de todo.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): El pozo fue un importante punto de encuentro para toda la escena musical underground y paracultural uruguaya de finales de los ochenta. En un principio, la idea de sus organizadores era convocar artistas jóvenes de múltiples disciplinas a exponer sus trabajos. Yo misma presenté allí algunas de mis primeras obras: “Compresa #1” y “Compresa #2”, ambas piezas consistían básicamente en dos toallitas menstruales pegadas con un clavo a la pared. Como verás, la propuesta de “El pozo” era abierta y performática; y allí una podía mostrarse desinhibida y completamente comprometida con los ideales del empoderamiento femenino.

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): En ese momento yo recién había llegado de un largo viaje iniciático a Europa. Ya no era más una nena. De hecho, esto no se sabe, pero yo le sacaba siete años de diferencia a Gustavo. Cuando volví de Camden Town traje conmigo varias ideas y el nombre de un proyecto musical: “Baltazar Boom”. Por esos años yo estaba a tope con los Happy Mondays y con The Stone Roses, pero, la artista que más me inspiró a encontrar mi propia voz fue sin lugar a dudas Claudia Brücken del grupo Propaganda; no exagero cuando digo que gracias a ella soy la persona que soy ahora.
Pero, me preguntabas de Gustavo y…, Sí, bueno, hasta que me conoció a mí Gustavo era un don nadie, un pobre diablo, un mocoso sin futuro que nunca había logrado sentirse parte de nada.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Pese a que no existen pruebas concluyentes que respalden la afirmación de que la artista Bijou Zieger fue durante aquella época una militante nazi, en mi libro “La tragedia de la solidaria” exploro algunos de sus vínculos con dicha ideología, y llego a sostener que, en efecto, su influencia sobre Gustavo fue sumamente nefasta. Para empezar, podríamos detenernos en esa suerte de fetichismo que siempre tuvo Zieger hacia todo lo que fuera imaginería nazi y/o fascista. Algunos me dirán que esto se trataba de una forma de provocación, un intento de hacer una velada crítica social al fenómeno de lo “políticamente correcto”. Pero, sin embargo, durante mis investigaciones he podido entablar contacto con allegados de Zieger que me han confirmado que uno de sus hermanos mayores integró la JUP (Juventud Uruguaya de Pie), lo cual por supuesto corrobora todo esto que te estoy diciendo.

Julio Solari (guitarrista, compañero de banda): Bijou Zieger era un minón y pico, una rubia despampanante, un plato de alimento más para el insaciable ego de Gustavo.

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Al principio éramos como dos leones. La verdad es que por un tiempo nuestra relación fue muy intensa y dramática.

Vladímir Bzurovski (doctor en derecho, enemigo de la secundaria): Me enteré que durante esos años por lástima el abuelo le había puesto un apartamento en el barrio Cordón, en la calle Rivera. Un cuartucho miserable. Todo con tal de que el pobre reencauzara su vida. Pero no hubo caso: como podés ver, Gustavo era un holgazán.
Yo me acuerdo que por esa época arranqué la ORT y un lustro después me recibí como Dios manda y ahora soy socio del estudio de abogados Posadas. Le perdí el rastro luego, aunque de hecho ni valía la pena seguírselo.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Si no me equivoco por esos años Gustavo empezó a vivir un periodo largo de vagabundeo y autodescubrimiento. Hasta donde sé, leía sin parar e iba a la Cinemateca prácticamente todas las noches; se autoeducaba, como quien dice.
También sé que pasaba mucho rato con una alemana divina, una mujer muy alta y esbelta. Bijou Zieger, se llamaba. Me acuerdo que tenía un rostro de rasgos muy marcados, con los pómulos altos y un par de ojos azules bien penetrantes. Hermosa mujer. Nunca le pregunté, pero creo que era un poco mayor que él, o al menos eso aparentaba.
En resumen: se convirtió en uno de esos gurises raros, que no laburan pero que siempre están rodeados de nenas punkies, lo cual la verdad a mí me fascinaba mucho.

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Fumábamos faso y nos quedábamos toda la noche despiertos sin saber qué hacer con nuestras vidas. Leyendo novelas o mirando películas de ciencia ficción. Por ese entonces, Julio Solari, Adrián Hanglin y yo habíamos empezado un trío musical inspirado en los primeros álbumes de Propaganda y Eurythmics. Pero no sé, como que nos faltaba algo, y ahí fue que entró Gustavo y con él todos sus quiebres y brotes de delirio.

Adrián Hanglin (baterista, compañero de tragos): Si bien es cierto que el muchacho era un inepto absoluto a la hora de tocar instrumentos, tenía una inclinación natural hacia los aspectos más “técnicos” de la música; es decir: sabía montones de todo lo que fuera cables, perillas, botones, enchufes, en fin… Vos me entendés… Ese tipo de conocimientos electrónicos a los que más tarde supo sacarles tanto jugo…

Julio Solari (guitarrista, compañero de banda): Como tecladista era eficiente, pero hasta ahí nomás. Después, reconozco que al momento de cantar tenía cierta impronta morrisoniana que al subir al escenario lo dotaba de un carisma muy particular. Su voz dejaba entrever, además, un dejo de ingenuidad adolescente muy atractivo.

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Empezamos a probar ensayar juntos los cuatro y me acuerdo que a la quinta o sexta zapada Gustavo entró en una especie de trance y escribió casi que de reflejo la letra completa de “La segunda llegada”.

Julio Solari (guitarrista, compañero de banda): Yo había compuesto una melodía con la criolla de mi abuela, la rubia me ayudó a ensamblar una de las estrofas con un puente medio choto, y Gustavo se encargó del resto.

Adrián Hanglin (baterista, compañero de tragos): La idea de que empezara en clave de reggae y que estallara en el estribillo fue mía. Los efectos gomosos de teclado y ese arreglo medio raro de plena se le ocurrieron a Bijou.
Si escuchás bien nuestro primer casete suena muy parecido a la música que harían después grupos como Nirvana o los Pixies. Ahí fue que me cayó la ficha y le dije al resto: “¡Ufff! Bo, miren que esto va en serio, muchachos, algo muuuy grosso está pasando acá…

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Varios asocian a Gustavo con el linaje del rock nacional de mediados de los noventa, cuando en realidad lo que hacía él y su banda era un calco del sonido dub y post-punk de grupos tales como Joy Division o New Order. Nada más. Sus letras eran crípticas, pasadas de cocción y la producción a cargo de Alfonso Nadal abusaba horriblemente del reverb. En mi opinión, el primer álbum de Baltazar Boom es una realización más bien pobre, oscura, excesivamente datada. En resumen: uno de esos grupos que tuvo la suerte de haber estado en el lugar y en el momento correcto.

Santiago “Cabra” Aristimuño (fanático de Baltazar Boom): Todavía tengo el casete original de “Ciénagas oscuras”, el cual descubrí si mal no recuerdo durante una de mis incursiones a la sucursal de Palacio de la Música en 18 de Julio y Paraguay. Ahora, dadas las circunstancias que rodean a la muerte de Gustavo y todo lo que ya sabemos, el mismo ha devenido en una suerte de preciado objeto de coleccionista. Pero, sin embargo, me niego a deshacerme de él. Tengo vívidos recuerdos de escucharlo en mi Walkman y de cómo mientras lo hacía pensar que las canciones tenían un cierto aire a Echo & The Bunnymen; quiero decir, las letras de Gustavo tenían esa cosa espiritual medio nietzscheana, medio enrevesada que por entonces a mí me volaba la cabeza. “Razzia revelación” fue un auténtico hit para todos los guachos que tuvimos que soportar la salida de la dictadura.

Sebastián Teysera Curbelo (fanático de Baltazar Boom, coleccionista de vinilos): Los escuché por primera vez en un compilado que produjo Gerardo Sotelo para Carpincho Records. Eran como una cruza pop entre Sumo y Bauhaus, pero con letras muy psicodélicas y sombrías. Logré verlos un par de veces en “Margot” –aquel famoso pub de Carrasco–, y otra en “El Tigre”, en pleno centro de Montevideo. Aquella noche me acuerdo que Charly García se apareció de la nada y que se quedó con Gustavo en la barra filosofando y hablando de la vida hasta altas horas de la madrugada. Fue increíble. Yo y un par de amigos nos acercamos a pedirle un autógrafo y Charly me dio un papel que decía «IOU NOTHING, pendejo«, y luego nos pagó a cada uno un trago de vodka con Fanta.
Pese a todo lo que pasó después, yo siempre recordaré a Gustavo y a los Baltazar Boom como los hijos pródigos de la escena, como LA BANDA que me cambió la vida.
Oíme bien: no creo que haya habido grupo alguno en aquel circuito que haya reflejado mejor el malestar que sentíamos los jóvenes durante la transición de la dictadura a la democracia, que ellos.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Para bien o para mal, la escasa aunque impactante obra artística que nos legó Gustavo dejará su huella en nosotros durante un largo tiempo.

Joel Rosenberg (manager de bandas, productor discográfico, consultor en M&E): Carpincho Records me había encargado la tarea de compilar una ensalada de temas para un álbum que pensaban editar y vender a finales de año. Como la verdad carezco de todo juicio musical, delegué la mayor parte del trabajo en Gerardo –un empleado que tenía por aquel entonces– y en su lugar aproveché para pergeñar un contrato mediante el cual pudiera quedarme con el 80% de las ganancias que generara el disco.

Gerardo Sotelo (ex-productor discográfico, director de medios públicos): Yo fui, como quien dice, el verdadero descubridor de Gustavo y los Baltazar Boom. Seré honesto: nunca los vi en vivo ni supe de su existencia porque fuese asiduo del circuito punk rock uruguayo. Nada que ver. Simplemente hice una convocatoria en un par de fanzines de la época y terminé recibiendo por correo una ristra descomunal de casetes mal grabados. Luego de horas y horas de escuchar aquella pila de demos, me quedé con el de Baltazar Boom, con el de Los Tontos, con el de Los Traidores y con una banda que lamentablemente pasó sin pena ni gloria: Los Estómagos…

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Visto en retrospectiva, “Carpinchos” es un disco desparejo, que además adolece de un sonido cochinamente despojado. No me cabe la menor duda de que fue hecho a las apuradas con el propósito de sacar tajada de la incipiente movida joven de finales de los ochenta.

III. Despegue

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Despacio pero ininterrumpidamente comenzamos a crecer, a llevar más público a nuestras presentaciones. Esto hizo que el grupo entrara en una especie de bisagra; de pronto los cuatro queríamos probar cosas nuevas, cosas que nunca antes nos habíamos planteado. Y bueno, como naturalmente ahora teníamos que pasar más tiempo juntos, hubo algún que otro roce…
Sumado a eso, Gustavo se agarró la maldita costumbre de a ratos querer separarse de mí. Algo que me dolió mucho (…). Creo que el barullo de la fama le empezó a caer un poco pesado. Pese a todo lo que nos estaba ocurriendo, Gustavo era una persona más bien introvertida, alguien que necesitaba pasar cierto tiempo dentro de sí. Por ende, cuando arrancó con el rollo ese de los hongos mágicos yo elegí no preocuparme tanto y atribuírselo mayormente a su personalidad exploradora.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Según me han explicado varias fuentes, en aquel entonces Gustavo empezó a experimentar con copiosas cantidades de hongos alucinógenos. Los “psilocybe cubensis”, también conocidos con el nombre de “cucumelos, eran sus favoritos y los consumía siguiendo las indicaciones del sofista etnobotánico Terence Mckenna. Según este peligroso gurú de la extrema derecha, los hongos habrían sido los responsables del salto evolutivo del Homo Neanderthalensis al Homo Sapiens, al haber propiciado en este último una mayor plasticidad neuronal; algo así. Esto es, de acuerdo a los más renombrados expertos en la materia, un disparate, pero ahora no quiero irme de tema…
Lo que hay que subrayar es la nociva ignorancia de Gustavo. Aun cuando estas experiencias alucinógenas pueden controlarse hasta un determinado punto, no debemos olvidar que sus efectos son resultado de una serie de estímulos intrusivos, ajenos a las constantes variaciones y al tempo del metabolismo corporal. En otras palabras; es la droga, y no el usuario, la encargada de tomar el mando.

Gerardo Sotelo (ex-productor discográfico, director de medios públicos): Los hongos hacen que me vuelva uno con el Absoluto, Gerardo”, recuerdo que fueron sus palabras textuales. Para mí, todo aquello era muy difícil de comprender. Siempre fui un fumador más bien aprehensivo, de esos que sólo se permiten un porro en compañía de amigos, pero hasta ahí nomás. Por lo tanto, verlo en aquel estado y consumiendo cantidades para mí tan grandes…, debo decir que la verdad me asustó un poco…

Adrián Hanglin (baterista, compañero de tragos): Le gustaba consumir lo que él llamaba “dosis heroicas”. Creo que eso lo tomó de un librillo de Terence Mckenna, quien además pasó a convertirse para Gustavo en un referente en todo lo que fuese el consumo de hongos. Mckenna recomendaba siempre tomarlos en soledad, con el estómago vacío y en un ambiente cerrado y oscuro. Cuatro gramos era más o menos lo que durante una temporada sé que Gustavo llegó a consumir por día, y así fue como según él logró “disolver su ego y volverse uno con el absoluto”; lo que sea que signifique eso.

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Cuando tomás hongos sentís literalmente que estás atravesando un tipo de experiencia profunda y transformadora pero, OJO, mirá que hay personas que he conocido que han hipotecado su consciencia en la azarosa ruleta de la psicoexploración, y desde entonces no han vuelto a ser los mismos; se perdieron en algún lugar ignoto de su inconsciente y ahora ya no son más que seres despersonalizados, fantasmales, decididamente incapaces de funcionar en su día a día.

Julio Solari (guitarrista, compañero de banda): Si cerrás los ojos podés llegar a ver cosas realmente alucinantes, imágenes muy hermosas. Supuestamente Jesús y sus apóstoles fumaban marihuana, además de varios yuyos que contenían microdosis de DMT. Lo escuché hace poco en un podcast de Joe Rogan. Quizás eso explique la fascinación de Gustavo con los psicotrópicos, qué sé yo, vaya uno a saber…

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): Por esa época Gustavo me dijo que Jesús se le apareció en sueños, al más puro estilo chamánico; ya te imaginarás qué fue lo que le dijo, ¿No?

Santiago “Cabra” Aristimuño (fanático de Baltazar Boom): El primer y único álbum oficial de Baltazar Boom salió en agosto de 1993. Llegó a vender algo más de 3000 copias durante su primer mes de lanzamiento, convirtiéndose así en uno de los discos uruguayos más exitosos del año. Pero no sólo eso, la banda también obtuvo una importante repercusión mediática. Su show aquel año en el Teatro de Verano fue una cosa realmente memorable.

Sebastián Teysera Curbelo (fanático de Baltazar Boom, coleccionista de vinilos): Las canciones de “Cordillera sangrienta” eran distintas a las de los primeros demos. Pese al bajo presupuesto y a las limitaciones técnicas, Baltazar Boom ahora apuntaba a un sonido mucho más luminoso y expansivo. Los arpegios giratorios de Solari, el uso de efectos y sonidos amorfos sumado al melodioso bajo de Bijou, maridaban perfectamente con el timbre barítono de Gustavo. En lugar de descender a las tinieblas, Baltazar Boom ahora se elevaba hacia la luz.

Federica Pérez (psicóloga, artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Las letras de Gustavo empezaron a tener un dejo sospechosamente espirituoso; quizás debido a la creciente influencia de los hongos, los cuales estoy casi segura fueron los responsables de terminar de destruir su inestable sentido del ego, además de todo atisbo de creatividad que en algún momento hayan podido demostrar el resto de los integrantes del grupo.
Como ya argumenté en mi libro de ensayos “Paisaje de relatos. Una colección de reflexiones semióticas en torno a nuestra cultura nacional”, la objetividad es ilusoria y toda obra artística que valga la pena remite necesaria y explícitamente a su creador. A partir de este marco referencial es posible entender por qué la mal llamada “exuberancia” del primer y único álbum de Baltazar Boom no es en absoluto un atributo estético positivo, en mi opinión; pero también le echo la culpa de esto a Bijou Zieger, una persona con inquietudes abiertamente fascistas, quien, al ser intelectualmente superior al resto de los integrantes del grupo, llegó a influenciarlos de una manera solapada y perniciosa, especialmente a Gustavo.

Bruno “Fico” Díaz (fanático de Baltazar Boom, ex plomo de la banda, maître del chetopub “La cochina”): El show más convocante de los Baltazar Boom fue en sí un desastre, tanto para el grupo como para todos los que trabajamos detrás de su organización (…). Pero, nobleza obliga, debo reconocer que fue también una de las presentaciones más brillantes que haya dado un grupo de rock en nuestro país. Aquella noche tocaron con una potencia verdaderamente grandilocuente, cuasi mesiánica. Aún hoy recuerdo a Bijou –que en sus años de juventud fue sin dudas la mujer más bella del circuito rockero nacional– en medio del escenario, con un look vampiresco, arqueando su pierna derecha enfundada en una media de red hacia dentro, moviendo sus penetrantes ojos en una dirección, luego cerrándolos y abriéndolos en la otra; escuchame: ¡Eran hasta lindos de ver!, tenían esa mística irreproducible, ese qué sé yo, esa pasta de estrellas.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Yo creo que en ese momento lo tenían todo para iniciar una verdadera revolución. Al menos ahora así lo veo. Es difícil de explicar a aquellos que no fueron jóvenes durante esa época, pero el rock, más que un género musical, funcionaba para nosotros como un evangelio. De hecho, hubo quienes hicieron de su juventud y adultez una suerte de vasallaje dedicado en cuerpo y alma a él.

Federica Pérez (artista plástica, periodista cultural del diario “El País”): Se trata claramente del mismo mecanismo que empleó Adolf Hitler y el régimen nazi para seducir a las masas. En el caso de Gustavo y los Baltazar Boom funcionó en una escala un poco menor: es decir, orientado principalmente hacia aquellos jóvenes náufragos de pelos parados y sobretodo que alcanzaron la mayoría de edad durante la primavera democrática.

Julio Solari (guitarrista, compañero de banda): Éramos conscientes del cambio que se estaba viviendo. En aquellos años podía respirarse en las calles una sensación de desmesura, de triunfo permanente. Creo que hubo una toma de conciencia generacional, una rebelión espontánea contra esa cultura miliquera y tan nefasta que se nos trató de imponer durante la dictadura.

Bijou Zieger (bajista, compañera de banda, primera novia de Gustavo): En mi opinión los milicos no fueron tan malos como se los pinta. Lo digo consciente de todos los palos que me van a caer pero, bueno, yo qué sé, ¡Es mi opinión, hermano! De hecho, creo que el sonido de Baltazar Boom se alimentaba mucho de esa épica marcial que uno puede ver por ejemplo en un desfile militar. Sí, sé que esto que estoy diciendo a varios les va a parecer algo anacrónico o incluso kitsch, pero, la verdad es que a mí los desfiles militares siempre me conmovieron mucho. Ya de chiquita por una cuestión familiar me llevaban a verlos.

Bruno “Fico” Díaz (fanático de Baltazar Boom, ex plomo de la banda, maître del chetopub “La cochina”): Debo insistir con que la organización del show no estuvo a la altura. La verdad es que no contábamos con el número suficiente de asistentes y encargados de seguridad y, para colmo, el periodismo local venía desde hacía meses rompiendo los huevos con acusaciones absurdas. De Bijou dijeron que era una militante nazi, y de Gustavo lo más suave que llegaron a decir era que era un sedicioso. Recuerdo a una periodista de aquel entonces que nos perseguía a todos lados con una libreta haciendo preguntas, tratando de hacer que nos pisáramos el palito y así poder convertirnos en el nuevo saco de box mediático.

Marcelo Jiménez (escritor, amigo de la secundaria): Hubo serios incidentes, tanto durante como hacia el final del show. Cuando ya estaban por terminar de tocar, el grupo GEO irrumpió por la parte de atrás a hacer una redada. Buscaban drogas. Recuerdo que un par de plomos y yo nos pusimos a hacer presión sobre el portón del fondo, ya sabiendo la que se nos estaba por venir, mientras que del otro lado, a su vez, una turbonada de seguidores de la banda o vaya a saber quiénes, chocaban violentamente contra los efectivos.

Felipe Villamayor (2023).

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