Digresiones de un fanático fascista (parte I)


«EARLY EVENING, JULY EIGHTEEN/ ̶ ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶./ ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶, ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶/ ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶, ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶, ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶,  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶  ̶(̶C̶E̶N̶S̶U̶R̶A̶D̶O̶)̶/ PERCHED UPON A STILL-BEATING HEART, MR. MASASHIGE SAYS HE’S PROUD»

1. Ya desde chico tenía la impresión de que los japoneses eran el pueblo más avanzado del mundo. En serio. Había algo en su sentido de la disciplina, en su ortodoxia, en esa seriedad tan particular que tienen de encarar al mundo, que me hacía mirarlos con un respeto enorme.
Bueno, no por nada después de todo los japoneses fueron los inventores del famoso código del Bushido, ya saben, esa serie de principios éticos a partir de los cuales los guerreros samuráis guían su vida. Para los nipones, el honor, la lealtad y la rectitud no son sólo palabras bonitas, sino su brújula existencial; vivir sin tener en cuenta estas virtudes es, para ellos, no vivir en absoluto. 

Como imaginarán, ya de más grande, en plena adolescencia, idealicé al joven ultranacionalista Otoya Yamaguchi, y a su feroz y solitaria campaña contra la influencia del comunismo en el estudiantado japonés. Tanta era la devoción de Otoya hacia los estrictos valores y tradiciones de su país, que en medio de un mitin político, frente las cámaras de la cadena pública NHK (básicamente el equivalente nipon del canal BBC) procedió a asesinar en vivo y en directo con su sable wakizashi al político marxista Inejirō Asanuma.
Puede que este nombre no tenga importancia para ustedes, pero Asanuma es recordado hoy en día en Japón por ser el líder y principal ideólogo del Partido Socialista durante la posguerra. Luego de su muerte, afortunadamente, el partido se fragmentó y perdió toda su influencia en la opinión pública. 

Pero el hecho en sí pasó a la posteridad gracias a una célebre fotografía, la cual seguramente hayan visto en algún momento de sus vidas, capturada en el instante exacto en el que el joven Otoya apuñala a Asanuma en el vientre. 

Siempre llamó poderosamente mi atención el contraste que hay en dicha foto entre el delgado cuerpecito de Otoya –diría yo más propio de un jockey que el de un samurái– con la robustez física y el viril porte de Asanuma.

Huelga decir que segundos después de haber salvado a Japón del fantasma del comunismo, Yamaguchi fue a parar a la cárcel. Semanas más tarde, motivado por ese sentido del honor tan propio de los japoneses, Otoya eligió quitarse la vida, escribiendo como último acto en la pared de su celda, el siguiente breve poema:

«Siete vidas por mi país. ¡Diez mil años por Su Majestad Imperial, el Emperador!».

2. Ahora, con el diario del lunes, sé que los hechos en realidad no fueron tan en blanco y negro como quizás el joven Otoya creía; Inejirō Asanuma era un comunista de mierda, sí, pero las cosas como son: hay que reconocerle que el tipo intentó oponerse a la creciente y perniciosa influencia de Estados Unidos en la cultura de su país, la cual, de no habérsele puesto coto, pudo haber llegado a ser tan dañina como la del maoísmo, no hay duda de ello; de hecho, hay algunos pirados de extrema izquierda que dicen que Otoya actuó en connivencia con los yanquis, que incluso llegó a ser un activo de la CIA, un elemento de los servicios de inteligencia estadounidense, quienes hacía ya bastante tiempo venían caldeando los ánimos de facciones ultranacionalistas como el “Uyoku dantai” (el bloque político al que el joven Otoya aspiraba a pertenecer).

Lo cierto es que la realidad es muy compleja, y uno a veces se ve obligado a simplificarla, sobre todo en épocas convulsas. Aun así, Yamaguchi sigue siendo para mí un referente; no en el sentido intelectual, obviamente, sino en un sentido espiritual. Aunque no soy el único que lo tiene en alta estima; por lo que me comentan algunos de los periodistas que anualmente vienen a entrevistarme, el muchacho sigue siendo objeto de admiración y homenaje para muchos jóvenes; no hace mucho incluso, en la Plaza Hibiya, hubo un multitudinario homenaje en el aniversario de su muerte.

3. Pero basta ya del joven Otoya Yamaguchi, seguramente lo que tú quieres es saber más de mí y de mis acciones, ¿no? Bueno…, empecemos…

Tengo cuarenta y tres años. Ya hace casi veinte que estoy en la cárcel. Tuve una infancia normal y tranquila, llena de recuerdos felices. El que más atesoro fue poco después de haber cumplido seis años. Estoy en el living de la casa de mi abuela en Carrasco, escondido debajo de la mesa, sintiendo el olor a nicotina de los cigarrillos que mi padre fuma mientras conversa aprensivamente con su señora madre. El sol de la tarde se filtra a través de las cortinas y el mantel. Me siento seguro escondido bajo la mesa. Aún ni me lo imagino, pero el régimen de facto está a punto de caer y Uruguay retornará poco después a la democracia. A medida que avanza la tarde recuerdo haber salido de mi escondite y haber visto en el televisor de mi abuela una publicidad de la lista 85 del Partido Colorado, la de Julio María Sanguinetti. Sólo con ver aquel anuncio le cambió la cara a mi padre:

«Este politiquero de mierda», soltó entre dientes.

«¡El niño, Gregorio, el niño!», respondió mi abuela. 

Y ésa fue la única vez que lo oí blasfemar en público.

Un cura opusdeísta con el que posteriormente hablé, años después de haber perpetrado mi famoso crímen, me dijo que aquel persistente recuerdo no es sino una visión atenuada de los famosos Campos Elíseos, una premonición del lugar al que deberé partir luego de mi muerte y al que sólo están destinados temporalmente a ir los héroes y las almas virtuosas. Al parecer, allí uno puede recrearse solazmente repasando con lujo de detalles eventos y experiencias pasadas antes del día del Juicio Final.

4. Pero la palabra “politiquero”, no entendí la palabra “politiquero” en ese momento, con sólo seis años no había forma que pudiera entender el significado de la palabra “politiquero”, y la respuesta que me dio mi padre más tarde en su Ford Falconun politiquero es un hombre que sólo sabe decir mentiras») no satisfizo mi curiosidad, lo cual no impidió que desde ese momento en adelante, la adoptase como propia, usándola para descalificar a todo aquel que por cualesquiera motivos me cayera mal.

El resto de mi infancia, como ya dije, podría calificársela de normal. Mi familia era un clan de militares con raíces riveristas, dueños de numerosos campos y estancias. Fui educado desde mi más tierna juventud en el colegio Seminario de Montevideo, donde se me inculcaron algunos de los valores y principios eternos que más tarde moldearon mi visión del mundo. Mi madre me amó y me llenó de atenciones; mi padre me enseñó desde la distancia la importancia del respeto y la confianza en uno mismo. Fui un niño extrovertido y amoroso, que solía destacar en el colegio y en toda actividad deportiva o extracurricular. 

Poco después de cumplir trece años, sin embargo, me diagnosticaron una leucemia mieloide aguda; un tipo de cáncer en la médula. Como podrán suponer, la situación afectó gravemente a mi familia. Y a mí, por supuesto. De un día para el otro tuve que acostumbrarme a pasar largos periodos de tiempo en el hospital, y durante el proceso de quimioterapia debí abandonar el colegio. Mi madre, una mujer instruida y sagaz, dedicó toda su atención a mis cuidados; mi padre, al ver que la enfermedad avanzaba irreversiblemente, movió cielo y tierra para conseguir a su hijo leucémico el mejor de los tratamientos. A su manera, púdica y militar, supo acompañarla durante el proceso, y fue el responsable de que hoy yo esté vivo, pues gracias a él tuve acceso directo a uno de los mejores oncólogos del país, en ese entonces el también accionista mayoritario del Centro de Oncología y Radioterapia del Uruguay: el Dr. Tabaré Vázquez

Si bien más adelante el Sr. Vázquez lo negaría tajantemente, mi padre y él se conocían ya desde hacía tiempo; cuando Vázquez era Profesor Adjunto de la Cátedra de Oncología de la UdelaR, mi padre formó parte de una de las mesas de selección militar encargadas de designarlo para que representara a Uruguay en un importante seminario de investigación cancerológica celebrado en Israel. Pero ya incluso antes de eso Vázquez había ejercido cargos públicos de alta relevancia dentro del régimen militar. Era, en ese entonces, me crean o no, un empresario amigo del poder de turno, y, nobleza obliga, un tipo que hizo mucho por la investigación y el tratamiento del cáncer en el Uruguay. 

Gracias a él estoy vivo y, vaya casualidad, ¡Gracias a mí él está muerto! Y mucho antes de lo que estipulaba su edad biológica…

5. Retrospectivamente hablando, fue por esa época que comenzaron mis primeros escarceos literarios. Tiene sentido. Después de todo, para el adolescente promedio su cuerpo es a menudo una fuente de alegrías y revelaciones, mucho más importante y enriquecedora que la lengua y todos sus sofismas. En mi caso, mi cuerpo trabajaba activamente las veinticuatro horas del día en destruirse y arrastrarme consigo hacia la nada. Cada latido, cada suspiro, cada mechón de pelo que se desprendía de mi cabeza, cada desmayo, cada moretón –por ese entonces incluso mi sangre había dejado de coagular bien y fue motivo de numerosos desmayos– era un recordatorio constante de la lucha que se estaba desatando dentro de mí. Tuvieron que ser las palabras, entonces, administradas en un principio por boca de mi madre, las que, por más cursi que suene, me permitieron salir adelante durante las etapas más crudas de la enfermedad..

Así fue que, entre líneas y párrafos, hallé una razón para seguir vivo: el deseo de escapar de mi cuerpo y de todas sus traiciones y horrores. Me convertí, entonces, en uno de esos sujetos de la mente, en un joven sufrido y contemplativo.

Por medio de mi madre, empecé a asistir de manera intermitente a uno de los talleres de verano de la escritora chilena Mariana Callejas, que, en ese entonces, ya empezaba a perfilarse como una auténtica maldita entre los artistas e intelectuales más respetables de su país. Aquí logró pasar desapercibida, sin embargo. Al menos por un tiempo.

En fin…, cuestión que, gracias a esa mujer y a los esfuerzos de mi madre, comencé a desarrollar cierto talento para la expresión escrita. De pronto, la verdadera batalla ya no la libraba mi cuerpo, sino mi mente: encontrar la palabra exacta, el adjetivo preciso, lograr que la anécdota o la historia que quería plasmar en la hoja se desarrollase tal y como la había imaginado, sirvió para anclarme en un plano existencial más allá de lo físico. La enfermedad comenzó a retroceder y un nuevo mundo interno empezó a brotar y a expandirse dentro de mí; huelga decir que este era un mundo regido por reglas absolutamente divorciadas del cuerpo.

Sé que mi madre recogió cada uno de mis manuscritos, y puntillosamente se encargó de transcribirlos y pasarlos a máquina, publicando algunos de ellos en revistas militares de la época. Retrospectivamente hablando, creo que mi padre vio todo aquello con cierto desdén; bueno, lo cierto es que retrospectivamente hablando, no lo sé ni me importa.

6. Uno nunca sabe lo que el futuro le depara; uno nunca sabe cómo ni cuándo un día la tragedia tocará a su puerta. La vida es, en ese sentido, similar a una continua y caótica marea que, tarde o temprano, nos llevará a todos por delante. Julius Evola dijo una vez, palabras más, palabras menos, que es a causa de este conjunto de contingencias que disponemos de la Tradición; para apuntalar en la dirección correcta todo lo que sea incontrolable e imprevisible. Y que es a partir de esta estructura de orden y seguridad que podemos convertirnos en sociedad en la mejor versión de nosotros mismos, pues el individuo por sí solo es una cosa bastante inútil.

En la mayoría de los casos, digo.

Las palabras, en tanto convención colectiva, creo que son un buen ejemplo de esto; quiero decir, cada generación las hereda y lleva consigo como una suerte de sabiduría acumulada, la cual le sirve de faro para orientarse y dotar de sentido a su experiencia, aunque individualmente él no haya contribuido de manera significativa a su creación; la enfermedad tiene un papel similar, pues es el nivelador social por excelencia; no importa cuánto dinero tengas, si un día te toca morir, te toca morir, y no hay nada que puedas hacer al respecto.

En el mundo civilizado Dios y la Verdad no conocen de barreras sociales. 

Es por esta razón que odio al comunismo y a todos sus enlatados. Creo que son una suerte de egoísmo encubierto cuyo propósito es tirar abajo esos valores y tradiciones que nos hermanan. Por supuesto que en general esto lo suelen hacer bajo una guisa de “desinteresada búsqueda de la igualdad y la justicia”, pero su “praxis” es en definitiva eso; envidia, egoísmo e injustificados deseos de control, sumado a un fuerte rechazo a todo aquello que dote de sentido a la existencia (Dios, la “infelicidad”, la lucha del día a día, las jerarquías sociales).

Por eso digo que Japón es un buen ejemplo de una sociedad avanzada, pues allí nunca han dado lugar a estos despropósitos. Pregúntenle a cualquier persona que haya pasado una temporada en el país nipón y van a ver: en Japón los niños no son molestos, las mujeres no sufren de ninguna neurosis (saben cuándo tienen que callarse la boca), los hombres son serios y leales, etc., etc.

7. Durante parte de mi infancia y adolescencia fui testigo consciente del regreso de la democracia y de algunas de sus desastrosas consecuencias. A medida que la sociedad uruguaya empezaba a lidiar con los nuevos cambios que entrañaba dicho proceso, vi a los politiqueros de siempre usar su astucia y estratagemas en beneficio propio, adueñándose de los recursos y riquezas del país para emplearlos como moneda de cambio en su afán de corromper sistemática y despiadadamente a todas esas personas que, de boca para afuera, juraron representar. 

Para 1993 yo ya pertenecía a ese trillado género del buen muchacho; para entonces, ya había logrado vencer al cáncer y había retomado sin pena ni gloria mis estudios en el Colegio Seminario de Montevideo. Fue por esas fechas que me tocó atravesar el momento crítico del primer enamoramiento. ¡Por supuesto, el rostro de una mujer tuvo que cruzarse con luz rápida en mitad de mi camino y estacárseme hasta lo más hondo del alma!
Sin embargo, quiso el destino que este sentimiento no fuera correspondido y, lamentablemente, en nuestro caso, lo espiritual y lo físico nunca llegaron a combinarse.

Natsuki Nakamura era una muchacha delicada y silenciosa, dueña de una amabilidad casi beatífica. Hija del embajador de Japón, y aficionada a los caballos, con quince años leía de una sentada los libros de Carlos Castañeda y el “Mein Kamp” de Adolf Hitler. Era distinta, femenina en un sentido que ya en esa época no se estilaba. Entablamos enseguida una amistad fuera del alcance de los ojos y oídos de nuestros compañeros. Pero me frustraba porque, a pesar de que nos veíamos seguido, no podía evitar el dolor de saber que nuestra conexión jamás excedería los límites de una amistad platónica. Mi cuerpo, aún flaco y débil luego del transcurso de la enfermedad, parecía actuar como un recordatorio constante de mis limitaciones, y fue sin duda durante esa época el motivo principal por el cual nunca llegamos a unirnos íntima e irreversiblemente.

¡Ah, pero incluso aquellos que adolecen de desamor y se desprecian a sí mismos llegado el momento pueden encontrar la voluntad suficiente como para cambiar sus vidas!

8. Por esa época acompañé a mi padre a una velada de militares retirados en el Club Naval de Montevideo. De entrada no supe muy bien qué iba a encontrarme –mi idea era en un principio leer poemas de Francisco Acuña de Figueroa para los treinta o cuarenta milicos allí reunidos, en fin…– y, si bien inicialmente guardé cierto recelo en torno a los conceptos e ideas allí vertidos, debo reconocer que esa noche terminé de desengañarme por completo respecto a la democracia y sus desastrosas consecuencias. 

En el transcurso de la reunión aprendí acerca del liberalismo masónico y su rol desequilibrante en las revoluciones burguesas; descubrí cómo políticos blancos del estilo de Lacalle Herrera son en realidad exactamente iguales a los comunistas, en el sentido de que solo les interesa cortar el mazo de cartas para su propio beneficio, otorgándose a sí mismos y a sus hijos y yernos privilegios, a la vez que tratan al resto de la población como fichas en un tablero, piezas carentes de autonomía destinadas única y exclusivamente a ser explotadas.

El develo de estas verdades ocultas, sumado a una serie de conversaciones que sostuve con mi padre durante esos años, sirvieron para introducirme de lleno en los entresijos de la política. Un año después ocurrieron los sucesos del Hospital Filtro, cuando varios jóvenes malvivientes intentaron evitar, mediante el uso de la violencia, la extradición a España de tres miembros del grupo terrorista ETA. Luego de los caóticos enfrentamientos que hubo entre la policía y las patotas marxistas, un grupo de militares organizó un acto de repudio en la Plaza del Ejército. 

De manera insólita, el evento logró atraer a una inadvertida cáfila de gurices, principalmente varones, románticos e inexpertos, quienes, por supuesto, se posicionaban en contra de la creciente influencia del Frente Amplio y de ex guerrilleros como José Mujica o Eleuterio Fernández Huidobro en la política nacional. Me sorprendió observar que algunos de los asistentes vestían uniforme militar y ondeaban sin vergüenza, más bien con orgullo, banderas uruguayas y de los Treinta y Tres Orientales. Hubo incluso aplausos y gritos por doquier cuando el principal orador, uno de esos militares retirados que había conocido durante aquella velada iniciática, subió al escenario y brindó un potente discurso a los presentes. Lo que dijo, pese a no ser en absoluto una novedad para mí, resonó fuertemente en mi interior, y entendí a fondo que, de seguir así, en no demasiado tiempo Uruguay se hallaría al borde de una revolución comunista y, de alcanzar ese límite, no habría otra opción salvo la violencia y el extremismo político.

Con el correr de los días, las tensiones políticas y sociales empezaron a apaciguarse. Y si bien no hay que negar que hubo ciertos sectores de izquierda que se envalentonaron tras los sucesos del Hospital Filtro, de boca para afuera decidieron llamarse mayormente al silencio. ¿Fue acaso este un cambio de estrategia? Estoy seguro de que sí. La vía armada entrañaba riesgos que no valía la pena asumir, sobre todo teniendo en cuenta la suba de popularidad del Frente Amplio en los sondeos.

Felipe Villamayor.


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