Dos trabajadores de Tienda Inglesa se convierten en asesinos seriales, declaraciones al Sr. Juez Jorge Díaz


{ADVERTENCIA: Todos los hechos y/o personajes narrados en esta “crónica” son totalmente imaginarios y no refieren a ninguna realidad y/o ubicación territorial en particular. Por lo tanto, no me hago cargo si al momento de leer esto alguien se siente identificado. Repito: lo que van a leer a continuación es simplemente un ejercicio de falsa crónica periodística y bajo ningún concepto debe ser tomado en serio}.

«La vida moral, se afirma, significa vida seria. La seriedad, y el ceremonial de la seriedad –la bandera y el juramento a la bandera–, son las características distintivas de la sociedad cerrada, de la sociedad que, por su propia naturaleza, está constantemente enfrentada y básicamente orientada hacia el Ernstfall, el momento serio, el día M, la guerra. Solo la vida en una atmósfera tan tensa, solo una vida que se basa en la constante conciencia de los sacrificios a los que debe su existencia, y de la necesidad, el deber de sacrificio de la vida y de todos los bienes mundanos, es verdaderamente humana: lo sublime es desconocido para la sociedad abierta. Las sociedades de Occidente que afirman aspirar hacia la sociedad abierta, en realidad son sociedades cerradas en estado de desintegración: su valor moral, su respetabilidad, dependen enteramente de que aún sean sociedades cerradas

  • Leo Strauss, “El nihilismo alemán”. (1941).

1. Mateo Carreras: No sé si sabe, Sr. Juez, pero tener veintiocho años y trabajar como reponedor en un supermercado ubicado a pocas cuadras de tu casa puede ser un bajón por varias razones: la primera de ellas es que quizás sientas que profesionalmente estás –como se suele decir ahora– “estancado”, sin muchas chances claras de futuro o de ascenso social.
La segunda es que, si sos como yo y cometiste el grave error de haber perdido el tiempo matriculándote y posteriormente egresando de una carrera universitaria al cuete, día por medio te crucés con algún vecino o conocido preguntándote “¿yqué pasó con la facu?”, o si ya terminaste los estudios y qué hacés acá entonces.
La tercera es ver los fines de semana a tus ex compañeros de liceo –y ahora profesionales egresados de un carrera universitaria seria–, darse una vuelta por tu laburo acompañados de sus novias más o menos buenas y su grupo de amigos y sentir como que te miran por encima del hombro; como si de repente vos fueras menos que ellos, y eso a veces puede llegar a doler y hacerte creer que fallaste, que no estás a la altura de tus expectativas, y que pronto todos tus sueños van a ir a parar al tacho y que ya no hay esperanza alguna para vos excepto hacer un nudo en la cuerda y colgarte del techo.

Pero la verdad de la milanesa, Sr. Juez, es que tener un trabajo de oficina en las circunstancias actuales también es una mierda. En serio. Creo que ya lo dije: no debe haber ambiente laboral más frío y aséptico que el que impera en cualquiera de esas sucursales vidriadas de “Zonamérica” o “Aguada Park”. Le juro que es tanta la represión y mala fe que rige en dichos entornos, que incluso a veces uno la puede oler en el aire. Mientras que, en cambio, en un supermercado o en una estación de servicio o en cualquier espacio de laburo honesto, uno tiene la ventaja de encontrarse con gente, por lo general, sumamente leal y transparente.

Y que conste que dije “por lo general”, porque tampoco hay que caer en la boludez esa de hacer un elogio de la “gente de a pie”. No estamos en el Uruguay de principios o mediados del siglo XX. Este es un país distinto. Esta es una sociedad post frenteamplista; una sociedad sin clases ni religión, compuesta mayormente por un nuevo modelo de ciudadano: el nuevo uruguayo (como decía aquella famosa publicidad de Nuevo Siglo), un autómata bruto, henchido de vanidad y envidia, sin valores ni principios, que va por la vida comprando a préstamo cosas que no necesita, dándose unos pocos gustos aquí y allá. 

… Creo que por eso fue que armamos tanto quilombo, con fuego y balas. Fue un acto en clave de protesta, ¿Me entiende? Al más puro estilo tupamaro. Después de todo, si vivir se trata sólo de placeres básicos y egoístas, ¿por qué no llevarlo al siguiente nivel?… ¿O no?

… La chica, la cajera, no quiero decir su nombre ahora. A efectos prácticos no hace la diferencia (además, creo que me traicionó, me dijeron que está cogiéndose a su abogado defensor…) Si quiere una descripción física –si es que aún no le tomó declaración–, piense en Sissy Spacek en “Badlands”, aunque un poco más rellenita de cara y vientre…

Y bueno…, hará un par de meses, en la parada del bondi, me animé a hablarle, Sr. Juez. Fue luego de terminado nuestro turno. Todavía lo recuerdo. Me le acerqué con las manos en los bolsillos y la mirada baja. La remera del uniforme manchada de sudor y harina.

La verdad es que yo ya la tenía fichada hacía rato, pero de lejos. Decían que era evangélica o algo por el estilo. Lo cierto es que hasta ese momento yo no sabía nada de dicha denominación: lo único que sabía de los evangélicos era que sus iglesias eran más feas que las de los católicos o las de los ortodoxos, al menos desde el punto de vista arquitectónico; quiero decir, mirando sus fachadas, ninguna de ellas denota el mismo grado de cuidado y de sensibilidad estética que una capilla tradicional.

Pero, en fin, Sr. Juez, que finalmente junté el valor como para acercarme a ella y apoyarme en el poste de la parada y mirarla de reojo unos momentos.
Ella, sacándose uno de los auriculares, dijo: 

—Hola.

Saludo al que contesté enseguida preguntándole de manera un tanto abrupta:

—¿Te gusta trabajar en el super? 

—No… Bueno…,, depende. Se me pasa rápido cuando tengo mucha gente que atender. ¿Y a vos?

—… Qué sé yo…, es lo que había… —respondí, finalmente, encogiéndome de hombros.

Hasta que llegó el ómnibus a aquella maldita parada de Avenida Italia, nuestra conversación se mantuvo breve y pausada. Mejor así, ¿no? Lo digo por experiencia, Sr. Juez: hablando la gente nunca se entiende, sólo se confunde o se hace ilusiones al pedo. Creo que fue por eso que cuando nos subimos al bondi y nos sentamos juntos en uno de los asientos del fondo, al principio tratamos de decirnos poco y nada; creo que el silencio y una repentina voluntad de comprensión mútua terminaron por crear entre los dos una especie de conexión.

Algo así.

—¿Cómo te llamás?

—Mateo…

—Bueno, Mateo, ¿no me vas a preguntar ahora cómo me llamo?

—No. Ya se lo pregunté a alguien.

—¿Por qué?

—Porque tuve ganas.

2. Belén Ramos: Era raro y… ¡Tan distinto a los demás!… Tenía un aire misterioso, profundo…, Algo en él había que aún no logro entender del todo pero que me atraía y que a veces también me daba un poco de miedo… Pero ta. Lo cierto es que últimamente, Sr. Juez, pienso bastante en algunas de las cosas que hicimos y me entra una culpa horrible… No puedo evitar preguntarme qué hubiera sido de mí si Mateo no me hubiera conocido, si a Mateo nunca se le hubiera metido en la cabeza la idea de salir a matar gente…

Obviamente no me lo dijo la primera vez que nos vimos, pero algo que a él le gustó mucho de mí era mi fama de “chica sana”, de “mina religiosa”.
 
Aunque ta…, debo reconocer que las cosas no siempre son como parecen… Con esto no estoy queriendo decir que yo haya sido una zorrita cualquiera, Sr. Juez, pero, la verdad, es que a diferencia de lo que Mateo o algunos creyeron en su momento, a mis diecisiete años yo no era virgen ni a palos. Sí es cierto que solía participar en todas las actividades de mi iglesia, que ayudaba en los eventos y me sacaba selfies y las subía a Instagram acompañadas de salmos o pasajes de la Biblia. Pero el tema es que nunca fui de esas gurisas que son cristianas desde chiquitas o que fueron criadas en un ambiente religioso. Aunque sí es cierto que la espiritualidad siempre fue algo muy importante para mí. Posta. Yo considero que todo lo que se mueve es espiritual. Y la paz es calma en el alma, y así es que anhelo que ella abunde en mi vida…

Verá: mis padres se divorciaron cuando cumplí catorce años. Mi madre, que nunca estuvo muy bien de la cabeza, empezó a salir con un tipo evangélico, un hombre muy estricto y a rajatabla que, de ahí en más pasó a convertirse en mi padrastro y que cuando se mudó con nosotros impuso un montón de reglas en casa. Al principio no logré acostumbrarme a eso. Es más, hasta me rebelé y pese a ser bastante tímida salí a cuanto baile pude. Llegué a tener una banda de novios, ¡en serio! Incluso el pibe que en primer año de liceo me hacía bullying llamándome “tablón” —por lo plana que era de pecho en ese momento— terminó saliendo conmigo y llevándose un par de guampas de recuerdo.

Pero poco después vino Dios a mi vida y decidí dejar todo eso atrás. Comencé a llevarme bien con mi padrastro. Y claro, mi pasado rebelde traicionaba la imagen que ahora él y todos se estaban formando de mí y, más importante, la imagen que yo quería que se formaran de mí.

Es por eso que desde entonces rezo, Sr. Juez,: para encontrar el perdón de Dios y para un día poder perdonarme a mí misma; para que pese a mis errores y pecados, un día pueda lograr sentirme en paz y así no volver a caer en los brazos del diablo.

3. Mateo Carreras: Cuando laburaba siempre trataba de pasar desapercibido o de ser lo más soso y aburrido posible con mis compañeros. Capaz que lo hacía para no sentirme tan inútil —no sé—. El tema es que yo quería que me dejaran en paz. Simplemente no podía socializar con ellos… 

Mire, Sr. Juez: siempre tuve grandes sueños y expectativas y, de repente, un día, sin previo aviso, mi vida pasó a ser una rutina monótonamente pesadillesca. ¿Cómo cree que me sentí? ¿Cómo cree que me sentía a veces atrapado en aquel purgatorio repleto de orangutanes sin consciencia, fútbol-dependientes, presos del negraje de la promiscuidad e incapaces de entender el engaño y el sufrimiento diariamente infligido a ellos y a sus semejantes a mano de nuestros supuestos “líderes”? La frustración, la impotencia, el trauma de una vida no vivida —¡el no habérseme permitido demostrar de qué era capaz!—, no dejaban de taladrarme la cabeza.

No hay chance, Sr. Juez: una vez que te das cuenta de lo irremediablemente degenerada que es nuestra situación, de cómo todo y todos se están cayendo por un tobogán al abismo, uno no puede cerrar los ojos y volver atrás. Ya no.

… Y aparte, ¿qué? ¿Acaso usted piensa que yo estaba dispuesto a jubilarme laburando como reponedor en un supermercado?… Sí, sí, claro. Dígame una cosa, Sr. Juez: ¿A quién mierda le importa un puto reponedor de supermercados? ¡A nadie!

4. Belén Ramos: Comenzamos a salir. Aunque esta vez me propuse no cometer los mismos errores que en relaciones pasadas. Quise que fuéramos despacio. Irnos conociendo de a poco. Ya le dije, Sr. Juez: no soy una cualquiera. Para mí la fe es una cosa central en mi vida, y esto incluye a mis relaciones personales. Ya la segunda o tercera vez que nos vimos me aseguré de dejárselo bien clarito.

5. Mateo Carreras: … Me preguntó si fumaba, si tomaba alcohol, si me había hecho algún tatuaje… La pendeja básicamente me sometió a un interrogatorio… Como el que usted me está haciendo ahora, Sr. Juez…

6. Belén Ramos: Era inteligente, leía mucho: Níetche (sic), Jáideger (sic), Carlos Yung (sic). Sabía de política. Y como a mí también me gustan los libros —sobre todo los de romance, peligro y suspenso— congeniamos muy bien en ese aspecto.

Un sábado de tarde decidí invitarlo a una de las actividades que organizaba mi iglesia. No lo presioné ni nada por el estilo; solo le dije que iba a estar re bueno y que me encantaría que me acompañara. Quería presentarle a mi madre, a mi padrastro, a mi hermanito y pasar todos un buen rato.
 
En cuanto al tema político, a mí la verdad que me daba igual, Sr. Juez. ¿Vio esa gente que se siente identificada con un partido político y que se pelea por defender lo que dice uno u otro candidato? Bueno, yo no los entiendo. Una vez, hablando en las cajas, le dije a una de mis compañeras: “Me da igual quien gane las elecciones, está todo arreglado y no va a cambiar nada. Los precios van a seguir subiendo vote al que vote”. Algo así. Y entonces, un cliente que es muy chusma se metió en nuestra charla y empezó a decir que yo estaba equivocada, que vivimos en democracia y que tengo que elegir así y asá, porque si no van a volver los milicos y no sé qué más. Yo lo miré y lo único que le dije luego de atenderlo fue: “Mire: me importa un poroto la política, y la verdad que soy una ignorante en lo que respecta a ella; a mí lo que me importa es ser feliz y estar en paz con Dios, así que le deseo un buen día y hasta mañana…”

7. Mateo Carreras: Ya dije que lo único que sabía de los evangélicos hasta ese momento era que sus iglesias son más feas que las de los católicos o las de los ortodoxos; al menos desde el punto de vista arquitectónico. Quiero decir, mirando sus fachadas, ninguna de ellas denota el mismo grado de cuidado y sensibilidad estética que una capilla tradicional. Y claro, esta no era la excepción, siendo una construcción más bien modesta, ligeramente cuadrada y con una enorme puerta tipo garaje como entrada; sobre ella me acuerdo que colgaba un cartel que decía «Iglesia «El sembrador»». Apenas entramos, vi sillas de plástico en lugar de los característicos bancos de oración, versículos y afiches hechos a mano, en donde deberían haber crucifijos o imágenes de la Virgen María.
Ahí fue que conocí a los padres, Sr. Juez. Y sé que a la madre le caí bien pero, bueno, al padrastro estoy seguro que no…

8. Belén Ramos: Fue muy lindo. Le presenté a mis padres y a mi hermanito —en aquel entonces, el pequeño Ale tenía sólo trece meses—. Todos lo recibieron de forma muy amena y amorosa. Hubo risas, mucha charla y buena música (de hecho, recuerdo que cuando nos íbamos Mateo se puso a silbar una de nuestras canciones; ¡así de bellas son!).
Después, en un momento dado, paseamos juntos por el jardín y entre las mesas probando la variedad de tortas y galletitas que había llevado la gente de mi congregación. ¡Fue hermoso!, y en todo minuto traté de hacer sentir a Mateo cómodo y bienvenido, como a un hermano más.

El único momento raro raro de la tarde fue cuando él me llevó a un costado de la capilla, se sacó un rosario del bolsillo y me pidió que le enseñara a orar. Mi padrastro vio aquello y enseguida se nos acercó a darnos la lata con el tema de nunca rezar el «Ave María» y de no caer en idolatrías y no sé qué más. Luego él y Mateo se miraron medio torcido.

Pero, en general, todo fue muy lindo…, por eso me cuesta creer que dos meses después Mateo mataría a él y a mi madre y quemaría mi casa hasta los cimientos.

9. Mateo Carreras: No me gustó. La verdad, Sr. Juez, todo me pareció muy falso. Ahora entiendo por qué Nietzsche odiaba a Lutero, a los protestantes y a sus numerosas ramificaciones. En conjunto, son como una versión aguachenta de la cosa real. ¿Qué carajos es eso del “libre examen de uno mismo”, o ese verso de que “todo me está permitido, mas no todo me es conveniente”? No sé, no me convence, Sr. Juez, me suena a abolir las reglas simplemente porque uno es débil e incapaz de adaptarse a ellas. ¿Y el arte y la espiritualidad? ¿Dónde están el arte y la espiritualidad en estas iglesias? ¿Hay algo estéticamente más condenable en el siglo XXI que un joven pánfilo de vaquero y guitarra criolla cantando tontas canciones de amor sobre Jesucristo?

… Bueno, ¿Pero qué estoy diciendo, Sr. Juez? Nada de esto tiene importancia…

10. Belén Ramos: Fue raro. Cuando lo fui a despedir a la parada del ómnibus, como que me empezó a caer la ficha… Segundos antes de subir al bondi, Mateo me besó y sus brazos me rodearon con fuerza, como queriéndome retener, como queriéndome obligar a estar siempre con él; en ese momento juro que el tiempo comenzó a detenerse y una voz dentro de mi cabeza me susurró al oído algo así como que yo era sólo una cajera de supermercado nacida en un país insignificante, que no iba a vivir para siempre, y que aquel hombre debía convertirse en mi marido.

Después, cuando vi el ómnibus alejándose muy despacio sobre la ruta, los ojos de Mateo se fijaron por un instante en los míos y me pareció verlos asustados, heridos, llenos de anhelo; y así fue que continué mirándolos hasta que finalmente él y la ventanilla se convirtieron en una mancha muy oscura en la noche. Ahí creo que fue que me cayó la ficha de que lo amaba y de que necesitaba estar con él a como dé lugar; que quería ser su mujer, la madre de sus dos o tres hijos, y, eventualmente, que él me mantuviera mientras yo me dedicaba a vender ropa por marketplace (quizás algún diseño personal o uno por encargo). 

Y bueno, quizás en ese momento estaba ovulando, ¡La verdad es que no me explicó qué fue lo que me pasó, Sr. Juez!…

11. Mateo Carreras: Bueno…, que me metí por la ventana, el viejo me escuchó entrar y vino corriendo hacia mí… No me quedó otra… Tuve que dispararle… Luego la vieja loca vino corriendo gritando y amenazándome con un cuchillo; no lo dudé ni por un momento (era ella o yo); querían que dejara de ver a Belén, ¡Ni en pedo!, así que les disparé a los dos, envolví al pequeño Ale en una manta y nos lo llevamos… 

12. Belén Ramos: Al principio mi padrastro no dijo nada. Creyó que Mateo era sólo un compañero de trabajo interesado en saber más sobre la fe. Se mostró tolerante, compasivo, incluso. Pero, cuando pasaron un par de semanas y lo vio venir cada vez más seguido a la iglesia y a veces quedarse hasta tarde conversando conmigo en la parada, algo empezó a sospechar… Una tarde, mientras estábamos en la cocina, él y mi madre me preguntaron si había algo más entre nosotros. Yo no supe qué decirles y, antes de que pudiera responder, me salieron con la lata de que Mateo era muy grande para mí y bla bla bla.

13. Mateo Carreras: Un martes caigo a trabajar al super y me doy cuenta de que Belén no me saluda más, que me evita y que, las pocas veces que nos cruzamos en los pasillos, me da la espalda. Así nomás. De un día para el otro. Sin explicaciones. Le cambió el chip… No sé qué le pasa a la gurisa y, claro, cuando le mando mensajes por WhatsApp, ni siquiera se molesta en contestármelos (peor; me bloquea). Todos comentan que la notan triste y de mal humor, pero qué es exactamente lo que le está ocurriendo no lo sé, pues no me lo dice.

14. Belén Ramos: … Pasa que mi padrastro se dio cuenta de que yo me estaba viendo con Mateo a sus espaldas y…, bueno, se re calentó, posta, Sr. Juez. Me pidió explicaciones, me revisó el celular, vio todas las conversaciones que teníamos (por suerte ninguna de las fotos en culo que le envié, porque esas se las mandaba con el “modo efímero” de Instagram), y ta; obvio que no le gustó que su hijastra se enganchara con un tipo once años mayor que ella, un facho “bueno para nada” que se la pasa haciendo fierros todo el día, que sabe una barbaridad sobre la Vérmajt (sic) en el frente oriental y sobre Miguel Serrano y la reproducción asexual de la raza hiperbórea a partir de emanaciones plasmáticas (hasta el día de hoy sigo sin saber bien qué es eso, pero me gustaba cuando Mateo me lo trataba de explicar).

15. Mateo Carreras: Me tomé dos bondis para llegar a la casa. ¡Dos! Después, me caminé no sé cuántas cuadras más hasta llegar allí. Para mí, que soy capitalino, que siempre viví en el corazón de Montevideo, era como una aventura épica tener que atravesar tanto bache y calle de tierra. No le voy a mentir, Sr. Juez, anduve medio perdido. Cuando finalmente toqué a su puerta, me recibió el padrastro y obviamente no me dejó ni poner un pie dentro. Me pidió que saliéramos un rato y afuera aprovechó para largarme uno de sus interminables sermones. No recuerdo las palabras exactas que dijo, aunque sí que me hizo acuerdo de que conocía al encargado general de la sucursal en la que trabajábamos ambos, que eran amigos, y que no iba a permitir que me acercara a un milímetro de distancia de su hija, que yo era un vago sin esperanzas —en definitiva, un mal partido para ella— y no sé qué más…

… ¿Vio eso que le dije al principio, Sr. Juez, eso de que nunca hay que hacer un elogio de la gente común, que hay que dejar de romantizar todas esas idioteces? Bueno…, esto es muy fácil de entender si hubiera podido oír la sarta de pelotudeces que me soltó el viejo.

Y yo ahí, parado, escuchándolo, en estado de impotencia, sintiendo cómo me hervía la sangre al pensar en las casi dos horas y media de viaje que me tuve que bancar para llegar allí… Y ta, medio que me puse estúpido… Le dije algo así como que no iba dejar que me separara de Belén; que la sóla idea de pasar más de un hora sin ver sus ojos, las delicadas pecas en sus mejillas y su enorme cabellera colorada, me dañaba físicamente (esto último no se lo dije; en ese momento mis sentimientos fueron algo realmente incomunicable, Sr. Juez; pero sí es cierto que lo pensé); a lo que él contestó que yo era un pelotudo y que ya venía siendo hora de que me avivara y que hiciera algo con mi vida.

Me gritó a la cara que no entendía a las mujeres, que en realidad eran todas unas putas a las que por su propio bien había que tener bajo la pata y, sobre todo, muy, muy lejos de atorrantes como yo. Luego, apuntando con el mentón al Chevrolet Onix estacionado a un par de metros de la casa, me preguntó si aunque sea tenía un auto o una moto, y, cuando le dije que no, se entró a cagar de risa en mi cara. A lo que yo le dije que eso no importaba, que no era un impedimento, que con auto o sin auto igual me había cogido varias veces a su hijastra (mentira: aún no le había tocado un pelo, ¡Se lo juro, Sr. Juez!) y que él ni siquiera se había dado cuenta.

Y…, bueno, luego de oír eso se re calentó. Posta. Entró a la casa y se empezó a pelear con la madre. Gritos, golpes en las puertas, en fin… Luego, silencio. Diez o quince minutos después salió la madre alterada y con el rostro enrojecido de angustia. Como quien no quiere la cosa, me pidió disculpas por tanto escándalo y me dijo que Belén iba a salir a darme una explicación. Pero que después me tenía que ir, que las cosas entre nosotros no iban a continuar…

Y bueno, Sr. Juez, Belén salió y caminamos un rato por el campito aledaño a su casa y resignada me contó todo lo que había pasado y por qué de ahora en adelante no iba a hablar más conmigo (dijo que era por mi bien, porque no quería que el padrastro me hiciera echar del laburo), luego que aquellas eran las “reglas” en su casa y que no sabía qué hacer, pero que aun así estaba segura de que me amaba y soltó un par de frases que parecían sacadas de una novela berreta de Wattpad (pelotudeces, en definitiva), hasta que finalmente rompió en llanto. 

No sé, Sr. Juez. No me importa que en estos momentos usted no me crea. Había algo detrás de esa fachada angelical que al día de hoy aún despierta dudas… Pero ta, ¿qué me quedaba? Seguir adelante y sin esperanzas entre la rutina y las humillaciones de un trabajo de mierda y de fondo toda la mediocridad del mundo y encima sin la chica que amo o… Bueno…, hacer eso que usted ya sabe…

16. Belén Ramos: Me abrazó muy fuerte, queriéndome consolar, y en ese momento supe que, pasara lo que pasara, aquello no iba a terminar bien, Sr. Juez…

17. Mateo Carreras: Volvimos caminando a la par. Ella, con los brazos cruzados y la mirada gacha; yo, con las manos en los bolsillos y, la verdad, sin saber exactamente qué decir. El padre nos esperaba en el frente con un revólver en la mano, apoyado sobre uno de los pilares. Me quedé atrás y la vi subir lentamente las escalinatas de la casa. A la vez que le abría la puerta, el viejo me sostenía la mirada queriéndome intimidar. No me dijo una sola palabra y lo único que oí en ese momento fue el croar de unos sapos, pero, ahí fue cuando me di cuenta de que lo iba a matar…

18. Belén Ramos: Yo subí a mi cuarto a hablar con mamá. Traté de convencerla de que lo dejaran quedarse a dormir en el living aunque sea; que era tarde para tener que volverse él solo, pero no hubo caso.

19. Mateo Carreras: Esperé a que se hiciera de noche. Rodeé la casa y seguí adelante aproximadamente unos ochenta metros. Doblé por un terrenito que había ahí y luego salté un par de muros de ladrillo o de barro (no recuerdo bien); una vez allí, pude ver el fondo de la casa. Estaba bastante oscuro, Sr. Juez, pero aun así me dejé caer y después trepé por la pared hasta alcanzar una de las ventanas. Finalmente, con algo de esfuerzo, me metí en el vestíbulo del segundo piso. En un costado, sobre un pequeño mueble, yacía el revólver. Lo tomé entre mis manos y seguí avanzando en la oscuridad. Vi la puerta medio entornada del dormitorio de Belén. Había una luz prendida, pero no hice caso y seguí caminando unos pocos pasos más. Antes de llegar a la escalera el viejo se asomó por el rellano y miró sorprendido hacia arriba:

—¡¿Qué hacés acá acá?! ¡¿Cómo hiciste para entrar?!

—Por la ventana, señor. Quería pedirle que por favor no me eche de nuevo, que no me mande a casa. 

—¡Voy a llamar a la policía!…

—No, no me parece —dije esto y mis manos empezaron a sudar un poco; de repente el revólver comenzó a sentirse frío, pesado, extraño entre mis dedos; después el clic del gatillo: debió haberse escuchado en toda la casa, seguido luego por supuesto del estallido seco de los disparos. Las balas lo atravesaron y el viejo se desplomó hacia adelante, dándose de frente con los escalones, rebotando como un muñeco de trapo hasta alcanzar el suelo. No me quedó otra, Sr. Juez,… Tuve que dispararles…

20. Belén Ramos: Por miedo a que me alterara, Mateo no me dejó ver el cuerpo de mamá ni el de mi padrastro. Apenas me asomé a las escaleras, me gritó que no bajara, que enseguida él subía a buscarme. De pronto, cuando entendí lo que había pasado, quedé en shock… Mateo finalmente subió, entró a mi cuarto y me abrazó muy fuerte en la cama. Todavía tenía el revólver en las manos. Pude sentir el calor del cañón quemándome la espalda. Luego me dijo algo así como que me amaba y que ahora tocaba empezar de cero. Fuimos a la habitación de Ale y lo envolvimos en una manta. Después me pidió que buscara las llaves del auto de mi padrastro y que saliera al frente. No sé qué hizo en el ínterin, creo que dejó el horno prendido y tocó algo en el enchufe de la heladera; sé que prendió y puso la estufa muy cerca de allí, pero la verdad no lo tengo del todo claro…

21. Mateo Carreras: Soy un tipo básico en muchos aspectos, Sr. Juez. Alguien que se conmueve con las cosas simples de la vida. La salida o la puesta del sol sobre los campos, por ejemplo; todos esos pastizales y arbustos extendiéndose desordenadamente en los costados de la carretera. La idea de arrancar de cero y todas las posibilidades que trae aparejado eso. ¡Qué sé yo!, manejar en paz el auto de mi suegro por la vieja ruta 5 mientras la chica que amo reposa en el asiento de al lado, con un bebé en su falda, a la vez que me rodea el cuello con su níveo y delicado brazo. No me gusta ser malo con la gente, Sr. Juez, créame, pero, ¿Qué quiere que le haga? Si me buscan, me van a encontrar, y el viejo eso quería que dejara de ver a Belén, ¡Ni en pedo!

22. Belén Ramos: Creo que lo que pasa es que nunca me sentí cómoda en ningún lado, Sr. Juez. En la UTU y en el liceo no estaba entre las chicas más populares, y cuando empecé a salir a los bailes todos empezaron a decir que era una trola. Después intenté rezar y alcanzar una suerte de paz tranquila y desprendida, pero se ve que en ese momento Dios tenía otros planes para mí… Por un motivo que aún no logro entender, puso a Mateo en mi camino y, justo cuando más necesitaba a alguien para guiarme de la mano y hacerme sentir bien, él apareció en las antesalas de mi destino, sonriendo como siempre, a decirme que tuviera fe, que él sí me quería de verdad y que nunca había conocido a una gurisa como yo; es decir, una chica que no fuera «una puta de a peso«, que yo era única para mi edad y que todas las demás no valían la pena; pero que conmigo sí se podía arrancar de cero. Textual: “Podemos arrancar de cero”, dijo, me acuerdo. El resto es mentira para los titulares y demás pavadas. Cosas que a veces no salen como uno se esperaba que salieran, Sr. Juez.

23. Mateo Carreras: En el fondo vivir se trata sólo satisfacer de placeres básicos y egoístas, ¿o no, Sr. Juez? Me va a decir acaso que la felicidad —según como la entendemos hoy— no se reduce a eso? ¿Por qué no llevarlo al siguiente nivel entonces?… Después de todo, ella y yo juntos éramos felices…, ¿O no?

Felipe Villamayor.


Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *