Investigación histórica de Leonardo Haberkörm: la literatura fascista en el Uruguay durante el siglo XX (Parte I)


«R. I. P. ISABEL RIELLS, 1999-2023, MAY YOUR BEAUTIFUL SOUL FIND GOD’S ETERNAL PROTECTION».

1. Luego de la guerra, C. L. se vio en el particular aprieto de no poder encontrar trabajo.
Peor aún: por razones obvias, durante esa época el muchacho había cultivado una afición más que entusiasta al vuelo en aeroplano, lo cual trajo aparejado un montón de complicaciones al momento de adaptarse a la vida civil.
Lo cierto es que C. L. no podía sacarse de la cabeza aquella sensación de libertad que había experimentado a bordo de su monoplano, perdido entre las nubes, como quien dice “a la buena de Dios”.

2. Al igual que en el resto del mundo, los ecos de la guerra también pudieron sentirse en el Uruguay. Sin ir más lejos, C. L. y un contingente de jóvenes hambrientos de aventura decidieron enrolarse como voluntarios en la embajada italiana, y meses después, prestando servicio dentro del Cuerpo Aeronáutico Militar de dicha nación.

Lo cierto es que en ese momento la aviación era objeto de recelo; para varios de los altos mandos, el aeroplano se trataba simplemente de un divertimento bizarro para las clases acomodadas. O al menos así fue al principio. A medida que escaló el conflicto, sin embargo, se produjo un cambio notorio en el uso de estos aparatos. De pronto, los pilotos empezaron a montar ametralladoras automáticas en la sección delantera de su fuselaje, así como bombas arrojadizas dentro de la cabina de vuelo. Y si bien durante el transcurso de la guerra estas aeronaves siguieron siendo (por lo menos en comparación a las actuales) notoriamente vulnerables al fuego enemigo, algunas de ellas lograron destacarse en la vorágine de la lucha.

Luego de regresar a su patria natal, C. L. relató al diario “El Día” una de estas escaramuzas:

«Quizás el momento que más me quede grabado de la guerra ocurrió el pasado marzo de 1917, cuando nuestro comandante de escuadra, el Sr. Gabriele D’Annunzio, nos condujo valientemente tras las líneas alemanas.
Verá usted: aquello fue ni más ni menos que una maniobra suicida; y es que, si bien los biplanos que pilotamos durante aquella excursión tenían la particularidad de ser bastante rápidos, carecían de ametralladoras con las que contrarrestar el fuego enemigo. Aun así, bajo el liderazgo del comandante D’Annunzio y con el viento a nuestro favor, logramos infiltrarnos exitosamente tras las líneas enemigas y soltar, mediante una trampilla instalada en nuestras cabinas, la suficiente cantidad de explosivo como para neutralizar parte de las bases y aeródromos alemanes. Fue un momento apoteósico para mí, le confieso, uno que no olvidaré fácilmente».

Asimismo, durante aquella entrevista, C. L. aprovechó para criticar duramente a la nueva constitución de 1918, al proyecto batllista y a sus políticas de cuño «socialista»; «La verdad, que ahora mismo se esté discutiendo en el parlamento atropellos graves como el voto femenino o si debemos o no otorgar la carta de ciudadano a forasteros de otra nacionalidad, infla mi pecho de inquina».

Como era de esperar, el día de su regreso C. L. fue recibido con celebraciones y un gran reconocimiento por parte de la comunidad ítalo-uruguaya, así como por el resto de sus compatriotas. Una comitiva encabezada por el entonces presidente Baltasar Brum, a pocos meses de asumir el poder, fue la encargada de recibir al joven piloto en el puerto de Montevideo y, una vez llegado al parlamento, entregarle una réplica en oro del escudo nacional. Todo aquello fue en verdad algo inédito. Y es que, lo cierto es que hasta ese momento Uruguay no contaba con ídolos o figuras populares de gran magnitud; sin embargo, las proezas bélicas de C. L., así como su franqueza a la hora de expresarse en público, cimentaron en el ciudadano medio la imagen de un joven patriota virulentamente individualista, alguien capaz de jugarse el pellejo por sus ideales y valores. La intensa campaña mediática que durante la guerra se generó en favor de los aliados, también contribuyó a consolidar esto.

3. Como luego de la guerra C. L. se vio en el particular aprieto de no poder encontrar trabajo, Baltasar Brum, en aras de ganarse su simpatía, le ofreció dirigir la recientemente inaugurada Escuela Militar Aeronáutica, ubicada por aquel entonces en las afueras de Montevideo. C. L. aceptó, y junto con el piloto e ingeniero francés Marcel Paillete, impartieron cursos de vuelo a algunos de los primeros aviadores del ejército uruguayo.

Este nombramiento hizo creer erróneamente a varios políticos de la época que lo que el joven piloto buscaba era transformar su estatus de ídolo popular en poder e influencia política.

Nada más lejos de la realidad.

Lo cierto es que fuera de su rutina en el aeródromo, C. L. no prestaba atención alguna a la política uruguaya, a la cual consideraba poco menos que las maquinaciones inescrupulosas de una runfla de burócratas parlanchines.

De hecho, durante esa época, inspirado por su comandante de escuadra, el famosísimo literato Gabriele D’Annunzio, el muchacho adoptó un estricto régimen de caminatas por el centro de la capital y Ciudad Vieja, apuntando en su libreta cada una de sus impresiones. Concurrió, asimismo, con asiduidad a las veladas de salón literario celebradas por las hijas y nietas de la glamurosa oligarquía local. En uno de estos encuentros entabló amistad cercana con una bellísima poeta melense, la cual inspiró su primera y almibarada novela. La casi inexistente trama de la misma, así como el disoluto carácter de su protagonista, escandalizó a la prensa de la época. Emilio Frugoni, por ejemplo, le dedicó una crítica fulminante en las páginas de la revista literaria “Apolo”, atacando su «intransigente mal gusto e individualismo ramplón», y advirtiendo a la vez que «precisamente, en este momento, Europa, con Italia a la cabeza, está sirviendo de caldo de cultivo a una serie de ideas reaccionarias, inflexibles y dogmáticas, que postulan la necesidad de una sociedad jerarquizada y sin antagonismos de clases en la que, por ejemplo, no exista equivalencia de derechos entre los sexos (…). Me atrevo a afirmar que este esteticismo postbaudelairiano en el que incurre el autor, es muy similar a varios de los postulados ideológicos explícitos en estos movimientos».

El diario ‘La Mañana‘, asimismo, también repudió la oposición de C. L. al entonces incipiente movimiento feminista, el cual por esos años empezaba a gozar del visto bueno de gran parte de la intelectualidad uruguaya.

4. La hostilidad de la prensa local llevó a C. L. a redoblar esfuerzos y a dedicar más tiempo a sus cursos en el aeródromo de la Escuela Militar.

En esa época, junto con el ingeniero Paillete, intentaron en la medida de lo posible estar al tanto de cada uno de los avances técnicos en materia de aviación. Sin embargo, al igual que con sus experimentos literarios, C. L. encontró resistencia por parte de sus contemporáneos; dentro de las fuerzas armadas aún se veía con escepticismo e incluso con cierto grado de animadversión a los aeroplanos. El Gral. Roberto P. Riverós, Ministro de Guerra y Marina en aquel entonces, dudaba de su utilidad real y de sus posibilidades militares, considerando al aeroplano una herramienta más bien limitada, apta únicamente para el transporte y la exploración. Esto llevó a C. L. a presentarse en el parlamento a defender la aviación y su trabajo investigativo en la Escuela Militar como un «área de estudio vanguardística, en la que no nos podemos permitir rezagos; sin duda alguna la máxima expresión del progreso tecnológico actual». 

El Gral. Riverós, sin embargo, fue categórico en sus declaraciones a la prensa: «Me parece que, al igual que Ícaro, esta vez nuestro joven amigo ha volado demasiado cerca del sol». 

Pero C. L. no se rindió, y decidido a sumar apoyo popular a su causa, organizó de manera independiente en el aeródromo de Los Cerrillos varias y peligrosas demostraciones de vuelo, donde, ante una multitud de curiosos, se lanzó en picado a bordo de un Avro 504 personalizado, girando, ascendiendo y descendiendo en el aire; inclinándose alternadamente sobre una y otra de sus alas, trazando círculos perfectos entre los negrisimos nubarrones. Sin que éste supiese nada, mezclados en medio del público se encontraban el entonces Ministro del Interior, el Dr. Gabriel Terra, y el hacía poco designado embajador de Japón en el Uruguay, el Sr. Shinrokuro Hidaka. 

Resulta curioso cómo, a pesar de haber participado en la Primera Guerra Mundial en calidad de aliada de la Triple Entente, durante aquella época la nación nipona no logró contribuir de manera sustancial a ningún avance técnico en materia de aviación. No obstante, por esos años el país asiático comenzó a hacer esfuerzos sostenidos por ponerse al día. Nada de esto fue casual. Después de todo, ya hacía pocos meses que por primera vez en la historia una escuadrilla de aeroplanos estadounidense había logrado circunvalar el orbe en sólo tres saltos. Desde entonces, una suerte de carrera aeronáutica mundial acababa de ser inaugurada y, como era de esperar, pronto todas las potencias se lanzaron a competir unas con la otras por la primacía aérea.

Al mes siguiente, delegados de la coalición de gobierno japonesa Kenseikai, asistieron personalmente a una de las demostraciones de vuelo de C. L. Horas después, por intercesión del Dr. Gabriel Terra, se reunieron con el Presidente de la República y el Ministro de Guerra y Marina uruguayo. El encuentro dio como resultado que Japón se comprometiera a adquirir el material y los fondos necesarios para desarrollar varias de las ideas de C. L. y el ingeniero Paillete; a cambio, los uruguayos debían entregar en un periodo de seis años un prototipo de aeroplano inspirado en el Avro 504 customizado del joven piloto, aunque, claro está, superior en todo sentido; además de esto, y a pesar de la considerable distancia geográfica que hay entre ambas naciones, Uruguay aceptó firmar un insólito tratado de apoyo logístico y abastecimiento a la flota nipona, el cual si bien retrospectivamente hablando no brindó al Gigante Amarillo un beneficio inmediato, sí le sirvió como puerta de entrada a una de las órbitas de influencia claves del Atlántico Sur.

5. Pasó el tiempo y las cubiertas y las hélices de madera y alambre del viejo “Avro 504” personalizado de C. L., dieron paso a un reluciente exterior de aluminio. La Escuela Militar incluso tuvo que ser pavimentada con cemento e iluminada con enormes faros rotatorios, cuyo propósito era guiar al piloto y al resto de auxiliares durante las pruebas de despegue y aterrizaje. Rápidamente se introdujeron asimismo una serie de innovaciones que situaron a Uruguay a la vanguardia en materia de ingeniería aeronáutica. Un grupo de químicos e ingenieros de la compañía japonesa Mitsubishi y la UdelaR, por ejemplo, llegaron a patentar durante esos años un potente fluido anticongelante en base a la sustancia etilenglicol, el cual permitió a los nuevos prototipos de caza de C. L. y Paillete volar a gran altura, así como evitar al mismo tiempo la formación de hielo en los extremos de las alas.

En enero de 1928, a bordo de uno de sus prototipos personalizados –el llamado “A4M Berro”–, C. L. sobrevoló el continente sudamericano con los colores de la bandera uruguaya pintados en las tolvas de su motor, logrando conectar así en un único salto la ciudad de Montevideo con la capital de Panamá. Tamaña hazaña hizo que de inmediato el piloto se convirtiese en un héroe fuera de fronteras; aunque, nuevamente, la prensa local se mostró más que escéptica ante su figura y sus logros. 

Un mes después de aquella travesía, en las páginas del diario “El País”, el escritor maragato Francisco Espínola lamentó lo que en ese momento él consideraba la «veloz gestación de un movimiento cultural y político cuyos valores sitúan por encima de todo la técnica, la contemporaneidad en su faceta más visceral, la belleza ruidosa de un motor de aeroplano antes que la fraternidad humana, la cultura juancocabina o el resarcimiento social a los oprimidos (…). Esta proeza del compatriota, piloto e ingeniero C. L., así como ese bosquejo que hace días presentó en el Parlamento el Sr. Adolfo Ludín para la construcción de una nueva represa hidroeléctrica, dan la pauta de un nuevo Uruguay; uno cada vez más alejado del modelo de Don Pepe, uno en el que en lugar de dedicar las cuentas y balanzas de nuestro estado a alivianar la miseria de los menos privilegiados, ahora centremos nuestro empeño en absurdas quimeras faustianas».

6. Pocos meses después, C. L. y el ingeniero Paillete entregaron discretamente y con antelación a un grupo de representantes del gabinete militar del Seiyūkai, los planos de un nuevo caza espía (el aquel entonces llamado “Zorrilla B5M Uno”; más adelante relanzado con el nombre de Mitsubishi A6M Zero, que fue empleado con notable éxito durante el bombardeo a Pearl Harbor), un monomotor de excelente maniobrabilidad, capaz de alcanzar en el aire una velocidad máxima de 450 km/h. 

Como reconocimiento a ambos, hubo un sibarítico homenaje en la embajada japonesa de Montevideo, durante el cual el ya no tan joven piloto suscitó polémica al improvisar un discurso en el que de forma «agraviante y chabacana» hizo mención directa al entonces presidente colorado Juan Campisteguy, así como al periodista y diputado electo Emilio Frugoni y al escritor maragato Francisco Espínola. Los motivos exactos detrás de aquella procaz salida de tono aún no están del todo claros, y, como si fuera poco, los relatos de algunos de los presentes esa noche se contradicen entre sí. Varios sostienen que C. L. estaba bajo los efectos del alcohol; otros señalan que posiblemente se tratara de desavenencias personales sin resolver entre él y las figuras antes mencionadas. 

Con el paso del tiempo, sin embargo, la versión que ha cobrado más fuerza es la que relata el mismísimo ingeniero Paillete en su autobiografía “El loco de Los Cerrillo» publicada en el año 1973:

«De buena fe puedo dar cuenta de las desafortunadas circunstancias detrás del exabrupto de mi amigo, a quien, a causa de este, muchos en la opinión pública tacharon en su momento de procaz e irreverente para con su investidura.
Verán, por esos días Montevideo estaba de luto. La renombrada poeta melense, Adela Thompson de Vázquez
en ese entonces embarazada de siete meses–, había sido tristemente asesinada por su marido, el Dr. Alberto Grille, episodio que de inmediato se atribuyó a un fatal ataque de celos. Los disparates que se dijeron en ese momento fueron realmente una barbaridad; de boca en boca se avivó el cotilleo de que C. L. era el responsable indirecto. Sin embargo, una columna sin firma publicada un mes después en las páginas del diarioEl Díay en la que de manera innecesaria se le imputaba a un ‘joven pionero de la aeronáutica y simpatizante de la raza amarilla’, ser el amante de la difunta en cuestión, fue la gota que rebalsó el vaso. (…). ¡Por supuesto que C. L. era muy cercano a la Sra. poetisa! Eso no lo pienso negar, pero de ahí a decir que su interés excedía el de la sana admiración a un corpus literario hoy en día internacionalmente reconocido…, bueno me parece que hay un límite».

Adela Thompson Vázquez.

7. Luego de aquella controversia, el presidente Juan Campisteguy y el Gral. Roberto P. Riverós se pusieron de acuerdo y tomaron la decisión de remover a C. L. de su cargo en la Escuela Militar. Dada la popularidad del piloto, una parte nada despreciable de la ciudadanía y las Fuerzas Armadas se mostraron disconformes ante dicha medida pero, aun así, la prensa metió cizaña y lo más suave que se llegó a decir de él es que era «un hombre que continuamente hace lo que se le dé la gana; sin importar las consecuencias que ello le signifique a la buena imagen del país». 

Sin embargo, cuando C. L. apenas tiene tiempo para enterarse de esto, recibe un telegrama diciendo lo siguiente:

«URUGUAY 12 MARZO 1929

SR. C. L.
MONTÉVIDEO
CONTRATO PILOTO DE ACROBACIAS PARA PROYECTO EN ESTADOS UNIDOS STOP

CIEN MIL DÓLARES POR CUATRO MESES DE TRABAJO STOP
POR FAVOR CONFIRMAR INTERÉS STOP
RESPONDER LO ANTES POSIBLE STOP

ATENTAMENTE STOP

GLEN ODEKIRK, ENG. HUGHES AIRCRAFT COMPANY».

8. «Hell’s Angels» fue uno de esos drama bélicos estrenados a principio de los años treinta en el que dos jóvenes pilotos se enrolan en la fuerza aérea con el propósito de enamorar a Jean Harlow. Dentro de su marginal género, puede decirse que es un clásico en toda ley, conocido sobre todo por sus vertiginosas escenas de combate aéreo, en las que llegaron a participar más de ciento treinta y siete pilotos sólo durante su secuencia final.

El largometraje fue obra del excéntrico magnate de la aviación Howard Hughes Jr., quien no moderó gastos a la hora de hacer realidad sus más locas fantasías aviatorias. No importaba si para ello había que desplazar equipos enteros de trabajadores e infraestructura fílmica a través de los valles y zonas verdes del estado de Oakland; todo estaba justificado en aras de encontrar el plano perfecto.

En total, Hughes desembolsó de su bolsillo unos cuatro millones de dólares (para que se hagan una idea, ajustados por inflación, hoy estaríamos hablando de una cifra rayana en los 60 millones) en la película. Uno de los pilotos que contrató el magnate para formar parte de la estremecedora secuencia final fue C. L., quien, por lo demás, posteriormente declararía a televisión nacional haberse aburrido soberanamente durante los cinco meses que pasó allí:

C. L.: «El Sr. Hughes es realmente un hombre fascinante, un caballero como pocos. Aunque debo admitir que la primera vez que hablé con él me pareció un tanto… Raro. Verá, nuestra primera reunión si es que acaso se la puede llamar así fue mientras él estaba sentado en el… Trono; no sé si me entiende, de verdad no quiero pecar de chabacano ante el respetable público que nos mira desde sus casas, pero lo cierto es que el Sr. Hughes estaba sentado en el inodoro, y desde allí fue que me atendió, únicamente con la puerta del cubículo entremedio de nosotros.
Pese al hondo sentimiento de extrañeza que me provocó aquel encuentro, créame que en ese momento de mi vida no cabía en mi horizonte la alternativa de renunciar; para ser franco, necesitaba el dinero, y más adelante me di cuenta de que recibir gente en el baño era una de esas costumbres particulares de él, pues esa tarde no sólo me recibió a mí en el inodoro, sino tambien también a su equipo contable y hasta a algunos de los camarógrafos. Bueno, ya en ese preciso instante me explicó paso por paso cómo quería que se filmara la famosa escena final de la película
».

Cristina Morán: «¿Pero supo congeniar bien con él, o encontró molestos y propios de un divo esos brotes de excentricismo?».

C. L.: «No, no, ya le digo. Hughes era un hombre con una capacidad intuitiva genial, alguien que hizo del riesgo y el coraje su fuente de inspiración. Créame que se me hace difícil citarle ahora personaje más refractario a la altanería por otra parte una conducta muy común en los intelectuales que imperaban durante aquellos años en nuestra repúblicaque él. Lo de este hombre era en verdad una dedicación absoluta, de fierro hacia su oficio. A modo de anécdota le cuento: parte de la razón por la que encontré el proceso de filmación de la escena final aburrido, fue debido a que el Sr. Hughes tenía grabado en su mente el tipo exacto de nubes que quería que aparecieran durante la secuencia en concreto, qué forma y qué color tenían que tener los jirones, qué parte del cielo debía estar despejada y cuál no, etcétera. Hubo momentos en los que tuvimos que esperar semanas enteras para que el firmamento oaklandense adquiriese el matiz algodonoso y abultado que Hughes había bosquejado en el guión técnico de la película. Pero créame, cuando agarraba viento en la camiseta, no había quien lo parara al muchacho».

9. Una de las peligrosas maniobras que le tocó filmar a C. L. durante aquella secuencia final, fue el clásico “rizo”, una acrobacia aérea que antes de él le había costado la vida en el plató a un intrépido piloto australiano de nombre Rupert Macalister. El rizo básicamente consiste en trazar con el aeroplano una serie de círculos a gran altura; esta, como ya se imaginarán, era una maniobra particularmente difícil de ejecutar en aquella época, sobre todo teniendo en cuenta el peso y la estructura de los aparatos aviatorios con los que contaba la película.

Por si fuera poco, C. L. tenía que además seguir al pie de la letra cada una de las indicaciones de Hughes, quien, lo crean o no, solía dirigir a sus pilotos en medio del aire, encerrado en la cabina de su monoplano, gritándoles sus instrucciones por radio.

Uno de los momentos más riesgosos de la acrobacia es cuando se efectúa el llamado “picado”, el cual debe realizarse siempre de manera sostenida y cuidándose de prevenir viraje alguno durante su trayectoria descendente; cuestión que, para agregar más dramatismo a la escena, en una de las tomas Hughes le gritó por radio a C. L.:

«¡Ahora, inclínate levemente hacia tu izquierda, Ya!».

El piloto, por supuesto, hizo caso y, acto seguido, comenzó a perder el control de su aeroplano. Durante varios e infernales minutos tuvo que batallar con la palanca de mandos, y fue tanta la presión a la que se vio sometida la cabina a medida que se precipitaba en el aire, que el cuero del asiento se rajó por la mitad Cuando milagrosamente C. L. logró tomar la vertical y alcanzar la posición invertida, su párpado izquierdo estaba hinchado y había adquirido una tonalidad rosada.

Finalmente, no del todo satisfecho con la toma, Hughes desafió al piloto uruguayo, apostándole que él mismo podría hacerlo mejor; y así fue como acto seguido el joven magnate se puso manos a la obra y el resultado fue minutos después un aterrizaje espectacularmente violento, y una fractura de pómulo que requirió de una cirugía inmediata.

Al final, el director decidió conservar en su montaje la toma de C. L.

10.  Cuando la película finalmente se estrenó en cines, el ya no tan joven piloto había abandonado los Estados Unidos rumbo a Europa, con una pequeña fortuna en su haber. Nada más pisar suelo italiano, fue recibido con pompa y honores por una comitiva de miembros de la Reale Accademia d’Italia, entre los que se contaban Tommaso Tittoni, Guglielmo Marconi y el mismísimo presidente del senado, Luigi Federzoni, quien, en homenaje a sus recientes hazañas como aviador y a su participación en el bando aliado durante la Gran Guerra, le entregó en nombre del Duce la Medalla de la Victoria.

Benito Mussolini circa 1933.

Después de esto se sabe que se hospedó unas semanas en la villa del excomandante y escritor Gabriele D’Annunzio, a orillas del lago de Garda. Por entonces, el legendario literato estaba recluido en aquel imponente caserío terminando la que con el paso del tiempo se convertiría en su obra más olvidada “Las Cien, cien, cien y cien páginas del libro secreto de Gabriele D’Annunzio, el tentado a morir”.

C. L., a su vez, había aprovechado las horas muertas en el plató de filmación para dar los últimos toques a un libro de relatos que venía preparando hacía ya más de una década; se sabe que en un momento dado ambos autores recorrieron los extensos jardines de la villa, leyéndose mutuamente y en voz alta trozos de sus respectivos manuscritos. Luego, el ya no tan joven piloto ilustró a su excomandante en la apabullante medianía y nula trascendencia vital del ser nacional:

—Cuéntame, mi querido ragazzo, ¿Cómo es el Uruguay?

—Uruguay es un país lleno de gente vil y cobarde, mi comandante; gente capaz de hacer hasta lo imposible por denunciar a su vecino, excepto levantar la voz.

—Ya veo, ya veo, mi querido ragazzo… Y, déjame que te pregunte también, ¿Cuál es para ti la diferencia entre un hombre vil y uno cobarde?

—Bueno…, quizás debería corregirme, mi comandante; ahora que lo pienso no estoy siendo del todo justo al referirme a mi patria en ese tono. Lo que sí ocurre allí, sin embargo, es que los que ostentan la potestad de hablar en nombre de las mayorías son individuos viles y cobardes, mas no así el resto de mis compatriotas, quienes de forma sostenida han dado muestras indudables de su valor.

—Creo que de ser así deberías volver –dijo, mientras se sentaba en una de las sillas de hierro que había junto a la fuente, barriéndose del uniforme una pequeña y escamosa hoja de ciprés–, afirmarte por encima de ellos, enmendar su cobardía y deplorabilidad. Por el bien de tu país, mi querido ragazzo.

Pero C. L., por el momento, no hizo caso. Al menos no temporalmente. Verán: durante esos años Europa ardía en agitación; todo hecho verdaderamente crucial ocurría allí, y no en una pequeña nación ubicada al sur de América. Guiado por estas circunstancias, España fue el siguiente país en abrir sus puertas al ya no tan joven piloto, quien destinó parte de su recién adquirida fortuna en lanzar un semanario, el primero en su extensa carrera literaria.

A pocos días de instalarse allí, conoció en el Café Lion de la calle Alcalá al también piloto militar Julio Ruiz de Alda, acaso su epígono español, con quien trabó amistad de inmediato y al que invitó a unirse a su revista; éste aceptó y, casi por ósmosis, durante los meses siguientes C. L. tuvo trato con algunos de los literatos e intelectuales jóvenes más importantes de su época; entre ellos gente como Samuel Ros, Eugenio Montes, Agustín de Foxá, Víctor de la Serna, Rafael Sánchez Mazas, Ernesto Giménez Caballero y, por supuesto, el mismísimo José Antonio Primo de Rivera, con quien colaboró amistosamente en varias oportunidades.

A principios del año 1933, esbozó junto con el empresario Juan March y el periodista Manuel Delgado Barreto, la financiación y publicación de un periódico de gran tiraje que llevará por título “El Fascio”. Gracias a sus conexiones en la embajada italiana, C. L. logró a su vez sumar una cuarta y nada despreciable fuente de financiación; esto, por supuesto, sin contar a los anunciantes que trajo consigo March, entre ellos marcas tan prestigiosas como: jabón “Chimbo”, Cementos y Cales “Freixa”, limpia muebles “Alirón” («mucho brillo con poco esfuerzo es el ideal en la limpieza de suelos y muebles…»); camas “La Higiénica» («Camas, del fabricante al consumidor, las mejores») y el súper laxante “Digestónico” («El estómago es el manantial de alegría de la vida, cuídelo usted con una buena alimentación y algunas cucharadas de…»).

Publicidad de «Jabón Chimbo».
Publicidad de «Digestónico».

Ya avanzadas las tratativas, se decidió de forma conjunta que el director de redacción fuera Barreto y, con el correr de las semanas, convocaron a un plantel de colaboradores de primer nivel. El jueves 16 de marzo del mismo año, apareció en Madrid el primer y único número, con el posteriormente emblemático yugo y haz de flechas negrirojos adornando la portada. La publicación, sin embargo, fue de inmediato retirada de circulación por la policía, que, alertada una semana antes por el comité de Juventudes Socialistas de Madrid, así como por un soplón de la Unión de Grupos Sindical Socialistas, se apersonó en la imprenta y requisó cuanta plancha y ejemplar pudo encontrar; horas después, bajo amenaza de encarcelar al escritor Rafael Sánchez Mazas, lograron secuestrar asimismo una camioneta con placa de Madrid que transportaba algo más de 40.000 ejemplares del fatídico periódico. Por si fuera poco, al cabo de dos semanas, el Presidente Gabriel Terra decide dar un autogolpe en Uruguay; lo hace con la colaboración de la policía y con el apoyo tácito de la población que, cansada del permanente estorbo burocrático que le significaba a su soberanía la reforma constitucional de 1919, adhiere a su causa.

Es en este contexto marcado de tensiones que el ya no tan joven piloto decide regresar a su patria natal.

11. A tan sólo días de su regreso, el “Corriere nell’ Uruguay”, un periódico montevideano dirigido a la colectividad italiana, publica una crónica altamente laudatoria de las andanzas de C. L. por Estados Unidos y Europa. Entre sus páginas se incluye asimismo una misiva de Luis Alberto de Herrera en la que efusivamente saluda al piloto y escritor como el:

«Exponente más claro de un nuevo y necesario salto hacia delante, uno en el que en mitad del aire logremos cambiar nuestro actual y funesto curso de acontecimientos hacia un destino verdaderamente común, sin izquierdas ni derechas; uno en donde en lugar de valores e ideologías disolventes imperen la unidad, el abnegamiento y el sentido común de todos los uruguayos, la lealtad sobre la defección, la razón, el corazón y el sentimiento cristiano de nuestra comunidad frente a la secta socialista».

Enterado de la trama de un grupúsculo armado de batllistas y varios sectores de izquierda por asesinar al presidente, C. L. se reúne de inmediato con Terra. Allí, junto con otros tres mandos militares de confianza, se compromete a brindarle su apoyo y a hacer todo lo posible por sumar su prestigio fuera de fronteras a la por entonces frágil institucionalidad uruguaya. En dicho encuentro, se discute asimismo el dramático suicidio del expresidente Baltasar Brum, quien, por otra parte, llegara a ser íntimo amigo de Terra. Alfredo Baldomir, Jefe de la Policía Nacional, aprovecha para recordar aquel fallido duelo que hubo entre Brum y el Gral. Riverós, viejo rival de C. L., quien, para fortuna del primero, sintió piedad del carácter imprudente de Brum y, antes de adelantar lo inevitable, como señal de buena voluntad prefirió apuntar y disparar al aire.

Horas después, mientras ambos se retiran de casa de gobierno, el ya no tan joven piloto le confiesa a Baldomir no hallar atisbo ninguno de dignidad y coherencia en el suicidio de Brum, sino más bien una lamentable aunque bien vista ya anunciada pérdida de la cordura, la cual tendrá como resultado inflar los ánimos de personajes ya de antemano tentados a poner sus propios intereses por delante de los de la patria.

Uno de estos personajes, respondía al nombre de Julio Cesar Grauert; Grauert era un abogado comunista, cofundador de la Federación de Estudiantes Universitarios del Uruguay (también conocida por las siglas FEUU, hoy afortunadamente disuelta), y, para ser franco, su poder de influencia se limitaba estrictamente a los círculos estudiantiles; aun así, C. L. sabía de leer a Lenin que para ejecutar un cambio político trascendental no hace falta una mayoría inútil, sino una minoría bien organizada y decidida. 

Iba a haber que cortar de tajo con los ánimos subversivos de los estudiantes, pues.

12. Pasados unos días, se organizó de forma más o menos velada en el Aula Magna de la UdelaR, un acto de protesta contra el golpe de Terra. El pretexto inicial fue rendir homenaje a la figura del fallecido ex presidente José Batlle y Ordoñez; sin embargo, durante las alocuciones, su propósito real se hizo evidente. 

El evento tuvo una duración total de tres horas, y fue retransmitido al resto del país por la emisora CX12 Radio Oriental.

Para sorpresa de varios de los estudiantes y líderes socialistas allí reunidos, a última hora C. L. decide acudir en representación del gobierno. Lo hace solo, sin ningún tipo de escolta policial, vestido únicamente con su uniforme militar de la Gran Guerra y con un sable de caballería sujeto al cinto. De manera respetuosa, pide a uno de los organizadores sentarse en una de las butacas del frente, y, a continuación, escucha con interés las primeras y defensivas alocuciones de los presentadores.

Transcurrida aproximadamente una hora, el Dr. Emilio Frugoni, en ese entonces decano de la Facultad de Derecho, lo conmina a pasar al frente a decir unas palabras sobre “Don Pepe” y los hechos ocurridos apenas unas semanas atrás. C. L. le reconoce de inmediato que ese es el motivo de su presencia y, seguido de esto, se para ante los más de trescientos alumnos allí congregados; en contraste con Grauer y Frugoni, que durante sus intervenciones dieron la impresión de ser excesivamente retóricos y abstractos, C. L. se expresa de manera clara y simple, adoptando además una postura corporal segura y erguida:  

«Heráclito decía que nada de valor puede surgir sino del conflicto; que Pólemos (la guerra) era después de todo el rey y el padre de todas las cosas. Aclarado este punto, no me andaré con rodeos y seré lo más directo posible: hace unos minutos, el Dr. Frugoni hacía un panegírico de la figura del ex ministro Brum, y calificaba a su acto final de ser una suerte de ‘sacrificio en nombre de la libertad y la patria’; no me cabe la menor duda de que, al igual que él, varios de ustedes (los más románticos y afeminados) pretenderán atribuirle a tamaña cobardía un poderosísimo significado; seguro que sí». 

«Permítanme decirles lo que ahora mismo veo ante mis ojos: veo a una juventud –o mejor dicho, una suerte de parodia involuntaria de ella– corrompida, totalmente carente de flavor y entregada a supercherías intelectuales que no hacen sino debilitarla; déjenme decirles que no hay cosa más vulgar en el mundo que todo ese idealismo juancocabino del que ustedes hoy tanto hacen gala.
A diferencia del presidente, a quien injustamente el Sr. Grauer ha achacado responsabilidad en la muerte de éste, según él, ‘héroe byroniano’, yo siempre odié y aún odio a Baltasar Brum y a los de su raza como se odia a una mujer, y, de hecho, no veo diferencia alguna entre una cosa y la otra; lo cierto es que Baltasar Brum fue, hasta su bobo y ridículo final, una auténtica señorita»

«Pero si hoy he venido aquí no es para hablar del muerto, sino para hacer clara nuestra sensatez y buena voluntad hacia aquellos estudiantes que quieran extendernos su mano y así hacer juntos de nuestra nación una república verdaderamente fuerte y unida. No obstante, en el caso de que ustedes o alguno en particular en vuestras filas decida darnos a nosotros o al resto del pueblo una excusa, por más mínima que sea, para creer que hemos sido ingenuos al actuar de buena fe, quiero que sepan que responderemos de manera acorde a nuestras potestades; de ahora en adelante el gobierno uruguayo no tolerará acciones que busquen debilitar el sano culto a la patria y a sus símbolos, así como tampoco nada que ponga en cuestionamiento la organización tradicional de las familias».

«Para contestar a algunas de las inquietudes que he podido oír en vuestras alocuciones, déjenme que sea claro; la Universidad de la República no gozará de cogobierno ni de autonomía ninguna; sí habrá recursos e inversión para destinar al sano progreso de nuestra nación. Por otra parte, contestando a uno de los reclamos de la Srta. Luisi aquí presente, hablaré sin rodeos: en Uruguay no habrá voto femenino, ni se pretenderá en ningún momento alentar la participación de las mujeres en ámbitos de tipo político o académico; créame que lo lamento mucho, Srta. Luisi, pero no continuaremos avalando el relajamiento de las buenas costumbres morales de nuestra nación, así como tampoco le facilitaremos la entrada a nuestro país a individuos alcohólicos, comunistas, discapacitados, o enfermos mentales.
¿He sido lo suficientemente claro?
».

Al oír un conato de aplauso de parte de algunos estudiantes, varios de los organizadores y cabecillas de izquierda empezaron a preocuparse. Con el correr de los días, se hizo evidente a través del boca a boca de la población y la total calma y respaldo con la que esta recibió las nuevas medidas del gobierno, que en Uruguay no iba a haber suelo fértil para un levantamiento armado; sin embargo, varios de estos actores no se rindieron.

En octubre de ese mismo año, Julio César Grauert confirmó las sospechas de C. L. y de la policía al incitar, durante un acto político de escasa concurrencia realizado en la ciudad de Minas, a resistir mediante la fuerza al gobierno de Terra. De inmediato un pequeño grupo de estudiantes simpatizantes a la causa marzista provocó gran alboroto apenas oír aquello; y, en un momento dado, en medio de la refriega, Grauert logró sacar su revólver Browning y abrir fuego sobre los muchachos. Con todo, poco después, estos lograron desarmarlo y propinarle una paliza mortal; lamentablemente, horas más tarde, tres de ellos fallecieron a consecuencia de las heridas de bala.

Como ya se imaginarán, este episodio levantó bastante polvareda entre la ciudadanía, e incluso se llegó a organizar en homenaje a los estudiantes una multitudinaria concentración en Plaza Matriz, de la que C. L. participó llamándolos durante su intervención “valientes patriotas” y exigiendo a la vez que se los liberase de inmediato. El año siguiente se promulgó una nueva constitución, y poco después el ya no tan joven piloto fue invitado por el régimen mussoliniano a la «Esposizione dell’aeronautica italiana«, a la cual por supuesto asistió en calidad de representante del nuevo Estado Mayor uruguayo.

FINAL:

13. Existe un futuro hipotético en el que el autor maragato Francisco Espínola hoy es considerado el último escritor nacional uruguayo; una línea de tiempo paralela en la que los artistas nacionales hoy son parte de un aparato oficial de propaganda neobolchebatllista, y en la que la ética y los valores asociados al goce y al consumismo más exacerbado lo han devorado todo. Este es, afortunadamente, un presente muy lejano al nuestro; uno en el que incluso quizás “Paco” Espínola y los más de setenta sublevados en lo que posteriormente se conocería como la “escaramuza de Paso Morlán”, podrían sentirse un tanto desubicados…

Y es que ¿Se imaginan un futuro en el que hubiésemos profundizado en aquel masónico y decadente devenir que proponía entre líneas la intelectualidad marxibatllista de la época? 

¡Mejor ni pensar en ello!…

… Decíamos que el hoy casi olvidado escritor Francisco Espínola y esos más de setenta hombres (entre ellos personalidades tan interesantes como Carlos Quijano, Emilio Frugoni y Justino Zavala Muniz), se habían levantado en armas contra el gobierno soberano del presidente Terra, y acaso valga la pena recordarlos aquel 28 de enero de 1935, concentrados en un pequeño campamento en las inmediaciones del arroyo Colla, en el departamento de Colonia.

Se sabe que a esas horas esperaban noticias de Montevideo, más concretamente el aval de uno de sus informantes de que el Batallón Florida y el cuartel número dos de artillería ligera se unirían pronto a su causa. Poco imaginan el estrepitoso fracaso que los espera minutos después, uno en el que no habrá lugar para las negociaciones de paz ni para los discursos altisonantes.

De repente, suspendido en el firmamento, asomando entre los trocitos de nubes, Paco cree ver algo:

—¡Carlos, Justino, vengan YA mismo a ver esto!

Dice el intelectual maragato, apuntando con el dedo, y de inmediato todos ponen su vista en el horizonte; allí, recortándose sobre el poniente, la escuadrilla de aeroplanos “Adolfo Berro número 33.º” está a punto de realizar la que posteriormente pasará a la historia como la primera acción militar uruguaya llevada a cabo únicamente con aeroplanos.

El trío de ilustrados hace visera con las manos e intenta distinguir aquello con mayor nitidez.

—¡Alférez, Gestido! Proceda a arrojar el explosivo en medio del campamento de los sublevados –ordena C. L. por radio. 

¡Y pensar que hubo un tiempo en el que el Ministerio de Guerra y Marina uruguayo llegó a dudar de las posibilidades militares de los aeroplanos, considerándolos una herramienta más bien inútil! 

No se imaginaban que para 1935 Uruguay iba a ser pionero en el desarrollo de prototipos aeronáuticos, así como en la creación de sustancias explosivas basadas en la mezcla de cloro y fosgeno. El joven Óscar Gestido, en aquellos años el mejor de su promoción en la Escuela Militar Aeronáutica, es testigo directo de esto, y va a recibir su brevet de piloto militar con honores una vez termine su prueba práctica, la cual consiste en arrojar en medio del campamento un explosivo de fabricación nacional, creado por un grupo de científicos e ingenieros de la cátedra de explosivos químicos de la UdelaR, la más importante del continente.  

Aquel foco de insurrección neomarxibatllista tiene los minutos contados, pero esto Espínola ni se lo sospecha, y por espacio de unos segundos ve el cielo rosáceo y una especie de éxtasis se apodera de él. Su mente se despeja de preocupaciones, y cree distinguir en aquella lejana cabina una belleza que existe más allá de las palabras; ni se imagina que pintada en el fuselaje de aquel monomotor, puede identificarse una de esas calaveras que usaban los piratas siglos atrás en sus aciagas embarcaciones; solo que esta, en lugar de estar representada con un par de huesos cruzados, presenta una curiosa variante con un cuchillo entre dientes y encima de un fondo negro la leyenda “Si el comunismo es vida, viva la muerte”.

Y entonces, aquel avión de fabricación nacional sobrevuela unos instantes el campamento. Luego, mediante una trampilla instalada en la cabina, abre su boca parecida a la de un tero y deja caer en medio del campamento un sospechoso paquete; Paco recuerda las líneas de un poema de Adolfo Berro que él y el resto de su generación se propusieron odiar:

«¿El que inocente vive
Qué mal podrá temer?»

Y luego, en medio de un horizonte de huesos y sangre, ya sin cuerpo ni alma que lo contenga, deja de existir para siempre.

Felipe Villamayor. (2024).

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