Otro motivo por el que no creo en la democracia, Hemingway style (obituario de I. H. 1977- 2011.)


1.  —¡Tomá, mirá el regalo que te llevás hoy! –dice G. detrás del escritorio, lanzándole en el aire un paquetito de ropa interior femenina–. No lo vayas a abrir, ¿eh? Es para que después se lo plantés al fiambre, ja, ja, ja.

Sicari lo atrapa, sonríe y acto seguido se lo lleva al rostro. Hace de cuenta que lo huele. G. sigue hablando como si nada, con su Samsung Galaxy S apoyado entre la cabeza y el hombro.

Sí, sí, tiburón, vos quedate tranquilo… Oíme bien: por el momento nadie en La Cámpora sabe nada… ¡Pero claro que sí! Esto se hace por atrás, olvidate… Mirá, yo ahora a las seis tengo que ir a Olivos, tengo una reunión con M. … No, no, Cristina tampoco… Esperá; tengo que cortarte, después hablamos, macho; dale, tiburón, dale, nos vemos.

Sicari toma asiento en uno de los sillones negros. Disimuladamente guarda el paquetito dentro del bolsillo del saco.

Venís bien recomendado vos, ¿eh? Ya me enteré que te gustan las películas de acción, ja, ja, ja. Bueno, oíme: ahora que ya sabés cómo viene la mano, te voy a contar bien qué es lo que nos tenés que traer…

Apenas G. dice esto, alguien toca a la puerta de su oficina.

¡Entre! –dice enseguida el joven contador, titulado por la Universidad de Belgrano, aunque nunca rindió exámenes allí.

Con unas gafas enormes y un deslumbrante pelo rubio atado en una colita, entra al despacho su joven secretaria. Lleva una de esas faldas ajustadas, de corte recto y estrecho, que de inmediato atrae la mirada de los dos hombres.
A continuación, la chica agacha la cabeza con timidez y deja encima del escritorio una iMac con la tapa abierta.

Recién llegó del Ministerio de Economía, Sr. Me fijé cómo usted me pidió y tiene todos los programas instalados.

Perfecto, Silvana, perfecto –dice G., y acto seguido la mira con una expresión impasible–. Estás hermosa hoy…

Bueno… –suelta la muchacha, volviendo a inclinar la cabeza, y a continuación se retira de la oficina.

No te dejes engañar, ¿eh? Mirá que así como la ves, esta es una loba feroz. Tiene las rodillas paspadas de tanto laburar, ja, ja, ja –luego de soltar y festejar aquel chiste, gira la notebook hacia Sicari y le muestra la pantalla de inicio. Hay un par de carpetas y planillas genéricas. Nada más–. Oíme bien: esta es la computadora que le vas a cambiar al subsecretario. Es casi igual que la que tiene ahora, no hay mucha diferencia, salvo algunos detalles. Pero no te preocupes, cuando los de Inteligencia la periten van a hacer la vista gorda. Eso sí: acordate de lo que dijo la morsa: tiene que parecer un accidente…

¿Y qué tiene que ver la puta en todo esto? –suelta Sicari de golpe.

Ya te dijimos: a la que vos llamás puta es un elemento nuestro. Queremos que esté allí para dar más solidez al asunto –apenas dice esto, saca de debajo de unas carpetas un sobre manila. Se lo extiende sobre el escritorio–. Pegales una vichada: más o menos así es la suite en la que se va a alojar el subsecretario.

Sin prestar demasiada atención, Sicari ve las cinco o seis fotos tamaño 20 x 30. Luego las guarda dentro del sobre. Estos últimos días él también ha estado en una habitación similar a esa, aunque no en la ciudad de Montevideo, sino en Buenos Aires, más concretamente en la avenida Callao, casi Santa Fe, en un último piso. A lo largo del mes ha seguido con una Nikon y un teleobjetivo de 200 mm parte de la rutina del subsecretario.

—… Sos medio desconfiado vos, me parece. ¡Quedate tranquilo! La puta va a estar con el resto de la delegación, se va a hacer unos gustos ahí en Montevideo y nos va a informar de todos los movimientos de nuestro camarada; no te va a dar problemas, ¡Al contrario!

No me gusta que haya una mina metida en esto, pero los que corren el riesgo son ustedes…

Mirá: vos acordate de lo que dijo la morsa: para que esto salga bien, el fiambre tiene que quedar sucio. Esa condición se tiene que dar. La puta va a estar en parte para eso. Si no después la familia sale a hablar y hablar y nosotros no queremos que pase eso.

—¿Mi valija?—Cuando salgas pedisela a la loba. Ah, y no hace falta que te pongas a contar nada; está toda la lata que pactamos, además de un extra para el pasaje y todas tus comodidades –G. se pone de pie y a continuación procede a despedir a Sicari con un apretón de manos–. Un placer hacer negocios con un viejo demetrios.

2. Por lo que puedo ver, el objetivo no es un tipo cualquiera. A diferencia del resto de los boludos de La Cámpora, este pibe no quiere dar el brazo a torcer. Lo reconozco, tiene principios, además de un rechazo natural hacia aquellos de sus colegas más obsecuentes. Pero eso en política no sirve; quiero decir, a nadie en política le gusta que un subalterno se pase de insolente. En política triunfan aquellos como G., aquellos como la morsa, aquellos nacidos para trepar, aquellos sátrapas cuya formación es apenas la necesaria como para defender su cartoncito de contador o abogado, pero que, a la hora de la verdad, son imbatibles en el manejo de las una y mil internas que se cuecen tras bambalinas.

Así funciona el mundo de la política, mijo, y el subsecretario se ha convertido en una piedra en el zapato para mi cliente y sus superiores. La clave va a ser, como dijo la morsa, ensuciarlo; pero ensuciarlo a tal punto que el día después de su muerte haya un rechazo tan generalizado hacia él, que, por respeto a la familia, nadie, ninguno de sus conocidos, salga a decir nada.
Lo único que me preocupa es la puta. No parece demasiado fiable, y transcurrida cierta cantidad de tiempo no me extrañaría que encontrara un incentivo para hablar…”

Sicari apunta su teleobjetivo hacia el ventanal del subsecretario. Las cortinas están abiertas y desde el espacioso living de su apartamento en el último piso, puede ver a I. H. ir y venir en mangas de camisa. Al parecer, está discutiendo con L., su novia desde hace al menos tres años. Mientras ve en picado a la pareja gesticular vehementemente, procede a hacer un inventario de aquella relación que puertas para afuera parece perfecta. Se dice que el motivo de la discusión debe ser la puta, o quizás el cansancio que acusa el subsecretario, quien hace meses está tapado de trabajo en casa de gobierno.
Sin poder oír nada, durante unos instantes Sicari continúa espiando a la pareja:

No me corresponde a mí hacer juicios de valor respecto a las motivaciones del objetivo. Debo proceder con la mayor de las distancias”, reflexiona el viejo demetrios, y acto seguido abandona su puesto de vigilancia y da unos pasos en dirección al baño. Una vez allí, abre una puertita de madera, como de conventillo, pegada al duchero y procede a entrar en un cuarto oscuro. Prende la llave de luz y de pronto las paredes y el techo se iluminan. Sobre los anaqueles hay un montón de ficheros ordenados alfabéticamente. Busca la carpeta correspondiente al apellido V. y la extrae. Después se dirige al living y sentado en un sillón vuelve a repasar toda la información de la que dispone:

“L. V., 22 años, egresada del Colegio Nacional Buenos Aires, universitaria, hija de un importante empresario del rubro de la carne. Desde los 16 ha militado en varias agrupaciones kirchneristas, entre ellas “Vatayón militante”, una organización muy seguida de cerca por los servicios de inteligencia. A simple vista su entorno familiar parecería hacer cortocircuito con su perfil ideológico actual; no obstante, por lo que he podido corroborar, sus padres ven con buenos ojos su noviazgo con el subsecretario. No les importa la diferencia de edad. Lo que me preocupa es la predilección de la Srta. V. por el activismo social; creo ver en ella el síntoma inequívoco de una peligrosa propensión a tomar decisiones impulsivas.”

Al parecer la muchacha también es cercana a M. K., quien a estas alturas ya debe estar al tanto de todo”
, se dice Sicari, mientras vicha una de las fotografías adjuntas al expediente. “Al igual que la puta, hay posibilidades de que más adelante se convierta en un cabo suelto. Debo ser el doble de cuidadoso de lo normal.”

Pocos minutos después, su Nokia 1208 empieza a zumbar en la mesita de al lado. Número privado. Sicari atiende. Es la morsa:

Oíme: M. está enterado de todo. Por si no te quedó claro, tu orden es eliminar al vendepatria con extremo prejuicio. En el caso de que no lo puedas ensuciar, debés proceder igualmente del mismo modo. Cuidado: ahora mismo creemos que el Mossad puede estar por venírsenos encima; en todo caso, sabemos que tres de sus agentes están por estas horas en la embajada israelí de Montevideo. Repito: es menester que luego de deshacerte de él confisques su notebook.

Hecho –y acto seguido quita el chip a su celular, lo tira al suelo y lo aplasta con la suela de la zapatilla.

3. Un día después, a eso del mediodía, Sicari se cruza al subsecretario. Lo ve tendido en uno de los sillones del lobby del hotel Victoria Plaza de Montevideo. Pálido y regordete, va cargado de bolsas, vestido con ropa informal y con un par de gafas de sol Ray-Ban que dotan a su expresión de un halo de impenetrabilidad. Mientras Sicari paga en el mostrador las dos noches de hotel, una chiquilina de no más de veinte años irrumpe en el vestíbulo. Va envuelta en un vestidito casi transparente. Apenas verla el subsecretario se pone de pie y va a saludarla.

Lléveme la valija a la habitación, por favor, aún tengo que hacer unos trámites en la zona –dice Sicari, impostando acento alemán a uno de los empleados del hotel–.

Acto seguido toma asiento en uno de los sillones cercanos a recepción, y ve de soslayo a la pareja intercambiar besos y abrazos en medio del lobby. Saca de su portafolios el dossier de la chiquilina y se pone sus gafas de lectura; le quedan apoyadas en medio del puente nasal:

“L. V., 22 años, estudiante de abogacía, actual pasante en el Ministerio de Economía y Finanzas Públicas. Pese a su escasa edad, se le conocen amantes del calibre de A. B., D. F. y hasta incluso dos figuras importantes de la selección argentina de fútbol. Al parecer, ahora forma parte de “Las Julietas”, un elemento operacional creado por la morsa e integrado exclusivamente por mujeres, varias de ellas modelos, otras pasantes universitarias de carreras como economía y derecho. El objetivo de las chicas es recabar información comprometedora tanto de cuadros políticos como de empresarios del más alto nivel.
Por lo que puedo corroborar, la Srta. V. es confiable en la medida en que su amor por las cirugías, las inyecciones de bótox y las marcas de ropa cara se vea satisfecho.”

Sicari baja la hoja del expediente y la devuelve a su carpeta. Poco después ve a la pareja de tórtolos abandonar el amplio vestíbulo en dirección a la calle.

Bueno…”, se dice, “habrá que ponerse manos a la obra”.

Tras aguardar unos minutos se levanta del sillón y avanza tranquilo en dirección a la calle; una vez afuera se dirige a un pequeño local de venta de celulares que hay en la peatonal, y abona en dólares dos Nokia 1208.

4. Compras en el shopping, paseítos con la amante, tarde de Spa y amigos; más que la de un funcionario invitado en calidad de experto a una cumbre comercial, la rutina del subsecretario parece emular minuciosamente a la de un turista del Jet set. No caben dudas al respecto: tanto como por su trayectoria y su edad, a los ojos de cualquier kircho I. H. tiene todo lo que un alto mando de La Cámpora puede soñar: la aprobación de sus superiores, un cargo importante en el gobierno y un porvenir que no hace sino prometer y prometer y, sin embargo, si uno busca bien, detrás de esa aparente pátina de perfección siempre pueden encontrarse rastros de mugre.

Él dice que todo está podrido y que nadie va preso; eso es lo único que me contó –dice la chiquilina a Sicari, mientras bebe de a sorbitos un agua saborizada en un bar de la calle Ciudadela.

¿Le mencionó algo sobre la embajada de Israel?

Dijo que el miércoles de mañana tenía una cita allí, pero no me quiso explicar más

Perfecto. ¿Qué instrucciones le dio la morsa para hoy y mañana?

Me dijo que mañana temprano fuera a su oficina al Ministerio, y que esta vez entrara por el garaje.

Antes de abandonar la habitación del subsecretario, asegúrese de dejar esto –y a continuación, Sicari saca del bolsillo de su saco el paquetito de ropa interior femenina que le regaló G.
Se lo pasa por encima de la mesa.

—Ja, ja, ja. A él le encantan estos regalos. Es muy guarro I.

5. Dos horas después, llovizna. Sicari sube por la calle Ciudadela en dirección al hotel. Se detiene a aproximadamente diez metros de la puerta de ingreso. Intenta resguardarse de la lluvia bajo el pórtico. Es de noche. Su Nokia 1208 comienza a zumbarle en el bolsillo del pantalón:

Hola. Sí. Dejé a la puta en el hall central del aeropuerto. Me dijo que mañana se va a dar una vuelta por ahí.

Excelente, voy a repasar con ella todo lo que tiene que decir en caso de que la cite un juez.

Perfecto.

Date una vuelta por recepción, te mandé el material que me pediste.

Muy bien –aprueba Sicari, y camina unos pasos en dirección a la esquina, hasta finalmente detenerse bajo uno de los postes lumínicos.

El bicho me acaba de confirmar que en aproximadamente cuarenta minutos dos terceras partes del alumbrado público del centro de Montevideo sufrirán un apagón. Esto incluye, por supuesto, la zona en la que vos y el subsecretario se hospedan actualmente.

Perfecto

—… Como ya sabés, el hotel cuenta con un generador de emergencia; sin embargo, no es lo suficientemente potente como para proveer de energía al circuito de cámaras de videovigilancia; sólo parte de los ascensores, el sistema de luces y cerraduras electrónicas seguirán en funcionamiento…

Perfecto, perfecto. Tal y como acordamos, mañana, a eso del mediodía, le haré entrega de la notebook.

Hasta mañana entonces.

Sicari corta la llamada y acto seguido quita el chip a su celular. Lo arroja al suelo y luego lo estampa contra el pavimento; la carcasa del pobre Nokia termina juntando mugre en el fondo de uno de los desagües de la ciudad.

6. La lluvia recrudece, Sicari avanza por el amplio vestíbulo en dirección al mostrador. En su camino ve a varios miembros de la delegación argentina, un grupo de hombres serios de traje y corbata, caminando hacia al bar o hacia los ascensores; algunos de ellos están acompañados por mujeres con rostro de vedettes gastadas, otros por sus esposas, señoras de cincuenta y pico de años muy parlanchinas. El clima es de a ratos alternadamente obsequioso y obsceno.

Vine a buscar un portafolios a nombre de Néstor Schiele –le dice al empleado de recepción, luego inclina la cabeza y consulta su reloj pulsera.

Llegó hace una hora, Sr.; tenga, aquí tiene.

Sicari recoge el portafolios que le dejó la morsa y rápidamente se dirige con él hacia uno de los ascensores:

“No hay nada peor que esos instantes previos antes de ejecutar el golpe; cuando el tema de los detalles logísticos y operacionales ya está casi solucionado; hablo de esa suerte de ansiedad que a uno lo invade momentos antes de dar el paso final; pese a mi larga edad y experiencia, debo de admitir que aún la padezco, al menos durante un rato…”

Se abren las puertas del ascensor; Sicari se desliza sereno hacia su habitación. Recorre el tramo final del pasillo y pasa su tarjeta magnética por el lector. Ingresa en el cuarto y con la tranquilidad de un consumado profesional, se dispone a preparar los últimos detalles:

“En aras de distraerme, ahora mismo recorro mi suite con la mirada. Por lo que sé, es casi igual a la del subsecretario; con esto quiero decir que es amplia, de aproximadamente unos ciento veinte metros cuadrados; la misma dispone de una cama y de un gran ventanal con vistas a la bahía; posee, además, un televisor, un frigobar y un placard bajito.

Antes de hacer nada me pongo los guantes. Coloco el portafolios que me envió la morsa sobre la cama y procedo a abrirlo; contiene la copia de una tarjeta magnética capaz de saltearse el firmware de todas las cerraduras electrónicas del hotel. Me la guardo en uno de los bolsillos del pantalón; luego me aseguro de tener la iMac en su correspondiente funda; la saco de una de las valijas y la apoyo encima de la cama.

Ahora respiro hondo y suelto; respiro hondo y suelto; respiro hondo y suelto.

Antes de dirigirme a la habitación del subsecretario, me aplico volumétricamente –es decir, mediante un cuentagotas– una microdosis de epinefrina en los ojos; la idea es que en un par de minutos mi frecuencia cardíaca se incremente lo suficiente como para lograr reducir sin problemas a un hombre del tamaño y las dimensiones del subsecretario. Lo único que me preocupa en estos momentos es su altura: I. H. mide exactamente 1,82 metros, y el placard al que planeo atarlo no alcanza los 1,70. Mi plan, como quizás ya se habrán dado cuenta, consiste en montar una de esas famosas escenas de estrangulación auto-erótica. Para volver más creíble dicho incidente, pienso dejar cerca del cadáver una de las bombachas de G. –una que aún esté sin utilizar y con la etiqueta de compra– y una película pornográfica reproduciéndose en su computadora.

Consulto mi reloj pulsera. Ya es casi la hora. Rápidamente me arreglo el nudo de la corbata frente al espejo. I. H. morirá de manera sórdida y vergonzosa, intentando alcanzar los límites prohibidos del placer. Así se me ha ordenado que proceda, así procederé. Mañana, quizás en la tardecita, uno de los empleados del hotel encontrará su cadáver e informará de inmediato a la policía. Pero cuando eso ocurra ya será tarde: la morsa ya habrá movido sus fichas y todos harán la vista gorda.”

Felipe Villamayor. (2023).

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