SOBRE CAMINAR


SOBRE CAMINAR.—Recuerdo tener veintipico de años y, de forma más o menos involuntaria, un buen día despertar hecho todo un flâneur

Por esa época se podría decir que estaba atravesando una suerte de bisagra en mi vida: no tenía trabajo, estudiaba una carrera al cuete y, encima de eso, había roto con una mina muy trola con la que sólo logré salir un par de meses. 

Así fue que, lento pero sin titubeos, un malestar cada vez más intenso, un sentimiento de desconexión y de estar a la deriva empezó a colarse dentro de mí. Fue entonces cuando, parafraseando a Borges, mis pasos “comenzaron a urdir en la ciudad incalculables laberintos”. Enfrascado en mis pensamientos, durante horas vagaba monótonamente por el centro y sus alrededores sin prestar la más mínima atención a nada. Mi libro de cabecera –el que más leí y releí en aquel momento– era, por supuesto, “Un hombre que duerme”, del autor francés Georges Perec. Resumiendo, se podría decir que la novela es básicamente la historia de un protohikikomori; un joven que, la misma mañana en que debe rendir sus últimos exámenes universitarios, decide retirarse por completo de la vida que llevaba hasta entonces y convertirse en un vagabundo en las calles de París.

Releyéndola ahora, no me parece exagerado afirmar que la crisis existencial del protagonista se desata luego de comprender que la educación que ha recibido hasta ese momento (en las primeras páginas de la novela se menciona el estudio del texto “Lecciones Sobre La Sociedad Industrial” de Raymond Aron) es inútil, y no lo conduce a la verdad y ni siquiera le sirve para enfrentar los desafíos más mundanos de la vida (tener un trabajo fuera de la administración pública, por ejemplo). 

Acerca de esto, en uno de sus ensayos sobre la educación, el filósofo Montaigne zanjaba dicha cuestión recordando un intercambio entre el rey Agesilao y uno de sus súbditos, diálogo en el que este último consultaba al monarca sobre qué deberían aprender los niños atenienses. “Lo que deberán hacer cuando sean hombres”, contestaba lacónico el rey espartano. 

Y “lo que deberán hacer cuando sean hombres” es justamente lo que hoy día se insiste en no enseñar a los más  jóvenes; de ahí, en mi opinión, se desprende la casi totalidad de sus crisis identitarias y sus numerosos trastornos mentales.

Y me parece obvio que a una reflexión así sólo se puede llegar caminando, con la mente y el cuerpo simultáneamente en actividad. Por eso no me extraña que en los liceos y universidades de nuestro país se obligue a los estudiantes a estar tanto tiempo sentados: la idea de las autoridades, por supuesto, es atrofiar el cerebro como el cuerpo de sus alumnos, para así desgajar todo atisbo de libre pensamiento y creatividad. 

Muy buena estrategia. Sumamente efectiva para lo que se han propuesto hacer.

Estoy convencido de que los grandes filósofos de la antigüedad me darían la razón en esto. Aristóteles, sin ir más lejos –aunque Platón y Sócrates también–, conocía de sobra los muchos beneficios de pasear y de discutir en voz alta junto a su grupo de jóvenes discípulos. De hecho, la llamada “escuela peripatética” del padre de la lógica, toma su nombre de la palabra griega «peripatêín» (περιπατεῖν) la cual se traduce al español como «pasear» o «caminar«.

Nietzsche era otro que recomendaba siempre “estar sentado el menor tiempo posible”, y en su autobiografía “Ecce Homo” imploraba a sus lectores “no dar crédito a ningún pensamiento que no haya nacido al aire libre y mientras podamos movernos con libertad, a ningún pensamiento en el cual no celebren una fiesta también los músculos. Todos los prejuicios proceden de los intestinos. La carne sedentaria —ya lo he dicho en otra ocasión— es el auténtico pecado contra el Espíritu Santo.”

A diferencia de Charles Baudelaire, soy de la idea de que para poder tener la mejor experiencia caminando lo ideal es hacerlo siempre en entornos rurales o suburbanos. Pues caminar en medio de la incesante agitación de una metrópoli, sobre veredas repletas de peatones y con el exasperante bullicio del tránsito de fondo, en mi opinión, disminuye significativamente la experiencia. Tampoco soy muy afín a pasear con los auriculares puestos; con el tiempo me he dado cuenta de que la música impide a mi mente divagar libremente y con fluidez, entorpeciendo las ricas imágenes y monólogos que es capaz de producir la experiencia de la caminata. Pongámoslo así: si quiero escuchar música, prefiero hacerlo de noche y en un espacio cerrado –en mi cuarto, por ejemplo–, prestándole al artista toda la concentración que me requiera su obra, y no de manera pasiva o ligera, a modo de fondo de una excursión.

«La multitud es su elemento, como el aire para los pájaros y el agua para los peces. Su pasión y su oficio lo llevan a hacerse uno con la multitud. Para el flâneur perfecto, para el observador apasionado, es una alegría inmensa instalarse en el corazón de la multitud, entre el ir y venir del movimiento, en medio de lo fugitivo y lo infinito. Estar lejos de casa y aún así sentirse en casa en cualquier lado; ver el mundo, estar en el centro del mundo y, sin embargo, pasar desapercibido: estos son los pequeños placeres de estos espíritus independientes, apasionados e incorruptibles, que la lengua apenas puede definir torpemente. El espectador es un príncipe que, vaya donde vaya, se regocija en su anonimato. El amante de la vida hace del mundo entero su familia, igual que el amante del sexo opuesto aumenta su familia con todas las bellezas que alguna vez conoció, accesibles o inaccesibles, o como el amante de las imágenes que vive en una sociedad mágica de sueños pintados sobre un lienzo. Así, el amante de la vida universal entra en la multitud como si fuera un inmenso cúmulo de energía eléctrica. O podríamos verlo como un espejo tan grande como la multitud misma, un caleidoscopio dotado de conciencia, que en cada uno de sus movimientos reproduce la multiplicidad de la vida y la gracia intermitente de todos los fragmentos de la vida».
Charles Baudelaire. «El pintor de la vida moderna«.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

Nota extra: Si te interesa colaborar con el mantenimiento del sitio, podés hacerlo a través del siguiente link a Mercado Pago: link.mercadopago.com.uy/acontrapelorevista
¡Gracias!


Una respuesta a “SOBRE CAMINAR”

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *