SOBRE CONOCER A UNA GURISA JAPONESA EN UNA NOCHE CUASI PRIMAVERAL, UN HOMOSEXUAL DE MIERDA QUE ME ACOSABA, Y EL LIBRO “MI LUCHA”, DEL EX CANCILLER ALEMÁN ADOLF HITLER.


SOBRE CONOCER A UNA GURISA JAPONESA EN UNA NOCHE CUASI PRIMAVERAL, UN HOMOSEXUAL DE MIERDA QUE ME ACOSABA, Y EL LIBRO “MI LUCHA”, DEL EX CANCILLER ALEMÁN ADOLF HITLER.– A mediados del año 2019 me encontraba en uno de esos famosos períodos de receso tan frecuentes en el mundo universitario (ámbito, como ya sabrán, muy conocido por la propensión tanto de sus estudiantes como de sus funcionarios a la holgazanería y al tiempo de ocio). 

Bueno, cuestión que durante una noche inusualmente cálida del mes de julio, conocí a una estudiante de intercambio proveniente de la Universidad de Osaka, Japón. El motivo de encuentro creo que fue una suerte de reunión o cumpleaños en una residencia estudiantil ubicada a apenas dos cuadras de la avenida principal. Nada más presentarse, la chica llamó mi atención y la de todos los presentes al hacer gala de una feminidad poco común en estas latitudes; si mal no recuerdo, estaba acompañada además por una gurisa chilena y otra en apariencia sueca o finlandesa, aunque me consta que ninguna de las tres estudió nunca en la UdelaR o en cualquier universidad privada de nuestro país; creo que simplemente bajaron a Montevideo por motivos de esparcimiento y/o curiosidad.

Vaya uno a saber.

Recuerdo que la chilena comentó algo acerca de la Universidad Católica de Chile (creo que la llamó “la Pontificia”), y supongo que allí fue donde las tres se matricularon, aunque lo cierto es que tampoco podría afirmarlo sin temor a equivocarme. Cuestión que la joven nipona mostraba un interés insólito hacia la obra del filósofo reaccionario Miguel Serrano (conocido apologista del régimen de Augusto Pinochet), y así, sin más rodeos, me lo hizo saber durante nuestra charla. Es necesario aclarar, no obstante, que dicha confesión fue realizada lejos de la vista y los oídos de los allí presentes. Qué fue lo que la llevó a efectuarla hasta el día de hoy no lo sé, pero fue suficiente como para crear entre nosotros un lazo de complicidad.

Cuestión que, de pronto, en medio de nuestro diálogo, siento a mis espaldas una presencia conocida. Es así que levanto la mirada y lo veo: ¡el maldito maricón de Vladimir!, un tipo raro obsesionado conmigo que desde hace meses me persigue sin parar a dondequiera que voy, alguien cuya sola cercanía es capaz de generar en mí un asco profundo; y así, sistemáticamente, en cada ocasión que he tenido, he intentado hacérselo saber, aunque sin ponerme demasiado vehemente.

Cuestión que, llegado un momento, veo a la chica fruncir la boca preocupada: la pobre apenas enteinde español y parece desconcertada ante la interrupción y el tono de reproche del maricón. Inicialmente, procuro no darle corte, y transcurridos unos minutos ella y yo nos apartamos de él, caminando en dirección a la puerta de entrada, cuando, de repente:

«¡FASCISTA! ¡FASCISTA! ¡LA CHINA ESA Y ÉL SON UNOS FASCISTAS».

Me doy vuelta e intento mantener la calma, pero al homosexual ya se le soltó la cadena y así es que continúa vomitando durante varios instantes su baba de insultos sobre mí y mi bella compañera. Harto ya de lo que a todas luces es un acoso constante, lo saco a empujones a la calle. Una vez allí, le pido que se retracte de las palabras proferidas a mí y a la joven nipona. Como se niega y aún persiste en su episodio de histeria, a modo de advertencia, le propino una moderada golpiza en el rostro 

Es notable cómo durante aquella riña mi adorable acompañante no pronunció ni una sola palabra, aunque luego de concluida ésta me tomó del brazo y me permitió caminar con ella unas cuadras. Es en verdad una lástima –pienso ahora a la distancia, mientras escribo esto– que nuestro breve encuentro se haya visto empañado de tal forma por culpa de aquel maldito invertido; pero bueno, Uruguay no es como Japón, y aquí –lamentablemente– nos hemos acostumbrado a tolerar y hasta a aceptar las salidas de tono de esta manga de degenerados.

Una vez llegamos al portón del lujoso edificio de apartamentos en el que se hospeda –el cual, si mal no recuerdo, compartía con la chica chilena, la sueca/finlandesa y otra joven más– la nipona me invita a subir y a «try along with me one of those crazy theories».
Esto último me acuerdo que lo dijo con un acento monótono y con particular dificultad al momento de pronunciar las palabras “crazy” y “theories”.  Pero bueno, cuestión que subo con ella al edificio y entramos a su apartamento. Son algo así como las tres y media de la mañana, estamos solos y a oscuras y, de repente, la nipona saca de una de las estanterías cercanas un libro y un juego de velas. Cuando me acerco a mirar, veo que es un ejemplar gastado y en inglés de “Mi lucha”, del ex canciller alemán Adolf Hitler. «This book written by [sic] great man», me explica en tono mecánico, casi susurrándome pero a la vez chispeante, «let’s see if he was truly evil as englishman [sic] say. Come. Come with me to [sic] bathroom».
De pronto siento un breve escalofrío recorriéndome la espalda; están los que dicen que mirar a un espejo de noche con poca luz es peligroso, que involuntariamente uno puede terminar conjurando entidades demoníacas, seres del más allá. Recuerdo una vez a un cura muy importante en una película explicar que a las tres de la mañana es cuando las brujas, los demonios y los fantasmas acostumbran viajar de espejo en espejo, a veces incluso colándose premeditadamente en las pantallas de los celulares y los televisores plasma de los humanos. Bueno, no por nada todo ritual de magia negra suele celebrarse durante este horario.
En fin, cuestión que poco después decidimos entrar al baño. Con paso rápido nos detuvimos frente al tocador; recuerdo que yo sostenía en mi mano izquierda el viejo ejemplar de “Mi lucha”, mientras que ella llevaba en su mano derecha el pequeño candelabro de tres brazos. Miramos al espejo durante unos largos instantes, esperando que algo sucediera, pero lo cierto es que no pasó nada. «Maybe he went to heaven», acotó la nipona con una lacónica sonrisa, no logrando esconder del todo su decepción.
Y, para ser franco, hasta el día de hoy me sigo preguntando por qué. ¿Puede ser que quizás el espíritu del ex canciller no fuese tan malo después de todo? ¿O quizás simplemente no necesitara manifestarse allí de manera espectacular para hacernos sentir su influencia. ¡Quién sabe! Lo único que sé es que por las dudas no lo volveré a hacer.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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