Sobre el progresismo frenteamplista y la nueva «clase obrera» uruguaya


SOBRE EL PROGRESISMO FRENTEAMPLISTA Y LA NUEVA “CLASE OBRERA” URUGUAYA QUE HA CREADO.– Resulta en verdad curioso cómo el progresismo ha roto casi que por completo con el viejo paradigma marxista-rousseauniano del obrero como un “noble salvaje”. Ahora, los actores revolucionarios por antonomasia son el estudiantado universitario y las minorías sexoraciales, y da la impresión de que estos –por supuesto que estoy generalizando– no sienten gran simpatía hacia la figura del obrero.

Peor: de a ratos incluso pareciera que ven en él una suerte de lastre para el cumplimiento de sus proyectos utópicos; y esto es así aunque varios de los apólogos de la izquierda más tradicional se sientan culpables e incómodos con ello.

Presten atención: antes no sólo se tomaba como un hecho obvio el que para convivir en sociedad los ciudadanos debieran romperse el lomo laburando, sino que permanentemente se hacía de esto una cuestión supeditada al honor y a la integridad personal del individuo, dando como resultado que aquel que no trabajaba y que por lo tanto vivía de los demás pasase a ser un ser despreciable.

Hoy día, no obstante, este orden de cosas parece haberse invertido, y las nuevas generaciones vástagas del progresismo ven con recelo al mundo del trabajo, considerándolo por defecto un ámbito de expoliación e infinitos padecimientos.

El obrero joven, sin embargo –y que conste que aquí hablo exclusivamente de aquel compatriota de clase baja o media cuyo trayecto estudiantil se ha visto interrumpido o que en primer lugar nunca vio nada de valor en él–, aún debe vender su fuerza y capacidad de servicio para subsistir, y encuentra en esto ya no una serie de motivos sujetos al “honor” o a la “integridad personal”, sino un deseo creciente por consumir mercancías que lo coloquen en estado de igualdad o por encima de sus pares («¿Qué celular tenés?» es una pregunta frecuente en dichos ámbitos).

¡He aquí el gran triunfo del Frente Amplio, señoras y señores! Gracias a él, ahora la posibilidad de ser respetado y de mantener un mínimo sentido de dignidad en la pobreza es, a todas luces, una quimera. El muchacho promedio de veintipico o treinta años ya no tiene (ni quiere) un hogar o una familia a la que sostener, pero sí gustos caros y un auto cero kilómetro al que mandar al service. La izquierda uruguaya ha logrado así reemplazar un paradigma por otro, pero, cabría preguntarse qué tan bueno ha sido este cambio: ¿Es mejor vivir por y para el consumo –son acaso el goce y el cortoplacismo sistemas de vida tan válidos y edificantes como lo fueron antes la religión y la familia– o buscar, en cambio, la autorealización en un deber extraindividual y colectivo, uno cuyos frutos sean quizás la cosecha de un legado que se exprese en un sentido de trascendencia metafísico o generacional a largo plazo?

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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