SOBRE LA MUERTE DEL CRISTIANISMO Y EL COMIENZO DE UNA NUEVA EDAD DE HIELO


SOBRE LA MUERTE DEL CRISTIANISMO Y EL COMIENZO DE UNA NUEVA EDAD DE HIELO.— Leo el siguiente pasaje del libro “Aurora”, del filósofo alemán Friedrich Nietzsche:

Los hombres realmente activos prescinden hoy del cristianismo, y los más moderados y contemplativos, con un nivel intelectual medio, no disponen más que de un cristianismo ajustado a las circunstancias, esto es, muy simplificado. Lo mejor y más vivo que ha subsistido del cristianismo es la idea de un Dios que, con su amor, lo dispone todo para nuestro bien último, un Dios que nos da y nos quita la virtud y la felicidad, de forma que todo acaba sucediendo como era conveniente que sucediera, sin que haya motivos para rechazar la vida ni para criticarla –en pocas palabras, la resignación y la humildad divinizadas–. Sin embargo, no nos damos cuenta de que el cristianismo ha desembocado en un vago moralismo; en lugar de Dios, de la libertad y de la inmortalidad, lo que queda es una especie de benevolencia y de sentido de la honradez, junto con la creencia de que esa benevolencia y ese sentido de la honradez acabarán imponiéndose en todo el universo. Esta es la eutanasia del cristianismo”.

El pasaje está bárbaro y expresa de manera completa cómo, durante los siglos XVII y XVIII, los valores del cristianismo fueron, de cierta forma, cooptados por las incipientes sociedades liberales de la época; de la mano de pensadores como Diderot o Rousseau (y más tarde autores como David Strauss), dichas sociedades se propusieron suavizar la religión cristiana, secularizarla y desmitificarla, convirtiéndola, con el paso de los siglos –lenta pero irrevocablemente– en un fenómeno de carácter inofensivo.

¡Pensar en el cristianismo y en la Iglesia Católica, la columna vertebral histórica y cultural de Occidente durante más de mil quinientos años, reducida finalmente a una suerte de «vago moralismo»!… 

Vamos…, que es realmente descorazonador…

Pero claro, el problema es que una religión no puede sostenerse únicamente a partir de “vagos moralismos”, o constantemente apelando a un lavado de cara en aras de acomodarse al fugaz presente, pues, de ser este el caso, llegado un momento dicho credo se volvería algo irreconocible, algo tan alejado de lo que fue en sus inicios, que a los ojos de sus primeros adeptos sus prácticas perfectamente podrían calificarse de herejes o de motivo de excomunión.

Y es que algo tan básico pero a la vez tan exigente como la fe no puede prosperar sólo a partir de pragmatismos y vagos lugares comunes; menos que menos apoyándose en extremo en las facultades de la razón o en qué me es conveniente para el caso. Y he aquí los primeros obstáculos para la supervivencia y expansión del cristianismo: el relativismo inherente a una sociedad liberal-democrática, su falta de jerarquías reales, el valetodismo intrínseco a estos regímenes y el recelo permanente de sus élites directivas hacia cualquier forma de compromiso religioso serio.

Pensemos por un segundo en algunas de las grandes obras artísticas y literarias de Occidente, en su música, en su literatura, en su arquitectura; todas ellas se estructuran por defecto alrededor de una suerte de componente religioso-espiritual; es decir, en última instancia, irracional. Y esto es innegable. ¿Alguien puede decirme qué utilidad productiva o económica tuvo para la cristiandad la creación de, por ejemplo, la catedral de Notre Dame? No niego que para su construcción debió de emplearse a un gran número de obreros, artesanos y arquitectos, quienes, a su vez, para efectuar su labor y poder subsistir diariamente, debieron de ser proveídos por las autoridades eclesiásticas con una gran cantidad de alimentos y materiales de construcción y otros bienes y servicios durante los casi dos siglos que les llevó realizar su tarea. Pero, a fin de cuentas, el motivo principal detrás de su creación y financiamiento no fue resultado del utilitarismo económico o de una consulta popular vía referéndum.

No.

Algo similar ocurre con algunas de las grandes hazañas políticas de nuestra civilización, con la conquista y colonización de América o con hechos en apariencia menores pero que, vistos con lupa, revelan su indiscutible grandeza. Y es que, ¿Qué valor económico real o qué número de recursos naturales tenía el Reino de Jerusalén hacia el año 1177 para justificar su defensa por parte de la cristiandad? Quizás ninguno, pero eso no le impidió al quinceañero rey leproso Balduino IV liderar la carga de caballería en las colinas de Montgisard, contra el ejército de Saladino. Vale aclarar que Balduino disponía únicamente de un millar de hombres en sus filas; el sarraceno, en cambio, con treinta mil. 

Y aun así salió victorioso.

Que durante buena parte de su historia la religión cristiana sobrevivió y se propagó alrededor del mundo a partir del fanatismo colectivo y de los actos de sacrificio de sus practicantes, es innegable; lo contrario, entonces, apelar a buenos modales y a un falso tono conciliatorio, trae a la mente aquel revelador pasaje de Nicolás Maquiavelo en los “Discursos sobre la primera década de Tito Livio”: 

La fortaleza de alma que nuestra religión exige es para sufrir pacientemente los infortunios, no para acometer grandes acciones. Esta nueva manera de vivir parece que ha hecho más débiles a los pueblos y más fácil convertirlos en presa de los malvados, que con mayor seguridad pueden manejarlos al ver a casi todos los hombres más dispuestos, para alcanzar el paraíso, a sufrir las injurias que a vengarlas. Pero la culpa de que se haya afeminado el mundo y desarmado el cielo, es, sin duda, de la cobardía de los hombres que han interpretado la religión cristiana conforme a la pereza y no a la virtud; pues si consideramos que aquella permite la gloria y la defensa de la patria, deduciremos que quiere que la amemos, que la honremos y que nos preparemos para ser capaces de defenderla”.

Efectivamente; Nietzsche estaba en lo correcto; en las circunstancias actuales, el cristianismo ha sacado turno para someterse, quizás el próximo siglo, a una suerte de eutanasia médica.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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