SOBRE POR QUÉ YAMANDÚ ORSI, CHRISTIAN DI CANDIA, ALEJANDRO “PACHA” SÁNCHEZ Y TODOS LOS «ALIADES» DE IZQUIERDA LE CAEN MAL A TANTA GENTE (PERO PRINCIPALMENTE A LAS CHICAS JÓVENES)


SOBRE POR QUÉ YAMANDÚ ORSI, CHRISTIAN DI CANDIA, ALEJANDRO “PACHA” SÁNCHEZ Y TODOS LOS ALIADES DE IZQUIERDA LE CAEN MAL A TANTA GENTE (PERO PRINCIPALMENTE A LAS CHICAS JÓVENES).— En los últimos años la derecha local ha reflotado el término “idiotas útiles”, acuñado en su momento por el líder comunista ruso Vladimir Lenin. El concepto y su uso, pese a lo que puedan sospechar algunos, no es una tergiversación maliciosa ni una expresión distorsionada respecto de su significado original. De hecho, en el contexto de la revolución rusa y de la propaganda política, Lenin lo empleaba en público con el mismo propósito con el que actualmente figuras como Agustín Laje o Javier Milei lo utilizan: para denostar a aquellos socialistas o simpatizantes de movimientos “revolucionarios” cuyo accionar servía para beneficiar de forma inadvertida al estado y al status quo

Independientemente de en qué vereda política te pares, a estas alturas deberías saber que billonarios como George Soros o entidades transnacionales como las fundaciones Ford y Rockefeller destinan cada año cientos y cientos de millones de dólares a causas de cuño feminista o ambientalista. Por poner un ejemplo rápido, hace poco se supo que sólo en los últimos dos años, MacKenzie Scott, la ex esposa del fundador de Amazon, donó casi doscientos millones de dólares de su ex marido a 17 de los 47 fondos de la red Prospera International (una de las muchas redes globales feministas que maneja billones y billones de dólares al año en su cuenta corriente).

La idea de que a esta altura del partido estas causas puedan tener un matiz “subversivo” o “revolucionario” o que nacen de los reclamos de “gente de a pie” y no del capital de miembros de una élite transnacional y adinerada, es simplemente ridícula. 

Y, sin embargo, los portavoces de estos movimientos insisten en presentarse a la opinión pública como “luchadores por los derechos sociales” o “activistas en defensa de x causa o de x grupo de personas desposeídas”, queriendo dar a entender así cierta desigualdad en su “lucha”, convenientemente dejando de lado que algunas de las corporaciones o fondos de inversión económicos que las respaldan cuentan con presupuestos ENORMES, mucho mayores al producto bruto interno de varios países de la región.

La foto: Sebastián Auyanet: «Soy un revolucionario de izquierdas, en serio, papi y mami me pagaron la matrícula de la UM, vivo en Nueva York y nunca tuve un trabajo honesto en mi vida, pero sé cómo arreglarlo TODO. Soy aliade feminista y me quise coger a la Sofía Pintos pero al final se fue con Guille Jr. 😔».

Yéndonos un poco de tema, haríamos bien en explayarnos en torno al perfil psicológico de aquellos individuos que, en general, se sienten atraídos por estas causas. Creo que ya dejé en claro que no son “gente de a pie” o integrantes de la “clase obrera”, sino más bien sujetos adoctrinados pertenecientes a los estratos medios y superiores. Por otro lado, el componente fuertemente litúrgico que vertebra algunos de estos movimientos sociales –el fervor y la devoción cuasi religiosos que inspiran entre sus militantes–, no debe pasar desapercibido, siendo este quizás fruto de una pulsión religiosa latente buscando emerger a como dé lugar. 

Al respecto de esto, sería pertinente trazar ahora una comparación entre el Frente Amplio actual (el bloque político que cuenta con el respaldo de la gran mayoría de estas organizaciones sociales así como por organismos internacionales) y la izquierda sesentista. Esta comparación nos permitirá conocer en profundidad quiénes son aquellos que de cara al público se definen como “de izquierdas”.

Empecemos con una noticia rápida. Hace algunos días, el ex intendente de Montevideo, Christian Di Candia, subrayaba en una entrevista concedida a Radio Sarandí que “Yamandú Orsi no es un Tupamaro de 1969, ni Carolina Cosse una Comunista de 1971”. Y sí; hay que reconocer que en cuanto a motivaciones y al perfil psicológico de ambos candidatos, NADA podía ser más cierto. Recordemos que lo que motivó en primer lugar a movimientos guerrilleros como tupamaros o montoneros a salir a la palestra, fue sobre todo el deseo de aventura, las ganas de hacer alboroto y el desinformado idealismo de un grupo de jóvenes pitucos queriendo rebelarse contra sus padres. Que hasta el día de hoy no hayan podido o no hayan querido reconocer la farsa que protagonizaron durante esa época, eso ya es otra historia

Sin embargo, hay en figuras como Orsi o Di Candia algo distinto, algo lejano a aquel deseo juvenil de aventura y destrucción, algo cercano más bien a una suerte de “flojera torpe” –por ponerlo de algún modo–, que vuelve a ambos INCAPACES de hacer daño o simplemente de defenderse de los embates de sus rivales. Lo sucedido con Orsi es paradigmático: el candidato a presidente por el Frente Amplio fue denunciado de manera insólita –de la noche a la mañana– por un travesti anónimo de Ciudad de la Costa, y hasta el día de hoy, por temor a de algún modo ofender al colectivo de prostitutos travestis canarios, no ha podido ni siquiera defenderse de forma clara y tajante de las acusaciones que se le imputan. 

Di Candia, asimismo, hace un par de meses provocó carcajadas entre la ciudadanía al denunciar con tono de indignación llorona en las redes que desde una camioneta un extraño lo habría insultado llamándolo “comunista”, acotando que este inofensivo episodio configuraría no un hecho aislado, sino una suerte de punto final para la “sana convivencia democrática” uruguaya, esa en la que hasta ahora sólo los simpatizantes y militantes de izquierda tenían permitido increpar o escrachar a sus rivales.

De hecho, la frase viral «un hombre que resuelve«, tan popular ahora entre los círculos feministas juveniles, y que por si no están enterados hace alusión a un tipo que frente a la adversidad o a cualquier circunstancia desafortunada se pone los pantalones y asume lo que venga, surge como un intento de las chicas jóvenes de marcar distancia entre ellas y hombres como Di Candia u Orsi, percibidos por la gente en general como personajes insufribles, encasillados eternamente en el rol de “buenos muchachos”. 

No sé qué piensan ustedes, pero creo que en los setenta Mujica o Huidobro hubieran contestado de manera muy distinta a una provocación como la que recibió Di Candia, o a un garrón como el que se llevó Orsi, seguramente granjeándose en el acto la aprobación zalamera de las jóvenes y en aquel momento hermosas mellizas Topolansky (todo el mundo sabe que las chicas aman a un hombre que tiene los huevos para mandarse de prepo a un banco con un cuarentaicinco y hacerse respetar, ¡Así es la vida, gurice’!).

El problema es que ambos son, como ya dije, INCAPACES DE HACER DAÑO; personajes como Orsi, Di Candia o el “Pacha” Sánchez, son el arquetipo perfecto de eso que en la jerga juvenil se conoce despectivamente como un “aliade”; es decir, un muchacho joven e inerme que en aras de chamuyarse a minitas fáciles y sin padre, un día decide probar suerte e ir a militar al centro de estudiantes y, posteriormente, luego de años y años de cortar calles y avenidas y apoyar a la causa de moda, intenta rascar un carguito en el estado o en una ONG subvencionada por él.

«Por favor, Carla, mandame nudes, soy aliade, leo a Cortázar y escucho a Fernando Cabrera».

Lenin, a quien hacía referencia al principio, llamaba “idiotas útiles” precisamente a payasos como estos, a esos intelectuales bienintencionados y pusilánimes incapaces de afrontar la realidad o de asumir riesgos genuinos; esa gente que precisamente ahora atrae tanto la izquierda, ahora que dejó de ser “subversiva” y “revolucionaria” (¡Vamos, reconozcámoslo de una vez!); gente voluntarista e idealista en el PEOR sentido de la palabra, tipos que en sus asambleas no se animan ni siquiera a levantar un poquito la voz por miedo de ofender a alguna compañera militante, tipos inútiles que no dan pie con bola; en definitiva, aliades del estilo de Orsi, Di Candia o el “Pacha” Sánchez.

Lenin, un tipo frío y pragmático, muy reacio al sentimentalismo y al activismo tonto en política, no dudaría ni por un instante en sacarse de encima a este par de peleles, mandándolos a fusilar apenas tuviera un rato libre. Y quizás esta y no su labor como teórico de la revolución soviética haya sido su principal virtud: haber podido reconocer la necesidad de cierta dosis de crueldad y de violencia en el mundo real y, sobre todo, cuándo es que hay que acomodar bien un cachetazo.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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