SOBRE RITUALES DE MAGIA NEGRA QUE NO SALEN COMO UNA SE ESPERABA


SOBRE RITUALES DE MAGIA NEGRA QUE NO SALEN COMO UNA SE ESPERABA.—sueños raros tuve esta noche de otoño. sueños inquietantes. una batalla en un lugar llamado las Termópilas. trescientos valientes detenían allí a un ejército de algo más de un millón de hombres. ¡un millón de hombres! a pesar de la abrumadora superioridad numérica de estos últimos, los primeros lograban aguantar durante días, aprovechando el angosto paso de aquel lugar para así nivelar un poco las cosas. 

¡qué lugar y, sobre todo, qué momento para estar vivo! 

su sacrificio y valentía, sin embargo, no pasaban desapercibidos para sus rivales: podés arrebatarle la vida a un hombre (eso, bien visto, tiene poca importancia), pero lo que no podés hacer, en determinadas circunstancias, es despojarlo de su honor. la enfermedad de nuestra era reside precisamente en no haber entendido esto.

¡yo quiero una última batalla así! –pensé en medio de aquella carnicería–. ¡el resultado me da lo mismo, pero yo quiero una batalla así! ¡oh, Somnus, señor de los sueños, extiende tus alas de búho negro sobre mí, teje en uno de tus infinitos hilos una batalla así para mí! 

y entonces, al volver la cabeza, vi su rostro a través de un tul negro ricamente bordado. parada delante de mí, furtiva y enigmática, ella dijo: “querido Conde, soy una de las Somnias mensajeras de sueños, enviada por los dioses más allá de la vigilia para impartir mi sabiduría a los mortales. vengo a advertiros de hechos terribles que os están por acontecer”. 

“¡oh, bella Somnia, bienvenida seas a mis sueños!”, le contesté, “te he invocado con el propósito de que me reveles otra batalla como la que acabo de presenciar; vamos, deleita mi sueño con una escena así, por favor”.

conde, mucho me place encontrar en ti un alma ávida por explorar el reino de los sueños y algunos de sus insondables misterios. no obstante, debo advertiros que no todo lo que se nos revela en las profundidades de la noche es bello y agradable. he visto sombras cernirse sobre tu destino y, como mensajera de los dioses, es mi deber informarte de ello”. 

“no entiendo de qué peligros me hablas, bella Somnia; mas de todos modos os seguiré a dondequiera que deseéis llevarme”. 

y apenas dije esto, un brillo oscuro y celeste dilató las pupilas de la mujer. enseguida la ululante bruma de sueño se disipó y nos encontramos juntos en medio de la ciudad, en una calle céntrica de Montevideo. gritos, silbidos, consignas, manifestantes empujándose los unos a los otros, algunos tecleando en las pantallas de sus celulares, otros revisando con presteza objetos escondidos dentro de los bolsillos de sus prendas. a medida que avanzábamos nos vimos rodeados de más y más gente, la cual parecía surgir del aire sin que mediase explicación alguna. 

tres cuadras más adelante, se encontraba la imponente fachada del poder legislativo. 

“¿por qué me traes aquí, oh, bella Somnia? ¿que acaso no sabes que aborrezco esta ciudad y todos sus edificios? ¡Marte haría bien en soltar a Timor y a Metus en algunas de las zonas aledañas a este basural!” 

“os traje hasta aquí para explicaros: no habrá gran última batalla para ti, mortal; sólo una gran carnicería”.

y apenas dijo esto, tres súbitos estrépitos de incendio hicieron temblar el suelo. enseguida un delgado velo se corrió frente a mis ojos y de golpe me vi junto a aquella mujer en medio del hemiciclo parlamentario, en una de las filas concéntricas al estrado vicepresidencial.

traté de entender qué era lo que estaba ocurriendo a mi alrededor, pero lo único que veía era a un montón de viejos chotos corriendo de un lado para otro, gritándose entre ellos obscenidades y buscando desesperadamente –a como dé lugar– una salida de aquel atolladero. 

a medida que seguía a la mujer y nos aproximábamos al centro de la sala, descubrí a pocos metros de mí a un chiquilín con el rostro pintado con cuatro franjas azules. en la cabeza llevaba una corona adornada con plumas de tero y en el cinto un viejo sable de hierro oxidado. a sus pies, un hombre con calvicie y prominente barriga suplicaba cobardemente por su vida. creo que respondía al apodo de “Scripiani”. acto seguido, el muchacho lo tomaba de la coronilla, le daba un tirón de pelo y procedía a tajar lentamente los pocos restos de cuero cabelludo que aún le quedaban en la cabeza; pero en un momento dado se ve que la hoja del sable estaba un poco desafilada, y entonces le empezó a costar mucho trabajo escalpar limpiamente la cabeza del viejo sátrapa. fue así que uno de los asistentes del muchacho tuvo que correr por entre los escaños a ayudarlo, aplicándole al viejo una patada en la nuca para que así su amigo pudiese hacer palanca más fácilmente. 

“¿qué son estas escenas sangrientas que me muestras, mujer?”, la consulté al ver las decapitaciones y la apariencia extraña de aquellos jóvenes (su vestimenta parecía emular en parte esas chaquetas de estilo militar con las que solía retratarse al General Artigas durante mi infancia): “¡nada de esto parece tener sentido!”.

“patotas de bandoleros y conquistadores, caciques y blandengues, esta vez sin simulacros de purulenta orientalidad arrasando con todo a su paso; pretendiendo salvar a las instituciones, respetar los símbolos patrios para al final del día sólo pasearse en tanque frente a la deslustrada fachada de un polvoriento palacio. eso: nada más os espera”.

“¡pero que Dios te otorgue deshonra, mujer! ¿no sabes que acaso hoy marca el día en el que El Redentor padeció la muerte, sacrificándose a sí mismo para la salvación de toda la humanidad? ¿cómo te atreves a interrumpir mi sueño y a intentar confundir así mi buen juicio? ¿acaso crees que no conozco la forma en la que tú y las de tu especie suelen perturbar a las ánimas, envolviendo su consciencia en neblinas y presentándoseles bajo la guisa del sueño?”

“baphomet os espera con ansias, conde; dejaos llevar”.

y apenas dijo esto, una aguda y penetrante carcajada empezó a retumbar en las paredes del hemiciclo, luego a regodearse y a hablar para sí en una lengua gutural e ininteligible.

¡pues que siga esperando, bruja perversa!”, y tomándola en vilo la arrojé entre los escaños. luego me lancé encima de ella y comencé a estrangularla; el muchacho del sable enseguida advirtió esto y corrió en mi dirección. ¿quiso ayudarme o provocar mi muerte? no sabría decirlo, pues segundos después todo se volvió borroso y fue olvidado apenas me desperté.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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