SOBRE TINI STOESSEL Y LA MÚSICA DE LAS “CHICAS TRISTES”


SOBRE TINI STOESSEL Y LA MÚSICA DE LAS “CHICAS TRISTES”.— Un fenómeno que antes era propio de los últimos estertores de la música rock, hablo de esa actitud y sonoridad “oscura” y “depresiva”, que tanto se puso de moda a fines de los noventa –y que aquí tuvo de exponentes a grupos como Buenos muchachos y a otros que mejor no nombrar– empieza a extender su insidiosa sombra sobre la música pop femenina. 

El año pasado, si mal no recuerdo, un obispo de por acá criticó sin filtro las letras sexuales y hedonistas de la cantante argentina Tini Stoessel, labrándose enseguida las burlas del caso. El tema es que ya hace bastante tiempo que la música para adolescentes se vale de estos tópicos, tanto en sus letras como en su lasciva acentuación rítmica (ejemplo: “Recalienta”, de Emilia Mernes, cuyo texto dice: Ando como una loba hambrienta/ Con tanta’ fotito’, ya me siento sedienta/ Tú sabe’ qué mostrarme pa’ ponerme contenta/ Quiero ver qué juego inventas/ A ese huevo, yo le pongo pimienta”)

Y las gurisas más jóvenes, como es de esperar, parchean la falta de atención parental, su incertidumbre existencial y crisis identitaria reverenciando a esta nueva camada de ídolas, erigiéndoles un altar en la privacidad de su cuarto –todas estas “artistas”, por supuesto, manufacturadas por discográficas y grupos de productores en la sombra–. Esto parecería ser bastante malo en sí, aducen los pocas voces disidentes que se animan a criticar esta moda, ya que podría fomentar en las jóvenes oyentes una actitud promiscua e irresponsable, pero, CRÉANME; esto no es NADA comparado con otro fenómeno que se viene gestando ya hace tiempo.

Tal como apunté al principio, hubo un momento en el que la música rock –por entonces el género musical más popular entre la juventud– comenzó a adoptar una estética “oscura” y “depresiva”, la cual, creo yo, expresó de manera honesta las aflicciones internas que estaban atravesando sus compositores e intérpretes. Los jóvenes oyentes de aquella época escucharon esa música y seguramente se sintieron identificados con su tristeza y desesperanza y, quizás –peor aún–, hasta se regodearon en ella (!), adoptándola como un rasgo de identidad propio, usándola como una careta para así ocultar su falta de originalidad y pasar por profundos entre sus grupos de pares. 

En fin: decadente por donde se lo vea…

La foto: El cheto chupapija’ de Sebastián Auyanet. Por lo menos «Tussi» llegó a ver una pala… la del sepulturero que lo enterró; éste cheto de mierda ni eso.

Por suerte, esto fue un fenómeno más bien de tipo masculino, cuyas consecuencias no llegaron a enquistarse en las gurisas adolescentes, quienes continuaron escuchando música pop frívola e intrascendente hasta bien entrada la adultez. 

Ahora, hagamos trampas con el tiempo y adelantemos las agujas del reloj al año 2024. Lo que antes era un grupo de minitas jóvenes cuya jugada marketinera consistía en venderse como bombas sexys de puro desparpajo y desenfreno erótico, hoy ha mutado en una cohorte de “artistas” tristes, intentando recrear artificialmente esa estética “oscura” y “depresiva” a la que aludí antes, para así regodearse en ella y pasar por “profundas” a los ojos de sus seguidoras.

Hablo principalmente de cantantes como Lorde, Halsey, Billie Eilish, Olivia Rodrigo, Florence Welch, Lana del Rey (esta fue la primera y, por lo tanto, se puede decir la “precursora” del grupo; también es, por lejos, la más insoportable de ellas; en serio, ojalá se ponga de novia con uno de esos raperos negros gangsta así la caga bien a palos) y ahora, en el Río de la Plata, Tini Stoessel.

No exagero: la semana pasada, la estrella pop para adolescentes pegó un salto artístico, “maduró” (esto en la jerga de la industria discográfica antes quería decir “se emputeció”, empezó a hacer videos en “plan fiesta”, a bailar sin ropa y a cantar sobre cómo se la empoman; ahora, en cambio, significa que está atravesando un período de depresión, que le dio por tomar pastillas e ir a terapia) y publicó un adelanto del que será su nuevo álbum de estudio, titulado “Un mechón de pelo”. Como era de preveer, en el video la vemos cortándose el cabello y ensayando caras de angustia frente al espejo; luego, entre lágrimas, y mientras de fondo se oye una música insoportablemente melodramática, empieza a decir:

Cómo te duelen los sentimientos cuando uno no los deja ir. Cómo se borran los recuerdos cuando aún viven en mí. Se hace difícil perdonar, pero más difícil perdonarte a ti. A veces pienso que estoy loca, porque loca me sentí. Loca como el mar, que no se entiende lo que hace ni adónde va. Solo él puede entender, y encontrarse en alguien más. ¿Será que el ser humano nunca aprende a nadar? En búsqueda del sentido, de no poder parar, perdida en el desierto y no logro saciar, saciar el alma fría, volver a respirar”.

Guau. ¡Cuánta profundidad! ¡Kilómetros y kilómetros de ella! Es como asomar la cabeza y mirar adentro de un pozo petrolero en Shaybah…

Los comentarios de Youtube y demás redes sociales no tienen desperdicio. “Como persona que sufrió y sufre depresión, me enorgullece saber que una artista argentina de la talla de Tini saque un álbum así”, dice @reginaphalange8155

Miren, ¿cómo decírselos de manera suave? ¡Es sólo cuestión de tiempo hasta que las “fans” escuchen esta basura y empiecen a copiarle y a actuar triste a ver a cuál le sale mejor!; y así, queridas damas y caballeros, es como empieza una de esas famosas “crisis de salud mental” entre los más jóvenes (o por lo menos esa era antes era la excusa que solía emplearse para no trivializar temáticas como la depresión o la automutilación, pero, claro, ahora necesitamos que se hable de ellas, pues si no, ¿cómo van a descubrirlas?).

Los psicólogos y psiquiatras de las chicas, felices de la vida, ¡por supuesto!.

Pero, hablando en serio, el problema, y la que es en mi opinión su manifestación más perversa de él hasta la fecha, no es ni Tini Stoessel ni Billie Eilish ni la imbécil de Lana del Rey, sino la cultura e idiosincrasia que las parió: hablo de la fetichización de cierta clase de locura, de su autolesiva celebración y de su ahora abrumadora influencia sobre las gurisas más jóvenes. Es increíble cómo toda expresión cultural actual parece diseñada exclusivamente para eso, para desmotivarnos, para aislarnos, para demolernos internamente y encima pretender que nos sintamos orgullosos de ello («¡Ay, estoy triste, mi vida no tiene sentido, por qué soy tan profundo!«); las únicas excepciones que se me ocurren a esta regla son las de aquellos «artistas» del género trap o reggaeton, que constantemente buscan inocularnos con un falso sentido de fuerza y extroversión (obviamente que este presentado bajo la guisa del consumo excesivo de drogas o cuerpos femeninos).

Y bueno, ¿qué se le va a hacer? Los padres de mi generación tuvieron que bancársela y ver a sus hijas mujeres sacarse la ropa y hacer el baile del caño, a sus hijos hombres volverse adictos y no decir nada al respecto por miedo a quedar como unos ortivas; los de la siguiente generación tendrán que ver a sus hijas mujeres empastillarse, eutanasiarse y a sus hijos hombres hormonizarse y hacerse mujeres y viceversa.

Así es la vida, macho.

Espero con ansias la “review” de Federica Bordaberry en Beat Latido Cultural. Seguro va a encontrar al álbum «honesto», “desgarrador” y “conmovedor”.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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