Un día en la vida (obituario de R.E. 1967 – 2008.)


“We shall not cease from exploration
And the end of all our exploring
Will be to arrive where we started
And know the place for the first time.”

  • «Cuatro Cuartetos», de T.S. Eliot (1941).

A R le gusta cortarse. Cuando le preguntan por qué, dice que al hacerlo se siente bien, que de pronto todas las cosas que lo molestan se vuelven insignificantes en comparación. R no es una de esas personas capaces de gritar o llorar o ponerse a armar escándalo, no; la única salida que tiene él es ésa: despellejarse el cuerpo con un Tramontina o una gillette, lastimárselo hasta rozar bien el hueso. Es consciente de que a varios les puede llegar a parecer una locura pero, durante ese momento, cuando está solo y ocupado concentrándose en infligirse dolor, sus preocupaciones desaparecen de inmediato. Igual que Haller, el protagonista de “El lobo estepario” –una de sus novelas favoritas–, R siempre tiene a mano una navaja; sólo que, a diferencia de aquel personaje de Hesse, él no duda en utilizarla.

Ahora mismo R sabe que debería estar durmiendo. Está cansado. Le faltan horas de sueño. Estos últimos días se los ha pasado dando vueltas. Bares, cines, cafés, ferias, museos, plazas, librerías. Por todas partes y siempre sin un rumbo fijo. Poca cosa más tiene para hacer allí excepto levantarse tarde y mirar programas de televisión que no entiende en absoluto. Todos están preocupados por él, pero R no quiere saber nada de ellos. Con la única persona con la que recientemente ha tenido contacto es con su abogado, quien, al parecer, ya habría apelado la sentencia y ahora sólo falta esperar la nulidad del fallo.
Algunos de sus allegados o, como hace meses se ha acostumbrado a llamarlos, la «gente de mi entorno», creen que ha vuelto a Cardiff, pero no; R está en Londres, completamente solo en una habitación del Ambassadors Hotel. Durante la última semana ése ha sido su lugar de residencia. Una habitación bastante pequeña –diez metros cuadrados en total–, pero amueblada con cama doble, televisor y un muy coqueto frigobar.

Ahora mismo R se incorpora sobre la cama. Se empieza a vestir. Deja su neceser y su maleta ya hechas en el suelo junto a uno de los muebles. Dentro de un par de minutos sabe que la mujer del servicio de limpieza tocará a su puerta y le pedirá permiso para entrar; R lo sabe, pero aun así ha dejado un pequeño cartelito colgando del picaporte que dice: «Do not disturb, please».
Con todo, sabe que es inútil: la recepcionista ya le ha avisado de forma muy amable aunque tajante que es imprescindible para el personal del hotel asegurar que sus habitaciones se encuentren en buen estado.

Así es que R se termina de vestir y antes de abrir se sirve una copa; él es de esas personas que toman para curar la resaca, como quien toma café: de a sorbitos, lento; esta vez se prepara un Chivas Regal sin hielo, cortado con un poco de agua de la canilla. Luego de terminarlo se prepara un segundo trago, se lo termina y después sí abre la puerta y abandona la habitación, no sin antes dar vuelta el cartelito en el picaporte: «Please, make up the room. Thank you».

Tediosamente baja a pie por la avenida Collingham Road hasta franquear la reja de uno de los parques ubicados en Earls Court. Una vez allí se sienta en un banquito de piedra a fumar un cigarrillo detrás de otro.

Durante no más de media hora se queda así, quieto, en paz, mirando los raquíticos árboles que circundan la ajardinada placita. R respira hondo un par de veces, se hunde más y más en sus pensamientos; de pronto recuerda como si las estuviera viendo en el cine una sucesión de instantáneas descoloridas en las que él, apenas un niño en las afueras de Blackwood, corría despreocupado entre idílicos árboles junto a su grupo de amigos de la primaria. Enseguida mueve la cabeza de hombro a hombro y trata de borrar esa imagen y otras (la cara de una chiquilina de pelo corto a sus quince años; la cara de su primer novia a los veintiuno, una noche ardiente cuando caían las primeras ráfagas de nieve y sus mejillas impolutas se cubrían de manchas como uvas rojas; una historia que en su fuero íntimo él no dudaría en calificar de «larga», «compleja», «difícil de resolver») que surgen de su memoria, pero el efecto euforizante y anestésico del alcohol se empieza a desvanecer y en su lugar queda sólo un vacío estanco.

De pronto R tiene la impresión de que va a morir en cualquier momento.

Entonces no espera más: se pone de pie y vuelve a retomar su itinerario de siempre. Bares, cines, cafés, ferias, museos, plazas; más tarde almuerza en un restaurante barato y luego se toma un taxi y sigue dando vueltas por el centro de Londres. Durante un tramo del trayecto pide permiso al chofer para echarse en el asiento de atrás; éste –un paquistaní ya anciano que sintoniza en su radio una cruza de folclore árabe con raga hindú–, le contesta que sí, que no hay problema, y mientras aprovecha para encender otro cigarro, se internan por el extremo sur de Camden.

Cuando se cansa de pasear R le pide al chofer que pare y se baja del vehículo. Luego le paga treinta libras y con una media sonrisa y un apretón de manos se despide de él. Después vienen más museos y mercados, plazas frondosas y fachadas de ladrillo estilo victoriano bordeando las apacibles avenidas; a esta altura de las cosas Londres amenaza con volvérsele repetitiva, pero aun así R insiste en perderse en sus calles, sin un destino concreto, consciente de que es precisamente a eso a lo que ha venido: a perderse, a poner distancia entre él y todo lo demás. Cada vez con mayor claridad aquello se le presenta como un paso intermedio, como la única forma que tiene de no ir más lejos de lo necesario; porque lo otro –el asco, el dolor, la culpa, la desesperación sempiterna que de a ratos le sube descontrolada por el medio del estómago– eso sí lo asusta, y prefiere evitar pensar en ello a como dé lugar.

Así es que continúa su paseo por Marchmont Street hasta darse de frente con una pequeña librería de segunda mano. Entonces decide –¿por qué no?– entrar allí, y enseguida se topa con un montón de viejas y enormes estanterías centradas al parecer en temas más bien de índole académico.

Puede que a simple vista no lo parezca, pero R siempre ha sentido un interés genuino en la lectura y el aprendizaje. No mucho tiempo atrás incluso llegó a licenciarse en ciencias políticas por la Universidad de Swansea, en Gales. Los años que estuvo allí, sin embargo, únicamente sirvieron para decepcionarlo. ¡Él esperaba encontrar gente con intereses afines, con la que poder sentarse a hablar de libros e intercambiar ideas! Pero de eso nada: sus compañeros de estudio en realidad sólo asistían allí con el propósito de divertirse, de pasar el rato en esas interminables fiestas que todos los fines de semana se celebraban en el campus.
Después sí, R tuvo la suerte de conocer a J y a N y a S y juntos formar una banda, y casi que de un día para el otro trepar las listas de éxitos y la prensa no tardó en deshacerse en elogios para con ellos.

Tan así es esto que una de las libreras que allí atiende lo ve de reojo y al final termina por reconocerlo. De inmediato una sonrisa cholula rodea los ojos de la chica y se vuelca luego por el resto de su cara. Él tampoco es que se esfuerce demasiado en pasar desapercibido, pues va íntegramente vestido de negro, con la mirada perdida y una falta de garbo nada impostada que, en su fuero íntimo, la chiquilina cree capaz de zanjar por sí sola el auténtico significado de la palabra cool.

R enseguida baja la cabeza y procede a hurgar entre las añosas estanterías. Busca algún título que llame su atención. En uno de los rincones, al fondo, hay una pequeña sección dedicada a la literatura, y curioseando entre las aes se topa con un tal Mark Aguéyev; la novela en cuestión se llama “Relato con cocaína”, y como es de esperar dicho título le resulta cuanto menos sugerente.

A R siempre le han gustado los autores así: rebeldes, forajidos, dipsómanos; esa clase de escritores cuyo arte nace del desengaño y de una falta total de ilusiones.
Vuelve a leer el título de la novela y a palpar su descocida tapa y de pronto recuerda un taller de escritura al que asistió de joven en la universidad. El profesor era un correctísimo hombre de saco y corbata que, en un sorprendente arranque de sinceridad, le dijo a él y al resto de la clase que la única forma de hacer buena literatura es dejarlo todo en aras de dedicarse exclusivamente a ello. «Hijos, esposas, familia; ni hablar del trabajo».

Y claro, piensa R ahora a la distancia, «hay algo de cierto ahí»; después de todo, un escritor que no dé la vida por lo que escribe no es un escritor, es un escritorzuelo, o a lo sumo un pasante en La Diaria: «No importa que escribir te lleve por defecto a una existencia cuasi sacerdotal, profusa en privaciones o harto difícil de sacar adelante para el común de los mortales; si sos escritor te la bancás igual», reflexiona…

… Y, como era de esperar, de acuerdo con lo que lee R en el prólogo, Aguéyev distaba mucho de ser una persona corriente. La poca información que se tiene de él lleva a pensar en alguien bastante huidizo y solitario; de hecho la misma trama de la novela tiene como protagonista a un joven así: arisco y ensimismado –de nombre Vadim Máslennikov–, quien, tal y como adelanta el título de la obra, página tras página va cayendo ininterrumpidamente en el centro de un pérfido espiral toxicomaníaco.

R lee al azar algunos tramos de la novela. Saca en limpio que está ambientada en Moscú, en vísperas de la revolución rusa, aunque según lo que dice la contratapa fue originalmente publicada por entregas en la revista parisense Números, en el año 1934. Pero nada de eso importa ya. En esos instantes, el efecto de la voz en primera persona del narrador de Aguéyev es tan fuerte que lo absorbe por completo. Maravillado, R lee de pie durante varios minutos sobre los vagabundeos del protagonista en las gélidas calles de Moscú, a altas horas de la noche, persiguiendo chiquilinas a las que no puede evitar tratar con desprecio, a la vez que en su fuero íntimo escupe perlas como: «nunca me acercaba a las mujeres que me contestaban con una sonrisa, sabía que a una mirada como la mía sólo podían responder con una sonrisa una prostituta o una virgen».

El comportamiento de Máslennikov es de a ratos tan cruel –para que se hagan una idea, llega a contagiar de sífilis a una gurisita tierna como una paloma– que por momentos a R le vienen ganas de encajarle una trompada. Aunque eso es lo de menos, reflexiona más adelante, pues la novela está narrada con tal despliegue de habilidad y con un uso tan efectivo del tiempo (especialmente durante sus tramos más alucinógenos) que cualquier consideración de índole moral se vuelve impertinente.

Así es que R compra la novela y mientras pasea dando zancadas por el norte de Londres, por unos minutos se da el lujo de sentirse tan perplejo e inestable como Máslennikov; sólo que, a diferencia de él, en esos instantes R sabe muy bien adónde dirigirse. Empieza a caminar rápido, entonces, cae en la cuenta de que no está muy lejos (consiguió la dirección por medio de su abogado, quien tampoco insistió mucho en hacerle preguntas al respecto). En ese preciso momento se pregunta si en lugar de perderse en el fondo no ha venido a eso: a reencontrarla; a reencontrarse.

Al cabo de media hora de andar a pie llega a destino. Advierte que a la vuelta del edificio hay un bar y primero, antes de hacer nada, decide entrar allí. El local está prácticamente vacío. R aprovecha para dejar la bolsita con la novela en la banqueta de al lado y mientras pide al encargado una cerveza.

Cuando ya va por el tercer vaso y su atención empieza a mermar, ve a través de la vidriera a B caminando por la calle de enfrente. R se queda sorprendido. Físicamente B ha cambiado muy poco, por no decir nada. De pronto le vienen ganas de huir, de tomarse un taxi y volver al hotel. El neceser y la maleta ya están hechas, después de todo.

Aun así se levanta del banquete, paga las cervezas y deja al encargado varias libras de propina.

Cuando B lo ve cruzar la calle, durante los primeros segundos le cuesta reconocerlo. Pero finalmente lo logra, y acto seguido se saludan de manera un tanto fría e impersonal. En el transcurso de lo que parece ser para ambos un tiempo indeterminado (podría tratarse tanto de un par de segundos como de un lapso de varios minutos), se contrabandean en su fuero íntimo promesas insatisfechas, pretéritas y oscuras pasiones. Si a R le preguntan qué fue lo que hubo entre los dos, él no dudaría en calificar dicha historia de «larga», «compleja», «difícil de resolver». La última vez que la vio –hace ya un par de años–, B lloraba y se tambaleaba borracha por los escalones curvos de una vieja casa en el municipio de Hackney. En aquel entonces la pobre era una de esas chicas fáciles y regaladas que no desean nada más en el mundo que pasar la noche al lado de un músico. Las cosas entre ambos fueron todo lo bastante convulsas y abiertas que quepa imaginar.

Entonces, como quien no quiere la cosa, B lo invita a su apartamento. R acepta. Mientras suben las escaleras le muestra el interior de la bolsita, la novela que acaba de comprarse. R miente y le dice que es para ella. B no dice nada al respecto. Una vez dentro le pide que por favor se ponga cómodo, mientras ella cruza el living en dirección al baño. R obedece y se sienta en uno de los sillones. El apartamento es más bien modesto y se compone únicamente de tres habitaciones y un pequeño living. R no tarda en ponerse de pie y de forma un tanto impertinente entra al dormitorio de la mujer. Enseguida echa un vistazo a las paredes y queda asombrado: ¿¡B ha cambiado sus pósteres de Sex Pistols y Guns N’ Roses por imágenes de Jesucristo y la Virgen María!? Con una especie de estupor comedido continúa paseando su mirada por el cuarto: en un pequeño estante se encuentra con un altar decorado con aún más imágenes religiosas, con velas y hasta con un rosario de plata. Durante unos segundos R sonríe con incredulidad, no pudiendo aceptar del todo aquella transformación.
Entretanto, B sigue encerrada en el baño, sonándose la nariz, secándose los ojos, arreglándose el pelo. Para ella es más que claro: R ha vuelto de uno de esos sempiternos ciclos de sufrimiento tan típicos de él, con el único propósito de lastimarla, de hacerla sentir mal. Durante unos minutos se mira en el espejo, abre la canilla y luego se vuelve a lavar la cara. Después sale del baño y cruza el living en dirección a su cuarto; R se gira apenas y la ve en el vano de la puerta con una sonrisa nerviosa y los ojos llorosos («como una niña a punto de ser reprendida», piensa R); acto seguido la mujer entra en la habitación y estalla en un alegato salvaje en torno a la figura de Jesucristo; de manera un tanto confusa y apasionada le cuenta todo lo que hay que saber acerca de su «poder sanador y de su infinito amor a la humanidad», de cómo «Él se dio a sí mismo por nosotros» –y especialmente por aquellos que se perdieron en su camino–; luego, ya sin poder contener el llanto y con la voz entrecortada, intenta apuntalar aún más su prédica evangelizante; menciona las terapias grupales a las que asistió tras un intento de suicidio, le cuenta de esa vez que se asomó al abismo y pensó en saltar, del permanente estado de crisis en el que malvivía antes de la beatífica tarde en la que entró a la capilla y sin dar más vueltas consultó a Cristo: «¿Por qué a mí señor?».

R no la deja terminar. Hay mucho de catarsis, de miedo y de despecho en aquel religioso arrebato. Conmovido de más por esa chiquilina dependiente e irritantemente problemática, sin decirle palabra alguna la toma del brazo, la atrae hacia él y se echan un rato en la cama. Transcurren varios minutos y llegado un momento se ponen a reír y a contarse sus vidas. Esta vez dialogan sin tiranteces, sin golpes bajos, «de una manera sincera e indeleble», piensa R.
Él se confiesa, le dice que la relación con sus compañeros de banda ya no lo entusiasma lo más mínimo, que la prensa y el afán de venganza del grupo de familiares lo tiene contra las cuerdas, que ya está harto de todo.
B intenta que hable un poco más acerca de aquella fatídica noche. Cree que desahogándose puede llegar a sentirse un poco mejor. Pero enseguida, con un ligero estremecimiento de hombros, R cambia de tema y le muestra el libro que se compró. Luego le pide si por favor se anima a leérselo en voz alta. Agrega que siempre le gustó mucho el tono de su voz. B lee el título de la novela y de inmediato decide dejarla de lado. Le explica que por su salud mental ella ya no lee ese tipo de libros, y que por su propio bien él tampoco debería hacerlo. R suspira con fastidio y en un arrebato infantil la toma del codo y empieza a hacer de cuenta que la muerde. Ella ríe por un rato, y para no hacerle un desprecio finalmente accede y abre la novela al azar, cerca del final, en el preciso momento que Máslennikov es trasladado contra su voluntad a la guardia médica de un hospital.

Huelga decir que ya en ese punto de la narración nuestro protagonista está al borde de un brote psicótico. Su consumo ha pasado de ser lúdico a problemático, y su nivel de tolerancia es tan alto que, para sentir aunque sea una mínima aproximación a sus primeros escarceos tóxicos, debe consumir dosis muy altas de cocaína.
Después se relata durante un par de párrafos el penoso estado físico de Máslennikov momentos antes de morir, por lo que más tarde en la novela los profesionales médicos constatarán como un «agudo envenenamiento por cocaína (…) indudablemente premeditado, pues la droga ha sido diluida en un vaso de agua y después ingerida)».

De pronto B se pone a temblar y se niega a seguir leyendo, y en lugar de eso se dirige hasta su pequeño altar y enciende una vela. Después se pone de rodillas y junta las manos y susurra algo que R no oye bien pero que parecería ser una plegaria. Él la observa detenidamente, sin moverse desde la cama. Luego le comenta que a él también hace poco «gente de su entorno» lo obligó a internarse en un psiquiátrico. Aunque para ser franco, acota enseguida, lo único que recuerda de su estadía allí es el primer día, cuando luego de pesarlo y hacerle los chequeos de rutina se encontró dentro de su habitación con uno de los médicos mirándolo muy de cerca, en estado de asombro, como a un viejo amigo que te cruzás en la calle después de varios años. Después recuerda que le dio unos golpecitos muy suaves en el hombro, y con un tono de absoluta confianza le dijo: «No se preocupe, joven; dentro de un mes va a estar recuperado; tiene mi palabra».

Abruptamente B vuelve a acercarse a la cama, se inclina hacia R y le pregunta si alguna vez, durante todo este tiempo, ha pensado en la idea de formar una familia. R tarda en responder. Se queda un rato en silencio, asimilando el peso de la pregunta. Luego enciende un cigarrillo. La verdá es que a R siempre le ha sido indiferente tanto el tema de la paternidad como los valores verticales de la fidelidad y la monogamia. Durante unos momentos se pregunta si no será acaso eso lo que B le está proponiendo; es decir, crear su propia familia lo más pronto posible y así poder huir de la sombra y el caos de sus pretéritas vidas. Durante unos momentos se pregunta también cuán posible es la fusión entre un hombre y una mujer, y si acaso es algo que todos anhelamos en verdad o una simple entelequia. R apaga el cigarrillo y le responde escuetamente que no. Luego, ensimismado, le cuenta que mañana tiene previsto volar a los esteís; que ya tiene el neceser y la maleta hechas en su habitación de hotel; y tras una breve pausa le dice que mientras más corto sea aquel reencuentro, menos dolor sentirán ambos. B se ríe e ignora esta última parte: «Pero ahora no quiero que te vayas», le dice, echándose junto a él en la cama, pasándole un brazo sobre los hombros. «Yo tampoco», responde R, y su mirada empieza a vagar por la creciente penumbra de la habitación. «Mirá», dice B, y se inclina hacia él, señalándole la mejilla con el dedo: «Tenés una pestaña»; y luego agrega: «Tenés que pedir un deseo».

Y entonces R cierra los ojos y pide un deseo.

Felipe Villamayor.


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