Vida y obra de uno de los primeros famosos célibes involuntarios (dedicado a todos esos maricas que dicen que quiero hacer un atentado en la FIC)


«EVEN TOMER URWICSZ KIND IS ENTITLED TO A FAIR SHAKE»

{Advertencia: el propósito de este relato no es justificar de ningún modo el uso de la violencia ni tampoco señalar a cualquier colectivo en particular por problemas sociales complejos que exceden el ámbito de lo individual. Cualquier interpretación que trascienda los aspectos meramente textuales de este relato es, asimismo, equivocada}.

1. Cuando le preguntaron a la activista Valerie Solanas el motivo por el cual habría decidido matar a Andy Warhol, ella contestó: «Tengo un montón de razones; lean mi manifiesto y ahí se van a enterar». El manifiesto en cuestión, se titulaba “Panfleto escoria”, y fue publicado luego de que la autora acribillara a balazos al artista.
El hecho ocurrió el 3 de junio de 1968. Esa tarde, Solanas se apersonó en el sexto piso del edificio de la Factory (el taller de Warhol), y disparó repetidas veces contra él y uno de sus colegas, hiriendo a ambos de gravedad.

En resumen: Valerie estaba mal de la cabeza. Asimismo, en su polémico aunque exitoso panfleto afirmaba cosas del estilo, y cito textual: «El hombre es un accidente biológico: el gen Y (masculino) es un gen X (femenino) incompleto, es decir, tiene un conjunto atrofiado de cromosomas. En otras palabras, el hombre es una mujer sin terminar, un aborto ambulante, abortado en la etapa genética. Ser hombre es ser deficiente, emocionalmente limitado; la masculinidad es una enfermedad de la deficiencia y los hombres son todos unos inválidos emocionales».

Valerie creía que, por nuestro propio bien, los hombres debíamos de ser eliminados de la sociedad; que luego de ello, las mujeres en su conjunto podrían establecer en la tierra una suerte de utopía lésbica. Salvando las distancias, algo similar a esa estupidez de afirmar que la solución a todos los problemas del mundo radica en que las mujeres ocupen esos puestos de mando que antes estaban exclusivamente reservados para el hombre. En este sentido, Valerie es una de las precursoras de esa corriente literaria posmoderna que sostiene que es perfectamente aceptable odiar al hombre simplemente por el hecho de serlo. Ejemplos de este tipo de textos abundan: “Odio a los hombres” de Pauline Harmange o “¿Por qué no podemos odiar a los hombres?” de Suzanna Walters, son dos títulos que ahora mismo se me vienen a la mente.

La crítica y la academia en general, sin embargo, ha aplaudido a “Panfleto escoria”, considerando su visión de un mundo sin hombres como una propuesta «audaz», «atendible» y «refrescante». Leyre Khyal, una famosa sexóloga y antropóloga española, hace poco describió al libro como «la expresión última de la feminidad, el golpe fundamental contra la estructura y el principio de gobierno, de la Gran Madre Definitiva, en la que todo está permitido».
Desde su muerte en 1988, varias películas y canciones han rendido homenaje a Solanas. Por supuesto.

2. Hablé de Solanas y ahora siento la necesidad de hablar de uno de esos hombres que dicha activista consideraba por defecto «débiles» y «cobardes»; uno de esos hombres cuya desaparición Solanas estimaba «un acto justo y necesario, un acto altamente beneficioso para las mujeres, así como un acto de misericordia». De acuerdo a varios de sus allegados, éste era un muchacho parco, un muchacho cuya infancia podría interpretarse como un extenso catálogo de abusos y maltratos familiares; similar, en ese sentido, a la de la activista antes mencionada, aunque lo cierto es que el nombre de este chiquilín no concita ni de cerca el mismo grado de simpatía en la academia o en los medios hegemónicos.

M. L. (así son sus iniciales) nació en Montreal, hijo de una enfermera local y un empresario argelino. Según las fuentes de las que disponemos, su niñez fue cuanto menos turbulenta; su padre era un hombre violento y autoritario que lo golpeaba con frecuencia, al igual que a su madre y a su hermana pequeña.
Más adelante, cuando cumplió siete años, ambos padres se divorciaron y M. L. cortó todo lazo con él, además de evitar mencionar su nombre siempre que le fuera posible. Brillante pero retraído, el muchacho encalló en una adolescencia tanto o más complicada que su infancia; una adolescencia en la que la ira, la frustración, la vulnerabilidad a flor de piel parecían no encontrar salida adecuada alguna.

Posteriormente, viendo que el joven no encajaba con sus compañeros de curso, su madre decidió acudir a una psiquiatra del centro hospitalario de Sainte-Justine. La profesional no le prestó demasiada atención. Atribuyó enseguida dichas emociones y sentimientos a una cuestión meramente etaria, y se desentendió de él, centrándose, en cambio, en su hermana pequeña quien, por ese entonces, se había agarrado la costumbre de jorobarlo en público a causa de sus problemas con el acné y las chicas.
Nadia (así se llamaba su hermanita pequeña), murió en el año 1996, debido a una sobredosis de heroína; su madre debió reclamar su fantasmagórico cadáver en una morgue de la ciudad de Montreal, a pocos meses de su cumpleaños número veintinueve.

3. Entretanto, M. L. comenzó a darse cuenta de que algo olía a podrido. Su vida empezaba a revelársele como una sucesión de postales amenazantes, como un callejón ingrato y sin salida del que nadie lo iba a rescatar. Justo cuando pensaba en rendirse y, quizás así, desgarrar una nueva tela de engaño, su madre, antes de desvincularse definitivamente de él, lo anotó en un programa de voluntariado. “Big Brothers and Big Sisters of Canada”, se llamaba dicha ONG, y su misión era orientar a adolescentes descarriados mediante el emparejamiento con un tutor que les hiciese las veces de “hermano o hermana mayor”.

Durante un tiempo M. L. empezó a salir de su cascarón. Se dio cuenta de que su juventud no tenía por qué ser un sótano oscuro. De la mano de J. B. se aficionó a la fotografía, aprendió a andar en moto y a cazar palomas en un descampado a pocas cuadras de su hogar en los suburbios de Pierrefonds.  Yo me animaría a decir que por primera vez M. L. encontró en la vida algo que todo joven necesita hoy más que nunca: una figura paternal con la que vincularse. Estaba claro que su padre biológico no dio la talla y, por lo tanto, aquel que debía ocupar su lugar y conducir al chiquilín a la madurez y al equilibrio psíquico debía ser J. B. Asimismo, el también muchacho se comprometió con sus superiores a crear una serie de circunstancias que permitieran a M. L. mejorar su desempeño escolar, así como sus escasas habilidades sociales.

Y durante un tiempo lo consiguió. Incluso la relación con Nadia se volvió más estrecha; M. L., aparte de ahora destacar en los estudios y cultivar aficiones como la fotografía o la computación, decidió por cuenta propia ocuparse de algunos de los quehaceres del hogar, además de velar por la seguridad de su pequeña hermana. Todo parecía irle sobre ruedas hasta que, de pronto, J. B. fue denunciado por abuso infantil. Con el paso del tiempo las acusaciones resultaron ser falsas, pero, no obstante, en ese momento y durante varios años más, J. B. fue a parar a la cárcel.

Y así fue como M. L. perdió la única figura paterna que había tenido hasta entonces. Durante un tiempo intentó intervenir legalmente en favor de su “hermano mayor”, pero sus esfuerzos terminaron siendo inútiles; de repente, M. L. volvió a la vieja rutina de abominar de las costumbres, de las sonrisas impostadas y las dobleces diarias.

4. Poco después de cumplir dieciocho años, un día de diciembre cualquiera, M. L. intenta enrolarse en las Fuerzas Armadas canadienses. Lo rechazan casi de inmediato. Apenas volvió a casa y vio el arbolito y las decoraciones navideñas, anotó en una hoja de cuaderno que su «vida ya no le aportaba alegría ninguna».

Durante el verano siguiente, su madre cambió de trabajo y vendió su casa en Pierrefonds, posteriormente mudándose junto con sus hijos a un pequeño apartamento de la calle St. Laurent en Montreal. M. L. empezó a pasar demasiado tiempo solo en su habitación, meditando y rumiando. Por esa época se matriculó en el CEGEP (Collège d’enseignement général et professionnel) a estudiar ciencias duras. Dentro del sistema educativo canadiense, los CEGEP son la opción de cajón para muchos alumnos luego de haber terminado la secundaria; estos programas, que suelen tener un mínimo de dos años de duración, están diseñados para preparar a los estudiantes antes de su ingreso a la universidad.

Según sus profesores, durante su trayecto académico M. L. fue un alumno ejemplar, de esos que prefieren mantener un perfil bajo y no levantar la mano, pero que, a la hora de rendir un examen, te aprueban todo con las calificaciones más altas. Denise Rivet, pedagoga en el CEGEP Saint-Laurent, sostiene hasta el día de la fecha que, pese a ser un «alumno callado, M. L. tenía una inteligencia brillante»; mientras que el Sr. López, docente de la asignatura “Soluciones químicas”, recuerda que el estudiante fue uno de los pocos en obtener un 100% en el examen final de su materia:

«Te daba un aire un poco… No sé, raro», comenta siempre que se le pregunta por el chico. «No era como los demás, no, por supuesto, aunque tampoco se puede afirmar que fuera muy distinto. Era, eso sí, un poco desprolijo con el tema de la ropa (esto creo que se explica debido a que su familia era más bien pobre) pero nada parecía indicar que tuviese problemas con las gurisas; de hecho, dentro de mi laboratorio se le asigno como compañera una chiquilina muy novata y lo cierto es que se llevaban de maravilla (…). En realidad, la pobre no se daba mucha idea que digamos, y él tenía que compensar por ello haciendo todo el trabajo duro. Pero, sin embargo, yo nunca lo oí quejarse; de hecho era muy agradable con la chica en particular y con todas sus compañeras en general».

5. A pocos cursos de recibirse, M. L. intenta matricularse en la École Polytechnique de Montreal. Según los entendidos, la institución es de primer nivel en su rama y se especializa en formar ingenieros excepcionales. A pesar de su juventud, el muchacho cuenta a su favor con su evidente inteligencia, así como con un legajo de altas calificaciones.

No obstante, M. L. vuelve a ser rechazado.

Verán, por aquel entonces, la École Polytechnique de Montreal empezaba a fomentar de manera activa la incorporación de mujeres al sector de la ingeniería mediante la reserva de un cierto número de plazas en función del sexo (los ahora tan famosos cupos de equidad), lo cual derivó en que, pese a sus elevadas notas académicas y demás destrezas intelectuales, M. L. no resultase seleccionado.

Como se imaginarán, aquella negativa no cayó demasiado bien al muchacho, y figura asimismo en su biografía como otro de esos momentos duros en los que su vida da un vuelco. Su rendimiento académico en la CEGEP, a su vez, comenzó a decaer hasta que, un día, simplemente no se apareció más por allí. Desde ese instante y durante un par de años M. L. abandonó sus estudios de forma definitiva. Para matar el rato, por un tiempo consiguió trabajo en la cantina del hospital en el que su madre se empleaba como enfermera. A pesar de no gustarle en absoluto aquella faena, un año después de haber entrado logró ahorrar la cantidad de dinero suficiente como para alquilar un monoambiente.

En cuanto a su vida laboral, M. L. se gana la reputación de ser uno de esos jóvenes tímidos-agresivos; ya saben, uno de esos chiquilines medio pasaditos de rosca que, en el afán de agradar a los colegas, intentan ser graciosos a como dé lugar. Quizás por su autismo o por esta torpeza en el trato social, pocos se atreven a ser amables con él. Por activa y por pasiva, sus pares lo menosprecian, lo miran mal e incluso llegan a elevar una queja a sus superiores a causa del exacerbado acné del muchacho (al parecer, creyeron que el pus de sus granos podía contaminar los platos de comida que metódica y profesionalmente preparaba y servía a cada uno de los pacientes del hospital).

La mayor parte de su tiempo libre, en cambio, la dedica a la lectura; ahora vive absorto en libros de temática bélica. Por esa época descubre además el “Mein Kampf” de Adolf Hitler, y le confiesa a su madre sentir una fijación particular con el segundo y tercer capítulo del libro, tramos en los que el futuro líder alemán relata parte de su juventud en Viena. Como quizás alguno de ustedes sepa, nada de lo que se cuenta allí es bonito de leer (salvo que uno tenga alta tolerancia al dolor y a las repetidas humillaciones), sin embargo, M. L. encuentra refugio en aquellas páginas y de pronto se le da por leer vorazmente todo texto histórico vinculado al Imperio Austrohúngaro de principios del siglo XX.

Como por accidente, en su búsqueda se topa a su vez con un librito clave dentro de la literatura marxista de la época: “The Legal Subjection of Men”, del autor inglés Ernest Belfort Bax. En sus páginas se realiza una crítica extensa y documentada a varios fallos legales contrarios a los intereses de hombres de clase obrera en nombre de la ya clásica victimización femenina. M. L. empieza a darse cuenta de que en la actualidad ser mujer entraña ciertos privilegios, y que el verso ese de la igualdad hasta ahora no ha hecho nada sino perjudicarlo.

A medida que se sumerge en sus lecturas, los compañeros de trabajo en la cantina empiezan a notar que el joven actúa de manera cada vez más descuidada. «Cuando le pedíamos que llevara el carrito con las bandejas de comida a las plantas superiores del hospital, por ejemplo, M. L. siempre entraba y salía muy apurado al ascensor, a veces agarraba las esquinas de manera brusca, en el camino volcando todos los cubiertos y platos de sopa», recuerda una de sus excolegas. Su encargada llegó a increparlo varias veces: «Yo le decía que era como el pato: un paso, una cagada; era, en definitiva, un chico muy vago».

Al parecer, por ese entonces, M. L. se enamora perdidamente de Dominique, una inmigrante portorriqueña que trabajaba como auxiliar de servicio en el hospital. La chica en cuestión era unos diez años mayor que él, y contaba además con la particularidad de ser una de las pocas personas en el hospital que hablaba al muchacho de manera amistosa:

«Nunca me di cuenta de que M. sintiese algo por mí. Es cierto que charlábamos de vez en cuando, pero la verdad que él era muy tímido y callado».

6. En el fondo, lo que todo guacho joven quiere es un poco de respeto y dignidad, un lugar donde sentirse útil y un grupo de personas al que amar y proteger. M. L., en definitiva, terminó perdiendo la cabeza, pero, ¿Cómo no iba a hacerlo después de todo lo que le pasó? ¡Fíjense la suerte que tuvo también! No quiero justificarlo, eh, (ni de cerca), pero sí entenderlo hasta donde me sea posible: M. L. se rompe el lomo en un laburo muy por debajo de sus capacidades, el poco tiempo libre que tiene vive en una ratonera (No se le conocen amigos o novias, rehúye el trato con el resto de los inquilinos) y todos los que lo rodean lo miran mal o lo desprecian. «¡Si no hay lugar para mí, que no haya un lugar para nadie!», se dice a sí mismo a veces, en la soledad de su cuarto.

Por momentos fantasea con todas esas gurisas preciosas, demasiado preciosas, que en la secundaria o en la CEGEP pasaban de él o ni siquiera sabían de su existencia; se dice que un día ahorrará el dinero suficiente y comprará al por mayor a cada una de ellas; «no importa que para entonces me haya convertido en un viejo verde y decrépito; ¡Ellas me van a amar igual!». De pronto, comienza a frecuentar un pequeño almacén de suministros de caza y camping, ubicado a pocas cuadras de su apartamento. Allí llega a comprar un pequeño cuchillo de caza y día por medio concurre a escrutar con admiración algunos de los rifles semiautomáticos que cuelgan de la pared.

Una tarde, caminando por las calles del centro de Montreal, a M. L. le cae la ficha; de repente, se da cuenta que, de quererlo, perfectamente podría matar a alguien: «Sin dudar, sin pensármelo dos veces, sin arrepentimientos, no me importa que me agarren; si alguno de ustedes me hace algo… Lo mato», anota con trazo muy desprolijo en una de las hojas de su diario íntimo.

7. Poco después, J. B. es liberado de la cárcel de Bordeaux. Posteriormente, se demostrará de manera cabal su inocencia, pero por el momento deberá soportar ser objeto de un estigma social de lleno injustificado. A pesar de todo, estoicamente seguirá adelante, haciendo frente a las adversidades, tratando de recomponer pedazo a pedazo su malograda existencia. Una de las primeras cosas que hace apenas es puesto en libertad, es enviar una nota amistosa a M. L. El joven se pone en contacto de inmediato con él. A partir de entonces, hablan con cierta frecuencia por teléfono. J. B. se da cuenta de que su amigo también está pasando por un momento difícil. Durante sus charlas, M. L. no hace sino despotricar de forma confusa y atropellada contra las feministas y su encargada mujer en la cantina del hospital. Un día, deja caer el nombre de Ernest Belfort Bax, asimismo señalándole que la legislación actual perjudica a los hombres y que, en cambio, favorece de manera exagerada a las mujeres en todo ámbito legal, laboral e institucional. J. B. le dice que puede que tenga razón, pero que quejarse no sirve de nada; que hay cosas de las que a veces es mejor no hablar, que lo que tiene que hacer él de manera inmediata es retomar sus estudios; que no debe olvidarse que en el fondo es un guacho brillante, que si sigue dejándose estar las cosas se van a poner mucho peor para él.

M. L. escucha a su “hermano mayor” decir estas palabras y siente un poco de vergüenza. Comprende que, dadas las circunstancias, él ha sido por lejos el más afortunado de los dos y que, por lo tanto, no le falta su cuota de razón. El siguiente semestre decide regresar a la CEGEP, a anotarse a un curso técnico en ingeniería de sistemas. A pesar de esta vez tener que hacer malabarismos entre su vida laboral y las horas de estudio, M. L. vuelve a ser de nuevo ese alumno perfil bajo que aprueba sus exámenes finales sin despeinarse, obteniendo asimismo las calificaciones más altas de la clase (de los sesenta alumnos en total, él es el cuarto mejor puntuado). Impresionado, uno de sus docentes lo anima a que pruebe una segunda vez matricularse en la École Polytechnique. Pero M. L. duda. Sus condiscípulos en la CEGEP advierten que el muchacho es alguien más bien tímido, aunque, retrospectivamente hablando, luego de la tragedia algunos de ellos recordarán inquietos haberlo oído denostar en público a varias profesionales mujeres, así como haber atribuido muchos de los problemas de la sociedad actual a su forzado ingreso en el mercado laboral.

Por aquel entonces, J. B. recuerda haber recibido en el correo un ejemplar de “The Legal Subjection of Men”, con varias de sus páginas subrayadas con drypen. Uno de los pasajes que más lo impresionó, dado su historia personal con las denuncias falsas, fue el siguiente:

«Cualquier mujer puede convocar a su voluntad un poder al cual ningún hombre puede resistirse. Y detrás de esta fuerza de la ley descansa la igualmente irresistible fuerza de la opinión pública. Todo esto, bajo la presente administración, se encuentra en contra del hombre acusado por una mujer. La mujer acusadora maneja todo el poder de los tribunales y la comunidad, respaldada por la prensa y la opinión pública. Su fuerza física es un asunto irrelevante; su verdadera fuerza radica en el estado de la opinión pública, ante el cual el hombre se vuelve impotente».

8. Poco después de haber aprobado los exámenes, M. L. es despedido de su trabajo. Su encargada en el hospital dice estar harta de él y de su actitud agresiva; y es que, no lo he mencionado aún pero, últimamente, el joven ya no se deja pasar más por arriba por sus colegas, a veces incluso llegando a contestarle a ellos o a sus superiores de forma grosera. Antes de que lo echen, confiesa a Dominique sentir que aquel empleo está muy por debajo de él; «Yo no quiero ser lavaplatos, Domi; yo voy a ser un ingeniero, o si no me voy a enrolar en las Fuerzas Armadas», le dice a la chiquilina.

Dicha pretensión, sin embargo, no tiene pies ni cabeza. Como quizás recuerden, M. L. ya había intentado previamente enrolarse en las Fuerzas Armadas, y el rechazo a su postulación fue tajante. Algunos de sus pocos allegados y conocidos confirman que durante este periodo de tiempo comenzó a dar señales evidentes de una conducta cada vez más errática; algunos atribuyeron esto, no obstante, a la inmensa presión a la que se veía sometido debido a sus exámenes finales en la CEGEP. Con todo, M. L. no se desanima: vuelve a casa de su madre, intenta explicarle la situación, discuten a los gritos. Luego llama por teléfono a uno de sus profesores en la CEGEP. Le pregunta cómo hay que hacer para volver a aplicar a la École Polytechnique.

9. Hacia fines de julio, un veinteañero de uno ochenta metros de altura, pelo castaño corto y barba despareja, ingresa a las oficinas de admisión universitaria de la École Polytechnique. Una gorra de béisbol cubre parte de su exacerbado acné en la frente. El muchacho es, por supuesto, M. L., que a pocas semanas de que inicie el ciclo académico cae allí con un voluminoso sobre manila con todas sus calificaciones académicas, así como con una carta de recomendación de parte de uno de sus profesores en la CEGEP; cuenta, además, con un par de disquetes en cuyo interior se documentan varios de sus trabajos en programación, todos ellos realizados por iniciativa propia.

La funcionaria que lo recibe lo atiende de forma despreciativa. Accede a vichar por arriba la carta de recomendación, así como el legajo de calificaciones. Segundos después, le explica que desde el año pasado la lista de requisitos para postulantes varones ha cambiado; M. L. se entera de que, pese a todos los cursos que ha aprobado, debe pagar por matricularse un par de semestres en materias que antes eran de tipo optativas:

—Me parece injusto, la verdad; que hagan este tipo de distinciones en función del sexo de los estudiantes.

—Nosotras, sin embargo, creemos que es necesario combatir el sexismo en las ciencias duras. ¿Qué, acaso usted no está de acuerdo?

M. L. trata de convencerla de que por lo menos eche un vistazo a los disquetes que le ha llevado, pero la mujer le explica que ella no entiende nada de ingeniería o de programación; que su trabajo es de naturaleza puramente administrativa.

—Sí, sí, ya veo –contesta M. L., apretando con fuerza los dientes–. Ya veo…

10. Semanas después, el muchacho vaga a la deriva por las calles del centro de Montreal. Ahora no sólo está desempleado, sino que además no cuenta con la prerrogativa de ser un estudiante; después de todo, no es tan malo estar desempleado si uno por lo menos estudia una carrera.
 
Los meses siguientes reparte currículos vitae en todo local o negocie que se le cruce en el camino.

Pero no hay caso.

Pese a no tener ingresos, el muchacho dispone de unos pocos ahorros como para pagar el alquiler de su monoambiente. Nunca se atrasa con las fechas.

A principios de octubre vuelve a darse una vuelta por aquel almacén de suministros para caza y camping que hacía un año tanto frecuentaba. Allí compra una muda de ropa militar y un rifle semiautomático Ruger Mini 14.

Cada tanto aprovecha para visitar el campus de la École Polytechnique. Ve a los estudiantes entrar y salir de sus clases de a grupitos de a tres o de a cuatro. Siempre que ve a una chiquilina aprieta los dientes. La última vez que deja ver su cara allí, se cruza con aquella funcionaria de bedelías que rechazó su admisión. La sigue de lejos, atravesando el campus con su mano diestra dentro del bolsillo del pantalón, acariciando con los dedos la afilada hoja de su pequeño cuchillo; apenas la ve tomarse el ómnibus, sin embargo, se da la vuelta y sigue caminando como si nada.
 
El primero de diciembre compra a su madre un regalo por motivo de su cumpleaños. La mujer no entiende aquel gesto, puesto que en realidad faltan tres semanas para celebrarlo; sin embargo, lo acepta. Cuando M. L. está por irse se topa en la puerta con Nadia, su hermana menor; la chica va acompañada por su novio, uno de esos jóvenes punkies de campera de cuero y gigantesca cresta multicolor:

—¿Pero me querés decir qué haces con este degenerado? –le pregunta casi gritando a la chica y, acto seguido, él y el tipo amagan con irse a las piñas.

—¡Anormal, maricón, virgen; siempre quejándose por nunca progresar! ¡Ándate a la mierda! –le grita Nadia poco después, mientras M. L. se aleja nervioso por la calle hacia la parada del ómnibus.

Sabe que nunca volverá a pisar aquella casa.

11. Siempre va a existir violencia y crueldad en el mundo; así es la naturaleza humana y es ingenuo e incluso peligroso pensar lo contrario. El problema, se dice, M. L., es cuando aquellos que se consideran a sí mismos virtuosos y creen combatir activamente la injusticia son, en realidad, quienes de forma engañosa más la perpetran.
 
Sentado a los pies de la cama, M. L. redacta su nota de despedida; por momentos el tono en el que está escrita parece ser el de alguien que pide disculpas: 

«(…). Ya de joven intenté unirme a las Fuerzas Armadas, pero me rechazaron; creo que por mi talante introvertido. Entre tanto, proseguí mis estudios de manera circunstancial, aunque en el fondo nunca me interesaron realmente, pues, ya sabía de antemano cuál era mi destino. Esto no me impidió, no obstante, obtener altas calificaciones, a pesar de no manejar demasiado bien la parte teórica de las materias y haberme agarrado la mala costumbre de ponerme a estudiar pocos días antes de los exámenes (…).
Aunque sé que desde los medios de comunicación se me tildará de
asesino enfermo’, me considero en realidad una persona racional y erudita que, debido a las circunstancias, se ha visto obligada a emprender actos de naturaleza extrema.
¿Para qué insistir en seguir adelante si esto sólo beneficia al gobierno? Siendo un poco reaccionario por naturaleza (excepto en todo lo que concierne a las ciencias) las feministas siempre han tenido la particularidad de hacerme perder la cabeza. Ellas quieren conservar las ventajas de ser mujer (Por ejemplo: seguros más baratos, licencia por maternidad extendida precedida por una licencia preventiva, etc.) a la vez que tratan de arrebatar aquellos beneficios inherentes a ser hombre. Lo que voy a decir ahora es irrefutable: si el día de mañana los Juegos Olímpicos eliminaran la categoría
masculino’/ femenino’, las mujeres sólo figurarían en las competiciones más tontas. Por eso a las feministas no les interesa terminar con esta barrera. Son tan oportunistas que siempre están intentando sacar provecho a los conocimientos acumulados por los hombres a lo largo de la historia. Ellas, a su vez, intentan a como dé lugar tergiversar esto cada vez que les es posible. El otro día, por ejemplo, oí que homenajeaban a los hombres y mujeres canadienses que combatieron en el frente durante las guerras mundiales’. ¡Eso es una mentira! Es un hecho irrefutable que las mujeres nunca fueron autorizadas a ir al frente. ¿Acaso alguna vez han oído hablar de la legión femenina del Cesar? Un verdadero Casus Belli.
Perdón por haber escrito una carta demasiado larga.

M. L.

Hasta el momento me he referido al protagonista de esta historia exclusivamente por sus iniciales (M. L.), cuidándome de no revelar su verdadera identidad; sin embargo, llegado este tramo de mi relato he decidido hacerlo: M. L. es en realidad Marc Lépine, el autor de la tristemente famosa “Masacre de Montreal”. Cada uno de los hechos hasta aquí narrados son en su mayoría ciertos, aunque confieso que hay algunos pequeños detalles que he agregado, modificado y/o expandido en aras de hacer más amena la lectura.

Quiero que quede claro que, a diferencia de aquellas activistas que simpatizan con las acciones de personajes trastornados como Valerie Solanas, a mí no me interesa en absoluto relativizar las atrocidades que cometió Lépine; esa no ha sido mi intención al escribir este texto. No obstante, me parece fundamental tratar de entender de forma cabal y sin concesiones cuáles son los motivos que llevaron a este muchacho (y a varios como él; aunque por suerte no tantos como se cree) a perder por completo la cabeza y a convertirse en un desalmado asesino.

12. De acuerdo a la crónica policial de la época, aquella tardecita fue particularmente fría. Lépine se apersonó sin inconvenientes en el campus de la École Polytechnique, vistiendo su ropa de camuflaje y con su arma de fuego escondida adentro de un bolso.

Las luces del pasillo empezaban a encenderse cuando, de repente, el muchacho irrumpió en una de las clases de la asignatura “Fundamentos de la computación”. Acto seguido, sonrió al profesor, deslizó el cierre de cremallera del bolso y apuntó a él y al resto de los estudiantes con su rifle semiautomático.

Al principio nadie entendió nada; llegaron a creer incluso que aquello se trataba de una joda, que, con motivo de las fiestas el muchacho había decidido ir a tomarles el pelo:

—¡Sepárense en grupos, YA! ¡Mujeres a la izquierda, hombres a la derecha! ¡Ahora!

En el aula había un total de sesenta personas: veinte eran mujeres y cuarenta eran varones. Como al principio nadie le hizo caso (algunos estaban en verdad asustados, no sabían cómo reaccionar), Lépine apuntó y disparó a una de las placas del techo; enseguida pudo sentirse en el aire el olor a pólvora de las balas.

—¡Dije que mujeres a la izquierda y hombres a la derecha! ¡YA!

Al ver que a causa del shock varios de los estudiantes hombres se mezclaban accidentalmente con algunas de las mujeres, Lépine se enfureció, y en lugar de volver a pedirles que se dividiesen en grupos de acuerdo a su sexo, encañonó al profesor y exigió al resto de los varones abandonar el salón de inmediato.

—¡Y vos también mové el orto, YA!

Una vez que el Sr. Bouchard se retiró asustado del aula, Lépine se ubicó contra la puerta delantera, bloqueando así la entrada y salida del resto de estudiantes. Se quedó allí durante un momento, inmóvil, como no sabiendo bien qué hacer. Luego comenzó a barrer el aire con su ametralladora y a gritar cosas del estilo:

—¡Vine a luchar contra el feminismo! –y acto seguido comenzó a abrir fuego sobre las estudiantes.

Uno a uno, los cuerpos de las gurisas empezaron a rebotar contra las paredes del aula, tintos en sangre, muertos apenas rozar el suelo. Luego de vaciar el primer cargador, el muchacho se enajenó aún más y durante aproximadamente media hora, con alevosía y premeditación, ejecutó una seguidilla de implacable violencia en el resto de aulas y pasillos.

Lépine encañonó a todo aquel que osara ponérsele adelante, aunque en la medida de lo posible procuraba disparar únicamente a estudiantes mujeres; no obstante, se sabe de al menos cuatro chiquilines que intentaron desarmarlo y así proteger al resto de sus compañeras; sin embargo, lamentablemente, rápidamente fueron alcanzados por las balas del asesino.

Y así continuó aquella matanza, con estallidos de bala sucediéndose incesantemente uno atrás de otro, regando los pasillos de cadáveres. Aquel atroz acto llegó a su culminación cuando Lépine irrumpió en la cantina del centro de estudiantes. Una vez allí, al grito de «¡Ustedes son todas unas feministas!», disparó cruelmente contra la multitud de jóvenes que se escondía debajo de las mesas de plástico. Anne-Marie Edward, una de las víctimas, terminó desplomada en el piso, doblada sobre sí misma, con parte de su seno convertido en un hoyo sangriento (tres de las balas le habían atravesado parte del pulmón, el estómago y el esófago).

Durante unos segundos reinó en aquel sitio un silencio absoluto. Resultaba en verdad espantoso ver ese ambiente que hacía solo minutos abundaba en decoraciones y espíritu festivo, convertido ahora en el escenario de una masacre. Cuando Lépine se acercó a rematar a la joven, con apenas un hilito de voz y una indiscernible lágrima brotándole de su seccionado párpado izquierdo, Anne alcanzó a decir:

—Pero… Yo no soy feminista, nunca…, Yo no soy feminista…

Oír esto fue suficiente para que en menos de medio segundo Lépine pareciese volver a la realidad. («No…, Mierda…», lo oyó decir uno de los sobrevivientes). Antes de apuntarse a sí mismo y poner punto final a su vida, el muchacho tomó de la mano a la chica y se sentó en el suelo junto a su cadáver. Luego se quitó la campera y con ella procedió a envolver tembloroso el cañón de su rifle semiautomático.

Eran casi las seis de la tarde.

Los agentes de policía ya trotaban por los pasillos.

Los ojos de Lépine empezaron a llenársele de lágrimas y su garganta se le abultó hasta formarle una piedra; acto seguido apretó el gatillo y se voló de inmediato la tapa de los sesos.

Felipe Villamayor. (2024).

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