Breve resúmen de mi problema con personajes como Juanchi Hounie, Kristel Latecki, Pía Superviele, Belén Fourier y toda esa bola de cuarentones uruguayos “periodistas culturales” nacidos y criados al sur de Avenida Italia


Como regla general, no doy bola a NADA que salga de la boca de una mujer; para mí, hablar con una mujer es como hablar con un niño o, por lo menos, las más de las veces puede llegar a entrañar el mismo grado de aburrimiento y condescendencia. 

La ley y la cultura occidental actuales, sin embargo, discrepan conmigo en este punto, e insisten todo el tiempo en mostrarme contra mi voluntad imágenes y declaraciones de mujeres “empoderadas”, generalmente bajo la guisa de productos culturales paupérrimos –hablo de series, películas, videojuegos, etc.– en los que la protagonista suele ser una treintañera ambiciosa y simpática, obligada a competir en un ambiente repleto de hombres blancos, heterosexuales e inescrupulosos, que harán todo lo que esté a su alcance por menoscabar su –¿fructífera? ¿necesaria?– labor.

¿Qué hace esta mina acá? ¡Esta mina tendría que estar haciendo muffins y cuidando a un par de chiquitos!

Una vez dicho esto, la emisión del programa radial “Fácil Desviarse”, transmitida este pasado 23 de enero y en la cual figura una columnista mujer, posee en mi opinión un claro valor antropológico. 

A ver, si el día de mañana el futuro llegara a ser tal y como me lo imagino; es decir, un mundo sin humanos, en el que la inteligencia artificial o una civilización avanzada de seres extraterrestres se viera obligada a explorar los restos de nuestro inhóspito planeta a la caza de objetos que puedan revelarles pistas sobre cómo fue que terminamos así; la música, las voces y, más concretamente, las opiniones del trío de conductores de este programa podrían servir como una ventana fascinante para estudiar el marcado declive de nuestra civilización, la pérdida de todo fundamento metafísico y la destrucción de esos valores y tradiciones que hicieron grande a Occidente.

En relación a esto y al programa, hay un pasaje de Nietzsche en su genial autobiografía “Ecce Homo” que nunca voy a poder olvidar. Es un momento muy como al pasar del libro, uno en el que el autor hace una pequeña reflexión sobre algunos de sus contemporáneos más jóvenes, recriminándoles en tono cáustico su pereza e indecisión. Luego dice algo así como que –y ojo, que estoy parafraseando de memoria– “¡Estos jóvenes no hacen otra cosa excepto evadirse de sí mismos y escuchar a Wagner como quien fuma una pipa de opio!”.

La metáfora en mi opinión da en el clavo, pues, al igual que cualquier droga, a menudo la música no hace sino embotar la mente y los sentidos de quienes la escuchan, y muy, MUY pocas veces consigue eso que señalan los conductores de “enriquecer a la persona” (vaya uno a saber qué entienden ellos por esto).

De hecho, este es un error muy común en los jóvenes ilustrados de hoy en día, quienes, debido a la falta de educación de calidad y al adoctrinamiento impuesto por los sucesivos gobiernos del Frente Amplio, creen que la cultura se reduce a una suerte de álbum de figuritas, y que, al acumular más y más de ellas (es decir; al asistir a un mayor número de recitales o, al escuchar más y más discos), uno de repente se vuelve “culto”, o enriquecido en algún sentido extramaterial.

Puras pavadas.

Que conste que no estoy hablando de estos jóvenes; estos jóvenes fueron a privada.

“¿El periodismo musical ha muerto?” ¿Quién carajo se hace una pregunta así?

Piggy hot? Yes or no?

La columna radial que presenta la autora, Kristel Latecki (38 años de edad, sin hijos, según sus propias palabras “periodista musical”), versa sobre la noticia de una serie de “despidos masivos en Pitchfork«. 

Lo cierto es que, hasta que escuché esta columna, no tenía muy claro qué era Pitchfork, y la verdad es que ahora tampoco me interesa saber mucho al respecto. Pero, según cuenta la susodicha, Pitchfork es un sitio web de periodismo musical que al parecer ya dejó de ser rentable; por lo que acotan los otros dos conductores, el portal pecó durante bastante tiempo de ser en exceso pretencioso, y sus largas y aburridas crónicas ya no logran captar el interés del público juvenil. 

A ver…, me parece que esto un poco se cae de maduro, ¿no? Quiero decir, aunque las generaciones actuales de cuarenta a sesenta años puedan adolecer de cierto adolescentrismo en comparación a las pasadas, los jóvenes siempre van a ser por defecto los consumidores POR ANTONOMASIA en materia de novedades musicales y plataformas de streaming, y para eso hoy en día disponen de un número amplio de opciones y referentes descentralizados; y si tu público envejece, y vos no sabés estar a la altura de las circunstancias, bueno…, qué sé yo…, desaparecés, viene otro más vivo a reemplazarte; así es la vida, hermana…

Pero, como ya dije, esto es obvio, y hay que ser muy retrasado mental para no darse cuenta, y mis lectores no son retrasados mentales, de hecho, son casi tan brillantes como yo (lo cual no es poco) así que vayamos a lo que realmente importa de la columna de Kristel Latecki (Me pregunto yo: ¿Ése es su nombre real? ¿Se tratará de un pseudónimo? Creo que esta noche no voy a poder conciliar el sueño…).

Lo mal que me cae este loco, ¿Soy el único? Onda, tiene cuarentaipico de años y la va de pendejo. Pero andá a lavarte el orto, cheto de mierda. El Dr. Salle te vacunó en vivo y en directo.

Si mal no recuerdo, en un tramo de su nota, Kristel se lamenta de esta serie de despidos y de cómo pueden llegar a repercutir en su “profesión”, llegando a comparar cándida y textualmente el acto de escribir sobre música con la labor de un picapedrero, y preguntándose a continuación:

¿Qué va a hacer ahora la gente sin un profesional que le diga qué música tiene que escuchar?”

Sé que alguno leerá esto y se preguntará en su fuero íntimo: “¿En serio esta mina acaba de comparar su ‘trabajo’ con el de un pobre tipo que se rompe el lomo picando piedras al rayo del sol?”.

La respuesta es sí, amigos, (¿Ahora entienden por qué no suelo tomarme en serio a las mujeres?) pero eso no es NADA. La columna entera no tiene desperdicio. En serio. Y recomiendo a todo el que lea esto que vaya a escucharla YA MISMO. No hay nada más fascinante para mí en tanto antropólogo que oír a Kristel con tonada pocitense decir al micrófono, sin un ápice de rubor “el periodismo musical, nuestra pasión, lo que hacemos con toda nuestra alma, está atravesando dark times” (épocas oscuras; Kristel maneja el inglés como una leona).

Recuerdo hace poco ver en Youtube una entrevista al profesor español Jesús G. Maestro (el último hoplita-académico importante de Occidente) en la que un alumno le preguntaba si era posible trabajar de aquello que a uno le “apasionaba”. El Sr. Maestro le daba una respuesta larguísima, la cual, para ser honesto, no recuerdo en su totalidad. Pero lo que sí me quedó grabado en la memoria fue que en un momento le dio a entender como que no, que en realidad era imposible trabajar de lo que “a uno le apasionaba”; por lo menos en el sentido que ahora se le da al término. Y luego se puso a hablar de las raíces etimológicas de la palabra “pasión” y de cómo en un principio ésta estaba estrechamente ligada al sufrimiento, más concretamente al término “padecer”, y citó el ejemplo de los compositores clásicos, de como el acto de escribir cualquiera de sus sinfonías necesariamente tuvo que significarles un largo y arduo período de padecimientos.

Cabría preguntarse ahora cuántas dificultades y cuánto esfuerzo real implica “escribir” sobre “música”; cuán exigente o estimulante es en comparación con –qué sé yo–, componer una melodía o un crescendo con fuga, un contrapunto o todas esas progresiones armónicas híper complejas propias de una sinfonía de Haydn.


A ver, Pía, Belén, Kristel, Juanchi, y todo joven “periodista cultural” nacido al sur de Avenida Italia. ¿Cómo decírselos sin que suene mal, sin herir sus frágiles sentimientos?

Ninguno de ustedes es imprescindible. Todo lo contrario. De hecho, para su supervivencia, lamentablemente, ustedes dependen por entero de esa gente que a menudo ven con desprecio (o que en su fuero íntimo tachan despectivamente en inglés de “white guys” o de “homofóbicos”, “ignorantes”, etc., etc.); aunque lo cierto es que para ellos ustedes son poco menos que una bola de inútiles amanerados.

Al fin y al cabo, todo lo que ustedes saben hacer, todas vuestras “competencias” (por llamarlas de algún modo) se reducen a escribir trivialidades, o si no a hacer comentarios frívolos sobre una “cultura” que en cuatro o cinco años va a desaparecer sin dejar rastro. Ninguno de ustedes tiene el más mínimo don o talento, en serio; todo lo que han conseguido se lo deben al hecho de ser mujeres, “hijos de” u homosexuales.

¡Loco!, ¡¿Cuándo se van a dar cuenta?! ¡¿Cuándo van a abrir los ojos?! ¡Los Buenos Muchachos son una cagada, Pedro Dalton es una cagada, Taylor Swift es una cagada, Luana la Princesita es una cagada, Fernando Cabrera es una cagada, Eté & Los Problems son una cagada, Luciano Supervielle es una cagada, Fabián Severo es una cagada, Luis Hoski es una cagada, Natalia Mardero es una cagada!, ¡TODO lo que ustedes idolatran y ponen arriba de un pedestal es una GRAN PLASTA DE MIERDA!; y ustedes no hacen sino actuar como moscas o parásitos alimentándose de ella.

Perdónenme lo escatológico de mi lenguaje, queridos lectores, pero es que esta gente no tiene ningún concepto de lo sagrado, y, sin embargo, se cree con el derecho de vivir y pontificar como una suerte de cardenales en una iglesia ultra laica y materialista.

Si el día de mañana (y quiera Dios esto no les vaya a suceder, en serio, no estaría bueno) ustedes perdieran su “trabajo”, o papá dejara de girarles plata, o les tocara vivir una tragedia y de pronto se conviertieran en unos auténticos parias y tuvieran que salir a remarla en serio, ¿Cómo harían para sobrevivir? ¿Cómo harían para ganarse el pan de todos los días?

No sé si Platón tenía razón cuando dijo que una sociedad ideal debía por defecto expulsar a todos sus artistas, pero, de lo que no tengo dudas es que a ustedes habría que bajarlos a patadas de su pedestal.

Qué mal que envejecen las minas cuando no tienen hijos. A partir de los cuarenta ya están pa’l tacho.

Felipe Villamayor.

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