Digresiones de un fanático fascista (parte II)


Primera parte: https://acontrapelorevista.com/digresiones-de-un-fanatico-fascista-parte-i/

9. Natsuki era una muchacha excepcionalmente bondadosa; jamás me habría perdonado que mi despecho empañara nuestra amistad. Creo que llegado el momento intuitivamente comprendí que la responsabilidad de no gustarle recaía por entero en mí, así que un día, simplemente, corté todo lazo con ella. 

Fue doloroso, para qué negarlo…

A veces, sentado en la ventana de esta celda, pienso en ella y en la belleza de su rostro y su recuerdo logra desvanecer cualquier brote de rencor… La complicidad, la comprensión mutua que establecimos durante esos años me ha llevado a creer que el amor entre el hombre y la mujer de verdad existe, y si bien soy un preso conocido y todos los años recibo cientos de cartas de mujeres curiosas, hablo en serio cuando digo que Natsuki es un ángel y que nunca podría traicionar su memoria…

Ya he hablado de mis primeros escarceos literarios, de las secuelas de mi enfermedad y de la barrera física que existía entre mí y Natsuki. Y a pesar de que esta barrera fuese infranqueable, decidí a continuación prepararme para la violencia y el extremismo político que estaba seguro iba a traer el nuevo milenio; porque la llegada del comunismo era inminente, y cuando esto ocurriese mi familia y mis valores estarían bajo amenaza directa. Años atrás, el muy cínico de Tabaré Vázquez había formado parte de la Comisión Nacional pro Referéndum, el comité encargado de recolectar firmas para la anulación de la ley de caducidad. Perdieron, y por un márgen considerable, pero aún así nada daba a entender que una vez alcanzado el poder fueran a desistir de sus intentos. En consecuencia, mi elección de iniciarme en la práctica del esgrima y las artes marciales fue la forma que encontré para en un futuro poder, como decía Evola, “mantenerme en pie en un mundo en ruinas”. De ahí en más, no dejé pasar un solo día sin al menos una hora de ejercicio físico a la mañana y otra a la tarde. “¡Basta ya de sueños!”, me decía, “¡Basta ya de retraimientos!”. La ardorosa necesidad juvenil de fortalecer mis músculos se convirtió entonces en mi nueva meta, la única que me permitiría desarrollar la resistencia y determinación necesarias para enfrentar el fantasma del comunismo, así como para salvaguardar mi esencia y cultivar en mí los valores de la rectitud y el heroísmo.

10. Influido por los contactos paternos y la desaprobación de mi madre, empecé a asistir regularmente a rallies políticos de distintas agrupaciones estudiantiles. Yo, en realidad, ya hacía tiempo que había abandonado mis estudios, harto de que los curas y profesores del Colegio tuvieran la osadía de criticar sin reparos al régimen militar. Pero, no obstante, esto no me impidió ver que el nuevo sujeto revolucionario por antonomasia era el estudiantado, y que, si no se intentaba contrarrestar el radicalismo de izquierda en los liceos y universidades públicas, llegado el momento el comunismo contaría con una ventaja abrumadora.

Verán, la estrategia favorita de los bolches es dar la impresión a la opinión pública de que sus agitadores son siempre un grupo de jóvenes desorganizados actuando de manera libre y espontánea. ¡Minga! Todo lo que hacen estos malvivientes responde a una férrea organización vertical (en absoluto asamblearia y horizontal, como varios ingenuos insisten en creer). Y detrás de esa exclusiva camarilla de individuos que los comanda, siempre se encuentran ocultos varios titiriteros de orígen foráneo, trabajando activamente en desmedro de los intereses nacionales, promoviendo la división interna, la desestructuración institucional y la desmoralización estética.

En efecto, el 14 de agosto de 1997, un grupo de trescientos estudiantes y funcionarios marxistas cortaron durante más de una semana la avenida 18 de Julio, a la altura de la facultad de derecho. Su objetivo, de cara a la galería, era protestar contra el proyecto de reforma integral de la enseñanza; aunque, lo cierto es que en realidad lo único que buscaban era azuzar a la juventud para que esta les proveyera con un nuevo mártir a partir del cual enarbolar sus banderas. Yo estuve allí; yo y más de treinta jóvenes “empecinados” –así nos empezó a llamar la prensa por aquel entonces–.

Nuestra idea en un principio era participar de los “debates” y “actividades” organizados por la izquierda, pero, apenas intentamos atravesar el cordón de manifestantes, fuimos rechazados con cánticos y provocaciones del estilo “Ni olvido ni perdón, cerdos y milicos al paredón”; algunos de nosotros fuimos escupidos, amenazados y hasta fotografiados por los “estudiantes”; algunos de ellos –asumo que los homosexuales– incluso tuvieron la desfachatez de bajarse sus mugrosos pantalones y mostrarnos las nalgas. Ante esto, recuerdo que intentamos ser lo más disciplinados posible, haciendo esfuerzos por mantener la calma y no responder a los insultos. Aun así, luego de que uno de los nuestros fuese impactado en el rostro con un trozo de baldosa, no nos quedó otra opción que defendernos.

Y así fue que de pronto, cual hoplitas griegos nos vimos obligados a formar una barrera cerrada, protegiéndonos entre nosotros de los empujones y puñetazos que nos llovían en torno y a traición. A pesar del caos que reinaba alrededor nuestro, supimos resistir el tiempo suficiente hasta que la policía decidió intervenir.

¡Treinta y tres jóvenes contra trescientos! Y con todo, ellos terminaron por llevarse la peor parte…

¿Qué que saqué en limpio de aquello? Bueno, que los bolches no saben lo que es luchar de forma caballerosa, eso y que la única forma de derrotarlos es hacer como ellos y empatotarse, ser implacables, no tener miedo de usar la violencia de ser esta necesaria… 

Durante las semanas siguientes, las movilizaciones estudiantiles empezaron a perder fuerza. A la vez que ocurría esto, sin embargo, la prensa marxista dio inicio a una brutal campaña de desprestigio en nuestra contra, tachándonos de ser una organización “ultranacionalista” y “neofascista”. Rafael Bayce, un literato afeminado con olor a naftalina, nos dedicó una columna en la revista tupamara “Mate Amargo” en la que nos comparó despectivamente con el grupo guerrillero de principios del siglo XIX, “Los Empecinados”, comandados por el Sr. Diego Ponce de León. El nombre nos gustó, y de cara al público empezamos a llamarnos así.

Pero nuestro movimiento no se limitaba a meras palabras en el papel, no, no; ¡Nosotros éramos una fuerza que actuaba en las calles, incluso en los barrios más marginales de la capital! Desde la impresión clandestina de folletos a acciones de índole vandálica, estábamos decididos a expulsar el comunismo de cada rincón del país.

Luego de otro violento episodio en el que una patota de estudiantes marxistas arrojó a plena luz del día piedras y objetos punzantes contra la guardia de Blandengues encargada de vigilar el mausoleo de Artigas, decidimos organizar el fin de semana un acto de desagravio al prócer. Durante aquel desfile, aprovechamos para estrenar nuestro nuevo uniforme, inspirado en la JUP, el viejo movimiento estudiantil uruguayo, el cual consistía en una camisa negra, corbata roja y un sable al cinto. Aquellas prendas eran tan vistosas que, al marchar con paso marcial por la Avenida 18 de Julio, los transeúntes se giraban en plena calle y nos miraban con asombro.

Era el comienzo de algo nuevo.

11. Ya para el año 1999 nuestras actividades no pasaban desapercibidas por nadie. Éramos el nuevo cuco de la prensa izquierdista. ¡Los mismos que en su juventud plantaron bombas y dispararon por la espalda a obreros y a chiquilinas indefensas, ahora nos tachaban de nazis, de terroristas y skinheads!

Y, sin embargo, a diferencia de aquellos estudiantes politizados de izquierda que, vistos de cerca, respondían a un perfil más bien homogéneo, retrospectivamente hablando nosotros éramos un grupo de jóvenes bastante variado. Al menos al principio. Cuando desfilamos aquella vez por la avenida principal, por ejemplo, esto se hizo evidente: ¡Por supuesto que en nuestras filas había estudiantes universitarios, sí, claro, pero también hijos de obreros!; algunos de nosotros proveníamos de familias acomodadas, no lo duden, pero eso no quería decir que miráramos por encima del hombro a aquellos que no; buscábamos respetar la diferencia y no cambiarla; todos sabíamos bien cuál era nuestra causa y cuáles eran nuestras ideas; éramos, en definitiva, un pelotón de jóvenes raros, sobradamente románticos e inexpertos, llenos de fe en Cristo, valientes y unidos para la acción, sin barreras sociales o educativas que nos enfrentaran, aunque más tarde confieso que debimos exceder la cautela al momento de afiliar nuevos miembros…

12. Algunas interpretaciones teológicas eximen de culpa a la figura del verdugo. Huelga decir que dicho oficio no era bien visto por la sociedad de su época (me refiero a la medieval, por supuesto), la cual con frecuencia solía marcarlos con una carga de desprecio similar a la de aquellos mismos a quienes condenaba a muerte.

Sin embargo, era un trabajo que debía hacerse, pues, llegado el caso, era necesario mantener un mínimo de paz y orden en el feudo; por supuesto que esto no quiere decir que uno deba de regodearse en el sadismo y la crueldad –esto debería de considerarse en sí mismo un delito– pero a lo que voy es que con frecuencia la inviolabilidad y la dignidad de la persona suelen extraviarse luego de cometer crímenes de grave naturaleza. Y es allí cuando, al menos temporalmente, alguien debe de convertirse en, según palabras de San Agustín, “una espada en la mano de Dios”.

Repito que esto no da aval a la barbarie, sino que el acto debería de ser realizado por un individuo exento de animadversión hacia el condenado, y pura y exclusivamente por mandato de la ley. En resumen: tres mandobles bien infligidos y a otra cosa mariposa.

Cuando me pongo a pensar en el porqué decidí ejecutar al Dr. Tabaré Vazquez, no encuentro entre mis motivos razones de índole personal u hostilidad hacia su persona. Sí es cierto que lo he calificado anteriormente de cínico, por supuesto, pero eso no quita el hecho de que el hombre salvó mi vida y la de cientos de niños y adolescentes…

Pero es justamente por ello que sostengo que mi acción fue bella y justa, pues fue llevada a cabo sin un rencor profundo hacia él, sino motivada en nombre de una causa mayor y en detrimento de mi persona; así es como uno debería actuar siempre en circunstancias de enorme convulsión histórica.

13. Los siguientes dos años fueron relativamente estables para el país. Durante ese periodo de tiempo hubo reuniones con algunos grupos de militares en actividad. Se manejó la posibilidad de que varios de nosotros recibiéramos entrenamiento en los cuarteles generales del ejército. Pero al final no ocurrió nada. Colaboramos también con activos de inteligencia nacional, presentando listas con nombres y apellidos de algunos de los integrantes de las tupabandas. Por ese entonces se suponía que estaban oficialmente desbandadas, pero varios de sus cabecillas, los mismos que hasta hacía meses robaban y asaltaban bancos y remesas financieras, habían pasado a la actividad política, y ahora eran prácticamente intocables.

Luego vino la debacle social y financiera del año 2002, y ahí fue que comencé a desilusionarme con mi rol de líder en Los Empecinados. Siendo honesto, consideraba que el grupo ya no era lo suficientemente radical y que, debido al número de integrantes y a la complejidad de su organización, nuestra capacidad para lograr un cambio real era mínima. No quería que degeneráramos ante el público en una caricatura de nosotros mismos. Necesitaba más que nunca alejarme del calor y la camaradería fraterna y asumir la libertad de actuar sin ataduras. 

Fue en ese momento cuando comencé a visitar en solitario la casa del ex presidente Juan María Bordaberry, en el barrio de Carrasco. Cada encuentro logró aumentar aún más mi admiración hacia él. Posteriormente, pasó a convertirse para mí en una suerte de mentor, en un guía en tiempos convulsos. Públicamente denostado tanto por la clase política como por los militares, el exdictador me reveló en una de nuestra charlas haber sugerido en su momento a las fuerzas armadas la fundación de un estado teocrático, cuyos pilares sociales fueran “Cristo, el Rey y la familia”; esto en clara alternativa al mecánico régimen militar y a su purulenta orientalidad, la cual con su fracaso no hizo sino cultivar nuevamente las disgregantes semillas del marxibatllismo, hundiendo aún más la rectitud moral, cultural y social de nuestro ya empobrecido país.

A pesar del estigma con el que lo habían marcado, Juan María era un hombre al que el tiempo y la adversidad no habían hecho retroceder un solo centímetro.
Es una buena señal, creo yo, cuando un hombre es capaz de concitar en torno a sí mismo tal grado de ensañamiento; o por lo menos es un tanto sospechoso, pues sé por experiencia propia que aquellos que suelen cebarse con individuos del calibre de Bordaberry siempre tienen algo que esconder. Tabaré Vázquez, por ejemplo. Ya les revelé que durante la dictadura fue aliado y buen servidor del régimen militar; sin embargo, cuando este cayó pasó a convertirse enseguida en uno de sus principales opositores. Por eso es que hay que desconfiar. Siempre. Sobre todo de aquellos engañalistos cuya filosofía de vida reniega de toda jerarquía y principio eterno.

Esos meses fueron, en definitiva, un tiempo de reflexión y cuestionamiento constante, ¿Qué podía hacer yo en medio de aquella crisis, ahora que el bolchevismo y su nihilismo rampante estaban en el apogeo de sus fuerzas? ¡Por aquel entonces, incluso el tupamaro José Mujica había salido de su escondite para amedrentar a la población, advirtiéndoles sobre una ola tumbera dispuesta a descender desde el Cerro Norte hacia el Centro, arrasando con todo a su paso! El pueblo desconfiaba más que nunca de los viejos políticos moderados, y ahora estaba listo para poner en práctica una ideología cuyo fondo ablativo yo consideraba –y aún considero– la maldad pura…

14. El jueves veintiuno de octubre de 2004, se llevó a cabo en pleno centro bonaerense el último acto de campaña del Frente Amplio previo a las elecciones de ese mismo año. Es cierto que había otro programado para la semana siguiente, el día veintiocho de octubre, en la Explanada Municipal de Montevideo; pero este nunca llegaría a celebrarse.

La planilla mayor de la izquierda uruguaya –un lamentable maridaje de varias corrientes marxistas y socialistas y otras más moderadas– se había concentrado en las inmediaciones de la calle Uruguay, intentando pescar en el charco de los más de treinta mil votos de orientales allí radicados. El acto llegó incluso a ser transmitido en vivo y en directo por la Televisión Pública Argentina. 

Creo que a estas alturas está demás decir que lo que ocurre a continuación es de público conocimiento, y que al final del día no hago sino repetir algo que otros han desarrollado de manera mucho más profunda e impersonal; yo, después de todo, soy el protagonista principal del hecho en cuestión, mis palabras quizás no tengan la misma validez que el relato de esos cronistas encargados de escribir o narrar sobre eventos pasados…

José Mujica, Mariano Arana, Osvaldo Gargano, Enrique Rubio, Rodolfo Nin Novoa, Marina Arismendi, Eleuterio Fernández Huidobro, ¿Les suenan estos nombres? Hoy día son mártires, pero no me quiero ni imaginar qué hubiera sido del Uruguay de llegar ellos al poder. ¡Y es que los sondeos de opinión no mienten! De haber llegado con vida a los comicios del 31 de octubre, sin duda alguna Uruguay habría perdido una de sus más importantes batallas contra el engendro del marxibatllismo y toda su decadencia cultural.

¿Se imaginan?…

¿Una sociedad en la que el aborto fuese legal y estuviese promovido desde el seno mismo de las instituciones?; ¿Una sociedad en la que la familia y el matrimonio dejaran de ser considerados pilares fundamentales de la comunidad y pasasen a ser, en cambio, opciones banales?; ¿Una sociedad donde todo valor o tradición eterna fuese tachada de opresiva y anacrónica y en la que, en cambio, el avance de la delincuencia y la degradación cultural y social fuesen vistos como un mal menor?; ¿Un país donde el estado asumiera el control fiscal de sus ciudadanos, convirtiéndolos en meros engranajes sujetos a su expoliación, hábiles únicamente para el ocio y el libertinaje?

Algunos tienen la desfachatez de tacharnos de golpistas, sin saberlo exponiendo en el acto su propia cobardía y falta de sangre; pero yo no me considero un golpista, no, no… Lo único que he hecho fue integrar una humilde escuadra de restauradores que, llegado el momento, tuvo el valor de dar el golpe de timón adecuado y así prevenir la pérdida de una serie de valores y tradiciones milenarias. 

¡No me importa la libertad o la democracia! ¡Yo escupo en la cara de quienes hacen gárgaras de moralina con esas palabras! ¡Jamás me perdonaría haber hecho como esos hombres cobardes y sin alma y haber permitido que mi pueblo caer hundido en el nihilismo!

Hice lo que tenía que hacer, y lo volvería a hacer cuantas veces fuese necesario… La historia me juzgará como mejor le parezca; lo cierto es que, en tanto hombre de acción, carezco del interés y del tiempo necesario como para ponerme a pensar en dichas nimiedades…

Recuerdo como al principio el acto transcurrió sin mayores inconvenientes. Recuerdo las canciones de murga y la estentórea voz del locutor irritando los micrófonos y nuestros oídos. Cada uno de nosotros sabía lo que estaba a punto de suceder; cada uno de nosotros sabíamos qué era lo que teníamos que hacer, cada palabra pronunciada y cada pequeña acción se habían gatillado sin pausa hasta llegar a ese preciso y fatídico instante.

¿Tuvimos alguna duda antes de actuar? Solo puedo hablar por mí mismo cuando digo que no, que no la tuvimos, y el resto de mis hermanos durante aquel momento no se atrevió a musitar una sola palabra cuando el candidato a presidente y sus demás esbirros subieron al escenario…

De pronto, una bola de fuertes silbidos y abucheos hicieron que los micrófonos de televisión y los periodistas sentados en primera fila no pudiesen oír las palabras de Tabaré, lo cual obligó a uno de los locutores a intervenir enseguida y a pedir por favor silencio. El ambiente se tensó de inmediato. Miradas perplejas comenzaron a cruzarse entre los protagonistas y parte del público. Bajo el escenario, apostados a la vera del pabellón nacional, esperábamos nosotros, como una bien entrenada jauría de perros, prontos para saltar sobre nuestras presas…

Y así lo hicimos. Y acto seguido hubo esa clásica coctelera de gritos y confusión. ¿Para qué ahondar en ello? Fue un movimiento rápido, casi que de reflejo –una espada en la mano de Dios puede llegar a ser sorprendentemente efectiva–; actuamos al unísono, como en las viejas épocas de Los Empecinados (de hecho, los veinte caballeros que me secundaron formaron parte de Los Empecinados, ¡No podía ser de otra forma…!). Lo hicimos sin rencor ni inquina personal hacia los involucrados que, me parece importante resaltar, a la hora de la verdad intentaron huir a lo loco, como un tropel de gatitos gordos. Todo ocurrió tan rápido que aún hoy no logro procesarlo de forma cabal. Sé que los cortes que hicimos fueron como los ensayamos previamente, a la carótida o a la aorta, entre el tórax y el abdomen. Hubo espasmos y convulsiones, lágrimas de un par de guerrilleros que yo no me atrevería a calificar de viriles…

Posteriormente fuimos rodeados y detenidos por una patota de asistentes y miembros de la policía; nos pusieron las esposas, nos metieron presos y luego nos extraditaron a la vecina orilla; vieja historia.

Para cerrar esta breve confesión de parte, me gustaría repetir algo que ya he dicho cantidad de veces: No hubo rencor ni mala sangre. Por lo menos de mi parte; quiero decir, peleamos caballerosamente y, uno de los dos bandos perdió, ¿No? De ser así reclamo la victoria y, en el caso de no haberla obtenido como es debido, exijo mi muerte. Pero ya ven como son las cosas, ¿No? Yo sigo aquí mientras tanto y, ¿Allá afuera? En todas partes.

Sin fingimiento,

Felipe Villamayor.


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