¿Es socialmente útil estigmatizar a todas esas cuarentonas fracasadas de “derechas” solteras y sin hijos?


«WHEN EVERYBODY IS UP FRONT AND NOT PLAYING TRICKS».

“Han envejecido
mal
porque han
vivido
sin propósito,
se han negado
a ver.
¿Que no es culpa suya?
¿culpa de quién, entonces?
¿mía?
se me pide que oculte
mi opinión
ante ellos
por miedo a su
miedo.
La edad no es un crimen
pero la vergüenza
de una vida
deliberadamente
desperdiciada
entre tantas
vidas
deliberadamente
desperdiciadas
sí lo es.”

  • “Sé amable” de Charles Bukowski.

Hace poco, leía una crítica a una de esas comedias estilo falso documental que están tan de moda hoy en día. La serie se llamaba “Los ensayos”, y sigue los intentos reales de su presentador, Nathan Fielder, por ayudar a gente común y corriente a recrear de manera anticipada y en un entorno seguro experiencias difíciles, para así, posteriormente, poder superarlas sin contratiempos. Uno de los episodios a los que se hacía mención en la crítica, inmediatamente llamó mi atención; tan así fue esto, que decidí descargarlo a ver qué onda.

A partir de ahora, cito textual la narración que da inicio al mismo:

Nathan Fielder: La mayoría de la gente dice que nada puede prepararte para el momento en el que te convertís en madre. Pero claro, la mayoría de la gente no dispone de los recursos económicos como para contratar a docenas de niños actores y crear simulaciones de maternidad las veinticuatro horas del día; más específicamente, criar a un niño de 0 a 18 años en el transcurso de dos meses para así decidir si se desea o no tener uno. Este es el ensayo que le estoy dando a Ángela, una mujer de 44 años que ha pospuesto crónicamente su maternidad porque, según me cuenta ella, las circunstancias nunca le han resultado del ‘todo adecuadas‘.

La premisa, como podrán ver, es una locura bárbara, y durante el transcurso de la misma Fielder no escatimará en gastos y en esfuerzos con tal de llevarla hasta las últimas consecuencias. La participante/víctima de la broma en cuestión, es ya de por sí un tema aparte. Ángela, como bien nos adelanta la voz en off del presentador, es una mujer de cuarenta y cuatro años que varias veces ha soñado con ser mamá pero, que, por distintas circunstancias, “aún no se le ha dado”.

Ángela es, por otra parte, la confirmación de eso que hace poco me comentaba un amigo; de cómo hoy en día es IMPOSIBLE amar cabalmente a una mujer; de que, claro, uno puede sentir deseo y atracción hacia sus cuerpos y formas femeninas, pero, algo más allá de eso, una vez que se las conoce de verdad, yo diría que es casi tan difícil como resolver el último Teorema de Fermat.

También aplica para Uruguay y el resto del mundo civilizado.

En un momento del episodio, Ángela desliza el dedo por la pantalla de su celular, filtrando entre su extensa lista de pretendientes en Tinder. Los comentarios que hace acto seguido dejan al descubierto una falta de conciencia de sí misma realmente desconcertante:

Nathan:¿Ves a alguien que te guste?
Ángela: (Chasquea la lengua) No.
Nathan: ¿Qué hay de él?
Ángela: Está algo fuera de forma, creo.
Nathan: Mm, mm. ¿Y él?
Ángela: Su atuendo es demasiado serio.
Nathan: Ajá.”

Como creo que ya expliqué, Ángela tiene cuarenta y cuatro años, vive sola en un pequeño apartamento en el área metropolitana (aunque minutos después le cumplen el capricho de mudarla a una lujosa casa en el campo, ya que según ella ése es el único lugar en el mundo en el que es posible criar de forma satisfactoria a un hijo) es fármaco dependiente y, no nos engañemos más, a estas alturas seguramente infértil. 

Físicamente no se puede decir que sea una mujer fea; de ser así, y el hombre medio al cruzársela en la calle sintiera esa incomodidad tan particular que despierta la fealdad en las mujeres, uno podría compadecerse y hasta empatizar con su desgracia (abro paréntesis para aclarar que, afortunadamente, una “mujer fea” es un fenómeno harto extraño, y cuando se da es en verdad triste, aunque también vale subrayar que los hombres siempre nos las arreglamos para encontrar por lo menos una sola parte del cuerpo femenino –ya sea el culo, las tetas, las piernas, el pelo, las manos, los tobillos, la boca, etc.– que, llegado el caso, compense por la flaqueza estética de las demás; es decir, somos maravillosos). Pero, sin embargo, nada de esto aplica en el caso de Ángela, quien hay que reconocer que dentro de todo lleva bastante bien sus cuarenta y pico de años; la veterana baila, hace ejercicio, se cuida con las comidas, etc., etc. 

A medida que transcurre su “ensayo”, uno, en tanto espectador, no puede evitar seguir su encrucijada con la más absoluta fascinación; y es que, involuntariamente quizás, Ángela nos sirve como una lupa mediante la cual podemos acercarnos a un problema que hoy día trasciende lo meramente individual. Ya he hablado un par de veces, y, para ser franco, sin autoridad ninguna, de cómo cuando la meta principal de tu vida es el goce y el cortoplacismo, pasado cierto periodo de tiempo podés llegar a darte de bruces con la realidad. Por eso, nunca está de más preguntarse qué ocurre cuando uno llega a los cuarenta años con una mentalidad, diría yo, casi que propia de la adolescencia.

Porque miren que la respuesta no es nada bonita…

Transcurridos más o menos unos veinte minutos del episodio, Ángela comenta al pasar que durante varios años ha llevado un estilo de vida hedonista, al palo, de puro sexo, drogas y rock and roll; además de, por supuesto, haber centrado gran parte de su rutina diaria en su “carrera profesional” (una tecnicatura en quiromasajes y aromaterapia).

“Ángela: Yo estaba parada en aquella esquina bebiendo alcohol. Yo tomaba todo el tiempo, ¿sabes? Vodka, tequila. Consumía drogas: marihuana, ácido, cocaína, y un día Dios vino a mí, fue así de simple, ¿Sabes?”.

Y es que no lo mencioné aún, pero Ángela es una de esas “cristianas renacidas” (en inglés “born again christian”), algo que he notado es bastante común en cierto perfil de mujeres una vez que empiezan a rondar las cuatro décadas. Sin embargo, me parece pertinente señalar cómo, en los momentos en los que Ángela profesa su fe ante cámaras y habla en profundidad de ella, uno no puedo evitar hacer, como dicen los yankees, un “roll of eyes” frente a la pantalla; y es que, simplemente es todo TAN FALSO que sólo escucharla hablar genera grandes dosis de incomodidad.

Ángela es, en verdad, un caso fascinante; por un lado, su actitud y cosmovisión reflejan claramente un intento de superar la ideología imperante hoy en día, el así llamado “Wokismo” (resumiendo de manera gruesa, un paradigma de creencias y prácticas que pone por delante de todo la identidad de grupo, la “igualdad” entre los sexos, el colectivismo y el voluntarismo político de corte rousseauniano); sin embargo (y aquí la conjunción adversativa “sin embargo” es clave) sus resultados dan indefectiblemente la impresión de ser falsos e impostados, y esto es así debido a que el cristianismo y la militancia política de derechas que ha adoptado Ángela no parecen nacer de un lugar sincero, sino más bien de un intento de lidiar emocionalmente con el hecho de que, a estas alturas, la pobre mujer ha arruinado IRREPARABLEMENTE su vida.

Según Morgan Stanley, para el año 2030 el 45% de las mujeres occidentales estarán solteras y sin hijos…

Es por demás gracioso (aunque también un poco patético) cuando en un momento del episodio la producción la insta a buscar una pareja que la acompañe durante el “proceso de simulación de maternidad” (así, con esas palabras textuales lo definen); de entre su larga lista de pretendientes en Tinder, Ángela elige a un muchacho negro veinte años menor que ella, descartando enseguida al resto de candidatos por los motivos más absurdos.

Sé que la diferencia de edad en la pareja es un tema aparte; sé que las mujeres en general suelen sentirse atraídas por hombres más grandes debido a que éstos poseen una mayor estabilidad económica y experiencia de vida; ahora, lo inverso, que una mujer de cuarenta y pico años de edad, soltera y fracasada vital, ande detrás de muchachos más jóvenes…, ¡Yo qué sé!; por un lado resulta bastante divertido, pero, por el otro, me parece que pone de manifiesto lo normal que es hoy en día estar podrido por dentro y no tener ningún mapa de valores con el cual orientarse.

El diccionario de la Real Academia Española define al verbo «estigmatizar» como:

“1. tr. Marcar a alguien con hierro candente; afrentar, infamar.”

Sé que esta palabra hoy en día posee una carga extremadamente negativa, pero, pensalo de esta manera: ¿Acaso no tiene sentido que una sociedad, en aras de prosperar y desarrollarse, sujete a sus miembros a una serie de expectativas y/o estándares de vida? ¿Por qué se promueve constantemente la abolición de tabúes y prejuicios cuya validez está sustentada en el tiempo y la experiencia? ¿Por qué se insiste en hacernos creer que es genial que ahora todo esté permitido y que, la verdad, en el fondo da exactamente lo mismo porque, total, tan sólo venimos a la tierra a tirarnos un pedo?

NO.

No, no, no es así. Y es bueno que lo sepas ya desde temprano: una sociedad sana es, por definición, aquella que estigmatiza culturalmente a sus miembros cuando estos se apartan de las normas establecidas. Admito que esto puede que no suene lindo, pero, sin embargo, cumple una función, y es sobre todo en pos del bien común; si el día de mañana cada uno empezara a hacer lo que se le antoja sin tener en cuenta cómo sus acciones u omisiones afectan al prójimo, ¿Estaríamos hablando cabalmente de una sociedad o, más bien, de un conjunto de individuos forzados a coexistir en un territorio común?

Por otro lado, no puedo evitar mencionar lo triste que es que este tipo de vínculos (mujer cuarentona-hombre veinteañero) se estén normalizando. Sé que esta dinámica es en realidad resultado de lo extremadamente duro, arriesgado y competitivo que es el mercado amoroso actual (y con esto me refiero en concreto a las experiencias de todos esos pujantes varones de entre 18 y 33 años de edad; esos muchachos que, como me dijo una vez Salle, viven con unos “empleítos de 19.000 pesos al mes y de un sistema que vive del préstamo”); pero, aun así, lo desaconsejo; ¿Por qué un pibe sano y joven en aras de sentirse querido y respetado tendría que conformarse con las sobras que dejó otro? ¿Por qué elegir como compañera de vida a una mujer sin valor, incapaz de concebir, con una concha gorda y flácida, más rota que teclado de ciber café, arruinada luego de años y años de múltiples y reiteradas penetraciones? 

Es importante, sobre todo ahora que es casi que un tabú planteárselo, que filosóficamente nos empecemos a preguntar “¿Qué es una buena mujer?” (la pregunta qué es un buen hombre me parece que ya ha sido de sobra examinada), y mi respuesta es “una buena mujer, antes que nada, es una buena madre”.

Eso.
Así de simple.
Nada más.

¡El resto es secundario!; ¡Qué me importa tu carrera en periodismo, tus conocimientos de diseño gráfico o tu titulación en recursos humanos!; ¡Eso es irrelevante! Y, lamento decirlo, pero, mujeres como Ángela (y sobre todo cuando tienen el tupé de llamarse a sí mismas conservadoras de derecha o cristianas) han fallado en una cuestión elemental. Y ojo, que después no vale quejarse, porque, como ya dijo Bukowski:

“La edad no es un crimen
pero la vergüenza
de una vida
deliberadamente
desperdiciada
entre tantas
vidas
deliberadamente
desperdiciadas
sí lo es”.

¡Tenés cuarenta y pico de años, por Dios, mija! ¿Cómo no te has puesto a pensar en los cuarenta años que aún te quedan de vida, en lo triste que va a ser ver a tus padres morir, y vos sola, languideciendo atrapada en un monoambiente; ¿Por qué como sociedad hemos hecho de esto un estilo de vida a imitar?

Felipe Villamayor.

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¡Gracias!


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