SOBRE ESAS MUJERES DE “DERECHAS” OBSESIONADAS CON MANTENERSE EN FORMA


SOBRE ESAS MUJERES DE “DERECHAS” OBSESIONADAS CON MANTENERSE EN FORMA.La mujer occidental del siglo XXI –y aquí no importa tanto su orientación político-ideológica– está obsesionada con su sexualidad y en cómo utilizarla para beneficio propio. Esta forma de vanidad y de fijación corporal es producto de una profunda inseguridad con respecto a su valía y el lugar que ocupa actualmente en sociedad. Preguntas como, “¿Cuál es mi verdadera vocación?”, ¿Es esta carrera la más adecuada para mí?”, “¿En qué lugar de la pirámide social debería estar ahora mismo?”, “¿De todos los hombres con los que estoy hablando, cuál es el más apropiado para mí y mis intereses?”, “¿Debería tener hijos, y si la respuesta es sí, cuándo?” o “¿Por qué no me siento realizada en mi trabajo de oficina?”, y su constante presencia en el fuero íntimo femenino, son el resultado directo de haberse «liberado» de esa “situación de servidumbre y dependencia respecto del hombre” en la que supuestamente se encontraba antes, en sociedades de tipo patriarcal y preindustrializadas.

Bueno…, al menos este es el diagnóstico que suele realizar el feminismo y las ideologías de cuño progresista. Y, sin embargo, no deja de ser curioso cómo, pese a esta liberación (la más inédita en nuestra historia, nunca antes habían ostentado tantas “libertades”), la mujer promedio continúa reportando en su vida una sensación crónica de ansiedad e insatisfacción (infelicidad, en definitiva), sólo placable parcialmente mediante el consumo de múltiples fármacos y costosas sesiones de psicoterapia. 

Curioso...

Y es que sí, repitámoslo una vez más: las sociedades tecnológicas actuales han “liberado” a la mujer más que cualquier otra en la historia, permitiéndole salir del ámbito privado del hogar a la esfera pública, irrumpir en el mundo laboral a “competir” en “igualdad” de condiciones con sus “pares” masculinos. 

Mientras que, en cambio, la mujer ideal del pasado era aquella que se limitaba a llevar una vida activa dentro del hogar, a cuidar de los hijos y a realizar una amplia variedad de tareas domésticas, aquella cuya entrega y dedicación le habían permitido (como relata magistralmente el colombiano Gabriel García Márquez en la página 14 de su autobiografía “Vivir para contarla”) “establecer un poder matriarcal cuyo dominio alcanzaba hasta los parientes más remotos en los lugares menos pensados (…), como un sistema planetario que ella manejaba desde su cocina, con voz tenue y sin parpadear, mientras hervía la mamita de los frijoles”, la mujer ideal de la actualidad es aquella que aspira a ser un hombre afeminado, aquella que en su rutina diaria ensaya golosa y libertinamente una amplia gama de opciones triviales, opciones cuyo resultado parece ser siempre por defecto el mismo: su infelicidad.

A la mujer moderna”, dice Julius Evola en “Revuelta Contra el Mundo Moderno”, las posibilidades del amor físico a menudo no le resultan tan interesantes como el culto narcisista de su cuerpo, o como ser vista con la mayor o menor cantidad de ropa posible, o como participar en entrenamiento físico, baile, práctica de deportes, búsqueda de riqueza, y así sucesivamente…”

Sobre esto último, habría que señalar cómo hay cada vez más mujeres que afortunadamente escapan de las garras de la industria farmaceútica y, en vez de intensificar su enajenamiento con blísteres de pastillas y costosas sesiones de psicoterapia, optan en cambio por participar en la “cultura del fitness”, un área económica en constante expansión donde abundan actividades tales como el yoga, el pilates, el running, el ciclismo, el pole dancing, múltiples y distintas rutinas de ejercicio (algunas incluso basadas en el levantamiento de pesas y en el entrenamiento de fuerza muscular); así como los infaltables gurús de salud y su contenido pago en Youtube, las dietas del estilo carnívoro o macrobiótico, las vitaminas, los suplementos alimenticios, las marcas de dentífricos sin flúor, las operaciones y cirugías plásticas a costo accesible –etc,.–, y un montón de cadenas de gimnasios por doquier; en definitiva, múltiples formas (como nunca antes, con incluso una mayor variedad de ramas y denominaciones que el culto de la psicología) para que la mujer occidental del siglo XXI se entretenga un rato y esté al día con las tendencias.

No hay duda de que la mayoría de ellas lo hace motivada por el factor estético, temerosas del inevitable deterioro que le espera a sus cuerpos una vez franqueada la barrera de los treinta (¡Ni qué hablar de cuando pisen los cuarenta!).

Recuerdo hace poco en mi trabajo toparme con una de estas mujeres cuarentonas fanáticas del “gym”, hablando con un chico mucho más joven que ella (¿acaso era este su pareja?… Me pregunto yo, ¿qué tan malo es el mercado amoroso actual para que un chico sano y joven en aras de sentirse querido y respetado deba conformarse con las sobras que le dejó otro?… Lo deja a uno pensando…). Mayormente charlaban sobre trivialidades y asuntos banales; sin embargo, en un momento de su diálogo, una frase proferida por la mujer llamó mi atención: “¿Viste? Uno de esos pibes dijo: ‘¡mirá qué fuerte que está la veterana!’» 

¡He aquí el único orgullo real de la mujer posmoderna, aquel que extrae de su cuerpo en franca e inevitable decadencia! ¿Será esta acaso una nueva forma de postergar la madurez, otra manera de huir de la única y auténtica autorrealización femenina? (Me parece superior al verso ese de ir a terapia, pero igual…)

En épocas más civilizadas, llegado un determinado momento, se esperaba que la mujer tomase conciencia de lo efímero de su cuerpo y de su belleza física y entonces canjeara ambos por un tipo de poder mucho más estable y edificante a largo plazo; esta toma de consciencia marcaba el preámbulo al rito de la maternidad y a la integración de la mujer al dominio del ámbito privado (la crianza de los hijos, el cumplimiento de los deberes conyugales, la ejecución de las tareas domésticas; así era como las chicas antes se convertían en mujeres hechas y derechas). Ésta, creo yo, es la opción correcta para la mujer. La más gratificante de todas (pese a lo que insista en hacernos creer cierto lobby de tortilleras resentidas). Y así deberíamos actuar como sociedad, ayudando a que las mujeres puedan ejercer dicho rol, y no empujándolas a sufrir y a convertirse en un enjambre de arpías ávidas de poder, capaces de hacer cualquier cosa por expeditar sus “carreras profesionales” (en definitiva, nada más que hombres resentidos y de segunda clase mofándose de su propia biología). 

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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