SOBRE GONZALO “TUSSI” CURBELO Y SUS HIJOS Y NIETOS


SOBRE GONZALO “TUSSI” CURBELO Y SUS HIJOS.– Existe una generación (bah, en realidad varias) de gurises jóvenes que creen que la cultura es una suerte de álbum de figuritas coleccionables. Y ven en la música y, principalmente, en la literatura –o, como ellos también dicen, “el texto”– la posibilidad de exorcizar su mal disimulada lista de neurosis y tormentos imaginarios; a esto ellos han dado en llamar “profundidad” (¿Cómo no partirme el culo de risa?).

La mayoría de estos chiquilines creen ser unos vivos bárbaros que todo el tiempo te están “tirando la posta”, pero, en realidad, cuando se lo ve de cerca su “trabajo” no pasa de ser un conjunto de gestos y referencias vacíos.

Me da ternura ver a una de estas jóvenes “periodistas” egresadas de la UM poner debajo de su perfil en redes sociales la frase: “Es extraño, pero creo que he dedicado mi vida al texto”. El despliegue de vanidad y onanismo del que hace gala dicha sentencia me trae a la memoria aquel aforismo de Nietzsche:
La mujer hace literatura del mismo modo en que comete un pequeño pecado: por probar, de pasada, mirando a su alrededor por si alguien la ve y para que alguien la vea…”.

¡Cómo si contraer la enfermedad de la escritura fuese algo que le facilitase a uno las cosas, y no precisamente lo contrario! ¡Una condena, un régimen de rebencazos de nunca acabar! Pero claro, me olvidaba que ahora existe una suerte de monopolio no declarado de la palabra escrita…

En efecto, de ahora en más sería prudente empezar a advertir (y así desasnarnos todos de una buena vez) que el hecho de que cualquier personaje anónimo en redes pueda sentarse a escribir un par de líneas, no necesariamente equivale a que este vaya a ser escuchado; basta con ver los profusos ejemplos de silenciamiento o persecución que padecen aquellos ciudadanos de a pie que se corren aunque sea sólo un poquito de la línea para ver cómo son en realidad las cosas.

Una predicción: en el futuro los únicos que podrán “dedicar su vida al texto” serán los hijos y nietos espirituales de Gonzalo “Tussi” Curbelo, el “último punk” uruguayo; esos jóvenes rebeldes pero hasta ahí nomás, esos chicos y chicas gordos, desprolijos, miedosos, depresivos, holgazanes, pretenciosos, incapaces al final del día de unir los puntos y mirar a la realidad de frente; esos jóvenes «eternos», que nunca se atreverán a salir de la comodidad del barrio Pocitos o Parque Rodó (salvo para hacerse una foto en un cantegril y luego subirla a redes sociales condenando al capitalismo y a la nueva derecha mileísta); esos jóvenes “rebeldes” que ya hace mucho tiempo se han olvidado de ser precisamente eso –jóvenes rebeldes– y se han encargado, en cambio, de sustituir el viejo hábito juvenil de escandalizar por el de edulcorar, el viejo hábito juvenil de contrariar por el de complacer; jóvenes “punks”, “arrolladores” y “librepensadores” (curioso como un “punk” puede haber llegado ser tan aceptado por el sistema y hasta reivindicado por los agentes de la prensa masiva uruguaya, ¿No?) que, pasado el tiempo, se conformarán con padecer un síndrome crónico de hipersensibilidad menopáusica o una zurdo rebeldía superficial.

Exactamente igual que hizo su padre. 
En resúmen, la manzana nunca cae lejos del árbol.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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