Sobre Gustavo Escanlar y el concepto de «plagio»


SOBRE GUSTAVO ESCANLAR Y EL CONCEPTO DE “PLAGIO”.– No hay dudas de que Gustavo Escanlar fue lo que se dice un «rara avis» en el campo del periodismo y las letras uruguayas. Para empezar, su prosa fue deudora de una corriente literaria harto extraña a nuestro temperamento nacional (me refiero al así llamado «realismo sucio«, un estilo en el que se suele agrupar a autores del tenor de Raymond Carver, Charles Bukowski, Richard Ford, etc., etc.), así como dueño de una personalidad por momentos sumamente franca y desinhibida. Esto, a priori, quizás pueda resultarle a varios lectores extranjeros algo positivo e incluso poco notable pero, créanme, en el Uruguay –y más específicamente dentro de los círculos en los que eligió moverse Escanlar–, es lisa y llanamente un pecado mortal. 

En resumen, el ascenso de Escanlar en los medios y en la prensa escrita uruguaya fue meteórico, aunque demasiado fugaz: una seguidilla de escándalos televisivos y una acusación por plagio terminaron por hundirlo en el descrédito profesional.
Sólo una vez muerto pudo tomarse un respiro en la forma de escasos y corteses obituarios por parte de algunos de sus menos obsecuentes colegas. 

Recuerdo claramente cómo durante mi trayecto universitario mis profesoras de periodismo solían hablar pestes de Escanlar (plagiario, le decían), involuntariamente logrando así despertar en mí un interés genuino hacia su corta y truncada obra, interés que más tarde mutó en pasión y que me ha llevado a leerlo repetidas veces (todas con gran placer y admiración por su técnica engañosamente simple).

Pero, sin embargo, estas mujeres no están solas en su odio hacia el finado; es, de hecho, bastante común encontrarse dentro del mundillo del periodismo o las letras uruguayas con FEROCES detractores de Escanlar, quienes aún hoy tienen la costumbre de reprocharle a su pobre alma en pena el tan temido delito de “plagio”.

No obstante, estas acusaciones dejan en evidencia un desconocimiento brutal del proceso creativo, así como quizás un intento por proyectar ciertas culpas no asumidas en un tercero, un tercero que –por otro lado– a diferencia de ellos en numerosas ocasiones dio sobradas muestras de valentía y coraje intelectual. 

Sí, sí, ya sé que como bien deja en claro el ejemplo de Escanlar, la sola acusación de “plagio” (aunque primero habría que definir qué entendemos por “plagio”, ¿no?) es el boleto de ida a un viaje sin retorno dentro del mundillo de las letras; un viaje que lleva directamente al autor a un lugar donde la confianza, la credibilidad y el visto bueno de la casi totalidad de sus lectores y colegas se vuelve nula, pero yo igual quiebro una lanza por él. Como bien dijo el finado en una de sus fulgurantes columnas: “La creación se alimenta y crece con otras creaciones”. 

¿Qué? ¿En serio son tan ingenuos de creer que un artista crea su obra en una suerte de limbo ubicado en la nada, aislado de toda influencia externa, que acaso es tan desagradecido como para no tomar prestado de aquellos mentores o piezas estéticas que más lo afectaron? ¿Y si les dijera que virtuosos del calibre de Beethoven, Shakespeare o Melville tenían la costumbre de “plagiar”? Y menciono sólo estos tres nombres –bah, apellidos en realidad–, aunque lo cierto es que esto es algo que ocurre en TODAS las artes, ya sea en el cine, la música, la pintura, la escultura o la escritura. El propio Ernest Hemingway lo reconocía cuando aconsejaba a su joven discípulo Arnold Samuelson que, “En el arte se te está permitido robar cualquier cosa, siempre y cuando puedas mejorarla”. 

Hasta donde “plagió” Escanlar es imposible saberlo. Su página de Wikipedia simplemente se limita a explicar que su delito fue “comprobado”, y que, inmediatamente después de esto, se le despidió del semanario Búsqueda, así como del por entonces popular programa televisivo “Zona urbana” y de su espacio en radio Sarandí.

Ahora bien, cabría hacerse la siguiente pregunta: ¿Fue su –entre comillas– “plagio”, similar en magnitud al que, por ejemplo, hizo Beethoven de Mozart cuando compuso su famosa Lied “Adelaide”, inspirándose por cierto muy de cerca en el “Cuarteto con piano n.º 1 en sol menor, K. 478” de este último? ¿O quizás fue como en el que incurrió Hermann Melville en la trama de su novela “Billy Budd”, luego de leer fascinado “Dos años al pie del mástil”, del también norteamericano autor Henry Dana? Sería quizás pertinente hablar ahora de Quentin Tarantino, y de como frecuentemente toma prestados planos y secuencias enteras de sus cineastas favoritos para rodar sus películas; pero, claro, hacerlo supondría para algunos entrar en terreno pantanoso, reconocer verdades incómodas…

Echo la culpa de la infamia de Escanlar a la que era su editora en aquel entonces, Monica Botero (directora de Inmujeres, una oficina corrupta y malversadora), quien, seguramente dejándose influencia por su descarnado odio al hombre, sintió envidia del talento superior de Gustavo y aprovechó la primera ocasión que tuvo para hundirlo. Es notable cómo, sin embargo, Escanlar supo mantener su frente en alto ante aquellas adversidades, y si bien más temprano que tarde terminó perdiendo la vida, pese a lo que digan los giles, su dignidad nunca se extravió (incluso tomándose un vaso con pichí en televisión supo ser más digno que Mónica Botero en cuarenta años de prensa escrita).

No te vamos a olvidar, hermano. Prometo que un día serás vengado.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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