SOBRE GUSTAVO ESCANLAR


SOBRE GUSTAVO ESCANLAR.– Sí, es cierto, cuento con el orgullo de haber podido entender la vida de Gustavo Escanlar de un modo distinto al común de sus contemporáneos –del modo correcto, vale la pena aclarar–, y de haber degustado su prosa como quien paladea el sabor amargo de una hoja de cocaína sentado en la barra de una sórdida whiskería en Ciudad Vieja. 

A veces, cuando se hace de noche y salgo de trabajar, me topo con su robusta y alucinada figura tropezando con una CocaCola bajo los focos de neón de la capital.

Es entonces que oigo cerca de mí su veraz e incisiva voz invitándome a recorrer junto a él las calles más sucias –redundante decirlo: todas las cuadras de tontovideo están sucias–, y entonces juro ver en el suelo sus enormes ojos tristes de niño rico, agudos y desencantados, su agresiva mandíbula y descarada nariz –esta ha esnifado de los abismos más crudos– bufando sobre las cenizas de su agraviada generación del 45, jurando con un día volver y juntarlas todas en un tarro de café y esparcirlas a modo de chiste desde las alturas del World Trade Center. Luego nos sentamos al borde de la cornisa de una torre de vidrioacero e imaginamos la reacción de las feminazis al oír que los restos de Idea Vilariño han desaparecido para siempre en el corazón de la ciudad de todos los vientos, y no podemos evitar reírnos soezmente una vez más.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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