SOBRE LA IZQUIERDA ANTI PROGRESISTA (ALGUNOS APUNTES)


1. Días atrás hubo una nueva polémica en la Udelar, luego de que uno de sus profesores tildara de “nazi” a una burócrata del gobierno nacional. La mujer, que dicho sea de paso es judía, no se tomó demasiado bien el epíteto y, como ya se ha vuelto costumbre en nuestro país, denunció penalmente al hombre, arguyendo “discriminación” y “antisemitismo”. 

Aparte de la de ella, van a haber otras dos instancias de denuncia más: una realizada por el Ministerio de Adoctrinamiento y Propaganda (MAP), y otra por el lobby central sionista uruguayo. 

De acuerdo al censo realizado en 2022, en Uruguay sólo hay unos 22.000 judíos, pero, según Carlos Musso Rinaldi –el profesor denunciado en cuestión– el derecho a no ofenderse de una minoría puede perfectamente imponerse sobre la libertad de expresión de los restantes 3.422.978.000 goyim; esto no es algo que en realidad haya dicho él, pero sí algo que interpreto yo dado su pedido de disculpas y posteriores declaraciones, en las que subraya:

«Tengo amigos de toda la vida que son judíos, pero también los tengo de distinta raza, término que odio porque junto con el concepto de raza viene todo esto«.

Aclaro desde ya que no creo que Rinaldi deba ser perseguido por el estado o por ningún órgano público por tachar de “nazi” a Mariana Wainstein en sus redes sociales. No me importa lo que diga la ley. De hecho, que hoy por hoy se legisle de esta forma, persiguiendo el interés de las minorías en desmedro del de las mayorías, deja en evidencia lo profundamente perverso y oligárquico que es el Uruguay actual, una “democracia” construida sobre la mentira de la soberanía popular y permanente sostenida a base de teatro y sofisterías. 

Pero lo que quiero cuestionar ahora es la supuesta nulidad del concepto de “raza”, lugar común si lo hay entre los voceros de la izquierda anti-progre –no así de la nueva izquierda, que constantemente busca favorecer a las razas supuestamente “oprimidas” con programas y políticas de discriminación “positiva”–. 

2. ¿Acaso no hay similitudes obvias entre, por ejemplo, un ciudadano chino, un ciudadano coreano y un ciudadano japonés? No hablo sólo en términos de apariencia física, sino también en lo que concierne a sus tradiciones y formas de vida. 

Sí, por supuesto que hay diferencias claras que hacen a cada uno de ellos único a su manera (piensen en sus distintos idiomas, en su historia, en sus costumbres, en sus religiones y en algunas de sus prácticas culturales). Pero a lo que voy es que –por poner solo un ejemplo– parece haber un consenso unánime en ver a estas sociedades como culturas bastante colectivistas, al menos en comparación con los países del mundo occidental. 

Siguiendo con este razonamiento, tomemos ahora a estos tres ciudadanos antes mencionados y pongámoslos uno a uno al lado de un keniano, un ghanense y un ugandés.

¿Acaso dirían que el número y rango de diferencias que hay entre los individuos de la primera muestra es mayor que el que existe entre los totales de ambas? Seamos honestos: ¿Verdad que de pronto las diferencias internas se vuelven insignificantes en comparación? 

Quiero decir, un ciudadano coreano y un ciudadano japonés tienen más en común entre ellos que uno coreano y uno ugandés. Y lo mismo vale para un keniano y un ghanense en comparación a un chino. 

Y así sucesivamente. 

Pero de no ser esto suficiente y si por algún motivo creemos que nuestros sentidos nos engañan y que en realidad estamos percibiendo una diferencia donde no la hay, podemos recurrir a la ciencia: hoy por hoy un test de ADN es capaz de identificar similitudes y diferencias genéticas entre individuos, además del lugar de donde originariamente provienen sus ancestros. 

Y a estas alturas ustedes se estarán preguntando adónde voy con esto. Fácil: lo que quiero señalar es que a diferencia de lo que sostienen muchos académicos, el concepto de raza no es un constructo social, sino un fenómeno muy real y tangible, y seguir haciendo de cuenta que esto no es así en aras del deseo de un igualitarismo utópico, es absurdo y hasta peligroso. 

El problema es que un izquierdista de la vieja escuela (piensen en el antes mencionado Carlos Musso Rinaldi, o en el estereotipo del intelectual frenteamplista desencantado que en 2004 votó entusiasmado a Tabaré Vázquez, y después se resignó a seguir votando al Frente Amplio pero esta vez de forma “crítica”) te diría que no; que en el fondo un japonés y un congoleño son exactamente iguales, que la etnia es sólo una categoría biológica inventada y perpetuada por las sociedades occidentales en aras de un determinado fin político y que, hacer una distinción o ver una diferencia entre ambos es, “racista”.

CLARAMENTE UN MUCHACHO JAPONÉS (ASÍ SE PERCIBE ÉL; TODO LO OTRO ES UNA CATEGORÍA INVENTADA POR LAS SOCIEDADES BLANCAS RACISTAS)

Sin embargo, es precisamente esta máscara de bondad y ceguera voluntaria la que ha llevado en los últimos tiempos a países como Francia o Inglaterra al desastre social en el que ahora mismo se encuentran inmersos. Piensen en ciudades como –por ejemplo– Leicester, en los cambios abruptos que ha experimentado en sólo apenas un par de décadas; cambios que han desplazado a su población nativa sustituyéndola gradualmente por población foránea. Hay, de hecho, municipios de Londres –Brent, Newham, Tower Hamlets, etc.– en los que ya casi no existen residentes blancos y donde nadie habla inglés. 

Claro, puede que esto, dependiendo de tu afiliación política, te parezca bueno o malo. Seguramente haya quienes lo encuentren positivo, ya que, como dijo una vez Susan Sontag, “la raza blanca es el cáncer de la humanidad”, y quizás acá Wainstein y Carlos Musso puede que estén de acuerdo en algo; y que conste que digo Wainstein porque uno de los fundadores del paradigma antiblanco proinmigración que hoy por hoy domina tanto a la izquierda progresista como a la antiprogresista, fue un antropólogo judío de principios del siglo XX llamado Franz Boas. Este último se volvió muy famoso por sostener que es imposible establecer diferencias o jerarquías reales entre distintas culturas, y que “todo depende con el lente con el que se mire”, Según él, en realidad el único enemigo a atacar es la cultura blanca cristiana europea y sus valores sagrados, así como su racismo, su militarismo y su nacionalismo. 

Ustedes se preguntarán ahora qué proponen individuos como Boas o cualquier socialista de tendencia antiestalinista/antisionista que hoy por hoy se declare crítico de la izquierda progresista. Bueno, básicamente un país donde no exista una mayoría de individuos de raza blanca; un país donde no haya tradiciones ni religiones, salvo un residuo muy secularizado de ellas; un país sin bandera propia, donde no haya una historia común que se retrotraiga a cientos y cientos de años, sino un relato corto, compartido y articulable de acuerdo a la sensibilidad del momento; algo parecido a lo que ocurre con el fenómeno de “nuestra historia reciente”, una narración en formato Netflix en la que los jóvenes y valientes tupamaros se enfrentan a los crueles y despiadados militares, que –como tan de moda está ahora –, según las investigaciones que se están llevando a cabo en la nada sesgada academia uruguaya, resulta que aparte de fachos eran todos unos transfóbicos.

3. Ante el racismo”, el militarismo y el “nacionalismo blanco de cuño europeo”, el izquierdista medio dice proponer más “libertad” e “igualdad”; en otras palabras: dejar a todo el mundo hacer lo que quiera, sin normas, estigmas sociales o intervención estatal. Y «libertad», en este peculiar sentido del término, es justamente lo que pregonan corrientes como el liberalismo o el incipiente libertarianismo local, pero, me parece que la mayor parte del tiempo estos interlocutores no están hablando de una libertad genuina, una que permita alcanzar el bienestar supremo o la armonía colectiva, sino de un mero desorden y libertinaje en las formas y costumbres.

Por otra parte, el término «igualdad» para un izquierdista quiere decir, en la práctica, la destrucción de todo rango o jerarquía, sustituyendo estos por políticas públicas destinadas a favorecer a las minorías, independientemente del talento o capacidad real que demuestren los individuos que las componen, y siempre en detrimento de la población blanca, masculina y heterosexual, quienes, de acuerdo a la gran mayoría de los referentes de la izquierda internacional, hemos sido y seremos siempre “el cáncer de la humanidad”. 

Muestra y reflejo de esto es que, al igual que en el apartado raza –y pese a su postura supuestamente crítica hacia las corrientes feministas–, la izquierda antiprogresista aún dice abogar por la igualdad entre los sexos, eligiendo así desconocer algo evidente y antes tenido por obvio: la complementariedad natural entre hombre y mujer, y las múltiples diferencias que derivan de esta. El matrimonio y la familia patriarcal fueron –hasta hace sólo doscientos años– los pilares fundamentales de nuestra cultura y nuestra civilización y, sin embargo, antes incluso de la aparición del feminismo y de la así llamada queer theory (corriente creada por Gayle Rubin y Judith Butler, activistas pro-pedófilas y parte del pueblo elegido…, ¡Igual que Franz Boas y Susan Sontag!), Marx y Engels lanzaban afirmaciones del estilo de: 

«La familia moderna contiene en germen, no sólo la esclavitud (servitus), sino también la servidumbre, y desde el comienzo mismo guarda relación con las cargas en la agricultura. Encierra, in miniature, todos los antagonismos que se desarrollan más adelante en la sociedad y en su Estado» 

«El primer antagonismo de clases que apareció en la historia coincide con el desarrollo del antagonismo entre el hombre y la mujer en la monogamia; y la primera opresión de clases, con la del sexo femenino por el masculino».

Poco después irrumpió Sigmund Freud en escena, quien, con un par de teorías trasnochadas e inverificables, logró estafar a un montón de señoronas judías y a varios miembros de la élite vienesa. A partir de él, la institución familiar será doblemente cuestionada: ahora ya no es sólo un ámbito de opresión social y económica, sino que es el suelo fértil de la neurosis e insatisfacción sexual que tanto aquejaba a la alta sociedad durante aquella época. No es raro que, siguiendo esta línea de razonamiento, hoy en día haya varios académicos e intelectuales sosteniendo algo así como que la sexualidad es un espectro cambiante sin límites precisos; uno en el que todo rol, coto o norma es fruto de la opresión y de la socialización “patriarcal”; de hecho, todo esto viene de mucho antes, e históricamente ha sido la izquierda y sus derivas marxistas las que en menor o mayor medida lo han promovido.

4. El gran logro del Frente Amplio, y de la izquierda en general, ha sido la creación de un nuevo modelo de ciudadano: un autómata bruto, sin valores ni principios, que va por la vida comprando a préstamo cosas que no necesita, dándose unos pocos gustos aquí y allá hasta que un día –cuando a Micaela Melgar le dén la orden– se presente y apruebe en el parlamento una ley de suicidio asistido y, entonces, ahí sí el banana decida por fin concurrir a una ventanilla del BPS a sacar hora y fecha para hacer algo que perfectamente podría hacer por su cuenta pero que, por cómodo y cobarde, prefiere dejar ahora en manos del estado y de sus largos y engorrosos procesos burocráticos. 

ESTO ES LO QUE TARDE O TEMPRANO VAN A IMPONER ACÁ

5. Lo más indignante, tanto de nuestros políticos como de nuestros operadores mediáticos de izquierda (y esto aplica tanto para los más progresistas como para los más “conservadores”), es cuando uno los ve golpearse el pecho y jactarse del «alto nivel institucional» y del «enorme respeto a los derechos humanos» que existe en el Uruguay. 

Por lo general, sueltan estas frases huecas cuando uno saca a colación el tema de las crecientes tasas de delito, así como la pobreza y los asentamientos; como si buscaran hacer una suerte de ejercicio exculpatorio. Luego, intentando refutar el susodicho argumento, apelan al clásico truco de proponer más y más “políticas públicas de calidad”, “planes de emergencia” o, si no, una mayor articulación entre “academia y territorio”.

Lo repetitivo y manido de esta tesis no escapa al grueso de la población económicamente activa del Uruguay, quienes cada día debemos soportar con nuestro trabajo y nuestros impuestos un perverso sistema diseñado únicamente para su propia reproducción, un sistema que año a año no hace otra cosa que agrandarse con más y más burocracia y más y más planes sociales financiados a partir de déficit y subsidios.

6. Es importante subrayar que, tanto políticos como intelectuales, desde el momento en que hacen su aparición en la palestra pública, optan por no servir tanto a un interés social o comunitario como a uno individual o, mejor dicho, a aquel que mejor guíe su propio interés.

Quizás el mejor ejemplo de esto sea el que pregonan los jóvenes periodistas egresados de la Udelar. Cuando uno se detiene a hablar con ellos y los consulta acerca de cuáles son sus expectativas e impresiones sobre el mundo de los medios y la prensa escrita (lamentablemente, en última instancia, la principal encargada de sostener el teatrillo de la política partidaria y varios de sus supuestos “conflictos”), el eterno pasante contesta que lo mejor es siempre tratar de “no molestar ni incomodar a nadie” (sobre todo a editores y anunciantes); que lo que uno tiene que hacer es limitarse a transmitir de manera “objetiva” la información y el punto de vista del medio del que “eligió formar parte”.

El resultado de esto es que el uruguayo medio está tristemente desinformado sobre lo que ocurre, tanto en su país como en el resto del mundo, y carece, por lo tanto, de herramientas claras a partir de las cuales criticar e interpretar la realidad; de hecho, la mayor parte del tiempo simplemente se limita a tomar como cierto cualquier cosa que digan los titiriteros de las pantallas de Canal 12 o Canal 10 (los tontos más sofisticados prefieren leer La Diaria o Búsqueda).

Claro, alguien podría argumentar que este silencio o meramente acomodo a las estructuras preexistentes de un medio entraría en directa contradicción con algo así como “la ética periodística”; a lo que uno haría bien en recordar que el periodismo militante no tiene nada de idealista, y que aquellos actores que con frecuencia dicen dedicarse a él por motivos puramente vocacionales suelen contarse entre las personas más cínicas e interesadas que uno puede cruzarse en la vida.

«Utilización de la pequeña falta de honradez.– El poder de la prensa consiste en que los individuos que están a su servicio se sientan muy poco obligados. Dicen ordinariamente su opinión, pero también alguna vez no la dicen, para servir a su partido, a la política de su país o a sí mismos. Estos pequeños delitos de falta de honradez, o quizá solamente de silencio poco honrado, son de consecuencias extraordinarias, porque los cometen muchas personas a la vez. Cada una de ellas se dice: «Por el precio de un tan pequeño servicio yo viviré mejor, podré encontrar mi subsistencia; por la ausencia de tan pequeños escrúpulos, no me haré imposible.» Como moralmente parece casi indiferente escribir una línea más o no escribirla, el hombre que posee dinero o influencia puede hacer de cualquier opinión la opinión pública. El que sabe que la mayor parte de los hombres son débiles en las cosas más pequeñas y quiere alcanzar por ellos sus propios fines, es siempre un hombre peligroso.»
F. Nietzsche. Humano, demasiado humano.

En política ocurre exactamente lo mismo: tanto ministros como parlamentarios están más interesados en conservar un sistema de gobierno que les sea directamente beneficioso –en tanto y en cuanto es la única forma que han encontrado de percibir un lucrativo salario y, en un futuro cercano, una lucrativa jubilación– que en asegurarse de que ese régimen –el que ellos todo el tiempo insisten es el mejor– beneficie a aquellos ciudadanos a los que supuestamente está dirigido.

Tanto la izquierda progresista como la antiprogresista son campeonas en esto: en hacer moralina barata y gárgaras con la palabra “democracia”.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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