SOBRE LAS MUJERES QUE AMAN A LOS ESCRITORES


SOBRE LAS RELACIONES AMOROSAS ENTRE ESCRITORES Y MUJERES A LO LARGO DE LA HISTORIA.—Me entero de que J. K. Huysmans sólo se acostaba con prostitutas y que, además, durante su vida, fue uno de esos solteros crónicos que solamente pueden amar a una única mujer y que, luego de fallecida esta, no se hacen ilusiones con respecto a su porvenir amoroso… Algo similar a aquello que le ocurría a Guy de Maupassant, a quien, salvo por su madre, sólo se le conoce como compañía estable una única mujer: una modista judía con la que supuestamente habría llegado a tener tres hijos, aunque sobre esto no parece haber un consenso definitivo entre sus biógrafos. ¿Debo aclarar que, al igual que Huysmans, Maupassant también era un asiduo visitante de burdeles y prostíbulos? Fue allí, de hecho, que contrajo la infame sífilis que más adelante le costó la cordura y acabaría dando con sus huesos a un manicomio. Con Ramón López Velarde pasó lo mismo. En cuanto a relaciones románticas, es sabido que el célebre poeta mexicano corría sin suerte, debiendo, por lo tanto, transmutar sus deseos reprimidos en una peligrosa afición por los lupanares del distrito federal de México, la cual, por supuesto, terminaría derivando en una grave sífilis que contribuyó asimismo a su fallecimiento.

En general, a lo largo de la historia las relaciones amorosas entre escritores y mujeres han sido un tema aparte. Dos modelos, no obstante, se repiten una y otra vez. El primero es el de la acompañante fiel y abnegada, aquella mujer que no sólo es la inspiración y el gran amor en la vida del escritor, sino que también parece destinada a convertirse a su vez en una suerte de “colaboradora en las sombras”, siempre velando por la comodidad y seguridad creativas del artista.

Recordemos que, de nuevo, por lo general, a lo largo de la historia todo escritor que haya valido remotamente la pena es a los ojos de sus contemporáneos un bicho raro, un ser incomprendido; un distinto. ¡Y no nos engañemos al respecto!: la mayoría de ellos terminan rotos, marginados y muy difícilmente logran alcanzar durante su vida una mínima cuota de reconocimiento. Es aquí donde entran en escena compañeras como Dolly Onetti, Jeanne Bloy, Nora Barnacle, Clara Aparicio Rulfo y demás mujeres con un fervor a prueba de balas que, enamoradas al pie de la letra de su marido y de su obra, impresionadas por su monacal empeño, buscan acomodarse a su frugal rutina y a un estilo de vida muchas veces ingrato, apartado de los convencionalismos de la época en la que les tocó crear.

Basándonos en el sentido común, haríamos bien en creer que estas relaciones tienen todos los ingredientes para ser un fracaso, pues, reconozcámoslo: lo cierto es que carecen de pies y cabeza –al menos desde un punto de vista material-financiero–, y, por supuesto, en épocas más civilizadas (cuando los matrimonios eran arreglados por el pater familias) eran sistemáticamente desincentivadas. Famoso es el caso de Crates de Tebas e Hiparquía, y las dificultades que esta última tuvo que enfrentar para que sus padres le permitieran contraer matrimonio con el filósofo. Tan profunda era la devoción que aquel griego inspiraba en la joven, que amenazó con quitarse la vida si su padre no la entregaba a él. Por supuesto que, al final, el patriarca tracio tuvo que terminar cediendo y ver a su hija renunciar a una vida de riqueza y comodidades. 

Esta entrega tan ciega, tan demencial e insensata, sería hoy inverosímil en un mundo donde la feminidad se ha convertido en un atributo proscrito; un mundo donde la mujer es por defecto llamada a facturar y a vivir de forma promiscua e “independiente” (aclaremos; independiente respecto de su marido, pero no de su jefe o del todo poderoso estado; lo crean o no, a esto algunas han dado en llamar “libertad”). Un ejemplo de esto puede encontrarse en la tediosa y estirada crónica que firmó el travesti argentino Leila Guerriero sobre Dolly Onetti, a quien curiosamente elige referirse por su nombre de soltera –Dorothea Muhr–. Guerriero nunca lo explicita –prefiere, sugerirlo, obviamente–, pero según ella parece haber algo malo o desconcertante en el hecho de que una mujer se entregue con tal fervor a su marido, renunciando, de cierta forma, a sí misma. 

El segundo prototipo vincular, no obstante, seguro le simpatice más, pues es ese tipo de relación que señalé al principio, aquella que requiere de una mujer suelta y desinhibida, por lo general suscripta al gremio de las actrices, bailarinas o prostitutas –me pregunto yo: ¿acaso no son las tres cosas un poco lo mismo?–; esta mujer, como ya se imaginarán, ha sido históricamente la encargada de acompañar al artista en un remolino cuesta abajo de placeres y destrucción, estimulando en el acto su creatividad y acelerando a la vez la llegada de su catastrófico final. Ya nombré a Maupassant y a Ramón López Velarde, a los que siento ahora la obligación de agregar ilustres apellidos como el de Baudelaire o Catulo; el primero de estos murió relativamente joven, afásico y sifilítico, torturado por la culpa y los pecados de la carne –es sabido que, afortunadamente, en su lecho de muerte recibió la extremaunción–; del segundo se sabe poco y nada, aunque las escasas fuentes de las que disponemos atribuyen su misteriosa muerte a la temprana edad de 30 años a la vaga causa de “agotamiento”, lo cual no es difícil de imaginar cuando uno lee su obra y se entera de sus andanzas con Lesbia (la mujer suelta y deshinibida que inspiró gran parte de su poemario).

En definitiva, la humanidad debe mucho a estas mujeres que tras bambalinas han prestado su atención y apoyo desinteresado a algunos de nuestros más grandes artistas. ¡Salú por ellas!

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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