SOBRE POR QUÉ CREO QUE LOS HOMBRES SOMOS EL SEXO MÁS ROMÁNTICO Y SENSIBLE Y LAS MUJERES SON, EN REALIDAD, TODAS UNAS NINFÓMANAS OBSESIONADAS CON EL SEXO Y EL DINERO


SOBRE POR QUÉ CREO QUE LOS HOMBRES SOMOS EN REALIDAD EL SEXO MÁS ROMÁNTICO Y SENSIBLE Y LAS MUJERES SON, EN CAMBIO, TODAS UNAS NINFÓMANAS OBSESIONADAS CON EL SEXO Y EL DINERO.—Si el día de mañana se hiciera una encuesta preguntándole a gente de ambos sexos cuál de los dos es el más “romántico y sensible”, no cabe la menor duda de que la mayor parte de los encuestados respondería: “las mujeres”. 

Y sí, claro, es la respuesta obvia; después de todo, ¿quiénes sino ellas se emocionan más con, por ejemplo, una novela brasilera, o suelen tomarse más a pecho una discusión con su pareja?

Los hombres, por contraste, seríamos vistos como fríos e indiferentes –a veces incluso tachados de ordinarios–, con la mala costumbre de evitar quejas o exteriorizar nuestras emociones, y siempre actuando como corresponde; es decir, sin importar las consecuencias de nuestros actos.

No voy a mentir: hay algo de verdad en esto, pero antes hay que realizar algunas aclaraciones.

Los hombres del siglo XXI somos en realidad tan o casi más emocionales que las mujeres del siglo XXI, sólo que durante una etapa de nuestro proceso de maduración y adaptación social hemos debido aprender a gestionar o, a veces, incluso, hacer a un lado nuestros sentimientos y seguir adelante. Este tramo madurativo del que estoy hablando es insoslayable en la vida de todo hombre, y de no superárselo de forma adecuada indefectiblemente traerá como resultado un montón de desaires y complicaciones a futuro.

El primero que se me ocurre es el del no poder desempeñarse solventemente en ninguna área laboral seria (y que conste que aquí no hablo de tareas vinculadas a la academia o a la función pública; estoy hablando de trabajos REALES); el segundo, refiere al fracaso amoroso y a los grandes daños psíquicos y económicos que este puede llegar a acarrear en tiempos actuales.

Y esto es así, señoras y señores, ya que por sobre todas las cosas el hombre debe de ser frío, competente y capaz de superar los obstáculos que se le presentan en su vida diaria; un hombre no puede hacer como gran parte de las mujeres uruguayas hoy día y esperar a que un tercero o el estado resuelva las cosas por él; de hecho, es clave –por no decir imprescindible– que cumplidos los veinte años un hombre ya sepa “darse idea”; es decir, entender cómo funciona el motor de un auto –por ejemplo–, o cómo destapar una chimenea o cómo cocinar al menos algunas comidas básicas. 

Y esto vale para todos los ámbitos y estratos sociales, pues ni siquiera en ambientes feminizados o aquellos en los que gracias a la ingeniería social y a los cupos de género predominan las mujeres de clase media-alta, está bien visto que, cuando las papas queman, un hombre no se muestre por defecto competente, decidido e independiente (y esto más que nada entre aquellas que supuestamente constituirían por antonomasia el sexo sensible y empático, pues estas suelen ser verdaderamente despiadadas cuando se encuentran a un hombre que no cumple de forma cabal estas condiciones).

Creo que esto es algo que en el fondo todos sabemos; tanto por intuición como por experiencia práctica. Ahora, resta entender por qué de ser así, aún sostengo que los hombres somos, en comparación a las mujeres, el sexo más “romántico y sensible”.

Para empezar, déjenme contarles una anécdota. Le pasó a un amigo con el que trabajé durante un par de meses en un call center de Aguada Park. Puedo confirmarla, ya que de cierto modo fui testigo involuntario de parte de ella. Él, hasta el día de hoy, es un tipo bastante callado y sensible, de esos que no abren la boca salvo que se los invite a hablar.

Un día, durante nuestra media hora de descanso, me comenta como al pasar que empezó a hablar con una compañera; la chica en cuestión es una de esas chiquilinas “aparentemente sanas”, una de esas chicas lindas pero no despampanantes, que debido a su timidez y bajo perfil no suelen llamar demasiado la atención.

Uno creería que son tal cual el uno para el otro, ¿no? 

El tema es que tan pronto como empezaron a hablar, ella, al parecer, le habría compartido muchas cosas personales, creando así rápidamente entre ambos un clima de excesiva confianza. Semanas después, él se la juega y la invita a hacer la media hora de descanso juntos. Van a la placita abandonada que hay cerca de la torre de Antel. Durante aquel rato libre, ella, al parecer, toma y acaricia su mano unos instantes, lo cual él enseguida interpreta como una inequívoca señal de interés mutuo. Sin embargo, cuando se acerca a darle un beso, ella le corre la cara y dice algo así como “¡Ay, todos iguales ustedes; siempre me pasa lo mismo con los hombres!”. 

Mi amigo, como ya se imaginarán, se deshace en disculpas y queda triste por varios días, sintiéndose un gil por haber malinterpretado aquel gesto. 

Cuestión que, una semana después, me cruzo a la chica en la cantina del trabajo. Está a sólo dos o tres mesas de distancia de donde yo estoy sentado, hablando con otro par de compañeras. De pronto, las oigo reírse con palpable crueldad. Enseguida paro la oreja y escucho: ¡Se están riendo de mi amigo y de sus intentos –en mi opinión– para nada infundados de besarla! 

¡ASÍ SON!

… Si la anécdota no quedó del todo clara, déjenme que se las explique: la chica “aparentemente sana” de la que estoy hablando, y con la que se ilusionó mi amigo, no era sino otra más de esas guachas que en aras de satisfacer su propia vanidad, bebotean deshonesta y despiadadamente a todo flaco que se les pone delante, y luego, una vez que han terminado de crear falsas expectativas en él, se desentienden y dicen no comprender qué es lo que ha ocurrido.

Hasta donde yo sé, no hay un equivalente masculino a esto; los hombres no necesitan engrupir a alguien de forma tan ridícula para sentirse bien durante un rato consigo mismos; el ego masculino pasa por otro lado… 

Me acuerdo que esa noche, durante el viaje de regreso en ómnibus a casa –lo crean o no–, el chofer puso música bossa nova, “Insensatez”, de Tom Jobim, y al escuchar aquella sencilla y preciosa letra describir los pensamientos de un flaco torturándose a sí mismo tras haber rechazado a la mujer que lo ama, pensé en mi amigo y en esa mentira de que las minas son más románticas y sensibles que los hombres, cuando, en realidad, es precisamente al revés: ¡Somos nosotros quienes sufrimos de verdad por causa de la mujer, incluso en circunstancias que a simple vista no ameritaría hacerlo! ( ̶p̶o̶r̶ ̶e̶j̶e̶m̶p̶l̶o̶ ̶c̶u̶a̶n̶d̶o̶ ̶l̶a̶s̶ ̶e̶n̶g̶a̶ñ̶a̶m̶o̶s̶ ̶c̶o̶n̶ ̶o̶t̶r̶a̶ ̶m̶u̶j̶e̶r̶ ̶o̶ ̶a̶l̶g̶u̶n̶a̶ ̶d̶e̶ ̶s̶u̶s̶ ̶a̶m̶i̶g̶a̶s̶).

Es sabido que hay pocas cosas más traumáticas para un hombre que terminar una relación con su mujer. En serio. El tipo puede pasarse meses o incluso años pensando en la chica en cuestión, teniendo pesadillas con ella o comiéndose el coco con cosas que dijo o no dijo. Las mujeres, pese al mito de su mayor sensibilidad y romanticismo, suelen atravesar mucho mejor el proceso de duelo y recuperación tras una ruptura amorosa. ¿No me creen? Vamos…, que ya a las dos semanas de haber terminado con su novio están preparando meticulosamente junto a sus amigas un detallado cronograma con los nombres de todos los tipos que las van a empomar durante el resto del año y también parte del siguiente (muchos de ellos, por supuesto, cuidadosamente seleccionados de entre la lista de amigos cercanos del ex en cuestión; sí, así son…)

Y aquí entra otra pata de la mentira esa de que las chicas suelen ser más “románticas y sensibles” que los varones, más concretamente el planteo falaz de que los hombres somos todos una manga de ordinarios obsesionados con la búsqueda del placer y el sexo: es, de hecho, ¡al revés! ¡Son las mujeres las que están más obesionadas con el sexo y las que mayor placer experimentan durante él! 

Y que conste que esto no lo digo yo, no, el mito griego de Tiresias, el adivino ciego de la ciudad de Tebas, lo dejó en claro ya hace dos mil y pico de años. Para los que no lo conocen, déjenme que se los resuma bien rápido: Tiresias era un muchacho joven que solía pasear por el bosque. Un día, luego de hacer trucos con su bastón mágico y un par de víboras, se transforma por accidente en una mujer. A continuación, vive siete años dentro del cuerpo de una fémina común y corriente aprendiendo cómo es la vida desde esa perspectiva. Luego de cumplido dicho periodo de tiempo, mágicamente vuelve a convertirse en un hombre. Poco después se desata en el seno del Monte Olimpo una crisis matrimonial entre Zeus y Hera. El motivo de la querella es que el rey de los dioses ha afirmado que las mujeres disfrutan más del sexo que los hombres. Tiresias, dada su peculiar experiencia de vida, es llamado por Hera a resolver de una vez por todas dicha disputa. Cuando los dioses le preguntan cuál de los dos disfruta más, Tiresias es franco y responde: “las mujeres, por supuesto, ¡nueve veces más que los hombres!”.

Enseguida Hera le arranca los ojos.

Pero no tengo que recurrir a mitos y leyendas; ya he explicado antes cómo en realidad los los hombres ven al sexo simplemente como una forma de encontrar un poco de intimidad y afecto en este valle de lágrimas; mientras que, en cambio, las mujeres suelen practicarlo sin complicarse la vida y casi como un deporte de riesgo (según múltiples estudios hechos en todo el mundo, de entre la población, son las chicas y los varones homosexuales los que lamentablemente padecen una mayor tasa de enfermedades de transmisión sexual):

(…) alcanza sólo con echar un vistazo a la sexualidad femenina para llegar a la conclusión de que en apariencia esta es distinta y más compleja que la del hombre. Por poner un ejemplo, si consultamos cualquier libro de biología humana (de esos que leía Raúl Sendic en Cuba), las mujeres son ‘multiorgásmicas’, es decir, ‘capaces de experimentar varios orgasmos seguidos en un mismo encuentro sexual o en un periodo muy corto de tiempo’; esto no ocurre en el hombre quien, de hecho, debe esperar un lapso de minutos luego de haber alcanzado su orgasmo para reanudar el coito. Las mujeres, por otra parte, no se ven obligadas a sostener una erección durante la relación o, para el caso, tampoco a ‘rendir’ u ocupar permanentemente el rol activo durante la misma; su placer se ve reforzado por esta pasividad y por el hecho de saberse receptoras del deseo y la veneración masculina. En efecto, las mujeres en general disfrutan más del sexo que los hombres, y es sabido que cuando alguna de ellas se ve privada de su pareja o acompañante sexual predilecto (quien suele presentarse en la forma de un macho dominante con abundantes recursos económicos o un notable estatus social dentro de un determinado grupo particular, además de un miembro viril de tamaño y dimensiones considerables) estas caen en la neurosis o en el activismo político. Esto curiosamente en contraposición al varón medio quien, a menudo, ve en su angustia y frustración sexual la puerta de entrada a su creatividad e invención, atributos como ya sabemos responsables de todo avance y logro tecnológico o cultural de importancia.”

Un prolongado trabajo de campo y de acopio de información –en resumen: el haber conocido tanto a putas de vocación como a putas profesionales– me permite afirmar sin temor a equivocarme que los hombres son, en comparación a las mujeres, el sexó más romántico y sensible, POR LEJOS, y que, aunque la mayoría de la gente diga lo contrario, son pocos los ejemplos de tipos que sistemáticamente hayan usado a sus parejas como billeteras o mano de obra barata o vibradores tamaño XL; esto, por supuesto, en claro contraste a lo que la mujer posmoderna del siglo XXI suele hacer desvergonzadamente en su cotidianidad.

“¿Quién sufre más?.– Después de toda disputa y querella personal entre una mujer y un hombre, éste sufre sobre todo con la idea de haberle hecho mal, mientras que aquélla se lamenta, por el contrario, de no haberle hecho todo el mal posible, y se esfuerza en mortificarle con sus lágrimas y sollozos y gestos de disgusto.”
F. Nietzsche. Humano, demasiado humano.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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