SOBRE RICHARD “BEEBO” RUSSELL, EL REY DE LOS CIELOS (UNA CRÓNICA EN PARTE REAL, EN PARTE ESPECULATIVA Y/O ENSAYÍSTICA)


SOBRE RICHARD “BEEBO” RUSSELL, EL REY DE LOS CIELOS (UNA CRÓNICA EN PARTE REAL, EN PARTE ESPECULATIVA Y/O ENSAYÍSTICA).—«Hell’s Angels» fue uno de esos dramas bélicos estrenados a principio de los años treinta en el que dos jóvenes pilotos se enrolan en la fuerza aérea con el propósito de enamorar a la bella Jean Harlow. Dentro de su marginal género, puede decirse que es un clásico en toda ley, conocido sobre todo por sus vertiginosas escenas de combate aéreo, en las que llegaron a participar más de ciento treintaisiete pilotos sólo durante su secuencia final, una de las más apoteósicas en la historia del cine.

Dicha película y sus riesgosas acrobacias fueron lo primero que se me vino a la mente cuando leí la historia del joven washingtoniano Richard “Beebo” Russell.

«Hell’s Angels» es nada más ni menos que la reliquia cinematográfica de una época más civilizada, una época en la que las élites estadounidenses estaban mayormente compuestas por individuos blancos, cristianos, provenientes del norte europeo. Poco tiempo después, sin embargo, luego de terminada la segunda guerra mundial, estos serían astuta y sistemáticamente reemplazados por banqueros, académicos y empresarios ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶, quienes desde su nueva posición de poder habrían de asegurarse con total impunidad de minar paso a paso todos aquellos ideales y códigos de convivencia estipulados a fines del siglo XVIII por los padres fundadores estadounidenses.

Podés estar de acuerdo o no con esta afirmación (la verdad, a esta altura de las circunstancias no podría importarme menos), pero, en cualquier caso, uno haría bien en reflexionar sobre el hecho de que no pasa un día sin que aparezcan en los portales de noticias titulares como los siguientes: 

Los suicidios alcanzan nivel récord en los Estados Unidos; Los hombres, específicamente los hombres blancos, están impulsando esta tendencia”

o

Fallece un joven blanco miembro de la Fuerza Aérea de los Estados Unidos después de prenderse fuego fuera de la embajada de Israel

o

Detenido un hombre blanco de 21 años por la masacre racista de Charleston. El asesino disparó y mató a nueve personas negras en una iglesia

o el titular que me sirvió de pistoletazo de salida para la redacción de esta crónica:

El extraño caso de un hombre (blanco) que robó un avión del aeropuerto de Seattle y lo estrelló contra una isla

Todas estas noticias tienen el común denominador de ser protagonizadas por jóvenes blancos de clase media-baja u obrera. Frecuentemente son, a su vez, atribuidas al problema abstracto del “odio”, la “ignorancia” o los “prejuicios” de –como decía Borges en uno de sus primeros relatos– los “poor whites”, la “gentuza blanca”. Pero yo quiero ir más allá de eso y poner de relieve cuáles son las causas profundas que están llevando a estos jóvenes a realizar actos de tal naturaleza.

Empecemos.

Richard “Beebo” Russell era un empleado de tierra de la aerolínea washingtoniana Horizon Airlines. Beebo pasaba sus semanas entre el humo, el ruido de los motores y el olor a queroseno, cargando maletas y preparando aviones para destinos que nunca llegaría a conocer. Pero él no se quejaba. Aquél era su deber. Y Beebo sabía bien que nadie le debía nada. Así es la vida. “No sos especial”, se decía frecuentemente, “Nadie lo es”. 

Beebo tenía 29 años, era cristiano, estaba casado y sin hijos. Conforme avanzaban los días, al parecer, un sentimiento de angustia, de estar atrapado sin salida empezó a permear dentro de él.

Un viernes 10 de agosto de 2018, Beebo fue a trabajar como todos los días. Marcó entrada a las 14:30 y se dirigió, igual que de costumbre, a una de las rampas en el extremo norte del predio. Beebo sabía lo que estaba a punto de hacer. Venía fantaseando con ello desde hacía meses, y una vocecita adentro de él lo instaba insistentemente a actuar de una buena vez.

A las 14:46, Andrew Drury, uno de los operadores de tráfico aéreo del aeropuerto, advirtió en su pantalla de control que algo no andaba bien:

—Aeronave en Charlie en la pista 1-6-Centro, identifíquese. 

—…

—Aeronave en Charlie en la pista 1-6-Centro…, identifíquese, por favor. 

—…

—¡Maldición! –exclamó, sacándose los auriculares a uno de sus compañeros en la torre– ¡¿Quién es el Dash 8 en la pista 1-6-Centro, y por qué está yendo rumbo a despegue?!

La pregunta de por qué Beebo pudo haber llegado a cometer un acto tan incomprensible como desesperado, no puede responderse con explicaciones monocausales. Tampoco apelando a lugares comunes como la “ignorancia” o el remanido paradigma de la “salud mental” y sus habituales clichés. Detrás de este aparente arrebato de locura, hay razones fundadas, razones sólidas que creo yo vale la pena explorar… 

—Hola, aquí Richard Russell al habla, soy un empleado de tierra, la verdad es que no sé muy bien lo que estoy haciendo, nunca piloteé un avión, en serio…

Drury, boquiabierto, con la vista fija en el monitor, controlando a su vez el despegue del Dash 8 que piloteaba Beebo, le responde:

—¿Cómo?… Espera un minuto, intentaré encontrar a alguien que sepa (“Por Dios”, dice fuera de micrófono a uno de sus compañeros, “parece que nunca ha pilotado un avión”).

A medida que me engancho leyendo más y más sobre Beebo, más siento que su historia es también un poco la mía. Bah, la de todos nosotros, en realidad; hablo de esa generación de gurises que no tuvo otra que bancarse el lavado de coco que le hicieron en el liceo y la universidad; esa generación de gurises que se pasó la adolescencia encerrada en el cuarto, sedada con videojuegos y mujeres virtuales; esa generación de eunucos, cuyas chiquilinas ya con trece o catorce años ensayaban pareja con pibes de dieciséis, diecisiete o incluso veintipico de años, beboteando las veinticuatro horas en Instagram y demás redes sociales, volviéndose unas egocéntricas incurables, lisiando sus espíritus por y para siempre; esa generación cuya única forma de subsistir diariamente en esta farsa de país hoy en día es una de dos: convertirse en un engranaje dedicado cien por ciento al funcionamiento de una empresa cuya labor y ganancias están destinadas íntegramente al exterior o, si no, tener la suerte de salir sorteado para un empleo público. 

—Disculpa que no te haya podido responder antes, estaba vomitando un poquito…

—Relájate, suele suceder con los pilotos inexpertos… ¿Cómo te sientes ahora, Russell?

—¡Genial, esto es buenísimo! Mira: yo de chico jugaba al Microsoft Flight Simulator, así que en realidad alguna idea de lo que estoy haciendo, tengo…

—¡Increíble! 

—… Sólo quiero hacer algunas piruetas, mostrarles que estoy a la altura.

Beebo aún no lo sabe, pero en ese momento la NORAD (sigla en inglés de “Comando de Defensa Aeroespacial de América del Norte”) se está poniendo manos a la obra, contactando a otro de los operadores de tráfico aéreo de Horizon Airlines, e intentando controlar y anticiparse así a cada uno de sus movimientos; quieren descifrar, en definitiva, si Beebo es uno más de esos locos suicidas y/o supremacistas blancos que tanto aparecen en los informativos. Aproximadamente diez minutos después, dos cazas F-15 de la Fuerza Aérea estadounidense despegarán de una base secreta ubicada en el aeropuerto de Portland, Oregon, a interceptar y de ser necesario atacar el Dash 8 pilotado por Beebo. 

—Muy bien, Richey, pero antes de eso me gustaría hacerte algunas preguntas, ¿Está bien?

—Entendido.

—¿Eres capaz de decirme a qué altitud te encuentras?

—Ehhh, creo que sí…

—¿Sabes cuánto combustible te queda?

—Espera…, primero quiero divertirme un rato –responde Beebo, y sobre un cielo absolutamente despejado, enfila en dirección al monte Rainier, un estratovolcán ubicado al sureste de la ciudad de Seattle.

—Richey, en estos momentos tengo a uno de nuestros pilotos sentado junto a mí, si tienes alguna pregunta, puedes hacérsela ahora.

—Nah, tranqui, no hace falta, en serio. Ya te dije que jugué algunos videojuegos antes; de hecho, estoy volando manualmente ahora mismo.

—¡¿Cómo?! Richey, ¿Puedes decirme por qué estás haciendo esto?

—(La comunicación se corta en parte). ¡Yo qué sé, flaco!, ponele que soy sólo otro tipo roto al que le faltan un par de jugadores, ¿Okay? –y después de exclamar esto, levanta el morro del avión y con la aeronave en posición invertida, procede a trazar de golpe un círculo en medio del aire.

—¡¿Richey, Richey, te encuentras bien?! –exclama preocupado Drury.

—¡Fenomenal! ¡Mejor imposible, en serio! ¿Vieron lo que acabo de hacer?

Al principio dije que lo primero que se me vino a la mente cuando leí la historia de Beebo Russell era la película de 1930, «Hell’s Angels», y su apoteósica secuencia final. Bueno, ahora mismo me viene a la memoria otra escena, aunque esta vez de una película mucho más reciente titulada «El aviador»; en ella se recrea parte del proceso de filmación de –justamente– «Hell’s Angels», y hay un momento en particular que me parece echa luz sobre la psique de Beebo y de todo hombre blanco heterosexual en el mundo.

Si mal no recuerdo, ocurre durante los primeros minutos de metraje, cuando Howard Hughes (el protagonista de la película y a su vez director de la ya mencionada «Hell’s Angels») asiste a una fiesta celebrada por un grupo de empresarios y productores judíos de la Metro-Goldwyn-Mayer. Allí, más desubicado que toro en un gallinero, Hughes pide prestadas unas cámaras para poder terminar de rodar su película. Enseguida los empresarios se ríen de él y del tortuoso proceso de producción de «Hell’s Angels» (creo que un momento le increpan el no ser lo suficientemente cuidadoso con su dinero, y hasta le aconsejan guardarlo en el banco), y luego lo mandan a freír espárragos. Sin embargo, quiero aclarar que esa garra e inocencia que demostraban Hughes y Beebo no es casualidad, sino una seña particular de aquello que Nietzsche llamaba hiperbólicamente en su libro «Aurora», “la bestia rubia” (así como de cualquier individuo blanco proveniente del norte, centro y mediterráneo europeo), y estoy convencido de que es eso lo que en circunstancias muy particulares lleva a individuos como Beebo o Hughes o a nosotros a tomar acciones desesperadas o, como comúnmente se dice, “jugarnos el todo por el todo”.

Montaigne también hablaba de esto en uno de sus ensayos, cuando citaba la máxima de Polibio “Eam vir sanctus el sapiens sciet veram esse victoriam, quae, salva fide el integra dignitate parabitur” (“El hombre virtuoso y prudente debe saber que la sola victoria verdadera es la que pueden aprobar el honor y la buena fe”); esto es, en mi opinión, lo que en última instancia vuelve a ambos figuras de lleno incomprensibles para la prensa (que como bien sabemos se compone mayormente de integrantes de una etnia que no me está permitido nombrar), así como para todo hombre sin espíritu.

Y que conste que al decir esto no estoy intentando justificar la decisión de Beebo de robar un avión con capacidad para 78 pasajeros, meterse a hacer piruetas y potencialmente poner en peligro la vida de cientos de personas, sino entenderlo.

—Muy bien, Richey, muy bien; ahora por favor intenta no concentrarte tanto en volar el avión manualmente, y empieza a averiguar cómo usar el piloto automático, ¿Okay?

—Bueno, pero qué decís, ¿Si aterrizo con éxito, Horizon me dará un trabajo como piloto?

—Bueno, si logras hacerlo, estoy seguro que te van a dar el trabajo que quieras.

—Nah, no creo, soy un hombre blanco…

—…

En ese preciso momento, los dos cazas F-15 de la Fuerza Aérea estadounidense que mencioné antes, empezaban a acercarse más y más a Russell; para entonces, como ya se imaginarán, todos los vuelos en los cercanías habían sido suspendidos.

—¿Puede ser que me hayas mandado dos cazas por casualidad? Me parece que vi una bengala…

—No, no; no es lo que estás pensando, en serio; la idea es mantenerte alejado de todo avión en las cercanías y conducirte a un sitio de aterrizaje seguro. Para eso los enviaron…

—¡Genial! ¡Eu, tú, piloto sentado al lado del operador! ¿Crees que esta cosa pueda hacer un… un backflip?

—Richey, acá el piloto Bill al habla. Ese Dash 8 que estás pilotando ahora mismo es un avión con capacidad para 78 pasajeros. No fue diseñado para hacer piruetas aéreas. ¿Me escuchas? Ese Dash 8

—Me parece que ahora que estoy cerca de la costa voy a hacer otra voltereta. Lo cierto es que no me queda mucho combustible, muchachos. Hago esto y ya está, en serio.

Lo que sucede a continuación es uno de las proezas aviatorias más impresionantes de los últimos tiempos. Sobre todo teniendo en cuenta la nula experiencia de vuelo de Beebo (repito: el tipo nunca voló en su vida); a continuación, a aproximadamente 5000 pies de altura, Beebo levanta el morro de su Dash 8, inclina una de las alas a la derecha y procede a trazar un círculo sobre su propio eje longitudinal; segundos después, se precipita hacia abajo a toda velocidad, apuntando luego el hocico de su avión en dirección ascendente, evitando así rozar la superficie del agua por apenas un par de metros.

—¡Increíble! ¡No doy crédito a lo que estoy viendo! –exclama por radio el capitán Thomas Mitchell, uno de los pilotos de la Fuerza Aérea enviados a interceptar a Beebo.

—Efectivamente. Eso es un bien ejecutado “giro de tonel” –responde el primer teniente Steven Jerozolimsky.

—¡Perfecto, Richey, perfecto! Aquí de nuevo el capitán Bill. Felicitaciones, lo lograste hijo. Ahora intentemos aterrizar este avión de forma segura y así no lastimar a nadie. Mira: en estos momentos estás cerca de la Isla de Ketron. Por favor, presta atención al panel que hay a tu derecha y asegurate de bajar los tres interruptores que ves allí, ¿Entendido?

—Bueno… ya están bajos pero, no sé, Bill, no sé… Me parece que uno de los motores se está apagando…

Eagle One, Eagle Two, aquí centro de control. Procedan a derribar el objetivo. Órdenes del coronel Netanyahu.

—Control, aquí Eagle One. Recibido. Según las comunicaciones de la torre de control de Horizon, la aeronave estaría a punto de aterrizar cerca de las coordenadas 47.1 norte, 122.6 este, Isla de Ketron, cambio –responde el capitán Mitchell.

Eagle One, las órdenes son claras: derribar al Dash 8 y regresar a base, cambio.

—Control, aquí Eagle Two. Recibido. Confirmo posición junto a Eagle One –contesta el primer teniente Steven Jerozolimsky–. Preparándome para el lanzamiento del proyectil AIM-9 Sidewinder.

—¡Maldición! –exclama Mitchell– ¡Maldición!

El capitán había oído por radio las comunicaciones entre torre de control y Beebo, y en ellas había reconocido a un espíritu afín; a una suerte de hermano menor metido en problemas. Mitchell sabía bien que Russell y todo hombre blanco de su generación había sido estafado; que ya no contaban más con perspectivas ni con la posibilidad de un futuro digno; que en los Estados Unidos de América, no importaba cuán bien pudiera Beebo pilotar un avión, que ese trabajo tenía que ir necesariamente a un negro o a una mujer «empoderada» –independientemente de sus talentos y/o habilidades–; que gente como Beebo, aquella que en un principio había hecho próspera y segura a su nación, aquellos que un principio habían dado el primer puntapié, eran hoy activamente discriminados y perseguidos por el estado y los medios de comunicación. Y fue así que en esos momentos el capitán maldijo en su fuero íntimo a toda esa manga de perversos que, en aras de convertir a las mentes más brillantes de su generación en un montón de brutos y autómatas, se habían sacado de la galera el cuento ese del marxismo, el feminismo, la pornografía, y toda esa propaganda progresista sobre la «salud mental».

Y aquí es cuando yo también quiebro una lanza por él; por Beebo, quiero decir; o sea, vuelvo a repetirlo: no estoy intentando justificar la decisión de Russell de robar un avión con capacidad para 78 pasajeros y meterse a hacer piruetas y poner así en peligro la vida de cientos de personas pero, ¿Qué quieren que le haga? Yo también estoy pisando los treinta y tuve que bancarme y aún tengo que bancarme el estar atrapado en un laburo sin futuro y sin muchas chances de progresar; y todo por no ser puto o mujer feminista, y esto es así independientemente del número de habilidades o destrezas con las que pueda contar; y capaz que esto es algo que también te sucede a ti: por eso decía que la historia de Beebo es un poco la historia de todos nosotros. 

—Copiado, Eagle Two. Dispara cuando estés listo –ordenó la voz de centro de control al teniente Jerozolimsky–.

En esos momentos, Beebo aún no tiene idea de lo que le espera. Feliz y concentrado como está en pilotar el Dash 8, por espacio de un par de minutos cierra los ojos y recuerda su infancia; aquellas clases de catequesis cuando se preparaba para recibir La Primera Comunión (de hecho, él mismo ayuda voluntariamente en su iglesia local a algunos de los gurises más “difíciles”), cuando el muchacho que impartía aquellas sesiones les hablaba del Evangelio de San Lucas y de la parábola del buen samaritano, en la que se narra el encuentro entre un experto jurisprudente y Jesus, a quien el primero consulta:

—Maestro, ¿qué debo hacer para heredar la vida eterna?

Y Jesús le contesta que aquello que le había dicho en un principio (“amar al Señor con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”; “amar a tu prójimo como a ti mismo”) era la respuesta correcta.

Y, volviendo a abrir los ojos, admiró de nuevo desde las alturas de aquel maravilloso cielo despejado las cercanías del Monte Rainer, las montañas y picos nevados de la cordillera olímpica y las bellísimas playas de la costa este; aquella increíble obra de la naturaleza hecha por Dios como quien hace nada. Y por primera y última vez fue libre en la tierra como en el cielo.

Vuela alto, Beebo.

(1989-2018).

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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