SOBRE SER DE “IZQUIERDAS”, SUS PREMISAS FILOSÓFICAS Y SUS “JUEGOS DE PODER”


SOBRE SER DE “IZQUIERDAS”, SUS PREMISAS FILOSÓFICAS Y SUS “JUEGOS DE PODER”.– ¿Cuál es el principio fundamental que rige la psiquis de un progresista? ¿Será acaso el ateísmo, el materialismo, el igualitarismo, o quizás esa ciega y peculiar adhesión a todas y cada una de las directrices impuestas por el estado y la ciencia oficialista?

Cabría preguntarse, asimismo, si todos estos preceptos parten de un mismo punto, ¿quizás de ese rechazo tan particular que siente el zurdo a cualquier amago de rudeza o esfuerzo físico? ¿Pudo el miedo y la holgazanería, en un genial acceso de inspiración, haber parido todo un abanico político?

No descarto tampoco que estos hayan sido resultado de una mezcla de este y de lo que el izquierdista medio suele llamar una “serie de circunstancias desfavorables”. De ser sólo esto último, y el zurdeli ordinario fuese por lo tanto un individuo intentando sobreponerse y avanzar por encima de sus adversidades –creando mediante el uso de la violencia un nuevo orden de cosas, uno esculpido a su imagen y semejanza–, habría algo heroico en él.

Sin embargo, no este tipo de triunfo al que aspira el progresista medio (no hay que olvidar que toda genuina demostración de poder o pragmatismo es en la mente del progresista un pecado mortal), sino a uno cuyo curso de acción se preste a malas interpretaciones; en otras palabras, el progresista miente o cuanto menos deja para después la verdad de los hechos.

Veo un claro ejemplo de esto en las noticias del día de hoy. Justin Trudeau, primer ministro de Canadá, ha presentado en el parlamento un proyecto de ley (conocido también como “Ley C-63”) que en apariencia busca “proteger a los niños del odio y de los daños en Internet”. Al menos eso dan a entender los periodistas al reproducir fielmente cada una de sus edulcoradas palabras, olvidándose de subrayar –eso sí– cómo dicha legislación propone la cadena perpetua para los “defensores de genocidio”. 

¡Ahhh, por supuesto! ¡Hecha la ley, hecha la trampa! (y que quede claro que esto no lo digo en el sentido con el que comúnmente se utiliza la frase) ¡Pocas estrategias más efectivas que blindar tu tiranía detrás de una causa justa y noble! El izquierdista lo sabe, y es así que esta es por lejos su jugada favorita. Influir en los ámbitos del derecho y la “justicia” en aras de trepar furtivamente hasta la cúspide de la pirámide social, es quizás la segunda, aunque es aquí cuando se deschava y deja al descubierto su punto débil: su falta de poder real, o al menos la carencia de autenticidad en el ejercicio del mismo: ¡El izquierdista es un embustero que compensa su falta de legítima influencia pública mediante dispositivos de cuño legal!

Ahora bien, cabría preguntarse entonces qué tan lícito es en verdad nuestro sistema parlamentario, así como nuestro sistema de derecho, los cuales parecen especialmente diseñados para las artimañas de personajes como Justin Trudeau o los lobbys LGBTQ feministas. Y es que, ¿no son acaso sistemas de esta naturaleza estructuras inherentemente corruptas, cimentadas sobre la mentira y la mala fe, destinadas únicamente a servir a los intereses de una minoría débil y corrupta, y no de los mejores? ¿En caso de ser así, no tienen los ciudadanos el deber u obligación de tomar cartas en el asunto?

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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