SOBRE SER UN HIJO BASTARDO Y POR QUÉ EN EL FUTURO TODOS VAMOS A SER HIJOS BASTARDOS A MENOS QUE NOS PONGAMOS LAS PILAS


SOBRE SER UN HIJO BASTARDO Y POR QUÉ EN EL FUTURO TODOS VAMOS A SER HIJOS BASTARDOS A MENOS QUE NOS PONGAMOS LAS PILAS.—Afirmaba el filósofo francés Michel de Montaigne en uno de sus ensayos “jamás haber visto a un padre desconocer a alguno de sus hijos, sin importar lo travieso o jorobado que fuera este”. Dicha aseveración puede sonar a oídos actuales extravagante o incluso fraudulenta, teniendo en cuenta lo normal que es hoy en día el fenómeno del absentismo paterno. Sin embargo, haríamos bien en recordar que esto no siempre fue así, y que si bien es cierto que en el contexto del derecho contemporáneo la mujer dispone de un número de privilegios insólitos (divorcio por su sola voluntad, custodia preferencial de los hijos, derechos de maternidad, pensión alimenticia, etc., etc.), en épocas más civilizadas ocurría lo contrario: era, de hecho, el «Pater familias» (el padre de familia) quien detentaba la conducción del hogar, así como la autoridad máxima sobre los destinos de cada uno de sus integrantes (hijos, nietos, esposas y otros parientes relacionados; aunque, ojo, como bien demuestra esa obra maestra titulada “Cien años de soledad”, la suegra desempeñaba asimismo un papel clave en la administración del hogar). El rol del «Pater familias», por lo tanto, como espero que quede claro a continuación, estaba inequívoca y rigurosamente delimitado, debiendo además de cumplir a su vez con responsabilidades tales como arreglar los matrimonios de sus hijos, representar al hogar en ámbitos de naturaleza política y, en el caso de que fuera necesario, tomar las armas para defenderlo.

El famoso marco legal romano también conocido como «Ley de las doce tablas» (un texto quizás más simple y efectivo que nuestra actual constitución) se encargaba de ampararlo y, como seguro estén enterados quienes hayan leído la obra del filósofo alemán Friedrich Nietzsche –más concretamente su “Genealogía de la moral”–, una sociedad como aquella, imbuida fuertemente de una visión que reconocía y legitimaba la crueldad y el derecho a infligir dolor a los criminales como una parte integral de su cuerpo de leyes, solía tener, por lo tanto, una tolerancia muy baja al crimen.

Esto, por supuesto, obligaba a los padres a ser estrictos con sus hijos, a no descuidar así su correcto cultivo del sentido del deber hacia sí mismos y hacia la ciudad de la que formaban parte, (¿será este quizás uno de los primeros ejemplos de la ahora extinta dinámica reglamentada de deberes y obligaciones que antes tenía por propósito regular las relaciones entre padres e hijos? Habría que investigarlo detenidamente…). En aquella época nadie buscaba “rehabilitar” a nadie; no había necesidad de ello. El criminal simplemente carecía de incentivos para ser precisamente eso –un criminal–, y el que no, bueno… bastará con decir que los castigos que solían aplicarse por aquel entonces no dejaban espacio para la indulgencia. La severidad del sistema legal y social de aquella época desalentaba por defecto cualquier desviación del comportamiento establecido; aquella época era, como ya se imaginarán, en comparación con la nuestra, una época más civilizada, una época en la que la fantasía y la payasada aún no gozaban del lugar preponderante que ocupan hoy en día…

Muchos ven imágenes como esta y sienten «lástima» del delincuente, pues suelen identificarse con él; algo así, sin embargo, sería harto extraño en culturas más avanzadas.

El mayor desafío y dificultad que enfrentamos como civilización actualmente, sin embargo, es el que refiere a la desaparición de la figura del «Pater familias», así como la desestructuración y, en última instancia, abolición total de la institución familiar, la cual pasará a ser reemplazada a gran escala por hogares de tipo monoparental o –como también le gusta a decir a políticos progresistas del cuño de Irente Montero– “unidades de convivencia”. Quien mejor vio esto fue el filósofo italiano Julius Evola, que, ya a mitad del siglo pasado advertía del peligro disolvente que suponían el marxismo y todas las corrientes feministas habidas y por haber para la cultura occidental. De hecho, en uno de sus ensayos incluidos en el libro “Metafísica del poder”, Evola decía al respecto de la familia:

Según la concepción original, la familia no es ni una unidad naturalista ni una unidad sentimental, sino una unidad esencialmente heroica. Se sabe que la antigua denominación de ‘pater’ deriva de un término que designaba al líder, al rey. La unidad de la familia ya por esta razón aparecía, por lo tanto, como la de un grupo de seres unidos de manera viril alrededor de un señor, que a sus ojos aparecía investido con un poder bruto, pero también con una dignidad majestuosa, tal como para despertar veneración y fidelidad (…). No hay sentimientos sociales suaves ni convencionalismos, sino algo entre lo heroico y lo místico, que fundó la solidaridad del grupo familiar o popular, transformándolo en una sola entidad unificada a través de relaciones de participación y dedicación viril, de manera que estuviera listo para levantarse unido contra quien pudiera dañarlo u ofender su dignidad. Con razón de Coulanges, en sus estudios sobre este asunto, concluyó que la antigua familia era una unidad religiosa, antes de ser una unidad de naturaleza y de sangre (…). La antigua dedicación de la mujer, que lo entrega todo y no pide nada, es la expresión de un heroísmo esencial, mucho más místico o ‘ascético’, podríamos decir, que apasionado o sentimental, y, en cualquier caso, transfigurador. Según un antiguo dicho, ‘No hay un rito especial o enseñanza para la mujer. Que ella venere a su esposo como a su dios, y obtendrá su propio lugar celestial’ (…). De estos testimonios, que son solo algunos de entre los muchos que podrían recogerse fácilmente, surge una concepción de la unidad familiar que, al estar más allá de toda mediocridad conformista y moralista burguesa, y de toda presunción individualista abusiva, está igualmente lejos del sentimentalismo, la pasión y todo lo relacionado con los hechos sociales o naturalistas brutales. La familia recibe su más alta justificación cuando se basa en un fundamento heroico. Comprender que el individualismo no es una fortaleza, sino una renuncia; reconocer en la sangre una base firme; articular y personalizar esta base a través de la fuerza de la obediencia y del mando, de la dedicación y la afirmación, de la tradición y de una solidaridad que nos atreveremos a llamar guerrera, y, finalmente, a través de una fuerza de transfiguración íntima, solo mediante todos estos medios la familia volverá a ser una cosa viva y poderosa, la primera y esencial célula para ese organismo más elevado, que es el propio Estado.»

Si hoy en día existe una crisis alrededor de la figura del «Pater familias», o si directamente este ha desaparecido, la causa de ello radica en que se han trastocado todos esos viejos ritos y tradiciones que antes investían al hombre de un rol digno y claro dentro del seno familiar; mientras que, en cambio, la mujer se ha visto forzada por culpa del estado socialdemócrata y el avance del feminismo a virilizarse, a asumir un rol que no puede cumplir cabalmente o –en ocasiones–, a vampirizar legal y financieramente a su expareja a través de los hijos que estos comparten. 

Si aceptamos este diagnóstico y valerosamente nos atrevemos a cuestionar la falta de reglas y marcos de referencia claros a partir de los cuales hoy día constituir una familia, la conclusión a la que habremos de llegar es evidente: debemos rechazar de lleno las ideas actuales de «tutor legal» o «guardián legal» y volver a una concepción tradicionalista y sagrada de la familia; en otras palabras, el hombre debe volver a tomar la sartén por el mango, cargar su cruz y asumir la autoridad que por tradición y mandato místico ha hecho de él durante milenios el líder de su círculo cercano. Con gran afecto y sangre fría debemos eliminar toda normativa jurídica que favorezca a la mujer o conceda un papel primordial al estado en detrimento de las potestades y responsabilidades inherentes al Pater familias; las únicas leyes que deben promulgarse a este respecto deben ser aquellas que castiguen el aborto, el adulterio y permitan represalias en casos de rapto o espoleo de la dignidad femenina. Debemos reapropiarnos de esa fe intensa –o, para ser más preciso, en algunos casos, del deseo de esa fe intensa– que actualmente ha sido secuestrada y tergiversada por la neurosis y el activismo político y devolverla a sus sanos cauces: aquellos que estipulan el orden y la tradición como máximas vitales, y así escaparle a esa suerte de valetodismo que impera al día de hoy en la cultura; ese valetodismo que ya hace siglos viene postulando la disfuncionalidad, el resquebrajamiento –la “deconstrucción”– y el derrumbe social como justas metas aspiracionales; ese valetodismo que permanente y sistemáticamente ha minado las bases del espíritu, el gusto, la jerarquía, la religión, las costumbres, los valores nacionales y raciales; ese valetodismo que todos los días da cuerda a que nuestros políticos y criminales (¿acaso estos dos términos no son equivalentes?) puedan delinquir a plena luz del día, o a que los padres abandonen felices y libres de culpa a sus hijos en los brazos del estado; ese valetodismo que desde la prensa y la academia ha decretado a la virtud, a la disciplina y a la fe religiosas como fenómenos “opresivos” y “anacrónicos”, y ha postulado, en cambio, la abdicación de todo límite y división clara entre los principios masculinos y femeninos, así como el libertinaje sexual, revestido para el caso de un barniz ideológico, aderezado con una mezcolanza de discursividad buenista y psicologismos burdos, siempre capaces de hallar una excusa en los límites de la pereza e hipocondría para así justificar los deseos y caprichos más depravados; todo esto debe ser arrancado de cuajo, y quienes insistan en promoverlo deberán ser mandados en cana.

Yo, al igual que la enorme mayoría de mis pares generacionales, soy un hijo bastardo, por lo tanto sé muy bien de lo que hablo. Las consecuencias de haber convertido a la familia (esa “unidad heroica” de la que hablaba Evola) en una mera “unidad de convivencia”, ha tenido y actualmente está teniendo efectos DESASTROSOS en el sano desarrollo y bienestar de generaciones y generaciones de gurises. Si el problema es que, como varias veces uno oye decir a psicólogos y reputados “profesionales”, los padres de hoy en día no saben o no tienen la menor idea de qué hacer con sus hijos, qué papel asumir frente a ellos, la tradición y las viejas costumbres podrán proveerles con un guion sólido y efectivo a partir del cual desenvolverse correctamente y todos aquellos que curren con el caos y la infelicidad que promueve el progresismo de izquierdas, deberán ser juzgados, no por un juez de familia o «el estado de derecho», sino por un nuevo tribunal de inquisición católica.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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