SOBRE TRABAJAR EN UN SUPERMERCADO A LA VUELTA DE TU CASA Y POR QUÉ CREO QUE EL GORDO DIEGO GONZÁLEZ Y ANA MATYSCZCZYK SON EL PUNTO MÁS BAJO DE LA HUMANIDAD


SOBRE TRABAJAR EN UN SUPERMERCADO A LA VUELTA DE TU CASA Y POR QUÉ CREO QUE EL GORDO DIEGO GONZÁLEZ Y ANA MATYSCZCZYK SON EL PUNTO MÁS BAJO DE LA HUMANIDAD.—Tener veintiocho años y trabajar como reponedor en un supermercado ubicado a pocas cuadras de tu casa puede ser un bajón por varias razones: la primera de ellas es que quizás sientas que profesionalmente estás –como se suele decir ahora– “estancado”, sin muchas chances claras de futuro o de ascenso social.

La segunda es que, si sos como yo y cometiste el grave error de haber perdido el tiempo matriculandote y posteriormente egresando de una carrera universitaria inútil, día por medio te crucés con algún vecino o conocido preguntándote “qué pasó con la facu”, o si ya terminaste los estudios y qué hacés acá entonces (recordá que ellos no lo hacen con el afán de torturarte, sino simplemente por hablar al pedo).

La tercera es ver los fines de semana a tus ex compañeros de liceo –y ahora profesionales egresados de un carrera universitaria seria–, darse una vuelta por tu laburo acompañados de su novia más o menos buena y su grupo de amigos y sentir como que te miran por encima del hombro, como si de repente vos fueras menos que ellos, y eso a veces puede llegar a doler y hacerte creer que fallaste, que no estuviste a la altura de tus expectativas, y que pronto todos tus sueños van a ir a parar al tacho y que ya no hay esperanza ninguna para vos excepto hacer un nudo en la cuerda y colgarte del techo.

La cuarta es que, como ya dije antes en uno de los mejores artículos periodísticos uruguayos de la historia, “no hay una coyuntura institucional que te respalde constantemente, menos que menos un discurso ideológico que te proteja de las injusticias del día a día, o te permita expeditar tu carrera profesional y estatus social mediante cupos de género”; en otras palabras, trabajar volvió a ser, como decía que ocurría el filósofo alemán Friedrich Nietzsche durante el Periódico Clásico en Grecia, un motivo de “vergüenza” (¡Vamos, reconozcámoslo, aunque es un trabajo honesto y necesario, socialmente no goza del mismo prestigio que –yo qué sé– currar de psicólogo, periodista, legislador o directora de un departamento de recursos humanos!).

Pero la verdad de la milanesa es que tener un trabajo de oficina en las circunstancias actuales también es una mierda. En serio. Ya lo dije: no debe haber ambiente laboral más frío y aséptico que el que impera en cualquiera de esas sucursales vidriadas de “Zonamérica” o “Aguada Park”. Les juro que es tanta la represión y mala fe que rige en dichos entornos, que incluso a veces la podés oler en el aire. (Snif, snif). Mientras que, en cambio, en un supermercado o en una estación de servicio o en cualquier espacio de laburo honesto, uno tiene la ventaja de encontrarse con gente, por lo general, sumamente leal y transparente.

La otra ventaja es que, hablando estrictamente en términos históricos, en promedio, cada quinientos años Occidente tiene la costumbre de poner en marcha una nueva revolución. Al menos eso leí en algún lado que ahora no recuerdo; creo que en un libro de Gunnar Heinsohn. Pero el punto es que si querés hacer algo bueno por el mundo y por vos mismo, patear el tablero de lo establecido y contribuir a un cambio realmente positivo para ti y tu comunidad, pero no encontrás cómo hacerlo, quizás la respuesta sea simplemente sentarse a esperar; como dijo El Redentor en su famoso sermón en la montaña “Deja la ira y desecha el enojo: los virgos heredarán la tierra”. 

Después de todo, si creen que tener que elegir en noviembre entre Orsi o Delgado va a dejar a alguien contento (excepto, por supuesto, a los mismos de siempre), quizás pronto ese remanido verso del “paisito de sólida tradición democrática cuyas instituciones funcionan de maravilla”, se esté por venir abajo. Guste o no, las vueltas de la vida y las circunstancias nos harán salir de nuevo a la cancha. Y será un gran alivio, pues si esta engañosa paz se trata, como intuyo, de nada más que del preludio a un gran conflicto, uno no puede sino soñar con cómo serán las próximas batallas que nos esperan.

¡Parsifal espoleará las ancas de su corcel y retomará veloz su camino! ¡Las campanas de la iglesia volverán a repicar jubilosas y un enorme vocerío se hará oír en las calles! Será el comienzo y a la vez el final de algo nuevo. Sin más rodeos y con sólo un propósito en mente, volveremos a sumergirnos en la densa arboleda del porvenir, a penetrar dentro de ella a nuestro antojo. Ya no habrá más tiempo para la culpa y para hacerse mala sangre. Recuperaremos nuestra fe y borraremos todo obstáculo de una piña. 

Quizás hagamos como se dice que hicieron los aqueos en Troya y tendamos una trampa mortal a nuestros enemigos. Entraremos en Carrasco escondidos adentro de un gigantesco dildo de madera. Lo tallaremos con tablas de pino y eucalipto choreadas de una de las plantas de celulosa de ROU-UPM, bajo la estricta tutela del pintor y escultor nacional Juan Manuel Páez Vilaró. Después nos introduciremos dentro de él a través de una trampilla hábilmente oculta en la base de los testículos. 

Una vez en su interior, esperaremos el momento adecuado para actuar: yo y treinta y dos orientales más –por supuesto–, todos de pura cepa y armados hasta los dientes. 

Cuando nuestros enemigos se enteren, sé que saldrán todos como moscas a la miel, como si estuvieran recibiendo un regalo del cielo o de una ONG u organismo internacional a favor de los derechos LGBTIQ+. El gordo Diego González y Su Alteza Real, la Excelentísima Faraona Carolina Cosse, saldrán felices de la vida acompañados de una cohorte de funcionarios municipales a inspeccionar el regalo y, posteriormente, lo trasladarán en carroza a la Rambla.

Al llegar allí, llevarán a cabo un festival homosexual con motivo del trigesimonuevemil homenaje a los desaparecidos durante la dictadura cívico-militar. Horas después, ni bien los más de sesenta o setenta mil frenteamplistas se encuentren en estado de sueño profundo –claramente hechos puré luego de las dionisíacas comilonas y orgías homosexuales costeadas con plata robada a los contribuyentes–, descenderemos por el escotillón del dildo y degollaremos uno por uno a nuestros enemigos (menos, por supuesto, a las mujeres y los niños), repartiéndonos luego a modo de botín los iPhone, las milipilis y todas las tarjetas de débito y crédito de Carolina Cosse.

El Nuevo Imperio Romano Sudamericano-europeo dará así sus primeros pasos.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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¡Gracias!


Una respuesta a “SOBRE TRABAJAR EN UN SUPERMERCADO A LA VUELTA DE TU CASA Y POR QUÉ CREO QUE EL GORDO DIEGO GONZÁLEZ Y ANA MATYSCZCZYK SON EL PUNTO MÁS BAJO DE LA HUMANIDAD”

  1. ¡Adelante, Felipe! Esos universitarios que mentás que te miran de forma soberbia no pasan de ser mediocridades, como casi todos los universitarios de hoy; tú tenés una inteligencia y valentía superior, que volcás en el noble oficio de las letras. ¿Cuántos escritores ha habido que, para ganarse la vida, tenían oficios o trabajos «normales», para luego, en sus horas de ocio, dedicarse a la pluma? ¡Adelante! Fuerte abrazo.

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