SOBRE VER A CHET BAKER EN VIVO


SOBRE VER A CHET BAKER EN VIVO.—La primera vez que vi a C. en vivo fue en un bolichito de Manhattan, en el cruce entre la calle 97 y Columbus, cerca del Upper West Side. Corría el año 1974, periodo de tiempo en el que C. volvía a aparecer en público luego de una ausencia de más de cinco años. Creo que todos los que estábamos allí teníamos una vaga idea del motivo de su desaparición. Al menos yo, en los pasillos de la residencia estudiantil en la que por entonces me alojaba, había oído los rumores: que una noche en la que estaba de gira por San Francisco recibió una paliza de parte de una patota de negroes. Pero al parecer la cosa no acababa ahí, no; supuestamente, durante la trompada, C. perdió tres de sus placas dentales, resultado, como ya se imaginarán, verdaderamente trágico para un trompetista de su calibre. Meses después, por intermedio de uno de sus promotores, habría conseguido el dinero suficiente para colocarse una dentadura postiza, aunque, aparentemente, apenas intentó interpretar en la trompeta una de sus archiconocidas baladas, el dolor se le hizo insoportable. C. tuvo que dejar de hacer giras y de grabar discos. Por lo que me enteré después, para ganarse el pan se vio obligado a trabajar un par de años en una pequeña estación de servicio en Milwaukee.

Aquella hora de recital, sin embargo, fue algo maravilloso. Con todo, aún recuerdo que antes de que apareciese por uno de los extremos de la salita, hubo cierto clima de incertidumbre entre el público. Uno de los meseros negros, me acuerdo, miraba por encima de nuestras cabezas con sus enormes manos apoyadas sobre la barra, nervioso, arrancándose la piel de las uñas. Poco después C. se subió a la pequeña tarima y por un instante sentí miedo. Aquel no era el C. que recordaba haber visto en las viejas portadas de mis discos; aquel con el que me había familiarizado sentado completamente a oscuras en el piso de arriba de la residencia; éste que tenía enfrente parecía agotado, por demás flaco y perdido. Lo acompañaban nada más que un baterista y un contrabajista; pero el tipo se la aguantó y salió adelante y no miento si digo que fue uno de los mejores shows que vi en mi vida. C. y su banda tocaron con esa suavidad única, tierna, relajada, cobijados por un halo de eterealidad y misterio.

En un momento dado recuerdo haber cerrado los ojos y haberme imaginado a C. igual que uno de esos protagonistas de cine noir; ya saben, como uno de esos tipos atormentados por su pasado, que no importan cuánto se esfuercen, tarde o temprano las vueltas de la vida y las decisiones difíciles los volverán a poner contra las cuerdas. Al menos así me lo pareció esa noche, con su camisa blanca y sucia y su espalda encorvada de arrepentimientos.

En uno de los intervalos me acerqué a él y le agradecí y lo felicité por haber vuelto a tocar en vivo. Luego, en un rapto de efusividad propio del imberbe fanático que era en aquel entonces, le empecé a contar cuánto lo admiraba y cómo ya hacía tiempo venía intentando copiar su fraseo suave de trompeta. Creo que después le comenté algo acerca de la forma y el tamaño de la boquilla que usó esa noche. Con una sonrisa ciega y cansada, C. me explicó que lo más importante siempre es la respiración y la postura de los labios, y que, «si querés clavar una nota alta, pibe, tenés que cerrarlos y después darle al aire con todo, bien rápido».
Luego me anotó en una tarjetita el número de teléfono del hotel en el que se hospedaba y me dijo que si quería a la mañana siguiente lo llamase.

Al día siguiente, cerca del mediodía, marqué el número telefónico del hotel e inmediatamente el empleado de recepción me puso en contacto con su habitación. Del otro lado de la línea pude escuchar ese tono de voz suavecito, por momentos al borde del susurro:

«Hola, sí, me acuerdo, claro».

Nos pusimos a hablar y no pude evitar imaginármelo prisionero en uno de esos hotelitos de mala muerte, quizás uno de esos Days Inn siniestros con el papel de las paredes todo despegado y lleno de manchas de humedad.

«Fue un buen show, sí, la banda estuvo inspirada, por suerte».

Creo que después le pregunté algo del estilo de «¿Y…, cómo fue volver a tocar en vivo después de tanto tiempo?». Él hizo una pausa muy larga y dijo que la experiencia en general le había resultado un poco difícil. Todos le dijeron que regresar a los escenarios después de aquel incidente en San Francisco sería imposible y, sin embargo, ahí estaba, bancándosela, poniéndole garra a lo que le gustaba.

La llamada fue larga, y durante un tramo de ella me explicó de manera algo entreverada que luego de la paliza pasó por una etapa complicada. Había estado casi tres años sin poder acercarse a una trompeta, lleno de miedo de no volver a tocar bien. Si me lo preguntan, creo que la angustia de C. pasaba por el lado de que aquella era su única vía de escape de lo ordinario; de otro modo le hubiera ocurrido lo que siempre le ocurre a cualquier persona más o menos sensible hoy en día: se habría puesto a pensar en todo lo que está mal en el mundo y no hubiera podido soportarlo.

—Mirá: voy a estar dos semanas en Nueva York, luego pienso irme durante un tiempo a Europa. ¿Por qué no vienes a verme este sábado que viene en el Village Vanguard? Traé a tu chica o a algún amigo, yo invito.

—¡Por supuesto!

Al día siguiente estaba atravesando el campus en compañía de G., un joven macilento y de buen talante al que había conocido trabajando de mozo en la Sixth Avenue. Íbamos camino a la biblioteca, a una de las reuniones del club de “Los topos haraganes” –así llamábamos a uno de nuestros grupos de estudio– a discutir en profundidad sobre la moralidad del arte cuando, de pronto, vimos a J. salir de una de las cafeterías que hay cerca de Lerner Hall y avanzar hacia nosotros con una bolsa llena de discos de pasta:

—¿Qué hicieron este fin de semana, chicos?

—No mucho. Vi “Nashville” de Robert Altman; la verdad que me sorprendió, pero para bien, ¿eh? No puedo creer que un director de la edad de Altman haya podido capturar tan bien todo lo que está pasando ahora –contestó G..

—¿Y tú, F.?

—Fui a ver a C. B. en un antro del Upper West Side.

—¿En serio? ¿Lo viste en vivo? ¿Es verdad que le pegaron y ahora tiene que usar prótesis dentales?

—Sí, pero nada de eso importa, su manera de tocar sigue siendo la misma; quizás incluso mejor.

—Bueno, esa es tu opinión, F.; a mí sinceramente me cuesta mucho creer que un blanco pueda tocar jazz de manera auténtica. La sola idea se me hace muy, ¿Cómo decirlo?… Bourgeoisie.

Luego de aquel intercambio, cambiamos de rumbo y fuimos los tres a una de las salas de escucha que hay en Dodge Hall, a oír algunos de los discos que llevaba J.; si mal no recuerdo, uno de ellos era la majestuosa misa en si menor de Johann Sebastian Bach, interpretada por Karl Richter y el coro y la orquesta de Múnich. Nos pusimos los auriculares y así estuvimos durante un buen rato, pensando y sin que nadie nos molestase. Apenas se hizo de tarde tuvimos que largarnos de allí. En el camino de regreso a la residencia, solté de manera un tanto astuta que C. me había invitado a verlo tocar en vivo en el Village Vanguard el próximo sábado..

—¡Sí, es buena idea! ¡Hay que ir! –contestó enseguida J.– Y después, si quieren, pueden acompañarme a una lectura de poesía que hay cerca de allí; leeré algunas de mis obras.

Al cabo de un rato nos despedimos y cada uno se fue a su cuarto. Horas después recuerdo estar sentado en una de las butacas de la salita y haber recibido una llamada de larga distancia de mi padre. Se trataba de una de esas charlas que hacía tiempo venía postergando tener con él, y por el tono en el que me dijo «hola», supe al instante que iba a ser admonitoria.

—Hijo –me increpó sin dar más vueltas, cerca del final–, no me gustan nada esos amigos tuyos con los que te estás juntando; esa tal J., parece una tortillera de manual, y el otro nabo, por lo que me decís, no hace sino pasarse el día entero mirando películas basura.

¿Qué quieren que les diga? Retrospectivamente hablando tenía razón. 1974 no fue un año que haya dejado un saldo positivo en mi vida. Todo lo contrario. En aquel momento no me quería dar cuenta, pero lo cierto es que no daba pie con bola; estaba continuamente haciéndome el gil, faltando a clases y en lugar de dedicar el tiempo debido al estudio, no hacía nada excepto quedarme en la residencia escuchando discos de Duke Ellington y Bix Beiderbecke, y ensayando con la trompeta. A veces, salía con G. para ver alguna proyección privada en el campus, pero no mucho más.
En contraste a mí y a G., J. era una persona mucho más sociable y aplicada en los estudios. Siempre sacaba buenas notas. Se había matriculado en Columbia hacía relativamente poco, y me da vergüenza reconocerlo ahora, pero, en aquel momento estaba medio enamorado de ella.
Aclaro que esto se debió principalmente a mi escasa experiencia con las mujeres; entiéndanme, en esa época yo era muy joven y no sabía tratar con ellas, tenía miedo de acercármeles y quizás debido a ello inconscientemente me dejé atraer por la chica menos femenina que hallé en mi entorno; no sé, la verdad es que ahora prefiero no comerme mucho la cabeza pensando en eso.

Igual, no sé si hay que contarlo así; ahora mismo todo se esfuma y el pasado me parece una cosa muy lejana; por supuesto que aquél fue un año que tiré a la basura aunque, estrictamente hablando, en términos generacionales, salvo pocas excepciones mis coetáneos también parecían compartir esa sensación de extravío.

¡La verdad es que todos éramos unos colgados!; simplemente no nos interesaba nada que tuviera que ver con el confort y la seguridad, y lo que más anhelábamos en el fondo era vivir de manera auténtica –sea lo que sea que eso signifique–.
G., por ejemplo, leía y miraba películas constantemente, sin prestar atención a sus clases o a sus profesores. Le importaban un bledo. Su sueño era trabajar de crítico de cine en el Los Angeles Free Press. J. siempre le tomaba el pelo, decía que en lugar de aspirar a tan poco debía encarar sus estudios y tratar de por lo menos conseguir una cátedra como profesor de cine en la UCLA.
Recuerdo que durante el viaje en taxi al Village Vanguard J. nos imputó a ambos el delito de «no estar lo suficientemente involucrados en la realidad política del ciudadano medio». Luego, como acostumbraba a hacer ella, se lanzó en una larga perorata acerca de las virtudes del socialismo agrario y por qué debería practicarse en el estado de Texas. Por aquel entonces, recuerdo que G. empezaba a no bancarse demasiado dichas salidas de tono y, para mi sorpresa, le contestó con el mayor de los desprecios; tachando a aquella disertación de ser puro «chamuyo y sofistería»:

—¿No te parece un poquito de mina densa o, como vos decís, de persona «bourgeoisie«, andar rompiendo las bolas a cada rato con esas boludeces marxistas?

Como se imaginarán, yo no dije nada; me callé la boca. Preferí mantenerme al margen. Lo cierto es que no estábamos allí para discutir de política y demás pavadas; ¡Estábamos allí para ver un concierto de jazz!

—Para mí no es ningún chamuyo G. –recuerdo que J. soltó poco después.–. No sé si se los dije, pero mi prima se unió hace poco al Weather Underground. ¡Estas son ideas por las que gente como yo o ella estamos dispuestas a dar la vida! Pero, claro, eso quizás ustedes no lo entiendan…

Lo cierto es que ese «ustedes» me inquietó un poco. En fin… Que aquel viaje en taxi nos habrá tomado aproximadamente unos quince minutos. Apenas nos bajamos del vehículo, no pude sino hacer un ligero gesto de reverencia ante al letrero de aquel emblemático club. No era para menos; después de todo, allí, en ese humilde y discreto establecimiento, se habían sentado las bases de buena parte de las etapas más fundamentales de la música jazz; desde los comienzos del Dixieland hasta los excentricismos técnicos del bebop, además de por supuesto el hard bop y el free form.

Por suerte, aquella noche no había filas largas de gente ni nada que se le pareciera. Para ser honestos, el interior del local estaba más bien vacío. Sin embargo, la atmósfera era a su manera cálida y sin afectaciones. La barra y las mesas estaban casi pegadas al escenario, de modo que uno pudiera sentarse y tener una conexión mucho más cercana con los músicos.
Viché mi reloj de pulsera. Faltaban quince minutos para que C. empezará a tocar cuando, de repente, lo veo entrar por uno de los extremos de la salita. Él también me ve a mí, y enseguida se acerca a nosotros; lleva un traje azul arrugado y una bufanda gastada alrededor del cuello.

—¡Vos –me dice sonriente y apuntándome con el dedo– que la otra vez me hablabas de boquillas, mirá esto! –y enseguida coloca sobre nuestra mesa un estuche y lo abre y saca un fliscorno–: ¡Mirá esta boquilla lo que es! ¿Sabés todo el aire que voy a precisar para poder tocar bien esta noche?

Apenas suelta este comentario, se ríe, se sienta con nosotros y pide al mozo que nos sirva unos tragos.

—¿Saben? –comenzó a decir un poco nervioso– esta noche aparte de tocar con un bajista y un baterista me voy a hacer acompañar por un piano; quizás hasta cante algunos temas. Hace ya tiempo que no lo hago. ¿Hay alguno en particular que les gustaría escuchar? –nos preguntó y, no sé por qué, pero en ese momento se me dio por mirar a J. y, soltando una breve risita, contestar “Just Friends”.

—“Just Friends” entonces –y a continuación hizo una pausa y miró durante unos segundos el escenario–: es una canción preciosa, sí…

—¿Qué piensa de toda esa gente que dice que los hombres blancos no pueden tocar jazz? –le soltó de manera algo abrupta J.

—Bueno, sí, he escuchado eso un par de veces. Pero la verdad me parece una tontería. No sé cómo explicarlo, pero no creo que la música funcione así; quiero decir, una persona negra, si así lo deseara y practicara, perfectamente podría sentarse al piano y tocar una sonata de Bach. Lo mismo una persona blanca con una pieza de, qué sé yo, Duke Ellington…

—A mí me parece una idiotez eso, sí –acoté inmediatamente, como queriendo pedir disculpas por aquel comentario desubicado de J., a lo que C. enseguida me sonrió:

—Quizás en el fondo sólo se trate de una cuestión de gustos, no sé…; Lo que sí tengo claro es que esto es lo que quiero hacer, no importa cuántas veces me haya equivocado. ¿Sabes? –empezó a decir, mirándome a los ojos– La única vez que estuve asustado de verdad fue cuando perdí mis dientes. ¡En serio! Creo que no podría soportar estar vivo y no hacer esto –dijo, e inmediatamente empezó a guardar el fliscorno en su estuche–. Allá arriba –continuó de pronto, y señaló el escenario mientras miraba fijamente a J.–, es el único lugar donde me siento bien; esta noche espero poder estar a la altura.

Y lo cierto es que lo estuvo. Pese a la escasa concurrencia, el show fue realmente una maravilla. Más allá de la belleza de su música, que creo que nadie que tenga oídos la puede negar, me parece que lo que en el fondo lo alentaba a tocar era ese deseo de demostrarle a todos que él también podía; que no importaba cuántas veces le hubieran dicho que estaba acabado o que él era sólo un gurí blanco de los suburbios que nunca iba a poder tocar la trompeta como sus héroes; C. amaba demasiado lo que hacía, y nada iba a impedir que lo siguiera haciendo. Si me preguntan, creo que de eso se trata vivir de manera auténtica.

Cuando el show terminó acompañamos a J. a su lectura de poesía. Si no recuerdo mal, el café en el que se presentó quedaba por la calle McDougal Street, un lugar verdaderamente espantoso,y aquella noche estaba repleto de gente. Curiosamente, la sensación que experimenté allí nada más trasponer la puerta, fue la opuesta a la que sentí dentro del Village Vanguard. Si horas antes la atmósfera de aquel club me había resultado cálida y sin afectaciones, ésta, por contraste, me resultó seria y pretenciosa; no había intimidad ni conexión ninguna entre los miembros del público, pero sí mucho hermetismo y deseos de atraer la atención por parte de los asistentes. Cuando J. subió al escenario y leyó algunas de sus “obras”, no pude evitar sentirme decepcionado, de a ratos incluso irritado. Quise largarme de allí enseguida, encerrarme en la residencia con mis discos, no sé, cualquier cosa; simplemente no quería escucharla más recitar esos poemas horribles. De pronto, cuando estaba por terminar de leer uno de los más largos –creo que este se trataba de un alegato contra la explotación de los recursos naturales o algo así– G. se inclinó a un costado y me dijo al oído:

—F., no te quiero cortar el chorro, pero me parece que esta mina es tremenda torta. Larguémonos ya mismo; si no me equivoco en un cine de acá de a la vuelta van a pasar “El topo” de Jodorowski. ¿Vamos?

—Sí, dejá quieto, vamos.

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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