SOBRE VER ¿MORIR? AL ÚLTIMO POETA MÁRTIR DE LA JUVENTUD REBELDE (UN –ENTRE COMILLAS– “NAZI”)


SOBRE VER ¿MORIR? AL ÚLTIMO POETA MÁRTIR DE LA JUVENTUD REBELDE (UN –ENTRE COMILLAS– “NAZI”).—Lo recuerdo bien. Fue una tibia mañana del 6 de febrero de 1945, en la ciudad de Arcueil. Aquel poeta flaquito, de gruesos anteojos e impecable flequillo fue llamado “reo” y conducido a un patio interno.
Allí, en el fondo, se erigía un poste, y allí, en un solitario taburete, fue que uno de los alféreces ató dos cuerdas alrededor de su pecho y le preguntó, escuetamente, si quería que le vendara los ojos:

«¡Vive la France quand même !», contestó impertérrito el joven poeta, sin agachar la cabeza, a él y a los otros doce hombres que minutos después habrían de fusilarlo.

El reo se llamaba Robert Brasillach, tenía treintaicinco años de edad y había sido encontrado culpable de «graves delitos intelectuales». Charles de Gaulle, líder del gobierno francés en aquel entonces, quien años más tarde intercedió personalmente a través de un telegrama ante el general boliviano René Emilio Barrientos, pidiendo por la vida del guerrillero e intelectual francés Régis Debray, hizo hincapié en que Brasillach debía «asumir la responsabilidad de sus actos», y se negó a revocar su sentencia de muerte. 

Semanas antes, el jurado especial de justicia parisiense había deliberado con burocrática iniquidad. Apenas lo arrastraron a tribunales, Brasillach fue obligado a declararse culpable. Su madre, su padrastro, su hermana y su cuñado fueron asimismo detenidos, sin que mediara explicación alguna. Los «graves delitos intelectuales» que se le imputaron a Brassillach consistían en haberse atrevido a cantar, a escalar, a trabajar, y nunca haber buscado en sus obras el visto bueno del orden burgués ni aquella existencia aherrojada e infame con la que tanto soñaban –y aún sueñan– los comunistas. 

Por supuesto que, al igual que autores como Pierre Drieu La Rochelle, Alphonse de Chateaubriant o Louis Ferdinand Céline, Brasillach se opuso a la guerra en Europa desde el principio.

Yo también, y cuando mi país dejó de ser neutral y tuvo que ir al choque con las potencias del Eje, fui inmediatamente aprehendido y por un breve tiempo encarcelado en Breendonk.

Y, sin embargo, aquí me encuentro ahora, tras la seguridad de un cristal protector, rodeado de guardias y periodistas, tomando nota de la tragedia y pensando en todas las atrocidades que harán los soviéticos y los socialdemócratas luego de nuestra derrota (¿Acaso hay alguien que aún crea en una posible victoria de los países del Eje? ¡Que no se engañe!). Pues, las noticias que me llegan de Praga, las ejecuciones en los hospitales militares, las violaciones a campesinas alemanas por parte de los aliados…, ¡Bij God,  ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶! 

¡No quiero ni pensar en el mundo que ahora mismo deben estar preparando para nosotros estos titiriteros: otra Weimar de neón y vidrioacero!, otra Sodoma y Gomorra en la que el dinero, la usura, el fariseísmo y la depravación –los bajos instintos, en definitiva– sean las banderas a desplegar en medio de la ruinas de Europa, y no puedo evitar decir para mis adentros “¡Muere, amigo mío, muere, el mundo se que está por venir no podrá tolerar almas como las tuyas!”

Mientras tanto, mis –así llamados– “colegas” de la prensa murmuran entre ellos, queriendo registrar en sus libretas cada pequeño detalle, cada gesto, cada mirada tuya, omitiendo convenientemente esa magnanimidad de la que haces gala hoy y de la que hiciste gala este pasado 19 de enero, cuando, en tribunales, no pediste más gracia que la de soportar tú solo la pena, sin que ninguno de tus familiares fueran arrastrados alevosamente a esta farsa jurídica que algunos dieron en llamar «acto reparatorio». 

Entonces, levanto la vista y veo de perfil, sobre mi derecha, al pelotón de liberticidas formándose en medio de aquel breve rectángulo cubierto de pasto, sus rifles preparados, a punto de retumbar y llenar el aire matutino con su atronador estrépito, y, entonces, cierro los ojos y repito para mí una de las estrofas de “Testamento de un condenado”:

“Y vosotros, jóvenes de mi país,
Aquí están las palabras que decíamos,
Nuestras hogueras entre la noche,
Y nuestras tiendas entre los arbustos.
Lo sabéis mejor que nadie,
He querido proteger mi patria
De la sangre derramada, y os ofrezco
Esta sangre guardada, oh mis amigos”

El jefe del pelotón da la orden y, justo cuando los soldados aprietan sus gatillos, una mano gigantesca, extensión de un misterioso brazo, desciende abruptamente en medio del barracón, frenando las balas de inmediato y cortando con sus uñas las cuerdas que ligan a Brasillach al taburete. Luego, rodeando al poeta por la cintura, lo eleva encima del aire y desaparecen juntos tras un relámpago de fuego. Una tormenta se desata enseguida, y veo a mis colegas atónitos e incrédulos correr en dirección al pasillo, siguiendo las órdenes de un suboficial. Todo ocurre demasiado rápido mientras yo me sonrío impertérrito y digo en voz alta, en medio de aquel inenarrable alboroto: “¡Los ángeles te vinieron a buscar, amigo mío; por encima de la causa que te llevó ante el pelotón de fusilamiento, el Bien ha venido a reclamarte!” y una sensación de peligro e incertidumbre me transporta de inmediato a aquella virilizante tarde de 1938, en Madrid, cuando casi fuimos capturados por el bando republicano.

 ¡Áskēsis, amigo mío!

Con. Franz Miksizpuhtulk.

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