Una vez que le tapé el culo a las feminazis de la Udelar


{Nota: A continuación adjunto la defensa que presenté ante el departamento de jurídica de Udelar luego de mi expulsión de la universidad. La subo porque han pasado más de seis meses y aún no se han expedido sobre mi situación, lo cual la verdad me trae sin cuidado. Todo el proceso me sirvió para confirmar que hoy en día las personas más autoritarias son las femibolches y los engendros LGBTQ. Pese a esto, debo admitir que la victoria de Javier Milei ha tenido un efecto euforizante en mi visión de la realidad; quizás lleve diez, quince, veinte años, pero tarde o temprano el progresismo va a caer; este teatro simplemente no puede sostenerse por mucho más tiempo.}

«Sé que me quieres; y que tu rebelión exaspera tu amor. Con tu franqueza y tu destreza, con tu furia y tu descontento, ¿a qué otro hombre podrías amar, hoy, en el mundo?»

  • Carta de D’Annunzio a Curzio Malaparte.

En tanto escritor, decía, considero a la libertad de expresión un principio sagrado. Por eso es que ahora, un par de días después de que se me haya hecho entrega de un voluminoso informe jurídico en el que se me atribuye la autoría de una serie de «faltas administrativas graves», me veo en la necesidad de refutar punto por punto las imputaciones del abogado sumariante.

Eso sí, le aclararé antes de continuar que a esta altura de los acontecimientos no me interesa hacer una defensa pormenorizada de mi caso, una defensa que tenga por propósito mi absolución, ni tampoco la de adecentar mi imagen de presunto «terrorista» o «enfermo mental»; estos epítetos que continuamente se me endilgan, Dr. Larrosa, forman parte de una estrategia de patologización propia de nuestra época, época en la que el solo hecho de expresar sentimientos negativos (por ejemplo la rabia o la frustración) parece ser síntoma inequívoco de un grave malestar psicológico.

La Verdad es que yo estoy tan o más cuerdo que usted, o para el caso que cualquiera de mis denunciantes. Mi problema es que simplemente no puedo transigir con su visión del mundo. Creo que ya le dije que, en tanto escritor, mi tarea consiste en dar cuenta de mis experiencias y de mis emociones, no importa cuán negativas o causticas puedan resultarle a terceros. Si en aras de eliminar todo prejuicio o recriminación empezara a censurarme, me vería en la nada menor dificultad de no poder escribir; o peor, Dr. Larrosa, quizás mis escritos se terminarían volviendo tan genéricos que sería imposible reconocer en ellos cualquier asomo de especificidad.

¿Cómo puede uno dar cuenta de sus experiencias y de sus emociones en un mundo en el que ya a piori ellas están sujetas a sanción? ¿Cómo puede un escritor cumplir la máxima de Rimbaud e intentar «cambiar la vida, hacer lo inesperado» cuando la producción de un mero divertimento satírico puede acarrearle graves riesgos jurídicos y administrativos? ¿Cómo puede un polemista, alguien que por definición busca herir, ofender, hacer reír, provocar discusiones, ejercer su tan necesario oficio en una coyuntura como la actual?…

Entiendo que las cuestiones estéticas y políticas son totalmente ajenas a usted, y ni por un momento quiero pretender lo contrario, pero ahora mismo me viene a la mente un pasaje profético que una vez leí en un libro de Nietzsche. Puede parecer pedante que lo parafrasee aquí, después de todo estoy hablando de aquel sifilítico filósofo al que reverenciaban los nazis, pero hay que reconocerle que dio en el clavo cuando imaginó nuestro presente como un futuro en el que «en todos los actos del hombre será visible la más consumada prudencia»; un futuro donde la misma prudencia perdería su dignidad y entonces se terminase volviendo algo tan vulgar y ordinario que, como contrapartida empezasen a germinar una nueva especie de hombres; hombres cuya cabeza esté «llena de pájaros» (…); hombres cuya nobleza consista en un compromiso radical hacia sí mismos y la Verdad.

Porque yo reconozco que ahora mismo judicial y administrativamente puedo estar equivocado; eso no lo dude, Dr. Larrosa, pero estética y literariamente usted y la institución a la que pertenece deben dar el brazo a torcer y reconocer que estoy del lado correcto.

Y es por esta seguridad en mí mismo y en mis acciones que quiero desde ya rechazar cualquier atisbo de arrepentimiento –de hecho, he vuelto a leer los dos textos responsables de mis infracciones: “6 cosas que tenés que saber antes de ir a la FIC”, “6 cosas que tenés que saber antes de estar en pareja con una aspirante a asesina serial”, y los considero muy superiores a cualquier investigación o paper académico firmado por todos estos profesionales a los que supuestamente agravié.

Lo cual, por supuesto, no me impedirá hacer una serie de puntualizaciones en torno a su informe, informe que a mi entender peca de tendencioso, pues lo contrario –la imparcialidad– le supondría pagar la multa social de ponerse del lado de un presunto «terrorista» o «enfermo mental», y ese es un precio que pocos valientes están dispuestos a pagar.

La primera de ellas refiere a mi uso del lenguaje franco y «sin miramientos»; a mi conducta «agraviante» e «irrespetuosa» hacia las autoridades de la Facultad de Información y Comunicación (de aquí en más, FIC).
Estoy de acuerdo con usted, Dr. Larrosa; efectivamente, si nos ponemos a citar de manera aleatoria y descontextualizada frases o pasajes de mi artículo, cualquier desprevenido lector podría hacerse a la idea errónea de que la única finalidad del texto es atacar a los docentes allí mencionados, pasando convenientemente por alto CASI TODO el contenido del mismo (¡más de 3000 palabras en total!), el cual, como usted sabe, se compone de unas cuantas verdades que hasta ahora ninguna de las autoridades de la FIC se ha atrevido a rebatir.

¿Por qué es así esto? ¡¿Por qué?! Si mi artículo es simplemente la pataleta quejosa de un pobrecito enfermo mental, ¿Por qué siguen insistiendo en darle tanta relevancia?

Asimismo, me gustaría de una vez por todas señalar algo mucho más preocupante. Hablo del deterioro o la ya nula capacidad a la hora de interpretar textos, tanto de los estudiantes como de los docentes de la FIC. ¿Usted cree, Dr. Larrosa, que cuando yo adjunto en mi artículo la foto de un hombre barbudo y desaliñado y al pie de la misma coloco la nota: «Hiede a chivo, vive en pedo y a veces se mea encima», me estoy expresando de manera literal?

De ser así, déjeme decirle que tanto usted como el resto de los estudiantes y autoridades están lisa y llanamente equivocados. Lo que hago en ese breve pasaje es una caricatura de cierto tipo de individuo MUY identificable en el ámbito de las humanidades, y sobre todo en la Udelar. Si no me cree le pido por favor que guglee rápido en su buscador favorito el término «caricatura».

Mire, esta es la primera definición con la que se va a encontrar:

«Caricatura
nombre femenino
1.
Retrato en el que, con intención crítica o humorística, se deforman en exceso los rasgos característicos de una persona».

El efecto y, por supuesto, la intencionalidad es claramente humorística. ¿Acaso cree que de haber en la FIC un docente que dicta clases en estado de ebriedad y con el pantalón manchado de orina y heces, ese individuo no sería inmediatamente removido de su cargo?…
… De no ser así, me parece que usted tiene un concepto aún más pobre que yo de dicha casa de estudios, lo cual, viniendo de mí, déjeme decirle que no es poco…

Más adelante usted cita un largo número de aberraciones normativas que si mal no recuerdo refieren al tipo de procedimientos que deben llevarse a cabo una vez detectadas situaciones de «acoso, violencia y discriminación», escenario por supuesto sobredimensionado, que con el nada ingenuo propósito de tacharme de «loquito rancio» varios afirman que la publicación y promoción de mi artículo generó.

De nuevo: yo reconozco que ahora mismo judicial y administrativamente puedo estar equivocado; pero, repito, estética y literariamente no he cometido falta ninguna. Y puedo demostrárselo citando varios ejemplos.

Le pido por favor que a continuación lea con detenimiento y una vez termine me explique qué es lo que he hecho mal.

Primero retrotraigámonos unos instantes a la Inglaterra de fines de Siglo XVII. Usted sabe: una de esas épocas frías y oscurantistas en las que la iglesia católica constantemente perseguía a homosexuales y feministas.
De esos años me interesa destacar la polémica entre el escritor satírico irlandés Jonathan Swift, y el entonces célebre astrólogo y académico John Partridge. Benjamin Franklin, Julio Verne, H.P. Lovecraft son sólo algunos de los nombres de literatos que en sus escritos han invocado u homenajeado dicha contienda. Quizás usted, Dr., esté enterado de ella, quizás no. De ser así, déjeme ponerlo en contexto. John Partridge era, como ya dije, un célebre astrólogo (aparte de protegido y asistente personal de nada más ni menos que de Su Majestad el Rey Guillermo III); al igual que ̶(̶n̶o̶m̶b̶r̶e̶ ̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶n̶o̶m̶b̶r̶e̶ ̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶n̶o̶m̶b̶r̶e̶ ̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶n̶o̶m̶b̶r̶e̶ ̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶n̶o̶m̶b̶r̶e̶ ̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶ ̶(̶n̶o̶m̶b̶r̶e̶ ̶c̶e̶n̶s̶u̶r̶a̶d̶o̶)̶, él también se las supo arreglar para formar parte del prestigioso ámbito universitario de su época. Y cabe aclarar que su especialidad –la redacción de «almanaques»; es decir, horóscopos en forma de ensayo– salvando las distancias no difiere demasiado del campo de estudio en el que se especializan los docentes antes mencionados (teoría del cine, comunicación y género, periodismo deportivo con perspectiva feminista, etc,. etc,. ); créame que esto no lo digo en demérito de ninguno de ellos, simplemente busco señalar lo que a mi entender son ciertas similitudes del caso.

… En fin, que un tipo como Partridge, alguien abiertamente ateo y con ínfulas de superioridad intelectual, rápidamente logró despertar la ira del insigne satirizador, quien, con motivo del primero de abril –día de los inocentes– decidió ponerse manos a la obra. Adoptando el seudónimo de Isaac Bickerstaff, astrólogo ficticio, Swift publicó en un diario de la época un pastiche de uno de sus almanaques; en él, con un estilo mordaz e hilarante, el irlandés predecía la muerte de Partridge para dentro de un mes, más específicamente «hacia las once de la noche, producto de una fiebre rabiosa».

Cuando por fin llegó la tan aciaga fecha, Swift volvió al ruedo y publicó de forma anónima en la prensa su «Elegía por la muerte de John Partridge», provocando de inmediato la furia del entonces prestigioso académico, quien, pese a lo que muchos llegaron a creer, aún estaba vivito y coleando. Pero esto no fue suficiente, no; pues, pocos días después, Swift remató su elaborada broma con la publicación en el periódico “The Spectator” de su «Carta a un Lord», texto en el que hilarantemente defiende la idea de que Partridge, efectivamente y según sus infalibles predicciones, ha muerto, y que por lo tanto el tipo ese que anda suelto por ahí haciéndose el ofendidito debe tratarse sin lugar a dudas de un cadáver a quien «uno de esos necrománticos ha resucitado».

Está claro que dicha serie de artículos no fue del agrado del Prof. Partridge. Aun así, cabe aclarar que no hubo represalias legales ni administrativas contra Swift. Todos reconocieron lo brillante e inesperado de la broma y, al que no le gustó…, bueno, ése se la tuvo que bancar igual.

Es lo que ocurre, Dr. Larrosa, cuando una cultura es sana y fuerte: las cosas que decimos en nuestra «esfera privada» no tenemos empacho en decirlas en público, pues sabemos que irritar susceptibilidades no es un acto sujeto a sanción.

Evidentemente los artículos de Swift no conducen –como usted dice de mi texto– a «ningún tipo de ejercicio dialéctico»; en su prosa Swift simplemente se limita a constatar que el entonces reputado astrólogo es nada más ni menos que un farsante, un vil y vulgar embustero que se aprovecha de la ignorancia de la gente para acrecentar su capital. Y, a contramano de toda corrección política, el irlandés decide –figuradamente al menos– asesinarlo. ¿Y qué hay de malo en eso? (Por cierto, el conjunto de razonamientos y argumentaciones que usted entiende por dialéctica no tiene mucho que ver con el espíritu dramático y retórico del arte de la invectiva, el cual surge casi a la par de la literatura, como puede verse, por ejemplo, en varios de los escritos de los filósofos cínicos, para más información consulte el tomo I de “Vidas, opiniones y sentencias de los filósofos más ilustres”, publicado en el siglo III d. de C.)

Pero esto es sólo un ejemplo. Hay más. De hecho, hay tantos que me es difícil elegir sólo uno o dos o tres. ¿Le suena el nombre de Catulo, Dr. Larrosa, el poeta latino de mediados del siglo I a. C.?

De nuevo, déjeme retrotraerlo por unos instantes a un periodo histórico frío y oscurantista, muchos años antes del regreso a la democracia y de que el Frente Amplio decretase por fin nuestra tan ansiada libertad; déjeme ubicarlo en la Verona de fines del período republicano, lugar de residencia de uno de los escritores más bocasucia de la historia, un tipo que declamaba en público y con total impunidad versos como:

Pedicabo ego vos et irrumabo,
Aureli pathice et cinaede Furi,
qui me ex versiculis meis putastis,
quod sunt molliculi, parum pudicum.
Nam castum esse decet pium poetam
ipsum, versiculos nihil necesse est,
qui tum denique habent salem ac leporem,
si sunt molliculi ac parum pudici
et quod pruriat incitare possunt,
non dico pueris, sed his pilosis,
qui duros nequeunt movere lumbos.
Vos quod milia multa basiorum
legistis, male me marem putatis?
Pedicabo ego vos et irrumabo.

  • Carmen XVII de Catulo

Los cuales traducidos al español significarían lo siguiente:

Yo les daré por la boca y por el culo,
maricón Aurelio y sodomita Furio,
que consideraron, por la delicadeza
de mis versos, que soy impúdico.
Es adecuado que un poeta devoto sea
en sí mismo moral, pero de ningún modo
es necesario que lo sean sus versos;
que, de hecho, sólo tienen sal y encanto
si son delicados y desvergonzados,
y pueden provocar una picazón
no digo ya en los muchachos,
sino en los peludos viejos
que no pueden mover sus grasas.
Ustedes, que por haber leído lo de los muchos miles de besos,
¿me consideran un maricón?
Yo les daré por la boca y por el culo.

  • Carmen XVII de Catulo

Pero esto es apenas una muestra de lo más suave que hizo, pues, en varios de sus poemas Catulo acostumbraba directamente a insultar al mismísimo Julio César; sí, lo que oyó: Julio César, el dictador y militar más importante de la antigüedad. Y todo esto durante una época en la que según nuestros imparciales historiadores la gente vivía en un contexto de menos libertad y pluralidad de palabra que el actual, ahora que por suerte tenemos la tranquilidad de estar bajo el dominio de la coalición multicolor y de la muy diversa e inclusiva coalición Frente Amplio.

Acá le va otro ejemplo:

Bien se entienden los infames maricas,
el sorete de Mamurra y el César,
y no es sorprendente: similares manchas uno y otro,
estas urbanas y aquellas formianas,
tienen pegadas, y no se pueden limpiar:
igualmente enfermos, uno y otro gemelos,
instruidos ambos en la misma camita,
no más voraz adúltero este que aquel,
rivales y compañeros de las chicas.
Bien se entienden los infames maricas.

  • Carmen LVII de Catulo

Ahora mismo, Dr. Larrosa, usted se estará preguntando qué hizo el bueno de Julio César cuando el alcahuete de turno fue a soplarle al oído las barbaridades que andaba diciendo el loquito rancio aquel.

¿Qué cree usted que hizo, Dr. Larrosa?
La respuesta es nada. No hizo nada.

Bah, miento, en realidad sí hizo algo: desternillarse de la risa. Luego envió a uno de sus siervos a buscarlo y lo invitó a una de sus opulentas cenas, en la cual fútilmente trató de agasajarlo y de convertirse en su amigo. No era para menos; después de todo, tras aquel despliegue de soez osadía (no olvidemos que Catulo se había burlado tanto de él como de Mamurra, Praefectus Fabrum durante la guerra de las Galias, luego tesorero oficial de toda Roma)– el futuro César había quedado deslumbrado. Catulo igual no le dio mucha bola que digamos, y volvió a desairarlo una vez más y luego a insultarlo en un nuevo poema, esta vez titulado Carmen XCIII. Sin embargo, hasta el día de la fecha no se tiene registro de represalias legales ni administrativas en su contra.

Cerca del final de su informe usted señala que mi ensañamiento hacia la institución es «llamativo», y que por otra parte el grado de violencia que manejo en mi escritura es «amenazador». Bueno, ¿qué me dice entonces del de Jonathan Swift en su serie de artículos contra John Partridge? ¿Y de Catulo y sus poemas difamatorios hacia Julio César?

También puedo hablarle de episodios similares en la vida de Julio Herrera y Reissig, o de Quevedo y Góngora e incluso aún de varios más… Aunque sospecho que quizás no le interese. De nuevo: sé que toda cuestión estética y política le es ajena, y que usted simplemente se limita a realizar su trabajo, pero después de esto espero que entienda que la mofa y el escarnio son moneda corriente entre escritores; y que incluso en regímenes construidos sobre supuestos ideológicos inquisitoriales y de carácter profundamente reaccionario han estado permitidas.

Mi pregunta es, ¿Por qué no deberían estarlo ahora, en tiempos de máxima pluralidad y libertad de expresión? ¿Puede explicarme por qué sistemas políticos abiertamente autoritarios se han mostrado más laxos y tolerantes que ustedes en todo lo que refiere al tema libertad de expresión?

Ya por terminar, no quiero dejar de lado una serie de apreciaciones que usted realiza en torno a un intercambio de correos electrónicos que mantuve con algunas de las autoridades de la FIC. En ese tramo de su informe pasa por alto –o al menos relativiza– que dicho exabrupto fue propiciado por una llamada telefónica en la que se me intentó presionar para que diese de baja mis artículos; y luego por una censura (la eliminación sin previo aviso de mi sitio web), la cual efectivamente partió de uno de los docentes de la FIC (pregunto: ¿No es acaso esto tan o más grave que mis supuestas faltas administrativas? Quiero decir, que un funcionario de una institución pública busque “apretar” a un medio independiente, autogestionado y que luego otro funcionario de la misma institución mediante su abogado dé de baja y sin previo aviso un medio que no es de su pertenencia). ¿Por qué no debería sentirme agraviado, entonces, luego de perder todo el trabajo de un año? ¿Y la cantidad de dinero que puse por el servidor, su mantenimiento y los plugins del sitio?

Sobre el comentario discriminatorio que realicé en una entrevista con “El observador”, cabe aclarar que no busqué ofender a nadie, ni mucho menos «alejarme de los cánones de debido respeto hacia los demás». De donde yo vengo es de uso común hablar de esa forma; expresiones como «puto», «trolo», «marica» a mí me parecen divertidas. No veo nada de beligerante en ellas. Por lo tanto, no me parece que al expresarme así esté incurriendo en falta ninguna; simplemente me limité a constatar una realidad: el tipo que me habló al teléfono tenía una voz amariconada y el contraste entre ella y su exhortación intimidatoria a dar de baja mis artículos –retrospectivamente hablando– me resulta hilarante.

Para cerrar, quiero señalar que pese a todo lo expuesto con anterioridad, en el caso de que efectivamente así ocurra, no me molesta demasiado tener que pagar la multa social de ser sancionado administrativamente. Tampoco el hecho de que la Udelar me censure o me desacredite permanentemente –y eso incluso a través de medios de alta circulación, como lo son “El Observador”– tachándome de «shooter» o de «enfermo mental».

De nuevo: rechazo cualquier atisbo de arrepentimiento, a fin de cuentas, lo único que he hecho es poner mi sitio web como página de inicio en cuatro o cinco computadoras de la FIC; luego, un año después, repartir en los bancos de un salón vacío diez volantes con un código QR. Si eso me convierte en el nuevo Obama Bin Laden o en el chivo expiatorio de turno, que así sea; pero tampoco quieran darle tanto color.

Felipe Villamayor.

Nota extra: Si te interesa colaborar con el mantenimiento del sitio, podés hacerlo a través del siguiente link a Mercado Pago: link.mercadopago.com.uy/acontrapelorevista
¡Gracias!


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